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lunes, 2 de octubre de 2017

RESUMEN, ESQUEMA DE IDEAS, COMENTARIO CRÍTICO


   Roberto Carlos (ojo, el cantante, no el futbolista) nos metió la idea en la cabeza. Él plantó la semilla con su mítico «yo quiero tener un millón de amigos y así más fuerte poder cantar». Años más tarde, llegada Mark Zuckerberg para regar la planta poniendo al alcance de un simple clic la amistad. Sin embargo, aunque nos empeñemos, nuestro cerebro no está de acuerdo. O por lo menos eso es lo que dice Robin Dunbar, que estableció en 1992 que 150 es el límite de relaciones estables que una persona puede mantener, cuyas circunstancias y datos se recuerdan. El número está relacionado con el tamaño y la capacidad de proceso de la neocorteza cerebral y el paralelismo observado en primates para predecir así el tamaño del grupo social de los humanos.
  Es decir, hablando claro, que solo podemos tener 150 amigos. Sí, aunque tengamos 500 en Facebook. Eso sí, no todo el mundo es tan radical como este antropólogo británico. «Depende de cada persona y de su estilo de vida. Hay características, como ser sociables o extrovertidos, que influyen en las relaciones, y en esto cada persona es un mundo», explica la psicóloga Luisa Pereda. Por su parte, para Verónica Herrán la clave es «no centrar la atención en el número, sino en la intensidad de la relación» ya Que a veces es suficiente contar con un mejor amigo (BEF para las nuevas generaciones) y después otras relaciones sin este nivel de profundidad.
  Aquí radica el quid de la cuestión: qué entiende cada uno por amigo. Hay que ser conscientes de que hoy, en los tiempos de las redes sociales, la palabra amigo ha perdido matices. En Facebook y Twitter (aunque aquí se habla de seguidores) ahora, y antes en Tuenti y Messenger, este vocablo es, para algunos, «una etiqueta para denominar lo que sedan los contactos de la agenda». ¿Todos amigos? No. son lo que otros llaman «amigos virtuales», que, en ocasiones, «buscan suplir las conexiones personales significativas de las que muchas personas carecen en la vida real. Si sustituyen a las relaciones humanas, estas se empobrecen y ahí tendríamos que valorar hacia dónde queremos ir y cómo estamos evolucionando». Ya lo dice el refrán: quien tiene un amigo, tiene un tesoro. Y según Robin Dunbar, no son más de 150. Aunque, como asegura tu madre, los «de verdad» se cuentan con los dedos de una mano.
Alba Precedo, La Voz de Galicia, 29 de agosto de 2016, [adaptación]

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Alba Precedo sostiene, basándose en estudios científicos, que los seres humanos no están capacitados para tener infinitas relaciones sociales. Por lo tanto, es evidente que en la sociedad virtual que promueven redes sociales como Facebook, el significado de la palabra amigo ha sido desvirtuado.


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[ Antecedente]
  • Estudios científicos demuestran que existen límites en la relaciones sociales humanas.

[Consecuente]

  • La sociedad contemporánea ha desvirtuado el concepto de amistad: muchos supuestos vínculos son falsos.
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Tesis:

La sociedad actual ha convertido también la amistad en un simulacro, una falsedad.



miércoles, 5 de octubre de 2016

RESUMEN O ESQUEMA DE IDEAS Y COMENTARIO CRÍTICO




  Es raro el día que no me cruzo con turistas. No bien atravieso el portal de mi casa, me encuentro con ellos, esa gente que viaja por placer, según nos enseña el María Moliner que es un turista. Los veo enfrente de mi domicilio, deslumbrados por el skyline de Barcelona. También es raro el día en que no me preguntan algo. Dado que mi vivienda está en el trayecto que tienen que hacer para llegar al Parc Güell, se me acercan con sus planos desplegados. Algo desorientados me preguntan por el camino exacto que los lleve hasta Gaudí.
   Estas Navidades invité a unos amigos a cenar en un restaurante de la plaza Real. Es un restaurante italiano cuya especialidad son las pizzas. Mis amigos dudaron. Un restaurante en el corazón del turismo de masas, entre la turba invasiva, qué podría ofrecernos sino una comida prefabricada. Cuando terminamos de cenar, mis amigos reconocieron la calidad de lo ingerido y, sobre todo, la calidad de los calamarcitos fritos como si los estuviéramos deglutiendo  en el Albaicín de Granada. Subimos, luego, por las Ramblas hasta plaza Catalunya. Allí nos despedimos y nos deseamos un feliz 2015. Yo, contento, porque me pareció que había ganado para mi causa a unos buenos amigos.
   Mi causa es que no podemos pasarnos toda la vida estigmatizando a los turistas. No podemos seguir creyendo que ya no se puede caminar por las Ramblas porque ellos, además de ensuciar, nos robaron el espacio. Que yo sepa, los turistas no nos echaron de ningún lado. No nos echaron de las Ramblas porque la progresía comprometida (la pija no bajó nunca, ni siquiera en los años setenta), esa progresía de la que yo formo también parte, se marchó sola. Desertamos de las Ramblas mucho antes del 92. Otra cosa muy distinta es exigir una mejor gestión del turismo. Si alguien cree que el turismo con valor añadido y no solo depredador se puede poner en práctica en Barcelona, no tendré ninguna objeción que hacer. Pero sí la tengo y la tendré con ese sector de la inteligencia barcelonesa que va elaborando una ideología de la precaución respecto a ese contaminante calor de masas que no es de casa nostra.
   Si insistimos tanto en la necesidad de limpiar (palabra que suele usarse, no sé con cuánta mayor o menor conciencia de su peligrosísima connotación) de turistas el centro de Barcelona para que podamos recuperar nuestro paraíso perdido, creo que estaremos al borde de pisar terreno pantanoso, tan pantanoso como una disimulada xenofobia disfrazada del ideal de espacio público.

(J. Ernesto Ayala-Dip, El País, 7 de enero de 2015, adaptación)

martes, 4 de octubre de 2016

RESUMEN Y COMENTARIO CRÍTICO, TAMARA MONTERO


  La vida y la dignidad de una persona cuestan exactamente 20.000 euros. Lo que un juez dictaminó que tenía que pagar Tiziana Cantone a diferentes webs y redes sociales en compensación por retirar unos vídeos sexuales. Vídeos que destrozaron su vida y que la empujaron al suicidio. Vídeos grabados por la persona en que había depositado su confianza. Vídeos que acabaron trascendiendo lo audiovisual. Dieron la vuelta al mundo. Se convirtieron en camisetas. Hicieron canciones, memes, bromas y chascarrillos. Se convirtieron en materia de debate en canales televisivos. Esos vídeos, que nunca debieron haber salido del ámbito privado, la obligaron a cambiarse de ciudad. A intentar cambiarse de nombre para huir del escarnio público, de la denigración más absoluta. Para intentar recomponer su vida después de ser masacrada por algo de lo que nadie debía haberla culpado. Pero no pudo. No pudo huir de aquello, de lo que la había reducido de persona a bufón del mundo entero. La única salida que encontró fue suicidarse. Y lo más trágico de este asunto es que ha sido la sociedad entera la que ha empujado a una víctima a ahorcarse, mientras que los culpables siguen disfrutando de una vida tranquila. Anónima. Los culpables son los que colgaron el vídeo, sí, pero más culpables somos los que formamos parte de una sociedad que se ha cebado en la víctima y no en el verdugo. Los machistas 2.0.
 

TAMARA MONTERO, La Voz de Galicia, 19 de septiembre de 2016.

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Tamara Montero sostiene que en la sociedad actual se tiende en muchos casos a, si no atacar, sí, al menos, a ridiculizar a la víctima en lugar de al culpable. Halla un ejemplo en el caso de Tiziana Cantone, quien, tras haber sufrido la difusión de unos vídeos de índole sexual, terminó por suicidarse, a causa del escarnio que anteriormente la había llevado a cambiar de ciudad y a intentar cambiar de identidad.

Antón Iglesias

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   Es impensable que en pleno siglo XXI sigamos sexualizando el cuerpo de la mujer. Después de tantos avances políticos, sociales y culturales, resulta difícil creer que aún siga existiendo gente que, aprovechándose de unos vídeos sexuales, logre denigrar a una persona. En este caso, a una mujer. Y sí, digo una mujer porque estoy segura de que si fuese al revés, no causaría tanto revuelo mediático. Nunca he oído un caso de un hombre que se haya quitado la vida porque un vídeo sexual suyo haya salido a la luz. Vídeos que, en el caso de Tiziana, no deberían haber trascendido. Ella simplemente tuvo la mala suerte de que los vídeos acabaran en las manos incorrectas. Gente que los difundió sin calcular las consecuencias que podrían alcanzar. Y motivaron que esta pobre chica terminase quitándose la vida. Existe un problema social: la trivialización del dolor de los demás. Tanto los que difundieron los vídeos como los que disfrutaron viéndolos o compartiéndolos, sin olvidarnos de los que bromeaban sobre ellos, no son conscientes de la dignidad de las personas que les rodean. Es terrible la muerte de Tiziana, tan terrible como el hecho de que esta frivolización del dolor siga existiendo y pueda ocasionar daños futuros a otras personas. Que una noticia de tal magnitud no nos extrañe y que sigamos culpabilizando a la víctima, sin pararnos a pensar en el daño que hacemos, es un síntoma evidente de que la sociedad está enferma. Deberíamos analizar los motivos que llevaron a esta protagonista al suicidio: aproximarnos a la vida vacía que llevaba, imaginar las vivencias infernales e insoportables que la empujaron a tomar tal decisión. Pese a todos los movimientos feministas, la igualdad de condiciones entre géneros y todas esas parafernalias progresistas, mientras sigamos culpando a una mujer y no a sus agresores, la nuestra seguirá siendo una sociedad asquerosamente machista.


Gema Pais Martínez 


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   A pesar de todo lo que las mujeres hemos conseguido a lo largo de los años, no cabe duda de que el machismo es algo cada vez más presente en nuestra sociedad. En este caso, la vida de Tiziana Cantone ha sido arrebatada por un estúpido sistema de valores que tacha de promiscua a cualquier mujer que ponga en manifiesto el ejercicio de su libertad sexual.
   Hoy en día cosas tan simples como caminar sola por la calle, ciertos puestos de trabajo, la vestimenta o una canon de belleza que obliga a la depilación, no son más que aspectos sociales en los que se reafirman las diferencias entre hombres y mujeres. Y aún es peor cuando se trata de la sexualidad: la sociedad sexualiza el cuerpo femenino hasta el punto de que las mujeres tenemos que vivir en un continuo estado de represión, a diferencia de los hombres. En consecuencia, si el caso de Cantone lo hubiese protagonizado un chico, éste sería considerado por la sociedad como alguien admirable, obviando el verdadero conflicto que supone la publicación de determinados contenidos que no deben trascender la intimidad del individuo.
   Todo esto no quiere decir que la exposición de la víctima en dichos vídeos haya sido inteligente o, incluso, moralmente correcta, pero ese no es el caso: el  problema procede una sociedad arcaica y de la que todos participamos, que provoca que aún hoy en día haya gente que viva soportando injustas y vetustas diferencias.

Irene García Pizarro
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 Tamara Montero nos habla de Tiziana Cantone igual que lo podría haber hecho de muchas otras mujeres que se ven en situaciones semejantes. El caso de Tiziana no es algo aislado; es frecuente en la sociedad de la información que la gente mande vídeos de carácter erótico a personas que consideran lo suficientemente cercanas. El problema se produce cuando se convierten en virales, sometiendo a la persona grabada (casi siempre una mujer) a la mofa y la humillación más absoluta por parte de una sociedad profundamente patriarcal y machista.
   La raíz del problema se vertebra sobre tres ejes: la cosificación y sexualización de la mujer, la cultura de culpabilización de la víctima y el anonimato que brindan las nuevas tecnologías.
   A pesar de que nuestra sociedad ha avanzado enormemente en muy poco tiempo, sigue quedando mucho por hacer y es que el machismo sigue estando muy presente; sólo existe un factor diferencial: se oculta mejor. La mujer se ha convertido en un objeto sexual para uso y disfrute del hombre, y es que es frecuente ver anuncios, series o películas en los que la figura de la mujer está cosificada. Es por esto que un pecho femenino está muchísimo más sexualizado que el de un hombre (como bien nos demuestra Instagram prohibiendo sólo los pezones femeninos en sus redes) y, por tanto, es la mujer la que se ve sometida a la presión de mandar vídeos eróticos a su pareja y de demostrar su atractivo. Además la sexualización de la mujer tiene un doble filo, ya que se espera de ella que sea eficiente sexualmente y dispuesta a complacer al hombre, pero al mismo tiempo se la reprime si trata de vivir su sexualidad de una manera libre.
   Por otra parte, resulta evidente que en nuestra sociedad es la víctima la que padecerá las miradas reprensivas y las voces acusatorias: que si no debería haber mandado el vídeo, que si se lo merece por promiscua, que si haciendo eso no se respeta a sí misma... En definitiva, parece que la culpa no es nunca del que mandó el vídeo sin consentimiento de la persona grabada, o de los que lo reprodujeron. El que divulgó el vídeo traicionó la intimidad de la otra persona, a sabiendas de que eso significaría la exposición una imagen pública de su imagen que jamás podrá volver a restaurar.
   No son fenómenos recientes la crueldad y la maledicencia. Las nuevas tecnologías, que facilitan tantos ámbitos de la vida, también permiten la difusión del mal desde el amparo del anonimato, que facilita la impunidad al que comete cierto tipo de fechorías. Además, la distancia de la pantalla propicia el aumento de la insensibilidad y libera a los cómplices del sentimiento de culpa.
    Está claro que debemos comprender y analizar la sociedad machista y digital en la que vivimos para poder resolver un problema tan grave como el escarnio que puede provocar la divulgación de la intimidad.
   
    Daniel Quintás
    

RESUMEN Y COMENTARIO CRÍTICO, TAMARA MONTERO


  La vida y la dignidad de una persona cuestan exactamente 20.000 euros. Lo que un juez dictaminó que tenía que pagar Tiziana Cantone a diferentes webs y redes sociales en compensación por retirar unos vídeos sexuales. Vídeos que destrozaron su vida y que la empujaron al suicidio. Vídeos grabados por la persona en que había depositado su confianza. Vídeos que acabaron trascendiendo lo audiovisual. Dieron la vuelta al mundo. Se convirtieron en camisetas. Hicieron canciones, memes, bromas y chascarrillos. Se convirtieron en materia de debate en canales televisivos. Esos vídeos, que nunca debieron haber salido del ámbito privado, la obligaron a cambiarse de ciudad. A intentar cambiarse de nombre para huir del escarnio público, de la denigración más absoluta. Para intentar recomponer su vida después de ser masacrada por algo de lo que nadie debía haberla culpado. Pero no pudo. No pudo huir de aquello, de lo que la había reducido de persona a bufón del mundo entero. La única salida que encontró fue suicidarse. Y lo más trágico de este asunto es que ha sido la sociedad entera la que ha empujado a una víctima a ahorcarse, mientras que los culpables siguen disfrutando de una vida tranquila. Anónima. Los culpables son los que colgaron el vídeo, sí, pero más culpables somos los que formamos parte de una sociedad que se ha cebado en la víctima y no en el verdugo. Los machistas 2.0.
 

TAMARA MONTERO, La Voz de Galicia, 19 de septiembre de 2016.

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Tamara Montero sostiene que en la sociedad actual se tiende en muchos casos a, si no atacar, sí, al menos, a ridiculizar a la víctima en lugar de al culpable. Halla un ejemplo en el caso de Tiziana Cantone, quien, tras haber sufrido la difusión de unos vídeos de índole sexual, terminó por suicidarse, a causa del escarnio que anteriormente la había llevado a cambiar de ciudad y a intentar cambiar de identidad.

Antón Iglesias

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   Es impensable que en pleno siglo XXI sigamos sexualizando el cuerpo de la mujer. Después de tantos avances políticos, sociales y culturales, resulta difícil creer que aún siga existiendo gente que, aprovechándose de unos vídeos sexuales, logre denigrar a una persona. En este caso, a una mujer. Y sí, digo una mujer porque estoy segura de que si fuese al revés, no causaría tanto revuelo mediático. Nunca he oído un caso de un hombre que se haya quitado la vida porque un vídeo sexual suyo haya salido a la luz. Vídeos que, en el caso de Tiziana, no deberían haber trascendido. Ella simplemente tuvo la mala suerte de que los vídeos acabaran en las manos incorrectas. Gente que los difundió sin calcular las consecuencias que podrían alcanzar. Y motivaron que esta pobre chica terminase quitándose la vida. Existe un problema social: la trivialización del dolor de los demás. Tanto los que difundieron los vídeos como los que disfrutaron viéndolos o compartiéndolos, sin olvidarnos de los que bromeaban sobre ellos, no son conscientes de la dignidad de las personas que les rodean. Es terrible la muerte de Tiziana, tan terrible como el hecho de que esta frivolización del dolor siga existiendo y pueda ocasionar daños futuros a otras personas. Que una noticia de tal magnitud no nos extrañe y que sigamos culpabilizando a la víctima, sin pararnos a pensar en el daño que hacemos, es un síntoma evidente de que la sociedad está enferma. Deberíamos analizar los motivos que llevaron a esta protagonista al suicidio: aproximarnos a la vida vacía que llevaba, imaginar las vivencias infernales e insoportables que la empujaron a tomar tal decisión. Pese a todos los movimientos feministas, la igualdad de condiciones entre géneros y todas esas parafernalias progresistas, mientras sigamos culpando a una mujer y no a sus agresores, la nuestra seguirá siendo una sociedad asquerosamente machista.


Gema Pais Martínez 


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   A pesar de todo lo que las mujeres hemos conseguido a lo largo de los años, no cabe duda de que el machismo es algo cada vez más presente en nuestra sociedad. En este caso, la vida de Tiziana Cantone ha sido arrebatada por un estúpido sistema de valores que tacha de promiscua a cualquier mujer que ponga en manifiesto el ejercicio de su libertad sexual.
   Hoy en día cosas tan simples como caminar sola por la calle, ciertos puestos de trabajo, la vestimenta o una canon de belleza que obliga a la depilación, no son más que aspectos sociales en los que se reafirman las diferencias entre hombres y mujeres. Y aún es peor cuando se trata de la sexualidad: la sociedad sexualiza el cuerpo femenino hasta el punto de que las mujeres tenemos que vivir en un continuo estado de represión, a diferencia de los hombres. En consecuencia, si el caso de Cantone lo hubiese protagonizado un chico, éste sería considerado por la sociedad como alguien admirable, obviando el verdadero conflicto que supone la publicación de determinados contenidos que no deben trascender la intimidad del individuo.
   Todo esto no quiere decir que la exposición de la víctima en dichos vídeos haya sido inteligente o, incluso, moralmente correcta, pero ese no es el caso: el  problema procede una sociedad arcaica y de la que todos participamos, que provoca que aún hoy en día haya gente que viva soportando injustas y vetustas diferencias.

Irene García Pizarro

martes, 27 de septiembre de 2016

RESUMEN, ESQUEMA DE IDEAS Y COMENTARIO CRÍTICO 02

   La vida y la dignidad de una persona cuestan exactamente 20.000 euros. Lo que un juez dictaminó que tenía que pagar Tiziana Cantone a diferentes webs y redes sociales en compensación por retirar unos vídeos sexuales. Vídeos que destrozaron su vida y que la empujaron al suicidio. Vídeos grabados por la persona en que había depositado su confianza. Vídeos que acabaron trascendiendo lo audiovisual. Dieron la vuelta al mundo. Se convirtieron en camisetas. Hicieron canciones, memes, bromas y chascarrillos. Se convirtieron en materia de debate en canales televisivos. Esos vídeos, que nunca debieron haber salido del ámbito privado, la obligaron a cambiarse de ciudad. A intentar cambiarse de nombre para huir del escarnio público, de la denigración más absoluta. Para intentar recomponer su vida después de ser masacrada por algo de lo que nadie debía haberla culpado. Pero no pudo. No pudo huir de aquello, de lo que la había reducido de persona a bufón del mundo entero. La única salida que encontró fue suicidarse. Y lo más trágico de este asunto es que ha sido la sociedad entera la que ha empujado a una víctima a ahorcarse, mientras que los culpables siguen disfrutando de una vida tranquila. Anónima. Los culpables son los que colgaron el vídeo, sí, pero más culpables somos los que formamos parte de una sociedad que se ha cebado en la víctima y no en el verdugo. Los machistas 2.0.
 

TAMARA MONTERO, La Voz de Galicia, 19 de septiembre de 2016.

viernes, 2 de octubre de 2015

RESUMEN, ESQUEMA DE IDEAS Y COMENTARIO CRÍTICO, Milagros Pérez Oliva


  La polémica que ha rodeado el lanzamiento mundial de la nueva píldora que promete levantar el deseo sexual de las mujeres premenopáusicas no está en absoluto injustificada. Hay quienes la consideran el medicamento más revolucionario para la salud sexual de las mujeres después de la píldora anticonceptiva, y quienes afirman que no debería haberse aprobado porque su eficacia es dudosa y son más los riesgos que los beneficios. En primer lugar, que no tiene nada que ver con el Viagra. La sildenafilo del Viagra actúa sobre el sistema vascular, facilitando el aporte de sangre al miembro masculino y con ello, la erección. En el caso de la flibanserina, no incide sobre el sistema vascular vaginal, que sería el equivalente, sino sobre el cerebro, potenciando e inhibiendo ciertos neurotransmisores que intervienen en muchos procesos vitales. En concreto, aumenta los niveles de dopamina y norepinefrina y disminuye los de dopamina. Para que el Viagra tenga efecto basta con tomarlo poco antes de la relación sexual, mientras que la píldora rosa se ha tomar durante semanas y hasta meses antes de que surta “algún efecto”. La cuestión crucial es determinar en qué casos el fármaco está indicado y, sobre todo, en qué casos el beneficio compensa el riesgo. Porque la píldora rosa tiene importantes efectos adversos.
   No es, pues, difícil deducir que estamos ante un nuevo capítulo de la estrategia que desde hace algún tiempo siguen las farmacéuticas para promover sus productos, especialmente cuando las ventajas no están del todo claras. Consiste en vender primero la enfermedad y luego el fármaco. Se trata de crear primero conciencia de que existe una necesidad no atendida, ofrecer la solución y promover una demanda social de tratamiento mediante la movilización de médicos y pacientes. Con esta estrategia se han logrado dianas comerciales tan exitosas como la de la píldora de la timidez (paroxetina), que se lanzó en 1992 para el “síndrome de ansiedad social”, la del antidepresivo Prozac (fluoxetina), que sigue tomándose muy por encima de las necesidades reales, o el propio Viagra, en cuyo lanzamiento se llegó a decir que el 70% de los hombres de más de 50 años sufría disfunción eréctil. Parece claro que ha cambiado el paradigma. Si antes era “enfermedad en busca de tratamiento”, ahora estamos en el de “tratamiento en busca de enfermedad”.


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Milagros Pérez Oliva sostiene que desde hace tiempo la industria farmacéutica promueve una demanda de medicamentos innecesarios en provecho propio: el último caso, la píldora para despertar la líbido en mujeres menopáusicas, un fármaco con demasiados efectos adversos.
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Antecedente: La salida al mercado de la píldora rosa ha sido polémica:
  • Su eficacia no está probada.
  • Acarrea importantes efectos adversos.
Consecuente: [en consecuencia]: La industria farmacéutica promueve la medicalicación de la vida por un interés puramente comercial.

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   En una economía de consumo como en la occidental, la base fundamental para que ésta crezca es no dejar de consumir, y para que esto ocurra, también industria farmacéutica usa estrategias para conseguirlo. El ciudadano, convertido en mero consumidor, debiera saber que las bombillas actuales, como cualquier aparato electrónico o mismo medias de Nylon, están fabricados para degradarse.
  Todas las industrias crean productos de forma que los consumidores estén obligados a seguir comprando continuamente; en ciertos casos, la industria farmacéutica, promueve la venta de un producto surgido para paliar una enfermedad tal vez inexistente (la píldora rosa, empleada para combatir la desaparición del deseo sexual en mujeres premenopáusicas. En caso de ser real esa dolencia, muchas veces los efectos de la misma son sobredimensionados para propiciar el consumo de este nuevo compuesto que reportará grandes beneficios económicos a los laboratorios. Un ejemplo pudieran ser ciertos casos de abatimientos personales. Todo el mundo, en algún momento, puede estar triste o sentirse mal anímicamente, pero el hecho de estar así no significa que a ese individuo se le pueda diagnosticar una depresión, y, en consecuencia, se determine  una medicalización crónica con los correspondientes antidepresivos. Por lo tanto, a un contemporáneo lúcido no debe extrañarle ninguna de estas estrategias utilizadas, más que nada porque son necesarias para sostener esta economía que amenaza con arrasarlo todo.

Lucía Corral Viero
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   La sociedad actual está realizando un consumo innecesario e inadecuado de los medicamentos, aun desconociendo sus posibles efectos secundarios. Este consumo irracional es generado por la industria farmacéutica, a partir de una mala y engañosa publicidad.
   Este tipo de prácticas son una amenaza para la salud pública y tienen que ser frenadas, sometiendo a los fármacos y a su publicidad a controles más rigurosos e impidiendo la venta de ciertos medicamentos sin receta médica. Pero la ciudadanía, también debe concienciarse de que no es necesario todo aquello que le intentan vender.
   La industria farmacéutica, como todas, busca su propio beneficio económico y parece no tener demasiado en cuenta los graves problemas de salud que puede causar mediante explicaciones confusas o potenciando consumos masivos. Los problemas vienen por sí solos, no es necesario que nadie los cree. 

Ángela Novo 
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   Una de las características más notables de la sociedad consumista, es la necesidad que angustia a ciertas personas para acatar determinados convencionalismos y rendirse a la presión de los cánones. Este fenómeno es especialmente evidente en la ropa vestida por algunos colectivos: los jóvenes, principalmente. Éstos son los más propensos a tratar a imitar el aspecto exhibido por personalidades muy conocidas, las cuales suelen estar situadas tras la pantalla de la televisión o el ordenador.
   Sucede que éste no es un fenómeno aislado o que solo se pone de manifiesto con los jóvenes o en el campo de la moda.
   En una sociedad cuyo estilo de vida se basa en el consumo, este trata de potenciarse atacando los recovecos más vulnerables de sus posibles compradores: la aceptación de sus iguales, por ejemplo.
   Tomando esto como base, no sorprende la reciente salida a mercado de la llamada “píldora rosa”, un medicamento que promete hacer posibles las relaciones sexuales en mujeres premenopáusicas, avivando su deseo sexual. Obviamente, junto con la venta y proliferación del producto, nace también la necesidad del mismo, en este caso, subrayando la anomalía que supone la falta de apetito sexual en mujeres de avanzada edad.
   Lo que impulsará las ventas del producto no será, probablemente, la falta de deseo de determinadas mujeres, sino la presión a la que éstas se verán sometidas y el beneficio que muchas organizaciones tratarán de obtener de estas inseguridades.
   En nuestra época, comprar parece la única solución válida para enfrentarse a los problemas creados por la propia sociedad de consumo.

Iago Codesido
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   La sexualidad hoy en día aparece en todos los ámbitos de la vida, tanto a nivel mediático como cotidiano. Ello en muchas ocasiones puede provocar actitudes perjudiciales para la sociedad.
   Es cierto que todas las personas tienen derecho a disfrutar satisfactoriamente de una relación; de ello han obtenido provecho las multinacionales cuando introdujeron en el mercado numerosos productos como geles lubricantes o juguetes sexuales que pueden ayudar a abandonar la rutina y experimentar, en pareja o en solitario. Lo último ha sido una píldora que incrementa el apetito sexual en mujeres premenopáusicas, lo que ha generado una notable controversia.
   Las farmacéuticas venden felicidad en forma de pastilla, pero nunca explican los posibles efectos adversos o los riesgos que puede conllevar su ingesta. Muchos periodistas como Milagros Pérez afirman que la mecánica de las farmacéuticas es perversa, pues venden la enfermedad para la que ya han creado el nuevo fármaco.
   Siempre conviene tener presente antes de consumir cualquier medicamento sus efectos adversos; en este caso, podría ayudar a decidir si una relación sexual vale más que la propia salud.

Antia Soto López

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   Recientemente ha salido a la venta un nuevo fármaco que fomenta el deseo sexual de las mujeres premenopáusicas. Su principio activo es la fibanserina, un compuesto químico que actúa sobre determinados neurotransmisores del cerebro y promete elevar el líbido de las mujeres.
   Este fármaco, que tiene diversos efectos colaterales como mareos, somnolencia o fatiga, puede llegar a provocar hipertensión o pérdida del conocimiento. Por este motivo, dicho medicamento no debería ser comercializado, ya que existen otros métodos para aumentar el deseo sexual de estas mujeres, como las terapias conductuales, por ejemplo, sin tener que poner en riesgo su salud.
   Es muy probable que este sea otro medicamento engañoso, ya que la pérdida del deseo sexual aumenta después de la menopausia y contradictoriamente, dicho medicamento pierde su eficacia en esa misma etapa de la vida de las mujeres. Se trataría pues, de un mero efecto placebo.
   En cualquier caso, son demasiadas las contradicciones para tratar un problema que puede ser solucionado por otros medios, por lo que queda claro que su irrupción en el mercado obedece a una reiterada estrategia de las farmacéuticas para multiplicar sus beneficios.

Almudena Dopazo
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   La sociedad de consumo actual genera el consumo de una serie de productos para satisfacer las necesidades sexuales de las personas, cuyas ventajas no están de todo claras.
   Es verdad que es necesaria una vida íntima plena, pero la mayor parte de las veces no es imprescindible acudir a este tipo de fármacos para ello, sino que esta falta de deseo sexual puede darse por otras cuestiones sin ninguna gravedad, como lo es el estrés. Sin embargo, la difusión publicitaria de la existencia de esta píldora obliga, de alguna manera, a la mayor parte de mujeres a acudir a ella sin pensar en otras soluciones. Uno de los motivos de la pérdida del deseo puede ser su pareja o el miedo a no complacerla.
   Lo que ofrece este tipo de productos puede resultar tentador y llamativo como son la píldora de la timidez, el antidepresivo, y otros muchos bastantes exitosos, esos fármacos tal vez no actúan sobre el origen de los problemas reales.

Ana Golpe Edreira

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   La filbanserina es un supuesto novedoso fármaco que asegura recuperar el deseo sexual en mujeres premenopáusicas. Podría decirse que esta píldora equivale a la masculina la Viagra; no obstante, es mucho más peligrosa, pues afecta al cerebro, potenciando e inhibiendo neurotransmisores que influyen en muchos procesos vitales, a diferencia de la pildora masculina, que actúa sobre el sistema vascular facilitando la erección. Por lo tanto, los efectos de la polémica Flibanserina, o píldora rosa, podrían ser fatales, pero, pese a ello, la industria fomenta una necesidad social para poder lucrarse con la novedosa solución.
   Conviene celebrar todo tipo de progreso. En este caso, no obstante, todo parece indicar que comercian con la salud utilizando como excusa las carencias o las "futuras mejoras" para nuestra calidad de vida, intentando inculcar un modelo de aparente juventud constante y sexualidad activa.
   Antes de incorporar al mercado cualquier tipo de fármaco, deberían ser verdaderamente informados sus potenciales compradores. Ello, evidentemente, implica situar la salud de los usuarios por encima del ánimo de lucro de empresas cuyo negocio deriva de nuestra salud.

Sara Parga
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   Todas las empresas pretenden lucrarse y obtener el máximo beneficio posible cuando ofrecen sus productos al público, incluidas las farmacéuticas.
   Una codicia excesiva por parte de los magnates de las grandes multinacionales y no tan grandes, en ocasiones puede exponer al riesgo la salud del consumidor.
   En este caso las farmacéuticas, mediante poderosas estrategias comerciales, pueden conseguir la dependencia de una serie de fármacos en los pacientes una serie de fármacos o que los utilicen innecesariamente, lo que puede provocar evidentes trastornos en la salud.
   Todos los hombres deben satisfacer sus necesidades, pero nunca su codicia.


Fernando Placer Picado

viernes, 10 de octubre de 2014

PIERRE DE MONTAIGNE... 00, Jordi Soler


   Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta y hermética educación en latín. Le puso, desde muy pequeño, un profesor que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía  exclusivamente en latín. El experimento pedagógico del padre produjo no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo. El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que, además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a sus ensayos, vivía concentrado en vivir para después dar menta de ello por escrito.
   Sería ridículo seguir el ejemplo del padre de Montaige en este siglo XXI. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño, que solo hablaba latín, que estaba concentrado en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales. Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.
   Tanto estimulo exterior nos aleja del arte más grande de todos que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3; cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo. Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas con una película parece migo si se tienen las series que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos. Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma salen las grandes obras. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobre-estimulados. que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

JORDI SOLER, El País, 7 de septiembre de 2013 [adaptación].



Resumen  
   La sociedad del Siglo XXI, caracterizada por la saturación de estímulos fragmentarios de infinidad de pantallas, dificulta la concentración de los individuos. Sin reflexión, desaparecerán los intelectuales.


Esquema que jerarquice las ideas principales contenidas en el fragmento.

  • Montaige estaba habituado a concentrarse en la reflexión y el estudio.
  • Los niños contemporáneos carecen de esa capacidad, por la sobrestimulación de nuestra sociedad de pantallas:
         1. El mp3, el teléfono o la tableta ocupan tiempos de reflexión.
         2. Nadie es capaz de sentarse a escuchar un disco completo.
         3. Nadie tiene paciencia para contemplar una película que dure dos horas.

  • En un mundo de seres irreflexivos, desaparecerán los intelectuales.

Tema: La desaparición de los intelectuales por la falta de hábito reflexivo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

[CARLOS CONOCE LOS MODALES...], Juan Gómez Bárcena



    Carlos conoce los modales apropiados para tratar con ancianas venerables, con criadas, con madres, con hermanas, con don­cellas de cámara, con las reverendas monjas clarisas; pero nada sabe acerca de cómo tratar con putas que antes que putas son niñas. Tal vez por eso al principio no hace ningún movimiento. Continúa apoyado de espaldas contra la puerta —dejemos que se conozcan más a fondo, ha dicho su padre antes de cerrarla— mientras la polaca se sienta en el borde de la cama y espera. Tampoco ella parece saber qué viene a continuación. Porque conoce el modo de tratar a los campesinos de la Galitzia, a doce hermanos durmiendo en la misma cama, a padres que te venden por veinte kopeks, a los rudos tripulantes del Carpathia, pero nada sabe sobre clientes que antes que clientes son niños. Y tal vez por eso está asustada como nunca hasta ahora lo ha estado. Ni siquiera cuando aquel marinero borracho estuvo a punto de conseguir arrastrarla hasta su camarote, aprovechando la noche del Atlántico.
   Carlos sólo habla español y la polaca, sólo polaco. Aunque para ser sinceros, durante los primeros quince minutos nadie dice una palabra. Se limitan a contemplar la habitación —los cor­tinajes de terciopelo, la reja en la ventana, el baldaquino de la cama al que ella se había abrazado— como si ninguno de los dos estuviera. Luego Carlos intenta improvisar unas palabras de saludo. Dice buenas noches, y la polaca no contesta. Me llamo Carlos, cómo te llamas tú, y nada. Mañana cumplo trece años. Va ensayando frases cada vez más largas, mientras se acerca y se sienta a su lado.
   No quiere mirarla a los ojos, pero al final no puede resistir la curiosidad y alza los suyos. Cree que va a encontrar impreso en ellos un rastro de rabia o de dolor, la huella de vejez prematura que dejan los sufrimientos, pero en su lugar halla otra cosa; una mirada azul y asustada, de niña vagamente entristecida por una porcelanita rota o una muñeca perdida. Casi al mismo tiempo comprende que no hará nada. Que su regalo de cumpleaños será precisamente ése; poder desobedecer a su padre, al menos una vez en la vida. Quiere decirle eso a la niña. Se lo dice. Dice: No tengas miedo, porque no vamos a hacerlo. Dormiremos juntos esta noche, pero ni siquiera llegaremos a tocarnos. Mañana yo seguiré siendo virgen y tú seguirás costando cuatrocientos dólares.
   Ella le mira sin convicción. Desconfía, claro, porque no es capaz de entender el significado de sus palabras. O quizás precisa­mente porque, al no entenderlas, ha podido descubrir algo más profundo que se oculta bajo ellas, entre ellas, a pesar de ellas; un mensaje terrible que tal vez el propio Carlos ignora.
   Viste un traje de verano abotonado, una falda azul y larga, calzas rosas. Le han recogido su cabello en dos trenzas rubias y espesas, que culebrean hasta su escote; un escote donde no hay todavía mucho que mirar, y no lo habrá hasta por lo menos un par de años más tarde. Carlos ve de reojo cómo, bajo los volan­tes y las transparencias de muselina, ese pecho menudo se infla y desinfla muy rápido, en lo que parece la palpitación de una avecilla asustada. Quiere repetirle que no tema, que puede confiar en él, pero en ese momento se detiene. Ve su mano, la pequeña mano de ella, acercarse lentamente y más tarde acariciar con torpeza su cuerpo, en un movimiento lleno de temblores, titubeos. Ese gesto tiene algo de orden recibida, de instrucción que se obedece mecánicamente, como se administra una medicina desagradable o se cumple un trámite. En su memoria, el tacto de esos dedos blancos se confunde con alguna otra cosa. Por ejemplo: la sensación de internarse de nuevo en la selva. Los pájaros exóticos y los monos contra los que no fue capaz de disparar, la decepción de su padre, el regreso. Y a ese recuerdo van asociados otros muchos: los librillos de poemas escondidos bajo el colchón; los suspiros de madre; las viñetas indecentes con los bordes cuarteados por sucesivas manipulaciones; las palabras de su padre justo antes de hacerle subir al coche. Ser hombre conlleva muchas responsabilidades. Su padre, con una mano en su hombro y sonriéndole por primera vez en mucho tiempo. Su padre esperando en el hall, tal vez con un periódico, tal vez coqueteando con una de las chicas; ella sentada en sus rodillas y él explicándole con paciencia y la misma sonrisa que es un hombre casado, que sólo está aquí por su hijo, del que está tan orgulloso, porque al fin va a convertirse en todo un hombre.
   Y entonces la mira a ella. A esa niña que tiembla y que también obedece. Tiene tan pocas ganas como él de estar ahí y sin embargo está, sin un reproche; no es su cumpleaños ni ganará cuatrocientos dólares, pero igualmente participa en esa larga cadena de capataces, mesdemoiselles, marineros y tratantes de mujeres. Un títere que primero mueve la mano y más tarde abrirá las piernas, sólo porque el señor Rodríguez ha pulsado las cuerdas apropiadas.
   Siente un sudor frío. Un respingo eléctrico recorriéndole la espalda, en parte por esos pensamientos, en parte porque casi sin querer también su mano ha comenzado a deslizarse por la cadera de ella. Una mano que no parece ser una parte de su propio cuerpo. La niña se muerde los labios. Su cuerpecito crispado se resiste a hacer un solo movimiento, ahoga un grito. Carlos cierra los ojos. Dormiremos juntos esta noche, pero ni siquiera llegaremos a tocarnos, dice. Mañana yo seguiré siendo virgen y tú seguirás costando cuatrocientos dólares, repite, pero de nuevo ella no cree en sus palabras. Poco a poco incluso él ha dejado de creer en ellas, porque de pronto está viendo detrás de los párpados cerrados a la niña saliendo de la habitación con las trenzas intactas, la madame que ríe en voz alta por el regalo de los cuatrocientos dólares, su padre que mueve la cabeza con heladora lentitud, que comprende, que siempre lo supo, y luego los cintarazos en la espalda con la correa de cuero y los rezos de madre y el médico recetando sorbos de ricino y veranos en la montaña.
   Pero nada de eso ocurrirá —la mano ascendiendo por el torso sin que ella pueda hacer nada más que seguir temblando; esa mano, su mano, tocando por primera vez un pecho—. No ocurrirá, porque su padre siempre consigue lo que quiere y esta vez no será menos; si para ser un hombre tiene que aplastar bajo su peso el cuerpo de la polaca, va a hacerlo, va a apretarse contra esa niña que tiene cara de jugar todavía a las lozas y las cerámi­cas, a las tardecitas de té y los bordados; a ser mamá, dentro de muchos años. Y no debería excitarle, pero le excita; y no debería comenzar a besarla ni desnudarla, pero ya lo está haciendo. La polaca que comienza a respirar más fuerte, que lucha por no ori­narse de puro miedo, que cierra también los ojos porque al fin le cree; porque sin palabras ha comprendido mejor el sentido de sus movimientos, el rumbo de ese niño terrible que se le viene encima todavía con los pantalones puestos.
   No sabe apenas nada sobre el cuerpo de una mujer. Al respecto tiene una idea imprecisa, que de pronto se hace nítida y penosa, como la revelación de un viajero que creía conocer el desierto por leerlo en un mapa. Así se siente abrasar sobre el cuerpo de ella, que de golpe le parece sin embargo frío y remoto como una piedra de sacrificio. Siente olores nuevos que en cierto modo son familiares. Un gusto salobre que tiene la sensación de reco­brar de alguna parte, como venido a través de un largo sueño. Mientras le revienta las costuras del corpiño y le arremanga la falda piensa en la vieja criada Gertrudis; en la paciencia con que viste y desviste a sus hermanas. Al sentir el tacto blanquísimo de su piel, su sabor a hostia consagrada; al escuchar los lamentos incomprensibles de la niña sufriendo, rezando, tal vez muriendo en polaco, piensa en madre. Cuando deja que todo el peso de su cuerpo se hunda sobre ella, no piensa en nada.
   Luego, lo que está haciendo, de pronto, duele. Siente ganas de llorar. Pero la humedad en sus mejillas no es nada compa­rada con otra humedad más terrible, cálida como una herida, subterránea como una enfermedad, que siente empapar su sexo. Escucha gritar a la niña y luego ve sangre, un pequeño rastro de sangre donde su padre ha dicho. Sangre empapando el follaje de la selva. Esquirlas rojas y negras, salpicando la blancura de las sábanas. Siente como si el resto de su cuerpo fuera la empu­ñadura de un cuchillo que sólo hoy, esa misma noche, hubiera sido desenvainado.
   No sabe si el amor se parece a eso. Si está matando a la niña que grita, que se sacude débilmente bajo su cuerpo. Está, quizás, matándola, pero no importa. Su padre ha pagado cuatrocientos dólares para que no importe.
   Se prolonga el tiempo exacto que dura una pesadilla.
   Y cuando todo termina comienza a llorar, esta vez sí, y la niña llora con él, y lo que es más extraño, también lo abraza. No está muerta, piensa Carlos con alegría, con sorpresa. No está muerta, y no le odia. Lo rodea con sus brazos como si él fuera al mismo tiempo sus padres, y sus hermanos, el país que no volverá a ver, la lengua que no escuchará de nuevo, el capitán mercante que cuidó de ella y durante todo un mes cumplió su palabra. Le abraza como dos niños que hubieran jugado y reñido y ahora quisieran jugar de nuevo.
   De pronto comienza a hablar. Murmura frases misteriosas que él escucha y trata de registrar con paciencia. Son, tal vez, preguntas y, en las pausas, él contesta con otras. Le pregunta si tiene trece años. Le pregunta si eso que acaban de hacer es lo que al otro lado de la puerta esperaban de ellos. Si también su padre le había dicho que hacerse una mujer conllevaba muchas responsabilidades, justo antes de despedirla en el puerto. Y ella contesta, a su modo, y después calla.
   Las velas se han consumido ya. En la oscuridad sus cuerpos continúan abrazados. Carlos ha comenzado a acariciarla lenta­mente. Su mano recorre la suavidad del cabello, su piel lechosa, y ella se ablanda y adormece al calor de ese contacto. Todavía lloran, pero ya sin ruido, sin amargura, y la niña ahora repite una sola frase, como una letanía; como si la noche se hubiera quedado encallada en el mismo punto.
   Chcę iść do domu.
   Al hablar, los labios húmedos se abren y se cierran para rozar su oreja.
   Chcę iść do domu.
   Y Carlos piensa en esas palabras mientras se va quedando dormido y aún después, minutos u horas más tarde, cuando al despertar descubre que la polaca ha desaparecido, y en el hall lo espera su padre para decirle que ya es todo un hombre.
   Che is do domo.
   Trata de grabarlas en su memoria ese día, y luego el resto de su vida, mientras concibe proyectos disparatados; planes en los que la polaca y él, contra el mundo.
   cheis to tomo,
   y poco a poco esos planes que se asordinan, se postergan, se abandonan, se mueren, porque al fin y al cabo ella ya no está en el burdel, nadie sabe dónde puede encontrarla, y si lo supiera sería lo mismo, claro, porque una cosa es sublevarse leyendo unos poemas y otra muy distinta dejarlo todo por una niña que ya ni siquiera es niña; por una puta que a estas alturas ni siquiera costará un dólar; por una extranjera cuyas últimas palabras poco a poco se ha resignado a olvidar, los sonidos incomprensibles que se van mezclando y confundiendo en su memoria, y con ellos la esperanza adolescente de que su conjuro cifrara algo her­moso, que cheis torromo signifique te perdono, que cheis mortoro quiera decir te quiero; que cheistor moro, yo tampoco te olvidaré, nunca.


JUAN GÓMEZ BÁRCENA, El cielo de Lima, Salto de Página, Madrid, 2014, pp. 105-110.
&
Clara Lieu
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  2. Resume la historia (máximo: ocho líneas).
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