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viernes, 6 de abril de 2018

LA NOVELA HISPANOAMERICANA EN EL SIGLO XX


 LA NOVELA HISPANOAMERICANA 

   La novedad con respecto a la novela anterior es evidente: el creador no trata de expresar una nueva realidad (novela indigenista, regionalista o neorrealista, sino “su” realidad, su propia visión de la realidad. 
   La novela ya no sirve a la realidad, sino, antes bien, se sirve de la realidad para oponerse a ella, para agredirla o violentarla. La visión subjetiva recrea la realidad, superpone lo creado al mundo real. La obra cobra conciencia de su entidad ficticia, asumiendo su carácter ilusorio: la vanguardia literaria posibilita la política de la narrativa renovada.





viernes, 9 de marzo de 2018

LA NOVELA POSTERIOR A 1936

LA NOVELA POSTERIOR A LA GUERRA CIVIL

LUIS MARTÍN SANTOS, Tiempo de silencio

   Si el visitante ilustre se obstina en que le sean mostrados majas y toreros, si el pintor genial pinta con los milagrosos pinceles majas y toreros, si efectivamente a lo largo y a lo ancho de este territorio tan antiguo hay más anillos redondos que catedrales góticas, esto debe significar algo. Habrá que volver sobre todas las leyendas negras, inclinarse sobre los prospectos de más éxito turístico de la España de pandereta, levantar la capa de barniz a cada uno de los pintores que nos han pintado y escudriñar en qué lamentable sentido tenían razón. Porque si hay algo constante, algo que soterradamente sigue dando vigor y virilidad a un cuerpo, por lo demás escuálido y huesudo, ese algo deberá ser analizado, puesto a la vista, medido y bien descrito. No debe bastar ser pobre, ni comer poco, ni presentar un cráneo de apariencia dolicocefálica, ni tener la piel delicadamente morena para quedar definido como ejemplar de cierto tipo de hombre al que inexorablemente pertenecemos y que tanto nos desagrada. Acerquémonos un poco más al fenómeno e intentemos sentir en nuestra propia carne ―que es igual que la de él― lo que este hombre siente cuando (desde dentro del apretado traje reluciente) adivina que su cuerpo va a ser penetrado por el cuerno y que la gran masa de sus semejantes, igualmente morenos y dolicocéfalos, exige que el cuerno entre y que él quede, ante sus ojos, convertido en lo que desean ardientemente que sea: un pelele relleno de trapos rojos. Si este odio ha podido ser institucionalizado de un modo tan perfecto, coincidiendo históricamente con el momento en que vueltos de espaldas al mundo exterior y habiendo sido reiteradamente derrotados se persistía en construir grandes palacios para los que nadie sabía ya de dónde ni en qué galeones podía llegar el oro, será debido a que aquí tenga una especial importancia para el hombre y a que asustados por la fuerza de este odio, que ha dado muestras tan patentes de una existencia inextinguible, se busque un cauce simbólico en el que la realización del santo sacrificio se haga suficientemente a lo vivo para exorcizar la maldición y paralizar el continuo deseo que a todos oprime la garganta. Que el acontecimiento más importante de los años que siguieron a la gran catástrofe fue esa polarización de odio contra un solo hombre y que en ese odio y divinización ambivalentes se conjuraron cuantos revanchismos irredentos anidaban en el corazón de unos y de otros no parece dudoso. ¿Llamaremos, pues, hostia emisaria del odio popular a ese sujeto que con un bicornio antiestético pasea por la arena con andares deliberadamente desgarbados y que con rostro serio y contraído, muerto de miedo, traza su caligrafía estrambótica ante el animal de torva condición? Tal vez sí, tal vez sea eso, tal vez, puesto que la fuerza pública, la prensa periódica, la banda del regimiento, los asilados de la Casa de Misericordia y hasta un representante del Señor Gobernador Civil colaboran tan interesadamente en el misterio.

***
   «¿Qué se habrá creído? Que yo me iba a amolar y a cargar con el crío. Ella, "que es tuyo", "que es tuyo". Y yo ya sabía que había estao con otros. Aunque fuera mío. ¿Y qué? Como si no hubiera estao con otros. Ya sabía yo que había estao con otros. Y ella, que era para mí, que era mío. Se lo tenía creído desde que le pinché al Guapo. Estaba el Guapo como si tal. Todos le tenían miedo. Yo también sin la navaja. Sabía que ella andaba conmigo y allí delante empieza a tocarla los achucháis. Ella, la muy zorra, poniendo cara de susto y mirando para mí. Sabía que yo estaba sin el corte. Me cago en el corazón de su madre, la muy zorra. Y luego "que es tuyo", "que es tuyo". Ya sé yo que es mío. Pero a mí qué. No me voy a amolar y a cargar con el crío. Que hubiera tenido cuidao la muy zorra. ¿Qué se habrá creído? Todo porque le pinché al Guapo se lo tenía creído. ¿Para qué anduvo con otros la muy zorra? Y ella "que no", "que no", que sólo conmigo. Pero ya no estaba estrecha cuando estuve con ella y me dije: "Tate, Cartucho, aquí ha habido tomate". Pero no se lo dije porque aún andaba camelándola. Pero había tomate. Y ella "que no", "que no". Nada, que me lo iba a tragar. El Guapo tocándola delante mío y ella por el mor de dar celos. Tonta. Subí a la chabola y bajé con la navaja. Y miro antes de entrar y ella ya se había retirado de él. No se dejaba tocar más que delante mío, la tonta. Ya nadie se atrevía a darle cara. No tenían navaja o no sabían usarla. El corte a mí me da más fuerza que al hombre más fuerte. Y él delante mío: "Esta ja está chocha por mi menda". Me hastían esos que hablan caliente como si por hablar así ya no se les pudiera pinchar. A mí. Y viendo que yo aguantaba y me achaparraba: "Llévale priva al Cartucho". Y yo no aguanto que me digan Cartucho más que cuando yo quiero. Pero, chito chitón. Yo achaparrao y ella mirándome como si para decir que era marica. Y él: "Bueno, si no quiere priva, pañí de muelle". Y viene con el vaso de sifón y me lo pone en las napies y yo lo bebo. Mirándole a la jeta. Y él, riéndose: "Que me hinca los acáis". Y se va chamullando entre dientes. "No hay pelés." "No hay pelés." Pero a ella la tenía yo camelá y mira que te mira como si fuera yo marica. Me cago en el corazón de su madre, la zorra. Y que ya se le ve la tripa y venga a diquelar y a buscarme las vueltas. El Guapo se reía. Siempre hablando caliente. Y todos unos rajaos todos mirándole. Que estaba el hermano de ella y la dejaba tocar. Pero cuando yo me fui a por el corte ella se abrió de la barra.. Que en eso se la veía que estaba camelada. Sólo le dejaba cuando yo lo veía... Pero me río porque eso es propio de ellas. Se camelan. Como si porque una mujer esté camelada va uno a decir a todo que sí amén jesús. Cuando tuve el corte estuve esperando hasta que se vino para mí tan seguro. Iba de vino hasta allá y se creía que el mundo era suyo. Lo que menos le perdoné fue lo de Cartucho. Me cago en la tumba de su padre. Le pinché por detrás y allá quedó en el fango. Y qué palabras salían de su boca. Que si el Pilar de Zaragoza y Alicante. Que si el de más arriba que son tres. Hecho una plasta entre la sangre y el barro. Ahuequé. Limpié bien el corte y lo encalomé en el jergón. Vino la pasma y a preguntar. "Derrótate Cartucho." Y palo va palo viene: Pero yo nanay. "Te hemos encontrado el corte." "Enseña los bastes." "Tiene tus huellas." Pero yo ya sabía que lo de las huellas es camelo. Total que salí con la negativa y al jardín. Arresto menor por tenencia. Pero no había pruebas de lo otro. Se acabó el Guapo. Y es cuando ella se lo creyó. Y al salir, allí estaba como una pastora para echárseme al cuello. Y con la tripa así de alta. Y yo: "Que me, dejes". "Que es tuyo." "Que me dejes." "Que es tuyo." "Que tú has estao con otros." "Que no." "Que ya no estabas estrecha." "Que eché sangre." "Que tú no estabas estrecha." "Que te digo que manché las palomas." "Que me dejes." Yo le daba cuerda mientras estuve a la sombra. Ella venía de ala. ¿Qué le iba a decir yo? Que sí. Que le había pinchado por ella. Ella me venía de lao. Y que diga de dónde sacaba la tela. Pero son así. Yo la seguí dando cuerda. Pero al salir quería más y ya no. Porque me había gustao de la mayor del Muecas. Ésta sí que sí. Y la pesada de ella: "Que es tuyo". Y hasta me manda el hermanito. El que no había chistao cuando la tocaba el Guapo delante él. "Mira plas, acuérdate del Guapo." "Que mi hermana es buena chica." 'lQue la has hecho desgraciada." "Mira plas que ha estao con otros." "Que la has hecho desgraciada." "Acuérdate del Guapo." Y ella cada vez a peores. Como si ponerse a malas venga a servir de algo. Y me empieza a gritar en la calle. Y a llevarme al juez por cumplimiento de promesa. Y yo: "No hay pruebas". "Le han visto con ella." "Ha habido otros. No hay pruebas." El juez harto. Y yo más. Y venga a crecer la tripa. Y no me deja tranquilo. "Déjame en paz, zorra, que te vas a acordar." Una noche, en vez de gritar, se me echa encima en lo oscuro. "Tú me quieres." "Tú me quieres." Lloraba. A mí se me fueron las manos. Eso que estaba con la tripa. Total, que se creía que sí la muy zorra. Al día siguiente otra vez. Pero yo ya no quise. Y vuelta a seguirme por las mañanas y por las tardes. Ya me hartó.
   Le pegué un puñetazo que le aplasté la nariz. Y estaba ya por dividirse. Por eso me daba más asco. La aplasté las napies. Le di demás fuerte para ser mujer. Pero estaba ya hasta aquí. Total, juicio de faltas. El curro y lo sabía pero no había pruebas. Otros seis meses de arresto. Menos mal. Entre tanto a parir. Ya no vino más de ala. Yo tan tranquilo. Ya le había dicho a la Florita, la del Muecas, que estaba, por ella. Al salir ni me miró a la cara. Andaba con el chorbo de un lado para otro. ¡Que puede parecerse un crío a su padre! Es igual que yo. Pero no hay pruebas. Ella ahora lo deja a su hermana la fea y a hacer la carrera con la nariz rota. Si quisiera tenía yo ahí una mina. Pero me ha gustado ser fetén con las mujeres. Cuando están por uno son así. Para eso son mujeres. Yo pensando en la hartá dé tetas que me iba a dar la Florita. Na más salir.
   Y en eso que llega el padre. Y el Muecas tiene malas pulgas y también sabe tirar de corte. Esos manchegos atravesaos. Y ella que es menor. No quiero líos. Me doy de naja. Pero es que me camela. No es como la otra. Me tiene miedo. De vez en vez me doy una hartá. Si el Muecas me pilla. No quiero líos. Pero no voy a dejar a la chavala esa. No me atrevo a lucirla. De vez en vez una hartá pero no sé seguir. Como no bebo. Tomo un café y ya estoy listo. Juego subastao y chamelo. Algo saco. Y poco curre lo. Y a los bailes de los merenderos. Porque me ha gustao ser bailón. Y por veces cae alguna. Pero esa Florita me sigue en las mientes.
   Y las hartás que me he dao no me han dejao harto. Y que no se le acerque alguno que lo pincho sin remisión. Ya no hay Guapos.»

domingo, 10 de enero de 2016

[FUI UN NIÑO ASESINO...], Joyce Carol Oates

   Fui un niño asesino.
   No quiero decir un asesino de niños, aunque la idea no está mal. Quiero decir un niño asesino, es decir, un asesino que resulta ser un niño, o un niño que resulta ser un asesino. Elijan lo que prefieran. Cuando Aristóteles advierte que el hombre es un animal racional uno hace un  esfuerzo, aguzando el oído, por escuchar cual de esas palabras recibe mayor énfasis: ¿animal racional, o animal racional? ¿Qué soy? ¿Niño asesino, o niño asesino? He tardado años en empezar a escribir esta memoria, pero ahora que he empezado, ahora que. esas feas palabras ya han quedado escritas, podría seguir escribiendo a máquina eternamente. Se ha producido una especie de histeria pacífica, gimoteante. Siendo como son ustedes normales, les sorprendería saber los años, los meses, los terribles minutos que he tardado en escribir esa primera linea, que ustedes leen en menos de un segundo: fui un niño asesino. ¿Creen que es fácil?
   Déjenme explicar la segunda línea. Asesino de niños «no está mal». Escribo esta memoria en una habitación alquilada, bastante indecorosa y que apesta a basura, y afuera, en la calle, hay niños jugando. Y como es normal, como sería normal para ustedes y para cualquier otra persona que por casualidad leyese estas sudorosas palabras mías, los, niños hacen ruido. Las personas normales siempre hacen ruido, De modo que, por mi mente desesperada, corrupta, llena de telarañas, por mi mente fofa, rastrera, cruza la idea de que esos ruidos podrían ser silenciados del mismo modo como en otra ocasión silencié a otra persona. ¿A que ya están peleando y forcejeando con su repugnancia, eh? Sienten tentaciones de hojear el final del libro para ver si el último capítulo es una escena en una prisión y si el capellán me visita y yo le rechazo estoicamente o me abrazo virilmente a sus rodillas. Sí, eso es lo que están pensando. De modo que quizá sea mejor que les diga que mi memoria no va a tener un final tan cómodo; el destino no la ha redondeado ni rematado con la forma de la arquitectura novelística. Desde luego no está bien planificada. Carece de conclusión y se limita a escurrir el bulto, de modo muy parecido a como empieza. Así es la vida. Mi memoria no es una confesión y tampoco es una ficción para ganar dinero; es sencillamente~.. No estoy seguro de lo que es. Y hasta que no lo haya escrito todo ni siquiera sabré qué pienso de ella.
   ¡Miren como me tiemblan las manos! No me encuentro bien. Peso ciento doce kilos y no me encuentro bien y, si les dijese cuántos años tengo, se apartarían con una mirada de asco. ¿Cuántos años tengo? :~Paré de crecer el día que ocurrió «aquello» (adviertan la astuta pasividad de esta frase, como si yo no hubiera sido quien hizo que. «aquello» ocurriera), o quedé congelado quizá tal como era, mientras en el exterior de aquella concha empezaban a formarse capas y más capas de grasa? Escribir esto comporta un esfuerzo tan arduo que tengo que parar y enjugarme con un gran pañuelo. Estoy bañado en sudor. ¡Y esos niños del otro lado de la ventana! De todos modos creo que es imposible matarlos. La vida sigue su curso, haciéndose más y más ruidosa a medida que yo me hago más y más silencioso, y todas esas personas normales, bulliciosas, sanas, que me rodean, van presionándome, con bocas repletas de dientes sonrientes y bíceps encantadoramente protuberantes. En el instante en que el terso revestimiento de mi estómago termine por reventar, algún vecino sintonizará la radio pasando del «Weather Round-Up» de Bill Sharpe al «Top- Ten Jamboree» de Guy Prince. 
   Esta memoria es un machete para hendir mi propia y gruesa carne, y la de cualquier otra persona a quien se. le ocurra interponerse. 
   Una cosa que deseo hacer, lectores míos, es minimizar la tensión entre escritor y lector. Sí, existe tensión. Ustedes piensan que yo intento engatusarles algo, pero no es cierto. Eso no es cierto. Soy honesto y terco y, en su momento, aflorará la verdad; sólo que llevará cierto tiempo porque quiero cerciorarme de que entra todo. Comprendo que mis frases son negligentes y fofas y que se hallan compuestas por demasiadas palabras cortas —veré si puedo arreglarlo.. Ustedes se ponen impacientes porque, por lo visto, no puedo empezar a contar esta historia de un modo normal (no pretendo ser excesivamente irónico, la ironía es un rasgo caracteriológico desagradable), y les gustaría saber, de un modo bastante caprichoso, si ahora me encuentro en alguna institución mental o si estoy loco en un lugar menos oficial, si estoy arrepentido (tal vez sea un monje con la lengua cortada), si en estas páginas va a llegar la sangre al río, si habrá múltiples y violentos encuentros entre macho y hembra, y si, tras esas extravagancias, he recibido justo castigo. El justo castigo tras ilícitas extravagancias es algo que se le suele servir al lector, que así se siente mejor. Pero, ya ven, esto no es pura invención. Es la vida. Mi problema es que no sé qué estoy haciendo. He vivido toda esa confusión pero no sé qué es. Ni siquiera sé qué quiero dar a entender por «esto». Tengo una historia que contar, efectivamente, y soy la única persona que puede contarla, pero si la cuento ahora, en lugar del año que viene, saldrá de un modo, y si hubiese podido forzar mi cuerpo obeso, palpitante, a empezarla hace un año entonces hubiese sido una historia diferente. Y es posible que mienta sin saberlo. O que, sin saberlo, cuente la verdad de un modo raro, simbólico y que sólo unos pocos críticos literarios psicoanalíticos (no serán más de tres mil) tengan acceso a la verdad, a lo que «esto» es. De ahí la tensión, de acuerdo, porque no he podido empezar la historia escribiendo: Una mañana de enero un Cadillac amarillo se detuvo junto a una acera. Y no he podido empezar la historia escribiendo: Era hijo único. (Por cierto, estas dos frases son bastante sensatas, aunque jamás podría hablar de mí mismo en tercera persona.)
   Y no he podido empezar la historia escribiendo: Elwood Everett conoció y contrajo matrimonio con Natashya Romanov cuando él tenía treinta y dos años y ella diecinueve. (¡Estos son mis padres! Ya ven que he tardado un tanto en escribir sus nombres.)
   Y no podía empezar la historia con esta patética floritura: La puerta del armario se abrió inesperadamente y apareció allí de pie, desnudo. Él me miró desde afuera y yo le miré desde adentro. (Y también llegaremos a esto, aunque o tenía intención de mencionarlo tan pronto.)
   Todos estos trucos son estupendos y se los brindo a cualquier escritor aficionado que los quiera, pero a mí no me sirven porque... No estoy seguro del porqué. Debe ser porque la historia que tengo que contar es mi vida, sinónima de mi vida, y ninguna vida empieza en ninguna parte. Si tienes que empezar tu vida con una frase, más vale hacer un resumen valiente y no una cosilla apocada: Fui un niño asesino.
   Lectores míos, no se impacienten, no se muerdan las uñas: naturalmente fui castigado. Y sigo siéndolo, naturalmente. Mi aflicción es prueba de la existencia de Dios, ¡ sí, se lo ofrezco como regalo especial! A sus almas les irá bien leer mis sufrimientos. Querrán saber cuándo ocurrió mi crimen, y dónde. Y qué aspecto tengo, gordo degenerado, sudando a mares sobre el manuscrito, y cuántos años tengo, demonios, y a quién maté, y por qué, y qué significa todo eso.


JOYCE CAROL OATES, Gente adinerada, Laertes, Barcelona, 1978, pp.11-14.
&
David Ronce

lunes, 14 de diciembre de 2015

EL DESEO INSACIABLE, Guadalupe Nettel

EL DESEO INSACIABLE

   Piel de Zapa es la obra que sella el éxito de Balzac. La novela fue elogiada incluso por Goethe en sus últimos días. En la obra un joven recibe un trozo de piel de zapa que tiene poderes mágicos y que cumple cada uno de sus deseos. Sin embargo, con cada deseo concedido, la piel se encoge y consume parte de la energía vital de su propietario. El éxito literario lleva a Balzac a recibir grandes sumas de dinero en esos años, pero lejos de satisfacerse, sus deseos de riqueza lo empujan, como al protagonista de Las ilusiones perdidas, a aventurarse en pintorescos negocios que lo conducen a la ruina y a amoríos rocambolescos con damas de la nobleza que no cesaron ni cuando por fin pudo añadir la codiciada partícula “de” a su apellido. Para compensar la falta de pompa a la que aspiraba, escribía en las paredes, de las habitaciones desprovistas de muebles, lo que anhelaba tener y que según él compraría cuando por fin se enriqueciera. En un muro tenía escrito con carbón: “Cuadro de Rafael”, en otra “Tapiz de Gobelinos”, en otra “Espejo de Veneciano”, en otra “Biombo de palisandro”. Su ensoñaciones llegaron incluso a los libros que premeditaba escribir pues esa obra admirable por extensa, no le era suficiente. De todos ellos tenía las maquetas, eran libros encuadernados con las páginas en blanco en cuyo lomo y cuya portada aparecía el título de la obra y su nombre en letras doradas.
   Obligado a escribir sin detenerse durante 15 y 18 horas diarias para pagar a sus acreedores fue constituyendo, en ese entorno de lujo imaginario, una obra colosal que hoy en día se considera el inicio de la novela moderna, por la forma de retratar a la sociedad pero también porque utiliza la experiencia personal para otorgar credibilidad a sus personajes. Así, tanto en La comedia humana como en Las ilusiones perdidas —en las que retrata con un realismo admirable los excesos burgueses de su época, el arribismo y la constante inconformidad de quienes aspiran al ascenso social—, encontramos a este hombre bulímico e insaciable que él mismo era. No en vano escribió Jules Renard en su diario el 3 de octubre de 1895: “Balzac es auténtico al por mayor, al detalle no lo es”.

GUADALUPE NETTEL, El País, 3 de diciembre de 2014.

miércoles, 4 de junio de 2014

LA ISLA PERDIDA, Rubén Gonçalves Prieto


LA ISLA PERDIDA

   Cuando la madre recibió de madrugada la llamada telefónica, no lo esperaban. El barco de su marido se había hundido. No se sabía nada de él ni de uno de sus hijos, que, por desgracia, habían ido juntos.
   El País: “Los siete tripulantes del pesquero hundido, desaparecidos.” Ese era el titular que les había hundido la vida.
   —Llevamos tres días en esta isla alejada de toda civilización y lo único que hemos encontrado han sido árboles sin frutos. Papá, estoy harto, han muerto ya dos personas por sus heridas; éramos siete, y ya solo somos cinco. Además, Carlos está muy mal. Voy a ir.
   —No, hijo, es demasiado peligroso —exclamó su padre.
   —Pero hay alimentos, agua, utensilios médicos y de cocina que nos pueden ayudar, y no está muy lejos.
   —Si no llegas en una hora, iré a por ti, ¿entendido? No te retrases.
   —Vale.
   —Tan solo tiene 15 años —exclamó Santiago, uno de los marineros.
   —Da igual, es testarudo y lo iba a hacer de todas formas —dijo su padre.
  
   El hijo se fue y en menos de cuarenta minutos estaba de vuelta con los suministros médicos y algunos utensilios. Salió del agua. Traía comida, vendas y ropa.
   —¿Cómo has traído todo eso? —exclamó el padre.
   —Da igual, ahora lo que importa es evitar que Carlos se desangre. Ponedle estas vendas.
   —Pero están mojadas... —dijo Ismael, el médico del barco.
   —Da igual, le taparán la herida —dijo Rubén, el hijo del capitán.
   —Ahora, a buscar comida. La que tenemos no durará mucho —dijo Santi, el cocinero.
   —Rubén y yo saldremos en busca de comida —dijo Samuel, el padre de Rubén.

   Salieron en busca de comida, pues las provisiones que tenían tan solo les bastaban para cuatro o cinco días. Llevaban tres horas caminando sin descanso cuando oyeron un ruido a su derecha. Samuel se dio cuenta enseguida y pronto le dijo a Rubén:
   —Hijo, acércate, no vaya a ser un animal salvaje.
   —Vale, pero habrá que ir volviendo, ¿no? Se está haciendo de noche y si es un animal no me apetece encontrármelo.
   —Sí, va a ser mejor —dijo el padre.
   Se encaminaron hacia el pequeño campamento cuando una voz dijo:
   —No os vayáis todavía, yo puedo ayudaros.
   Samuel se dio la vuelta y Rubén, que era de naturaleza desconfiada, se giró a la vez que se agachaba para coger un palo que había en el suelo.
   —Hola, me llamo Nacho. Llevo dos años en esta isla.
   —Ah, eres un superviviente de aquel avión que se había estrellado en el año 2012 —dijo Samuel, que tenía muy buena memoria.
   —Sí —afirmó Nacho con pesar.
   —Entonces el avión debe de estar por aquí cerca, ¿no? —dijo Rubén mostrando una gran alegría.
   —Sí, pero está un poco lejos, a unos tres días a pie.
   —Pues entonces vayamos —dijo Rubén, con impaciencia, como si tuviese una gran idea.
   —Antes debemos ir a avisar a los demás, o ir a buscarlos para que se vengan, ¿no? —dijo Samuel.
   —Sí, supongo —dijo Rubén, desilusionado por no poder ir ya ese día.

   Se dirigieron al campamento; a las tres horas llegaron y presentaron a Nacho al resto del grupo.
   —Pero no podemos ir con Carlos en el estado en el que está, ¿no? —se preocupó Santi.
   —Ya está mejor: en dos días podrá caminar —dijo Isma, aportando un poco de esperanza al grupo.
   —Vale, mejor. Mientras tanto hay que buscar comida, porque no hemos podido encontrar nada —añadió Samuel, pues casi no les quedaban provisiones.
   —Mañana por la mañana volveré al barco. Quedaban unas pocas provisiones cuando me fui. Nos pueden ayudar —dijo Rubén.
   —No hace falta —dijo Nacho—. Yo tengo comida para un par de días en mi campamento.
   —Pero dejemos esas para cuando vayamos al avión, para pasar por allí y poder descansar —propuso Rubén.
   —Mejor será —coincidió Ismael —. Yo dije que podría andar, pero no que pudiera aguantar mucho tiempo haciéndolo.
   —Pues hecho entonces. Mañana voy al barco y pasado salimos.

   Se acostaron, pero Samuel no podía dormirse. Estaba preocupado; no entendía por qué Rubén tenía tantas ganas de ir a aquel avión. Qué se le pasaría por la cabeza. Pasó la noche y llegó el momento de salir. Rubén se preparó y se marchó.
   —Ten cuidado, hijo —le gritó Samuel.
   A la media hora, Rubén volvió con la comida. Hicieron de comer y, después de satisfacer su hambre, empezaron a preparar las cosas para salir, incluyendo una camilla para Carlos por si llegaba a necesitarla. Se pusieron en marcha hacia el campamento de Nacho. Llegaron al mediodía y descansaron allí.
   —Carlos no se encuentra muy bien. Será mejor que no sigamos hoy —dijo Isma.
   —Pero no podemos esperar más. Hay que llegar ya —replicó Rubén.
   —Tengo una idea: Rubén, Nacho y yo iremos al avión, mientras el resto esperáis aquí —dijo Samu.
   Se pusieron en marcha. Unas horas después, cuando llegaron, Rubén salió corriendo y se separó del grupo.
   —Así que este es el famoso Boeing 737 que había desaparecido —dijo Samu asombrado.

   Mientras tanto, en el campamento de Nacho, los demás esperaban despreocupadamente.
   —Hola.
   —¿Quién es? —preguntó Santiago, asustado.
   —Me llamo Sofía. Soy la compañera de Nacho. Yo también soy una superviviente del avión.
   —Pero, ¿por qué Nacho no nos habló de ti? —dijo Isma, enfadado.
   —Se le olvidaría, desde que nos estrellamos se le va un poco la cabeza —aclaró Sofía.

   Samuel se fijó curiosamente en que Rubén buscaba algo en la cabina del piloto. Entonces se dirigió a la parte inferior, en la bodega. Revisaba sin descanso; de repente, mientras Samuel y Nacho divagaban y se contaban cómo se había vivido el accidente del avión en los distintos lugares del mundo.
   Rubén gritó:
   —¡Eh! Dejad de hablar e id a buscar la comida. Creo que va a hacer falta si no encuentro nada por aquí que me sirva.
    Por suerte, Rubén era un fanático de la electrónica y tenía un amigo ingeniero que le había enseñado “todo lo que sabía”.
   —Perfecto —dijo Rubén, satisfecho.
  A Nacho, al que nunca se le habría ocurrido la idea de coger la comida del avión, le pareció muy bien. Cogieron todas las conservas, agua, bebidas... que estaban en buen estado y las llevaron consigo. No era mucho, pero también había unos suministros médicos, ropa en las maletas y otros utensilios que les podrían servir. Estaban esperándolo cuando salió con una simple maleta.
   —¿Qué llevas ahí? —dijo Samuel, indignado.
   —Un par de cosas que necesitaba —dijo Rubén, que no quería dar explicaciones.
   Salieron hacia el campamento, donde encontraron con una sorpresa.

   —Hola, me llamo Sofía.
   —¡Ah! Me había olvidado comentároslo. Esta es Sofía, mi compañera. También estaba en el avión.
   —Vaya cabecita, ¿no? —dijo Samuel.
   Rubén, sin siquiera pestañear, siguió su camino hacia otra parte y se puso a trabajar en algo que nadie sabía.
   Estuvo tres días desaparecido; cuando comía con ellos ni siquiera les hablaba. Se le notaba cansado y falto de sueño. Samuel empezaba a preocuparse por él; temía que se volviera loco.
   A los tres días, Rubén llegó sonriente de oreja a oreja y se acostó para dormir. Todos se afanaron en averiguar lo que había estado haciendo, pero nadie lo descubrió. Solo un encontraron un montón de cachivaches rotos.
   Un par de horas después se levantó. Estaban tranquilos aunque expectantes.
   —¿Por qué estabas tan contento?
   —Seguidme —les dijo Rubén.

   Cuando llegaron al lugar donde los llevó, todos se asombraron por lo que había hecho: había construido aquello que les iba a sacar de allí. Ya todos empezaron a pensar en volver a casa y  reencontrarse con sus familias.


Rubén Gonçalves Prieto [2ºC]

martes, 18 de marzo de 2014

BUCLE TEMPORAL, Óscar Barreiro


BUCLE TEMPORAL
  
   Cuando conocí a mi madre yo tenía 30 años y ella 25. Deja que me explique. Yo trabajaba como agente en la AFPDT (Agencia Federal de Prevención de Desastres Temporales). Era uno de los agentes más destacados. Siempre iba a misiones especiales y muy peligrosas en las que el mínimo error causaba un cambio tremendo en todos los sucesos siguientes, y en las que su victoria era crucial para el destino del mundo. Si se fracasa, puede pasar cualquier cosa. Tienes que asegurarte de borrar todas las huellas que dejaste en el pasado, o en el futuro, porque cualquier señal de que estuviste en algún lugar en un tiempo que no te correspondía, puede abrir una fisura en el continuo espacio-tiempo que se tragaría toda una época, dejando una laguna temporal, un lugar entre dos tiempos en el que no hay ni sucede nada.
   Eso sí, en estas misiones siempre me acompañaba mi padre, que, casualmente, tenía el mismo nivel que yo. Me alegraba ir con él, porque era bastante enrollado, no era un viejales de dentadura postiza y pelo blanco. No, era bastante guay.
   Una vez nos mandaron a los dos a una misión en el 2000, para impedir una laguna temporal sucedida en esa época. No era lo que esperaba. Yo estaba deseando ir a una misión al 3000, el año donde nací, para saber quién fue el asesino de mi madre. A ella la mataron después de que me diera a luz, y mi padre me cuidó desde entonces; pero bueno, el deber es el deber.
   Mi padre y yo nos pusimos ropa de la época y nos metimos en la máquina del tiempo. Este tipo de misiones eran las peores, porque no sabes por dónde empezar a investigar. Lo mejor en estos casos era hablar con la gente. Entonces vi a una chica con la que me dieron ganas de hacer más cosas aparte de hablar... Tenía los ojos grises, de un tono verde aceituna, el pelo castaño y ondulado con reflejos castaños, caderas delgadas, piernas interminables y pies con uñas pintadas a la perfección. Después de conocerla mejor me di cuenta de que no solo estaba buena, sino que era muy simpática y alegre, y era hasta demasiado inteligente y filosófica, y a mí me embobaba su dulce voz saliendo por esos labios rojos. Solo tenía un único defecto: creía en la predestinación. Decía que El Señor había puesto a todos y cada uno de los seres en la tierra para algo, y que el destino no se puede cambiar. Eso es una tontería bien grande, pero ya la supe perdonar, porque desde el primer momento que la vi me enamoré completamente. Fue como un flechazo, y creo que a ella le pasó lo mismo. Yo tenía 30 años y ella solo 25, pero la edad no nos importaba, porque estábamos realmente enamorados. Así pasaron los años y me case con ella. Sabía que estaba incumpliendo las reglas de la AFPDT, y también descuidando la misión, pero no me importaba. Estaba cegado por el amor. Lo que nunca llegué a entender es por qué mi padre no reaccionó, porque, si yo fuera él, denunciaría a mi hijo por ese delito tan tremendo que estaba cometiendo. ¿También estaría él cegado por la felicidad que le daba ver la boda de su hijo? Después de un año lo entendí todo, justo después del parto de mi hijo. En ese momento, de repente, se abrió una fisura entre el continuo espacio-tiempo. Mi padre se tiró de lleno en ella, al parecer, para ganar tiempo, y después de escuchar la grabación que estás escuchando ahora, lo entendí todo. Ahora tienes dos opciones, o lanzar a tu hijo a la fisura, o lanzar a tu mujer, dejando la laguna temporal. Tú decides.
   En cuanto acabó la grabación, nuestro protagonista se quedó atónito. ¡Su padre había relatado la vida de su hijo como si la viviera él! Entonces, comprendió: ¡Se había casado y había tenido un hijo con su madre! Ahora, como estaban dos personas que eran las mismas en el mismo tiempo, la fisura estaba arrasando con todo. Solo podía hacer dos cosas, arrojar a su hijo (es decir, él de pequeño), a la fisura, para que no hubiera existido nunca y no haber tenido un hijo con su madre, y así salvar a la humanidad a cambio de su vida, o ser egoísta como su padre (o sea, él), y tirar a su mujer (madre), para que, técnicamente, no hubiera existido nunca, pero sí nuestro protagonista, y llevarse a su hijo (él), al futuro, creando así una paradoja temporal y atrapándose en un bucle temporal, en el que siempre sucede lo mismo. Y, al fin, se decidió. Se dirigió a su mujer y le dijo: "el destino no se puede cambiar", y se convirtió en el asesino de su madre, esa persona a la que había estado buscando tanto tiempo. Se llevó a su hijo al futuro e hizo lo mismo que hizo su padre con él. Fracasó en la misión, pero era inevitable. Estaba en un bucle temporal, solo podía hacer eso. ¿O no? Quizás, alguno de sus él consigue deshacer el bucle, porque, en realidad, el destino se puede cambiar, porque sí que está escrito, pero en arena. 

ÓSCAR BARREIRO [2ºB]

miércoles, 12 de marzo de 2014

PARA SIEMPRE, Sofía Cerezuela Rubbo


PARA SIEMPRE

   Me preocupa no poder salir adelante sin ti. Siempre me ayudabas y eras el único que me comprendía. Ahora, desde aquel día apenas salgo de casa. Me paso horas y horas mirando nuestras fotos. Estoy sola. Ahora que tú no estás, no me queda nada.
Sueño todas las noches con aquel día. Todo empezó como siempre: los dos nos encontramos en la puerta del instituto.
   Celebrábamos con sonrisas que fuese viernes. Íbamos a ir a la playa ese día, porque te había dicho que hacía mucho que no iba. Y tú, sin dudarlo dos veces, prometiste llevarme. No te importó que no hiciese buen tiempo. Recuerdo que cuando te dije que lo mejor era aplazarlo, dijiste que lo habías prometido y que, por mí, harías lo que fuese, con tal de verme feliz.
   Cuando salimos de clase, fuimos a comer y en ese momento debí haberte convencido para no ir. A lo mejor, ahora estarías a mi lado, abrazándome. Pero no lo hice. Después de comer fuimos a mi casa a por las cosas para ir a la playa. En ese momento, estabas pálido, desorientado, no sé, estabas raro. Pero no dije nada y siempre me arrepentiré de eso.
   Subimos al coche cuando comenzó a llover, dijiste que no me preocupase, que lo más importante era yo, que no pasaría nada. Fui una estúpida, que se calló y no impidió ese viaje. A mitad de camino, comentaste que no habías dormido bien esa noche. Ahora todo es más borroso, no lo recuerdo bien, sólo sé que de alguna manera, entre la lluvia, tu cansancio, todo, chocamos contra un camión.
   Pensar que pude evitar todo eso y no lo hice, me mata por dentro. Nunca entenderé por qué no lo impedí. Lo que más me duele es que tú seas el que estuvo en coma y él que ahora está en un cementerio. Y yo, que tendría que ser la que estuviese muerta, sólo tuve pequeñas lesiones. Algunos lo ven como un golpe de suerte, yo, en cambio, lo veo como una cruel condena.
El día  de tu entierro prometí seguir en esta vida  y luchar por los dos, pero no puedo, soy incapaz, mi vida sin ti no tiene sentido. Eres el centro de mis pensamientos, te dije que siempre estaremos juntos y lo cumpliré. Hace un año de este trágico día, ya debería tenerlo superado. Te prometo cariño, que intenté con todas mis fuerzas luchar y salir adelante, pero no lo logré y siento haberte decepcionado. Antes de acabar con todo esto y volver a reunirme contigo, les dejaré una carta a mis padres, que simplemente dirá “ Adiós mamá y papá, os quiero, pero este es mi destino “ Tranquilo, nadie va a llorar por mi muerte, es lo mejor que puedo hacer. Te echo mucho de menos, pero esta presión en mi pecho cesará pronto cuando vuelva a estar a tu lado.
   Bueno, cariño, esta será nuestra última conversación en este lugar tan frío y deprimente, aquí te dejo mi última rosa y un te quiero como última frase. Pronto volveremos a estar juntos, me da igual el lugar, sólo quiero estar a tu lado para siempre.
           

Sofía Cerezuela Rubbo [2º A]

miércoles, 15 de mayo de 2013

[HACE YA MUCHOS AÑOS...], Pablo Ferrer




   Hace ya muchos años, en el Reino de Odiseum había una pequeña princesa llamada Elisabeth, era muy presumida, simpática y juguetona. Le encantaba inventarse cuentos: cogía las escobas y jugaba a vaqueros, con palos se hacia pasar por su padre librando batallas ante los malvados guerreros, con sus muñecas jugaba a tomar el té… Pero un día, mientras paseaba por el bosque, vio un árbol que los hombres de su padre habían cortado. Éste parecía normal ya que tenía los anillos que señalaban su edad como cualquier árbol, pero el anillo del centro era especial, tenía algo peculiar. Desde ese día comenzó a visitar el árbol cada tarde, y en el momento menos esperado contempló que el raro anillo central se abría apareciendo un ojo en su interior. Elisabeth asombrada no dijo nada a sus padres, pero siguió visitando al árbol y cada vez tenía cosas nuevas, las raíces eran sus extremidades, resina era su cabello… y  cortes eran la boca, por la que comenzó a tener conversaciones con la princesa Elisabeth. Y desde ese día, ésta iba a diario al árbol para hablar y jugar con él.
   De repente despertó, estaba en la cama, todo era un sueño, uno de esos cuentos que tanto le gustaba inventarse, pero por si acaso fue al bosque a comprobarlo y simplemente había un árbol cortado, sin nada raro, pero de allí en adelante empezó a hacer de ese suño una realidad, dándole en su mente vida al árbol.

Pablo Ferrer

viernes, 10 de mayo de 2013

¡SOMOS UN EQUIPO!, Alba Otero



 ¡SOMOS UN EQUIPO!

   “Las cosas no son como empiezan, sino como acaban” eso es lo que nos dice siempre nuestro entrenador.
   Aquel era el último partido de la temporada, el más importante, porque si lo ganábamos, seríamos las campeonas de la liga, así que había que darlo todo.
   El único problema era que dos de nuestras compañeras, Elisa y Susana habían discutido, como siempre, por una tontería que a ellas les parecía el más grave de los problemas. Esto generó que las cosas no fueran bien en el vestuario antes de salir al campo. Había mal ambiente en el equipo y todas estábamos muy nerviosas.
   Comenzó el partido. Desgraciadamente, empezamos perdiendo. No anotábamos canastas, salvo alguna jugada individual de Pilar y Laura, las bases del equipo.
   Al final del segundo cuarto el resultado era favorable al equipo contrario. Perdíamos por diez puntos y el quipo se empezaba a venir abajo.
   Aunque en el descanso nuestro entrenador nos dijo que el partido no estaba acabado y que aún había tiempo para la remontada, nuestras caras decían todo lo contrario.
   Volvimos a la pista. El partido continuaba y teníamos que intentarlo. Susana y Elisa estaban juntas en la pista sin ni siquiera mirarse y las demás no sabíamos qué hacer. Aún así cuando faltaban solamente cinco minutos para terminar el partido, solo perdíamos de seis puntos.
   Aunque nadie le había dicho nada, el entrenador notó que ocurría algo entre nosotras, y pidió su último tiempo muerto.
¿Qué es lo que os pasa? –dijo.- No sois el equipo de siempre, tenéis que dejar atrás vuestras diferencias y demostrar que sois un equipo. ¡Enseñad a toda la gente que os está animando que sois capaces de hacerlo mucho mejor! ¡VÁMOS, EQUIPO!
   Las palabras de nuestro entrenador hicieron que saliéramos a la pista a por todas. Éramos un equipo e íbamos a demostrarlo.
   En el último minuto perdíamos de un punto. Laura tiró un triple pero lo falló. Susana cogió el rebote y cuando faltaban solo unos  segundos para el final del partido, le pasó el balón a Elisa, que estaba sola. Elisa tiró a canasta y el tiempo pareció pararse, hasta que vimos como la pelota entraba y sonaba la bocina del final del partido.
   ¡No podíamos creérnoslo! ¡Habíamos ganado! Todas nos fundimos en un abrazo, incluyendo Susana y Elisa, y saltando emocionadas gritamos ¡SOMOS UN EQUIPO!

Alba Otero Bello

jueves, 9 de mayo de 2013

DIARIO, Paulo Sánchez



22/03/1942

En el campo de concentración todos los días son horribles, pero este ha sido el peor de mi vida, ya que han fusilado a mi hijo Burak. Estoy planteándome el suicidio, pero en cuanto aparece esa idea del suicidio pienso en mi hija y mi mujer emigradas a Estados Unidos y se me borra de la mente.

20/04/1942
   
Hoy ha sido un gran día porque, en vez de darnos una única ración de arroz nos han dado dos, ya que es el cumpleaños Adolf Hitler.

22/03/1943

Aquí me encuentro, en cama tirado, enfermo, deshidratado, hambriento, en los huesos. Hoy hace ya un año de la muerte de Burak y estoy muy triste. Estoy en los últimos años de mi vida, ya pronto me encontraré con mi hijo, pero no quiero morirme sin ver a Alemania perder la guerra, que les hagan lo mismo que nos están, que los envíen a campos de concentraciones, que les obliguen a hacer trabajos forzados, les tatúen los brazos, los dejaran hambrientos ...

17/11/1944

Ya me he curado de mi enfermedad, me encuentro mejor, dicen que el ejercito estadounidense está ganando sus batallas en el Océano Pacífico contra Japón, el imperio del sol naciente. Los rusos ganan sus batallas contra los alemanes, a pesar de la ayuda de la famosa División Azul española.


25/03/1945

He vuelto a enfermar, esta vez sí que es la definitiva.  Me encuentro sin fuerzas, con las defensas bajas, y ahora comprendo en realidad lo que es la muerte.

30/04/1945

Estoy en estado crítico, llevo más de un mes tirado en cama. Todo este tiempo me ha servido para recapacitar. En días anteriores he escrito en este diario mis deseos de que los ejércitos de Rusia y de Estados Unidos ganen la guerra a los alemanes y les hagan sufrir como nos han hecho a nosotros, los judíos, pero estar tanto tiempo cerca de la muerte ahora, ya no se la deseo a nadie, ni  la gente que tanto me ha hecho sufrir durante el holocausto,  arrancándome a un hijo, haciendo que me separe de mi familia. Hoy los rusos han invadido Berlín. La guerra se ha acabado.

Paulo Sánchez

viernes, 12 de abril de 2013

UN DÍA DE LLUVIA, Sara Vicos



UN DÍA DE LLUVIA

   Era una tarde de otoño. Llovía. Odiaba esos días en los que no podías hacer nada más que quedarte en casa viendo cualquier película que estuvieran repitiendo por décima vez. Ya no lo soportaba. Me puse las botas, cogí el chubasquero y ya me disponía a salir cuando de repente escuche un grito:
   -¿A dónde te crees que vas con la que está cayendo?
   No quería responder. No sabía qué responder. No iba a ninguna parte en concreto. O quizás sí. A lo mejor inconscientemente tenía tantas ganas de salir únicamente para pasar por allí, para descubrir simplemente si él estaba allí, trabajando en la cafetería como hacía todas las tardes de domingo para ayudar a su padre. Obviamente ese deseo no era la respuesta que debía darle a mi madre. Así que sin más remedio acepté mi derrota y le respondí decepcionada:
   -A ninguna parte, mamá.
   Me resigné y después de quitarme el chubasquero me fui a mi habitación. Me puse el pijama, pues sabía que no iba a salir más de casa. Encendí el ordenador portátil que ya se encontraba en mi habitación como de costumbre, y me puse a jugar. Me pasé toda la tarde así, jugando a diversos demos gratis con la decepción que me pesaba en el corazón. Inexplicablemente me sentía verdaderamente mal por no poder cumplir mis deseos de verlo. Pero era imposible así que resignada seguí jugando.
   Al día siguiente, sobre las doce de la mañana salí a dar un paseo de paso que hacía los recados. Cuando pasé por delante del ambulatorio me lo encontré y me paré a hablar con él. Iba para urgencias, tenía gripe y ayer no había ido a trabajar. Al fin y al cabo menos mal que mi madre me paró los pies y no salí a verlo en medio de la tormenta, porque iba a llegar a casa aún más decepcionada y aún encima empapada.

Sara Vicos

martes, 9 de abril de 2013

[ERAN DÍAS DE VACACIONES...], Nerea Nogueira


   Eran días de vacaciones, y decidimos irnos a nuestra casa de la aldea, pues mi madre pensaba que las cosas no estaban como para irse de viaje y además hacía mucho que no veía a la gente que vivía por allí.
   El lunes nos levantamos muy temprano, preparamos el equipaje, y pronto llegamos allí. Ese mismo día, cuando estábamos colocando los objetos que habíamos traído por la casa, y la ropa en el armario, vi que una furgoneta y un coche blanco se paraban enfrente del portal. Al poco rato sonó el timbre y mi madre cogió el telefonillo y empezó a hablar. Cuando paró, le pregunté quién era, y me contestó que los gitanos habían venido a ‘’vendernos calcetines’’. Dijo ‘’vendernos calcetines ‘’ porque ella, en realidad pensaba que venían aquí para mirar si había gente en la casa, y si no había, entrar a robar, como ya habían hecho otras veces.
   Todas estas cosas nos ponen muy nerviosas, y por eso apenas dormimos esa noche.
   Como a mí no me gustaba estar en la Aldea, le insistí en ir a algún lugar cercano. Ella me propuso Las Cíes, y yo acepté, me apetecía mucho bañarme en aquellas aguas cristalinas. Preparamos los bocadillos y esa tarde marchamos.Lo pasamos muy bien, pero cuando llegamos del viaje, vimos que algo había ocurrido en nuestro hogar. Entramos y vimos que faltaban muchas cosas: en la caseta, faltaba la lavadora; en la cocina, el microondas; en la habitación de mi hermano, su ordenador; y en la de mi madre, sus joyas. Nos pusimos de muy mal humor y llamamos a la policía. Mi madre le explicó lo sucedido esta mañana, y que ya  nos había pasado otras dos veces más, entonces la policía condenó a los gitanos a dos años en la cárcel y les puso una buena multa.
   El jueves, cuando ya estábamos todos más tranquilos, fui a dar un paseo en bicicleta. A través de un portal, pude ver a Mercedes, mi vecina poniendo la lavadora, y a sus dos hijas sacándose fotos en el jardín. No podía ser, pero... era nuestra lavadora y mi cámara.  No sabía qué hacer, María y Violeta eran muy amigas mías, y Mercedes era la vecina que mejor se llevaba con mi madre.
   Cuando conté lo que vi, nadie me creía, pero acabamos volviendo a llamar a la policía. Ésta liberó a los gitanos y pronto vino al pueblo. Efectivamente yo tenía razón, Mercedes era la ladrona. Nos contó que se sentía muy mal por lo hecho, que estaba loca, y que se quería morir. Que lo hiciera porque estaba sufriendo mucho la crisis y  apenas tenía dinero para comer y mucho menos para comprar ropa o tecnologías.
   Al final, Mercedes nos devolvió los objetos, y mi madre, fue comprensible y no se enfadó con ella, es más, se sentía mal por haber culpado a los gitanos y hasta les compró los calcetines.
   Al fin y al cabo, en mi opinión fueron unas vacaciones muy divertidas, y espero que el año que viene sean iguales o mejores.

Nerea Negueira

lunes, 8 de abril de 2013

¿LAS PERSONAS ELIGEN A LOS LIBROS O LOS LIBROS ELIGEN A LAS PERSONAS?, Sara Vicos



¿LAS PERSONAS ELIGEN A LOS LIBROS O LOS LIBROS ELIGEN A LAS PERSONAS?

   Me llamo Elisabeth Santos. Tengo veinte años y estoy estudiando la carrera de literatura. Dedico la mayor parte del tiempo a estudiar, pero me gusta quedar con mis amigos, ir de fiesta, escuchar música y leer. Me encanta leer. Siempre llevo conmigo un libro, o en el bolso o en la mochila, pero nunca me olvido de él. Leo en cualquier parte: en la consulta del médico, en la parada del bus… no soy de esas personas que solo leen cinco minutos en la cama antes de ponerse a dormir. Y puede que sea una fanática de la lectura, pero no siempre fue así.
   Cuando era pequeña odiaba leer. Lo pasé fatal cuando llegué a quinto y a sexto de primaria, y aun peor en secundaria cuando nos empezaron a mandar libros para leer en casa, dos o tres por trimestre. Odiaba leer, y aun más si esos libros no los elegía yo específicamente de lo que me gustaba.
   Odiaba pasar por delante de las librerías o bibliotecas. Me recordaban a los profesores y a todos los libros que aún me quedaban por leer ese trimestre para los exámenes. Pero sobre todo no era capaz de entender cómo la gente se podía divertir leyendo y leyendo libros que solo de verlos metían miedo. Incluso más que mis libros de sociales y naturales juntos. Parecía que al cogerlo, con el peso se te iban a caer las manos hasta quedarse aplastadas en el suelo por ese enorme y pesado montón de hojas con letra minúscula y sin un solo dibujo.
   Pero todo cambió cuando yo tenía trece años. Un día pasé por delante de una librería y vi un libro que me llamó mucho la atención: en la portada tenía dibujada una gran sonrisa. Todos los días pasaba por delante de la librería para ir al colegio, y todos los días lo veía sin poder evitar quedarme mirándolo.
   Pasaron tres semanas asi, mirando aquella sonrisa cada dia, parecía que estaba esperando a que entrara a comprarlo y es que solo con verlo ya me alegraba el dia, transmitía buenas sensaciones. Y ya no pude aguantar mas y aquel dia tome una de las mejores decisiones que tome nunca: entrar en la librería y comprarlo.
   Lo que ponía aquel libro no os lo puedo contar, porque es algo que tendréis que descubrir vosotros con el tiempo, pero lo que si os puedo decir es que dos semanas después, cuando lo acabé de leer, mi vida había cambiado para siempre. Todo gracias a que aquel libro me encontró.

Sara Vicos

martes, 10 de abril de 2012

UN SUEÑO FANTÁSTICO, Carmela Vázquez



UN SUEÑO FANTÁSTICO

   Hace muchos años, en mi aldea vivía una niña llamada Ana: siempre había querido viajar en el tiempo.
   Ana era baja y delgada, su pelo era bastante largo de color castaño, y los ojos de color azul claro.

   Un día se quedo dormida en el sillón y empezó a soñar que su padre estaba metiendo las maletas en el coche, y que ella estaba sentada en el asiento trasero. Un instante después ya estaban en la casa de sus abuelos,;  ella salió del coche y corrió veloz como un rayo hacia el desván, donde encontró un reloj viejo y estropeado, y decidió arreglarlo. Cuando lo puso en hora no se dio cuenta de que el calendario señalaba el día 19 de junio de 1973. En seguida vio a un hombre guapísimo intentando impresionar a un grupo de chicas. Ana reconoció a su madre entre aquellas chicas. Dio un paseo por ese barrio. Le resultó curioso ver a su profesor de historia pintando grafittis. Pensó: "Y éste es el que me decía que con mis dibujos no llegaría lejos. ¡Anda que...!".
   De repente escuchó una voz que la despertó.
   —Ana, despierta. Vamos a ir a casa de tu amiga Natalia.
   —¿Qué? —dijo Ana—. ¡Ah! Lo siento: he tenido un sueño muy raro.
   Y empezó a contar su sueño. Cuando acabó, su madre dijo:
   —¡Cuánta imaginación tienes!
   Ana pensó: "¡Y si hubiese sido verdad!  
   Cuando llegaron a casa de su amiga Natalia, Ana le contó su sueño. Ésta le dijo impresionada:
   —¡Qué cuento tan fantástico...! Mejor dicho: ¡Qué sueño tan fantástico!
   —¡Ya lo creo!— respondió Ana.
  
   Pasado el tiempo, cuando Ana se hizo mayor, compuso con todos sus sueños un libro que a los niños les encantó.

Carmela Vázquez González

sábado, 9 de abril de 2011

LA HIJA DE LA NOCHE

La señora Bonnard se detuvo un momento para recuperar el aliento. Venía corriendo desde la plaza y su cuerpo rechoncho no estaba acostumbrado a semejante ritmo. Se disponía a reanudar su apresurada carrera cuando oyó una voz tras ella:
—¡Régine! ¡Régine!
La señora Bonnard, algo contrariada, esperó a que la señora Lavoine llegara a su altura.
—¿Dónde vas tan deprisa, Régine? ¿No vienes hoy al mercado?
—Cómo, Marie… ¿no lo sabes? —La señora Bonnard fingió sorpresa—. ¿No has oído la noticia?
La señora Lavoine negó tímidamente. Sabía, como la que más, que la señora Bonnard siempre era la primera en enterarse de todos los chismes. Pero la pequeña y sumisa señora Lavoine era demasiado ingenua como para darse cuenta de que, además, su amiga disfrutaba dejando patente la ignorancia de sus vecinas en materia de novedades, y que le encantaba ser la fuente de información de todas las comadres de Beaufort. Por eso aceptó su papel en el juego de la señora Bonnard; por eso, y porque también ella quería saber qué era aquello tan importante que hacía correr y resoplar a su obesa compañera.
—No, ¿de qué se trata?
—No lo adivinarías…
La señora Bonnard miró a la señora Lavoine, saboreando el momento.
—Cuenta, cuenta…
—¿Te doy una pista?
—¡Oh, Régine, no seas mala! ¡Sabes que no se me dan bien los acertijos! Por favor, me muero de curiosidad…
La señora Bonnard pareció darse por satisfecha. Se llevaba bien con la señora Lavoine porque ésta no solía cuestionar su autoridad. En su lugar, la señorita Dubois, e incluso la señora Buquet, le habrían respondido con un desplante. Pero la señora Lavoine era la confidente perfecta: sabía escuchar sin interrumpir y, por lo general, creía todo lo que le contaban.
La señora Bonnard sonrió. Reanudó la marcha calle arriba, a un ritmo más calmado, y la señora Lavoine se apresuró a colocarse a su lado. La señora Bonnard apoyó la mano en el brazo de su compañera, en señal de confianza.
—Marie, no vas a creerlo —comenzó, en un tono altamente apropiado para compartir chismes; hizo una pausa muy teatral y la señora Lavoine la miró, expectante, pero finalmente lo soltó—: ¡Isabelle ha vuelto a Beaufort!
La noticia no causó el efecto que la señora Bonnard había esperado. Su amiga se mantuvo con el semblante inexpresivo...
 LAURA GALLEGO, EDITORIAL EDEBÉ

miércoles, 30 de marzo de 2011

FELICIDAD A LA CAZUELA

                                                                                 
Comenzamos poniendo una cazuela con agua  al fuego. A continuación se echan tres cucharadas de momentos felices ( exclusivos del mercado de los recuerdos ) . Abrimos un sobre de risas y lo vaciamos cuidadosamente en un plato aparte. Le añadimos cuatro carcajadas para darle sabor y después echamos todo en la cazuela.
Añadimos un chorrito de los días que pasas con tus mejores amigas , lo condimentamos con " te quieros" de tus seres queridos y una pizca de salud. Lo revolvemos todo para que se mezcle bien y,  por último,  le añadimos como guarnición fiesta y vacaciones. Listo para tomar.

Antía Soto 1º ESO E

lunes, 21 de marzo de 2011

LOS NIÑOS Y LAS RANAS



Unos niños se fueron a jugar a un estanque y empezaron a lanzar piedras al agua. Cada vez que el tiro les salía bien, se reían a carcajadas al ver que los guijarros levantaban penachos de espuma por el aire. En cambio, las ranas que vivían en el estanque no se lo estaban pasando nada bien. La lluvia de piedras las tenía aterrorizadas, y se escondían tras los nenúfares para protegerse de los impactos. Al fin, una rana se atrevió a sacar la cabeza fuera del agua y les suplicó a los niños:
-¡Parad ya de una vez! ¡Lanzar piedras es para vosotros un juego, pero para nosotras es un asunto de vida o muerte!

¿Cuál es la moraleja?

EL PERRO Y EL HUESO


Un perro que llevaba un hueso en la boca se asomó a una laguna y vio su propia imagen reflejada en el agua, pero no se dio cuenta de que se estaba mirando a sí mismo.
"Ese perro", pensó, "lleva un hueso más grande que el mío. Y con más carne. ¡Ojalá se lo puediese quitar! Voy a ladrarle, y se le caerá de la boca". Pero cuando el estúpido perro abrió la boca para ladrar, el hueso se le cayó al fondo de la laguna, así que aquel día se quedó sin comer.

¿Cuál es la moraleja?

miércoles, 16 de marzo de 2011

FÁBULA


EL RATÓN DE LA CORTE Y EL DEL CAMPO
Un Ratón cortesano
convidó con un modo muy urbano
a un Ratón campesino.
Diole gordo tocino,
queso fresco de Holanda,
y una despensa llena de vianda
era su alojamiento,
pues no pudiera haber un aposento
tan magníficamente preparado,
aunque fuese en Ratópolis buscado
con el mayor esmero,
para alojar a Roepan Primero.
Sus sentidos allí se recreaban;
las paredes y techos adornaban,
entre mil ratonescas golosinas,
salchichones, perniles y cecinas.
Saltaban de placer, ¡oh qué embeleso!
de pernil en pernil, de queso en queso.
En esta situación tan lisonjera
llega la despensera.
Oyen el ruido, corren, se agazapan,
pierden el tino, mas al fin se escapan
atropelladamente
por cierto pasadizo abierto a diente.
«¡Esto tenemos! dijo el campesino;
reniego yo del queso, del tocino
y de quien busca gustos
entre los sobresaltos y los sustos.»
Volviose a su campaña en el instante
y estimó mucho más de allí adelante,
sin zozobra, temor ni pesadumbres,
su casita de tierra y sus legumbres.
 
Fábula de Félix María de Samaniego 

jueves, 10 de marzo de 2011

CENICIENTA

Érase una vez una joven llamada Cenicienta cuya madre natural había muerto siendo ella muy niña. Pocos años después, su padre había contraído matrimonio con una viuda que tenía dos hijas mayores. La madre política de Cenicienta la trataba con notable crueldad, y sus hermanas políticas le hacían la vida sumamente dura, como si en ella tuvieran a una empleada personal sin derecho a salario.
Un día, les llegó una invitación. El príncipe proyectaba celebrar un baile de disfraces para conmemorar la explotación a la que sometía a los desposeídos y al campesinado marginal. A las hermanas políticas de Cenicienta les emocionó considerablemente verse invitadas a palacio, y comenzaron a planificar los costosos atavíos que habrían de emplear para alterar y esclavizar sus imágenes corporales naturales con vistas a emular modelos irreales de belleza femenina. (Especialmente irreales en su caso, dado que desde el punto de vista estético se hallaban lo bastante limitadas como para parar un tren.) La madre política de Cenicienta también planeaba asistir al baile, por lo que Cenicienta se vio obligada a trabajar como un perro (metáfora tan apropiada como desafortunadamente denigratoria de la especie canina).
Cuando llegó el día del baile. Cenicienta ayudó a su madre y hermanas políticas a ponerse sus vestidos. Se trataba de una tarea formidable: era como intentar apelmazar cuatro kilos y medio de carne animal no humana en un pellejo con capacidad para contener apenas la mitad. A continuación, vino la colosal intensificación cosmética, proceso que resulta preferible no describir aquí en absoluto. Al caer la tarde, la madre y hermanas políticas de Cenicienta la dejaron sola con órdenes de concluir sus labores caseras. Cenicienta se sintió apenada, pero se contentó con la idea de poder escuchar sus discos de canción protesta.
Súbitamente, surgió un destello de luz y Cenicienta pudo ver frente a ella a un hombre ataviado con holgadas prendas de algodón y un sombrero de ala ancha. Al principio, pensó que se trataba de un abogado del Sur o de un director de banda, pero el recién llegado no tardó en sacarla de su error.
-Hola, Cenicienta, soy el responsable de tu padrinazgo en el reino de las hadas o, si lo prefieres, tu representante sobrenatural privado. ¿Así que deseas asistir al baile, no es cierto? ¿Y ceñirte, con ello, al concepto masculino de belleza? ¿Apretujarte en un estrecho vestido que no hará sino cortarte la circulación? ¿Embutir los pies en unos zapatos de tacón alto que echarán a perder tu estructura ósea? ¿Pintarte el rostro con cosméticos y productos químicos de efectos previamente ensayados en animales no humanos? -Oh, sí, ya lo creo -repuso ella al instante. Su representante sobrenatural dejó escapar un profundo suspiro y decidió aplazar la educación política de la joven para otro día. Recurriendo a su magia, la envolvió de una hermosa y brillante luz y la transportó hasta el palacio.
Frente a sus puertas, podía verse aquella noche una interminable hilera de carruajes: aparentemente, a nadie se le había ocurrido compartir su vehículo con otras personas. Y llegó Cenicienta en un pesado carruaje dorado que arrastraba con enorme esfuerzo un tiro de esclavos equinos. La joven iba vestida con una ajustada túnica fabricada con seda arrebatada a inocentes gusanos, y llevaba los cabellos adornados con perlas producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas. Y en los pies, por arriesgado que ello pueda parecer, llevaba unos zapatos labrados en fino cristal.
Al entrar Cenicienta en el salón de baile, todas las cabezas se volvieron hacia ella. Los hombres admiraron y codiciaron a aquella mujer que tan perfectamente había sabido satisfacer la estética de muñeca Barbie que unos y otros aplicaban a su concepto de atractivo femenino. Las mujeres, por su parte, adiestradas desde su más tierna edad en el desprecio de sus propios cuerpos, contemplaron a Cenicienta con envidia y rencor. Ni siquiera su propia madre y hermanas políticas, consumidas por los celos, fueron capaces de reconocerla.
Cenicienta no tardó en captar la mirada errante del príncipe, quien se encontraba en aquel momento ocupado discutiendo acerca de torneos y peleas de osos con sus amigóles. Al verla, el príncipe se sintió temporalmente incapaz de hablar con la misma libertad que la generalidad de la población. «He aquí -pensó-, una mujer a la que podría convertir en mi princesa e impregnar con la progenie de mis perfectos genes, lo que me convertiría en la envidia del resto de los príncipes en varios kilómetros a la redonda. ¡Y encima es rubia!»
El príncipe se dispuso a atravesar el salón de baile en dirección a su presa. Sus amigos siguieron sus pasos en pos de Cenicienta, y todos aquellos varones presentes en la sala que contaban menos de setenta años de edad y no estaban ocupados sirviendo copas hicieron lo propio.

Cenicienta, orgullosa de la conmoción que estaba causando, avanzaba con la cabeza alta, adoptando el porte propio de una mujer de elevada condición social. Pronto, sin embargo, resultó evidente que dicha conmoción se estaba convirtiendo en algo desagradable o, al menos, susceptible de producir disfunción social.
El príncipe había declarado de modo inequívoco a sus amigos que tenía intención de «poseer» a aquella Joven mujer. Su determinación, no obstante, había Irritado a sus compañeros, ya que también ellos la codiciaban y pretendían poseerla. Los hombres comenzaron a gritarse y empujarse unos a otros. El mejor amigo del príncipe, un duque tan robusto como cerebralmente constreñido, le detuvo a medio camino de la pista de baile e insistió en que él sería quien consiguiera a Cenicienta. La respuesta del príncipe consistió en un rápido puntapié en la Ingle, lo que dejó al duque temporalmente inactivo. El príncipe, sin embargo, se vio inmovilizado por otros varones sexualmente enloquecidos y desapareció bajo una montaña de animales humanos.
Las mujeres contemplaban la escena, espantadas ante aquella depravada exhibición de testosterona, pero, por más que lo intentaron, se vieron incapaces de separar a los combatientes. A sus ojos, parecía que no era otra que Cenicienta la causa del problema,
por lo que la rodearon dando muestras de una nada fraternal hostilidad. Ella trató de escapar, pero sus incómodos zapatos de cristal lo hacían casi imposible. Afortunadamente para ella, ninguna de sus rivales había acudido mejor calzada.
El estruendo creció hasta el punto de que nadie oyó que el reloj de la torre estaba dando las doce. Al sonar la última campanada, la hermosa túnica y los zapatos de Cenicienta se esfumaron y la joven se vio nuevamente ataviada con sus viejos harapos de campesina. Su madre y hermanas políticas la reconocieron de Inmediato, pero guardaron silencio para evitar una situación embarazosa.
Ante aquella mágica transformación, todas las mujeres enmudecieron. Liberada del estorbo de su túnica y de sus zapatos, Cenicienta suspiró, se estiró y se rascó los costados. A continuación, sonrió, cerró los ojos y dijo:
-Y ahora, hermanas, podéis matarme si así lo deseáis, pero al menos moriré contenta.
Las mujeres que la rodeaban volvieron a experimentar una sensación de envidia, pero esta vez enfocaron la situación desde una perspectiva diferente: en lugar de perseguir venganza, comenzaron desprenderse de los corpiños, corsés, zapatos y demás prendas que las limitaban. Inmediatamente, empezaron a bailar a saltar y a gritar de alegría, pues se sentían al fin cómodas con su prendas interiores y sus pies descalzos.
De haber distraído los varones la mirada de su machista orgía de destrucción, habrían podido ver a numerosas mujeres ataviadas tal y como normalmente acuden al tocador. Sin embargo, no cesaron de golpearse, aporrearse, patearse y arañarse hasta perecer todos, desde el primero hasta el último.
Las mujeres chasquearon los labios, sin experimentar remordimiento alguno. El palacio y el reino habían pasado a ser suyos. Su primer acto oficial consistió en vestir a los hombres con sus propios vestidos y afirmar ante los medios de comunicación que los disturbios habían surgido cuando algunas personas amenazaron con revelar la tendencia del príncipe y de sus amigos al travestismo. El segundo fue fundar una cooperativa textil destinada únicamente a la producción de prendas femeninas confortables y prácticas. A continuación, colgaron un cartel en el castillo anunciando la venta de CeniPrendas (pues así se denominaba la nueva línea de vestido) y, gracias a su actitud emprendedora y a sus hábiles sistemas de comercialización, todas -incluidas la madre y hermanas políticas de Cenicienta- vivieron felices para siempre.

JAMES FINN GARNER, Cuentos para niños y niñas políticamente correctos