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jueves, 6 de mayo de 2021

CARACTERÍSTICAS DEL MICRORRELATO, Irene Andres-Suárez

 

    «[...] por ser consecuencia de la hiperbrevedad, los rasgos formales del microrrelato son los siguientes: 
  • a) la ausencia de complejidad estructural, 
  • b) la mínima caracterización de los personajes, 
  • c) el esquematismo espacial, 
  • d) la condensación temporal, 
  • e) la utilización de un lenguaje esencialmente connotativo que confiere al texto la potencia expresiva y semiótica, 
  • f) la importancia del título —elemento clave que guarda una relación dialéctica con el texto, orienta la lectura y subraya los elementos significativos que conviene tener en cuenta—, y también del inicio y del cierre (abundan los finales sorpresivos y/o enigmáticos). 
 
   Todos estos rasgos formales enumerados aquí sucintamente [...] participan en la creación del efecto de condensación e intensidad generado por la selección de los materiales del texto y por los vacíos de información».
 

miércoles, 5 de mayo de 2021

DEL PANCHATANTRA INDIO A LA CUENTÍSTICA PENINSULAR



   El Panchatantra indio («los cinco libros»), fechado alrededor de 350 a.c., es una colección de 70 relatos breves en prosa.

   El éxito de la colección más antigua de fábulas conocida, lo demuestra su extraordinaria difusión:

 

   Fue adaptado al persa y, posteriormente, traducido al árabe. Del Panchatantra procede Calila e Dimna (1251), una de las primeras colecciones de cuentos medievales que existen. Fue redactada, probablemente, por encargo del todavía infante Alfonso. En el prólogo, se explica que Berzabuey tradujo para su rey Sirechuel del indio al persa este libro, en el que el filósofo Burduben adoctrinaba a su rey Digelem. El Panchatantra influyó en la España de la época a personajes como Ramon Llull, el arcipreste de Hita y don Juan Manuel. Don Fabrique, hermano de Alfonso X el sabio, encargó el Sendebar o Libro del engaño de las mujeres (1253) también a partir del texto hindú.

 
Autoría anónima, Las mil y una noches (850).

   La colección de relatos que conocemos bajo el título de Las mil y una noches tuvo su origen en diversas culturas orientales: indias, mesopotámicas, persas, hebreas, árabes y egipcias. Los relatos fueron recopilados a lo largo de varios siglos y variaciones de ellos aparecen también en otras colecciones. Tradicionalmente, se consideró que la primera referencia a un libro llamado Las mil y una noches es la de un texto egipcio del siglo XII; sin embargo, a mediados del siglo XX, la filóloga Nabia Abbott descubrió un fragmento del libro que data del siglo IX, concediéndole tres siglos más de antigüedad.

   El primer núcleo de relatos no resultó muy extenso; a éste fueron agregándose otros hasta bien entrado el siglo XIX, cuando los ingleses por un lado (Andrew Lane, Robert Burton) y los franceses por otro (J.-C. Madrus, Antoine Galland) fueron descubriendo ciertos cuentos como los de Aladino, Alí Baba y Simbad el marino, hoy considerados imprescindibles.

   El marco narrativo es el siguiente: el rey Shariar descubre que su mujer lo engaña, y que también la mujer de su hermano es infiel. Juzgando que todas las mujeres son infieles por naturaleza, decide esposar una mujer cada noche y ejecutarla por la mañana. Sherezade, hija del visir, urde un plan para acabar con tal nefasto proyecto e invita a su hermana a la habitación nupcial para contarle una historia que el rey también escucha. Llegada el alba, Sherezade no ha acabado con su historia y el rey le otorga un día más de gracia para conocer el final. Historia tras historia, muchas de las cuales surgen de la previa, Sherezade va ganando noches hasta llegar a las mil y una, durante las cuales le da al rey varios hijos y también relatos maravillosos y ejemplares. Además del encanto particular de muchos de los relatos, el método de Sherezade refleja la calidad vital del acto narrativo: la historia como instrumento para demorar la muerte y entender la múltiple experiencia de la vida, la narración como instrumento vital y creativo.

   El libro, traducido ya a casi todas las lenguas del mundo, tuvo en Europa un destino particularmente favorable. Así, encontramos referencias a Las mil y una noches en Dickens, Proust, Joyce, Woolf, Flaubert, Goethe, Kafka y muchos otros autores esenciales. El éxito de Las mil y una noches en Occidente se debió, en parte al menos, a la reacción quizás inconsciente de Europa ante los argumentos excluyentes propuestos por los científicos de los siglos XVIII y XIX. Edward Said argüyó convincentemente en su análisis del orientalismo, que el Siglo de las Luces interrumpió el intercambio poético y filosófico entre las culturas islámicas y cristianas, decretando que las ciencias debían separarse del mundo de la fantasía y de la magia.

   Entre los estudios contemporáneos más importantes sobre Las mil y una noches, destacan los de Jorge Luis Borges, Marina Warner, Muhsin Mahdi y Abdelfattah Kilito.

Alberto Manguel 

   El origen de Las mil y una noches debe buscarse en tiempos muy remotos: como ha escrito Cansinos Assens, Sahrazad es una niña que cuenta historias de abuela. Los primeros relatos del libro empezaron a fraguarse en la antigua Indochina, aunque fue en la India, y alrededor del siglo V, donde nació la historia del traicionado rey Sahriyar, que serviría de marco a todos los relatos. Alrededor del siglo VI, la obra llegó a Persia, donde fue traducida con el título de Las mil noches y engrosada con numerosos cuentos. En el siglo IX, los árabes conquistaron Persia y se adueñaron de un riquísimo botín de joyas, entre las cuales el libro de Las mil noches no fue la menor; así que la obra viajó a Bagdad, que era la capital del imperio islámico en aquella época. Los árabes se entusiasmaron con el libro, lo tradujeron a su lengua, lo impregnaron de sus creencias religiosas, lo llenaron de alusiones al Corán y lo ampliaron con nuevos poemas y relatos. Algunos de ellos poseían un trasfondo histórico, pues fueron extraídos de las crónicas que describían el reinado de los califas; otros muchos mitificaban la figura de Harún al-Rasid, un rey que había proporcionado al mundo árabe un periodo de esplendor que nunca volvería a repetirse. En su empeño por enriquecer Las mil noches, los árabes llegaron a intercalar en la obra libros enteros, como el de Los siete sabios, cuyos cuentos quieren demostrar la astucia y deslealtad de las mujeres. Además, fueron los iraquíes quienes dieron un final a la historia de Sahrazad y quienes adjudicaron al libro su título definitivo. Dado que una superstición árabe considera que los números pares son de mal agüero, los iraquíes descartaron el título de Las mil noches y añadieron una última jornada a las largas veladas de Sahrazad. El cambio fue un hallazgo, pues el título final simboliza y sugiere lo infinito: puesto que en las culturas orientales la cifra mil equivale a lo innumerable, hablar de Las mil y una noches significa agregar un número a lo que ya resulla imposible contar, con lo que se resalta la inagotable abundancia del libro.

   En el siglo xrv o en el XV, y en el Egipto donde reinaba la dinastía de los mamelucos, recibieron Las mil y una noches la forma definitiva con que hoy se conocen. Fue entonces cuando el libro quedó dividido en mil y un capítulos, que se corresponden con el número de noches durante los cuales Sahrazad teme por su vida. Alguien pensó que los cuentos de un libro llamado Las mil y una noches debían ser relatados a lo largo de mil y una jornadas, así que decidió dividir el volumen en ese extenso número de capítulos. Para llenarlos de contenido, agregó al libro una gran cantidad de cuentos y fragmentó muchos de los relatos preexistentes, que dejaron de explicarse de una sola vez y hoy se extienden a lo largo de varias noches. Tales operaciones fueron llevadas a cabo por un escriba de El Cairo cuyo nombre ignoramos; entre los cuentos que parecen deberse a su pluma hay muchos que retratan la vida de las clases populares egipcias, mientras que otros traslucen un evidente influjo de la Biblia, por lo que se ha sugerido que el escriba de El Cairo pudo ser uno de los numerosos judíos asentados en las cortes de los reinos de Oriente.

   Ahora bien, pese a la participación determinante de ese copista en la forma definitiva de Las mil y una noches, sería disparatado atribuirle la autoría del libro. Aunque ese anónimo escritor debió de transcribir todos los cuentos y los vistió con su estilo, ya hemos visto que en verdad el libro se gestó a lo largo de unos quince siglos. Además, la mayoría de los cuentos no son obra de escritores cultos, sino que fueron compuestos y difundidos de forma oral por hombres y mujeres de países muy diversos que los utilizaron para distraer e instruir a sus oyentes. Conscientes de ello, algunas de las versiones europeas de Las mil y una noches publicadas en los siglos XVIII y XIX añadieron al libro cuentos que se recitaban por entonces en los bazares o en los cafés de Egipto y de Turquía. Así obró, de hecho, Jean Antoine Galland, quien añadió a los relatos de su manuscrito sirio los cuentos que le dictó su amigo Hanna de Alepo.

Brian Alderson

lunes, 3 de mayo de 2021

PUNTO DE VISTA, Gustavo Gabriel Ferro


PUNTO DE VISTA

Si puedes mantener clara tu cabeza cuando todos los demás la pierden, tal vez es que has malinter­pretado la situación.
Kipling y Anon

   Es cierto que el humo era terrible y no dejaba ver nada. Se colaba por debajo de las puertas, por las ven­tanas, por todos lados. El edificio entero estaba dentro de otro edificio de humo. Por las ventanas del cuarto y del séptimo piso asomaban enormes rulos rubios. La ca­lle era un infierno. Cientos de personitas corrían, grita­ban y trataban de hacer alguna cosa. Visto desde acá arriba era un espectáculo hermoso. Un caos total. Me alejé de la ventana y me senté en un sillón. En el pasillo se oían corridas y voces desesperadas de personas que llamaban a otras personas. Me asomé a ver. Un señor gordo pasó tosiendo y llorando, no sé si por el humo, o de pánico. La gente, en su huida, dejaba abierta la puerta de los departamentos. Entré en el tercero D. En­ seguida me gustó. Lo más lindo del lugar era la alfom­bra. Alta, mullida. Me dieron ganas de revolcarme. Me entretuve con un mueble grande, de roble, revisando los cajones, desplegando manteles y descubriendo cosas olvidadas. En el dormitorio, me subí a la cama y me quedé un rato antes de decidirme a ver lo que había en los armarios. Cuando me cansé de jugar con los vestidos, los trajes y los zapatos, volví a salir al pasillo. Subí unos pi­sos por la escalera y me metí en otro departamento. Avancé un poco y vi a una chica, joven y hermosa, que traía a alguien de la mano. Me miró sorprendida, con los ojos muy abiertos, y dio un paso hacia atrás, como asustada.
—No podemos salir. No podemos salir—repitió—. Es­tamos atrapados.
—¿Por qué habría de preocuparme?—le dije—,  yo soy **********.—Y estiré una mano hacia la biblioteca.

Gustavo Gabriel Ferro

CÍRCULO CULTURAL FARONI (editor), Quince líneas. Relatos hiperbreves, Tusquets, 1996, p. 31. 

Ilustración: Maurits Cornelis Escher

viernes, 2 de abril de 2021

JUEGO DE NIÑOS, Celia Correa


JUEGO DE NIÑOS

   En mi calle vive un niño que le decimos el Ti Lin y todos los días nos vamos juntos al colegio. El Ti Lin tiene nueve años, igual que yo, y dice que es español porque ha nacido en España, pero que sus padres son chinos porque han nacido en China. El Ti Lin tiene los ojos, así, para arriba, como dos rayas de boli y tiene la cabeza tan gorda como un balón de fútbol. El Ti Lin es que habla con sus padres de una forma ¡más rara! El primer día que don Máximo lo llamó, toda la clase se rió que ni te cuento. ¡Joder! Es que el tío tiene un nombre que suena a campanilla. Nos descojonábamos y el tío, nada, que ni se coscaba. El Ti Lín, entonces, no hablaba con casi nadie o mejor dicho, ninguno de la clase quería saber nada del Ti Lin. En los recreos venía y nos preguntaba que a qué jugábamos, y nosotros que a “nada”, y el Ti Lin se iba porque sabía que “nada” quería decir “vete que no queremos nada contigo”. A mí, la verdad, es que no me gustaba que lo trataran de aquella manera, me daba no sé qué, pero es que yo no ponía las normas y además tampoco quería líos, yo lo único que quería y que quiero es jugar al fútbol. Nosotros no éramos los únicos que no queríamos nada con el Ti Lin, que conste; los sudacas y los negros tampoco lo querían en su equipo. “¿Dónde vas con esa jeta, tío?”, le decían. Un día el Rafi, un delantero nuestro, se lesionó y no tuvimos más cojones que dejar que jugara el Ti Lin. ¡Qué partidazo, tío! Memorable, de los que hacen época. De cinco goles, el tío va y se marca cuatro. Nos dejó a todos planchados. Juega igual que Raúl, bueno, igual no, pero casi. ¡Cinco a cero! ¡Menudo fichaje! Es el jugador más habilidoso que ha pisado el patio del colegio. Ahora, hasta nos peleamos porque juegue en nuestro equipo. Pero el Ti Lin se da unos aires que te cagas y hasta pone las normas, mira tú. Qué se le va a hacer… El fútbol es así. 

 

Celia Correa

 

Fotografía: autoría desconocida

sábado, 23 de marzo de 2019

ESTAR DESCALZO, Andrés Neuman

ESTAR DESCALZO
  
Cuando supe que sería mortal como mi padre, como aquellos zapatos negros en una bolsa de plástico, como el balde con agua donde entraba y salía la fregona que restregaba el pasillo del hospital, yo tenía veinte años. Era joven, viejísimo. Por primera vez supe, mientras las estelas de claridad iban borrándose del suelo, que la salud es una película muy fina, un hilo que se evapora con el pasar de los pasos. Ninguno de esos pasos era de mi padre.
   Mi padre siempre había caminado de manera extraña. Veloz y al mismo tiempo torpe. Cuando iniciaba sus caminatas, uno nunca sabía si iba a tropezarse o echar a correr. A mí me gustaban esos andares. Sus pies planos y duros se parecían al suelo que pisaba, al suelo del que huía.
   Los pies planos de mi padre ya eran cuatro, se habían repartido en dos lugares distintos: en la camilla (unidos por los talones, ligeramente abiertos, evocando una irónica V de victoria) y dentro de aquella bolsa de plástico (a modo de recuerdo en los zapatos, imponiendo su molde al cuero). La enfermera me la entregó como se entregan unos desperdicios. Yo miré las baldosas, su tablero cambiante.
   Me quedé sentado ahí, frente a las puertas del quirófano, esperando noticias o temiendo las noticias, hasta que saqué los zapatos de mi padre. Me levanté y los puse en el centro del pasillo, como un obstáculo o una frontera o un accidente geográfico. Los posé cuidadosamente, procurando no alterar sus bultos originales, la protuberancia de los huesos, su forma ausente. Al rato la enfermera apareció a lo lejos. Atravesó el pasillo, eludió los zapatos y siguió de largo. El suelo resplandecía. De pronto la limpieza me dio miedo. Me pareció una enfermedad, una impecable bacteria. Me agaché y avancé a gatas, sintiendo el roce, el daño en las rodillas. Volví a guardar los zapatos en la bolsa. Apreté el nudo lo más fuerte que pude.
   De vez en cuando, en casa, me pruebo esos zapatos. Cada vez me quedan mejor.

ANDRÉS NEUMAN, Hacerse el muerto, Páginas de Espuma, Madrid, 2011.
&
Myeongbeom Kim

domingo, 15 de abril de 2018

LA COSA, Juan José Millás

LA COSA

   De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos. Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió. A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe. Qué vida, ¿no? 


&
Masai Yamamoto

martes, 29 de marzo de 2016

martes, 12 de enero de 2016

BREVE HISTORIA DE LA LITERATURA UNIVERAL, Luis Landero

BREVE HISTORIA DE LA LITERATURA UNIVERSAL

Canta, oh diosa, no sólo la cólera de Aquiles sino cómo al principio creó Dios los cielos y la tierra y cómo luego, durante más de mil noches, alguien contó la historia abreviada del hombre, y así supimos que a mitad del andar de la vida, uno despertó una mañana convertido en un enorme insecto, otro probó una magdalena y recuperó de golpe el paraíso de la infancia, otro dudó ante la calavera, otro se proclamó melibeo, otro lloró las prendas mal halladas, otro quedó ciego tras las nupcias, otro soñó despierto y otro nació y murió en un lugar de cuyo nombre no me acuerdo. Y canta, oh diosa, con tu canto general, a la ballena blanca, a la noche oscura, al arpa en el rincón, a los cráneos privilegiados, al olmo seco, a la dulce Rita de los Andes, a las ilusiones perdidas, y al verde viento y a las sirenas y a mí mismo.

Quince líneas. Relatos hiperbreves., Tusquets, Barcelona, 1996.
&
Norberto Sayegh

miércoles, 7 de mayo de 2014

REBAÑO, Pablo Ferrer



REBAÑO

   El pastor le baló a la oveja antes de que la sacrificaran.

Pablo Ferrer

domingo, 4 de mayo de 2014

sábado, 3 de mayo de 2014

[CUANDO LA NARIZ ROJA...], Pablo Ferrer

Cuando la nariz roja se reflejó en el espejo, el payaso comenzó a reír.

Pablo Ferrer

viernes, 2 de mayo de 2014

NOVELA DE TERROR, Pablo Martínez


NOVELA DE TERROR

   Tras el temblor de la tierra vi el techo desplomándose sobre mí y tuve una extraña sensación casi desconocida: la felicidad.

Pablo Martínez

jueves, 1 de mayo de 2014

DESEO, Inés López


DESEO

   Se venden velas para un 87 cumpleaños, sin soplar.

Inés López

miércoles, 30 de abril de 2014

[DES] AMOR, Isabel López

 
[DES] AMOR

   Pensaron que un hijo ayudaría a terminar con sus discusiones de pareja.
   Ya son familia numerosa.

Isabel López

martes, 29 de abril de 2014

lunes, 28 de abril de 2014

ELECTROCARDIOGRAMA, Alba Otero

ELECTROCARDIOGRAMA

   Y al fin, el pulsómetro dejó de sonar...


Alba Otero

domingo, 27 de abril de 2014

INFANCIA, Rosalía Doporto


INFANCIA


   El niño no era invisible, pero todos lo ignoraban.

Rosalía Doporto
&
Pol Úbeda

viernes, 25 de abril de 2014

EMIGRACIÓN, Iria Rodríguez

 
EMIGRACIÓN

   Desde que cámbie de páis se me cambío el acénto.

Iria Rodríguez Pereiro

miércoles, 23 de abril de 2014

UN TRABAJO DURO, Carmela Vázquez Calatayud


        
UN TRABAJO DURO

   Tostándome todo el día  bajo el Sol, vestido con ropas andrajosas y hechas jirones por todos los días en los que defiendo mis tierras de los invasores con mi cuerpo como única defensa. Soportando sus gritos de guerra cuando se acercan.
   Ser espantapájaros es horrible.

Carmela Vázquez Calatayud [1ºD]