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jueves, 26 de abril de 2018

ESTUDIO SOBRE LA VERDAD SOBRE EL CASO SAVOLTA



 EDUARDO MENDOZA, La verdad sobre el caso Savolta.



JUEZ DAVIDSON. - ¿Cuándo conoció usted a Lepprince?
MIRANDA. - He olvidado la fecha exacta de nuestro encuentro. Sé que fue a principios del otoño del 17. Habían finalizado las turbulentas jornadas de agosto.
J. D. - Explique brevemente el encuentro.
M. - Lepprince fue al despacho de Cortabanyes y éste, tras hablar con él, me ordenó que me pusiese a su servicio. Lepprince me condujo a su auto, fuimos a cenar y luego a un cabaret.
J. D. - ¿A dónde dice que fueron?
M. A un cabaret. Un local nocturno en el que...
J. D. Sé perfectamente lo que es un cabaret. Mi expresión fue de asombro, no de ignorancia. Prosiga.

A partir de este fragmento....

Consistía en una sala no muy grande donde se alineaban una docena de mesas en torno a un espacio vacío, rectangular, en uno de cuyos extremos había un piano y dos sillas. En las sillas reposaban un saxófono y un violoncelo. Al piano se sentaba una mujer muy repintada y vestida con un traje ceñido, largo hasta los pies y abierto por el costado. Interpretaba la mujer una polca a ritmo de nocturno que interrumpió al entrar nosotros.
—Estaba segura de que no me fallarían —dijo enigmáticamente, y se levantó y vino hacia nosotros sonriendo, avanzando la pierna como si probase la temperatura del agua desde la orilla, con lo cual la pierna adelantada emergía de la abertura del vestido enfundada en una malla de reflejos vítreos. Lepprince la besó en ambas mejillas y yo le tendí la mano, que la mujer retuvo mientras decía—: Os daré la mejor mesa, ¿cerca de la orquesta?
—Lejos, a ser posible, madame.
La conversación era un poco absurda, pues sólo una de las mesas estaba ocupada por un marino barbudo y fornido que habla enterrado la cara en una jarra de ginebra y apenas si cesaba de bucear para respirar el aire polvoriento del local. Luego llegó un vejete muy fino, con la cara embadurnada de cremas y el pelo teñido de rubio cobrizo. Pidió una copita de licor que paladeó mientras se desarrollaba el espectáculo, y un tipo huraño, con gruesas gafas e inconfundibles rasgos de oficinista, que preguntó el precio de todo antes de beber, hizo proposiciones tacañas a todas las mujeres, sin éxito. Por entre la clientela vagaban cuatro mujeres semidesnudas, entradas en carnes, depiladas fragmentariamente, que circulaban de mesa en mesa entorpeciéndose las unas a, las otras, adoptando posturas estáticas por breves segundos, como fulminadas por un rayo paralizador. La que más asiduamente visitó nuestra mesa se llamaba Remedios, “la Loba de Murcia”. Pedimos a Remedios una jarra de ginebra, como habíamos visto hacer al marino, y aguardamos.


—Los alemanes bombardearon el barco en que viajaba. Y eso que sólo era un barco de pasajeros, fíjese usted. Hasta ese momento yo había simpatizado con los alemanes, ¿sabe, hijo?, porque me parecían un pueblo noble y guerrero, pero a partir de entonces, les deseo que pierdan la guerra de todo corazón.
—Es natural —dijo Lepprince, hizo una reverencia y se retiró. Un criado le ofreció una bandeja de la que tomó una copa de champán. Bebió para poder caminar sin verter el líquido y en aquel acto sorprendió las miradas de la señora de Savolta y de su amiga, la señora de Claudedeu, fijas en él. Sonrió a las damas y se inclinó de nuevo. Entonces advirtió junto a ellas la presencia de una joven que dedujo sería María Rosa Savolta. Era poco más que una niña de larga cabellera rubia. Vestía un traje de soirée de faya gris recubierta de una túnica de gasa blanca, fruncida, con corpiño y adornos de piel de seda negra, con las puntas rematadas de guirnaldas. Lepprince se fijó en los ojos grandes y luminosos de la joven Savolta que destacaban en la palidez de su cutis. Le dirigió una sonrisa más amplia que las anteriores y la joven desvió la mirada. Un hombre bajo y grueso, de calva brillante, se le aproximó. […]
Estrechó la mano del desconocido y siguió recorriendo la sala por entre grupos de señoras enjoyadas, sedosas, aromáticas, que mareaban un poco a los caballeros. En la biblioteca contigua al salón se respiraba un humo agrio de cigarros puros y se mezclaban carcajadas ruidosas y risitas con el susurro del último chisme o la última anécdota de un personaje conocido. […]


Llevábamos mucho rato en el cabaret cuando empezó el espectáculo. Primero llegó un hombre que fue recibido por los eructos del marino y que resultó ser el instrumentista, es decir, el que se hacía cargo del saxófono y el violoncelo. Tomó este último instrumento y le arrancó unas notas lúgubres acompañado por el piano. Luego la mujer del piano se levantó y pronunció unas palabras de bienvenida. El marino había sacado de su bolsa de hule un bocadillo apestoso y lo mordisqueaba vertiendo de la boca migas y rumias sobre la mesa. El oficinista lóbrego, de las gruesas gafas, se quitó los zapatos. El vejete nos dirigía guiños. La mujer anunció al chino Li Wong, del cual dijo:
—Les llevará de su mano al reino de la fantasía.
Yo me agitaba molesto por el pistolón que sentía clavado en el muslo.
—Espero que su magia no le permita descubrir que vamos armados —murmuré.
—Causaría una pésima impresión —corroboró el francés.
El chino barajaba unos gallardetes de los que apareció una paloma. Ésta sobrevoló la pista y se posó en la mesa del marino a picotear las migas. El marino la desnucó con una macana y se puso a desplumarla.
—Oh, hol-lol —dijo el chino—, la clueldad del homble.
El oficinista vicioso se aproximó al marino con los zapatos en la mano y le insultó.
—Haga usted el favor de devolver este animalillo a su dueño, desvergonzado.
El marino asió la paloma por la cabeza y la blandió ante los ojos del oficinista.
—Suerte tiene usted de ser cegato, que si no, le daba...
El oficinista se quitó las gafas y el marino le dio con la paloma en ambos carrillos. Rodaron los zapatos y el oficinista se agarró al borde de la mesa para no caer. […]



...¿Fue la incorporación del fatuo y engomado Lepprince o fueron las aciagas circunstancias las que hicieron posible la realización del antiguo dicho de que «a río revuelto ganancia de pescadores» (y yo añadirla: «de poco escrupulosos pescadores»)? No es mi propósito despejar esta incógnita. La verdad es una: que poco después de la «adquisición» del flamante francesito, la empresa duplicó, triplicó y volvió a doblar sus beneficios. Se dirá: qué bien, cuánto debieron beneficiarse los humildes y abnegados trabajadores, máxime cuanto que para que tal ganancia se hiciera posible tuvieron que incrementar en forma extraordinaria la producción, multiplicando la jornada laboral hasta dos y tres horas diarias, renunciando a las medidas más elementales de seguridad y reposo en pro de la rapidez en la manufactura de los productos. Qué bien, pensarán los lectores que no saben, como se dice, de la misa la mitad; y que me perdonen las autoridades eclesiásticas por comparar la misa con ese infierno que es el mundo del trabajo…



—No es la nuestra una tarea fácil —dijo el comisario Vázquez.
Lepprince le ofreció una caja de puros abierta de la que el comisario tomó uno.
—Vaya, buen veguero —comentó; sudaba—. Parece que hace calor aquí, ¿verdad?
—Quítese la chaqueta, está usted en su casa.
El comisario se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo de su asiento. Encendió el puro con sonoro chupeteo y exhaló una bocanada de humo seguida de un chasquido aprobatorio.
—Lo que dije: un buen veguero. Sí, señor.
Lepprince le indicó un cenicero donde arrojar el papel de celofán que antaño envolvía el puro y que, concienzudamente atornillado, había servido para prenderlo.
—Si le parece a usted bien —dijo Lepprince—, podríamos pasar a tocar el tema que nos ocupa.
—Oh, por supuesto, monsieur Lepprince, por supuesto.
Recuerdo que, al principio, me cayó mal el comisario Vázquez, con su mirada displicente y su media sonrisa irónica y aquella lentitud profesional que ponía en sus palabras y sus movimientos, tendente sin duda a exasperar e inquietar y a provocar una súbita e irrefrenable confesión de culpabilidad en el oyente. Su premeditada prosopopeya me sugería una serpiente hipnotizando a un pequeño roedor. La primera vez que le vi lo juzgué de una pedantería infantil, casi patética. Luego me atacaba los nervios. Al final comprendí que bajo aquella pose oficial había un método tenaz y una decisión vocacional de averiguar la verdad a costa de todo. Era infatigable, paciente y perspicaz en grado sumo. Sé que abandonó el cuerpo de Policía en 1920, es decir, según mis cálculos, cuando sus investigaciones debían estar llegando al final. Algo misterioso hay en ello. Pero nunca se sabrá, porque hace pocos meses fue muerto por alguien relacionado con el caso. No me sorprende: muchos cayeron en aquellos años belicosos y Vázquez tenía que ser uno más, aunque tal vez no el último.

lunes, 16 de abril de 2018

[AL VOLANTE DEL CHEVROLET...], Fernando Pessoa


Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al luar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino no parar, proseguir? 


Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño o en la carretera de la vida… 


Maleable a mis movimientos subconscientes del volante 
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil prestado. 
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a la derecha. 
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo! 
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías! 
 

A la izquierda la casucha -sí, casucha- al borde del camino. 
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos. 
El automóvil, que hasta hace poco parecía darme libertad, 
es ahora una cosa en donde estoy encerrado, 
que sólo puedo conducir si en ella estoy encerrado, 
que sólo domino si me incluyo en ella y ella me incluye a mí. 
 

A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta. 
Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía. 
Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz. 
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales de la ventana de arriba 
tal vez yo haya quedado (con el automóvil prestado) como un sueño, como un hada real. 
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina, 
desde el piso de abajo, 
tal vez yo fuese algo así como el príncipe que hay en todo corazón de muchacha, 
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en que me perdí. 
 

¿Dejo los sueños a mi espalda, o será el automóvil el que los deja? 
¿Yo, conductor del automóvil, o el automóvil prestado que conduzco? 
 

En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza ante los campos y la noche, 
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente 
me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo, 
y en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible, 
acelero… 
Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que me desvié al verlo sin verlo, 
junto a la puerta de la casucha, 
mi corazón vacío, 
mi corazón insatisfecho, 
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida. 
 

En la carretera de Sintra al filo de la medianoche, al luar, al volante, 
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación, 
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra, 
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…



Álvaro de Campos
[Fernando Pessoa]

Traducción: César Antonio Molina


Ilustración: Lelia Parreira

domingo, 15 de abril de 2018

TIME CODE, Juanjo Giménez Peña


¡HOLA, BUENAS NOCHES!, Pau Rodilla


LA COSA, Juan José Millás

LA COSA

   De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos. Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió. A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe. Qué vida, ¿no? 


&
Masai Yamamoto

lunes, 9 de abril de 2018

AMOR CIEGO, Juan Bonilla

...no llevaba dos sorbos cuando oí la voz de Keanu Reeves, el actor, el protagonista de Speed, Point Break, Matrix y otras suculentas empanadas mentales o tonterías de acción.

viernes, 6 de abril de 2018

LA NOVELA HISPANOAMERICANA EN EL SIGLO XX


 LA NOVELA HISPANOAMERICANA 

   La novedad con respecto a la novela anterior es evidente: el creador no trata de expresar una nueva realidad (novela indigenista, regionalista o neorrealista, sino “su” realidad, su propia visión de la realidad. 
   La novela ya no sirve a la realidad, sino, antes bien, se sirve de la realidad para oponerse a ella, para agredirla o violentarla. La visión subjetiva recrea la realidad, superpone lo creado al mundo real. La obra cobra conciencia de su entidad ficticia, asumiendo su carácter ilusorio: la vanguardia literaria posibilita la política de la narrativa renovada.





domingo, 18 de marzo de 2018

SOBRE CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA, Juan Tallón

   ¿A quién no le golpea duramente García Márquez? A mí me noqueó con su texto más realista, Tal vez estaba desprevenido. Fue una tarde, en un sofá, en el pueblo, caído de bruces en el filo de la felicidad, con leve resaca. Crónica de una muerte  anunciada parecía —qué tontería voy a decir— esa clase de texto que lo tiene todo para defraudarte cuando lees el primer párrafo y se te revelan los misterios. Nada nuevo, cierto. En Romeo y Julieta, Shakespeare revela la trama en los primeros catorce versos del prólogo. Instan­tes después de que se abra el telón, la audiencia sabe que hay dos amantes destinados a enamorarse, que se matan, y después las dos familias no luchan más. Sin embargo, cada página del autor colom­biano, con sus suelos de arena movediza, te succiona más y más. Es la constatación más brutal de que la literatura, ante todo, es una cierta forma que das al mundo, un estilo de encarar su relato. Y luego su relato. Pronto descubres que te importa una higa saber que el narrador relatará el asesinato de Santiago Nasar el día que se preparaba para recibir al obispo, y que la noche anterior había participado en la fiesta de bodas de Ángela Vicario y Bayardo San Román. Te trae sin cuidado saber que en la noche de bodas el novio descubre que Ángela no es virgen y la devuelve a casa con sus pa­dres, y que allí se hallan sus hermanos, que exigen saber quién es el culpable de la deshonra, y ella responde: Santiago Nasar. Carece de relevancia tener noticias tempranas de que los hermanos preparan la venganza, cogen los cuchillos y salen en busca de Santiago para matarlo.
   «Lo que sucede —admitió en su día García Márquez— es que yo no quise que el lector empezara por el final para ver si se cometía el crimen o no, así que decidí ponerlo en la frase inicial del libro. De este modo la gente descansa de la intriga y puede dedicarse a leer con calma qué fue lo que pasó». Para ello, el autor combinó dos tipos de textos muy difíciles de combinar. Por un lado, el relato policial, que te exige esconder, y por otro el periodístico, que te demanda revelar. La dificultad es obvia, pero él consigue que el texto avance en el presente al mismo tiempo que retrocede veintisiete años atrás, al día de la matanza. García Márquez sostenía en 1981 que Crónica de una muerte anunciada era su mejor novela, «en el sentido de que es una novela en la que yo he logrado hacer exactamente lo que quería. Las novelas en el camino quieren escaparse a los escritores de las manos, los personajes toman vida propia y terminan por hacer lo que les da la gana. En ninguna había tenido yo un control absoluto como en esta. Probablemente por el tema y por la extensión. Es un tema muy riguroso, estructurado casi como una novela policiaca, y un libro muy corto. Yo creo que mi mejor novela anterior era El coronel no tiene quien le escriba, no Cien años de soledad, y esto lo he dicho muchas veces».
   La prosa efervescente avanza a veces hacia adelante, a veces hacia atrás, y te somete sucesivamente al vértigo, la violencia, la emoción, el amargor, la desolación. Hay frases que se te impregnan, igual que un olor, y ya toda la vida vas oliendo a ellas. A mí me pasa con las dos primeras y las dos últimas, «El día en que lo iban a ma­tar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un ins­tante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado por cagadas de pájaros». Estas cagadas son tremendas, sin­ceramente. Arrastras su efecto dramático durante párrafos enteros. No puedes olvidarlas. Ocurre lo mismo con las frases finales, que se te aparecen por las noches, cuando te levantas al baño. Así hasta que te ves obligado a releer la novela otra vez. «[Santiago] tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. “Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tri­pas”, me dijo mi tía Wene. Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina». Esas arenas que se te quedan pegadas a las tripas, en realidad, se adhieren también a la ropa. No trates de sacudírtelas. Vano propósito. Estarán ahí siempre, como el olor de las cagadas de pájaro.
   La muerte de Santiago Nasar se plantea no como un crimen sino como un asunto de honor. Algo que está por encima de la vida y la muerte, como en las tragedias clásicas. Es en ese escenario donde cobra sentido —y se te pega a las tripas— el pretexto que esgrimen los hermanos Vicario ante el juez para exculparse de su responsabi­lidad en el crimen, pese a su participación. Su abogado había sus­tentado la tesis del homicidio en legítima defensa del honor, y los hermanos declararon en el juicio que lo hubieran vuelto a hacer mil veces por los mismos motivos. Después de acabar con la vida de Nasar, irrumpieron en la iglesia, y se confesaron al párroco. «Lo ma­tamos a conciencia —dijo Pedro Vicario—, pero somos inocentes». La muerte es aceptable, el deshonor, jamás. La muerte, de hecho, es inevitable, un presagio que se cumple, que nadie puede evitar. La fatalidad. «Nunca hubo una muerte tan anunciada», escribe el narrador. Todos los habitantes conocían las intenciones de los hermanos Vicario, pero nadie hace nada. Como si nada hubiese que hacer. Iba a ser un buen día cuando Santiago Nasar salió de casa, por la puerta que no era habitual que cruzase, y de pronto, por cierto concepto del determinismo, el caos se introdu­jo en el orden.
Crónica de una muerte anunciada
Gabriel García Márquez (1927-2014)
1ª edición: Oveja negra, 1981
Género: narrativa
JUAN TALLÓN, Libros peligrosos, Larousse, Barcelona, 2015, pp. 252-253.