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jueves, 6 de noviembre de 2014

DEFINICIONES, Raymond Queneau


DEFINICIONES
 
   En un gran vehículo automóvil público destinado al transporte urbano, designado por la vigésimosegunda letra del alfabeto español, un joven excéntrico portador de un sobrenombre atribuido en París en 1942, con la parte del cuerpo que une la cabeza a los hombros extendida sobre una cierta longitud y que lleva sobre la extremidad superior del cuerpo una prenda de forma variable rodeada por un burdo cordón entrelazado en forma de trenza —este joven excéntrico, imputando a un individuo que iba de un sitio a otro la falta consistente en desplazar sus pies, uno tras otro, encima de los suyos, se encaminó a posarse sobre un mueble dispuesto para sentarse, mueble convertido en no ocupado.
   Ciento veinte segundos más tarde, lo vi de nuevo delante del conjunto de inmuebles y de vías ferroviarias donde se efectúa el depósito de mercancías y la carga o descarga de viajeros. Otro joven excéntrico, portador de un sobrenombre atribuido en París en 1942, le daba consejos acerca de lo que le convenía hacer a propósito de un círculo de metal, cuerno, madera, etc., cubierto o no de tela, que sirve para asegurar los vestidos, en este caso un vestido masculino que se lleva encima de los demás.



RAYMOND QUENEAU, Ejercicios de estiloCátedra, Madrid, 1989, p. 126.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

ONOMATOPEYAS, Raymond Queneau


ONOMATOPEYAS


   En la plataforma, plas, plas, plas, de un autobús, tuf, tuf, tuf, de la línea S (en el silencio sólo se escuchaba un susurro de abejas que sonaba), ¡pii!, ¡pii!.. pintarrajeado de rojo, a eso del medio ding-dong-dingdong día, gemía la gente apretujada, ¡aj!, ¡aj! Y he aquí quiquiriquí que un gallito gilí, jtururú!, que, iPuaf!, llevaba un sombrerucho, ¡fiu!, se volvió cabreado, brr, brr, contra su vecino y le dijo, hm hm: «Oiga, usted me está empujando adrede.» Casi se pegan, plaf, smasch, pero en seguida el pollo, pío, pío, se lanzó, izas!, sobre un sitio libre sentándose en él, ploc.
   El mismo día, un poco más tarde, ding-dong-dingdong, vuelvo a verlo, junto a la estación, ¡fss!, ¡fsss!, ¡puu!, ¡puu!, charrando, bla, bla, bla, con otro efebo, ¡tururú!, sobre un botón del abrigo (trr, trr, precisamente no hacía calor...)
   Y chim-pum.

RAYMOND QUENEAU, Ejercicios de estiloCátedra, Madrid, 1989, p. 74.

martes, 4 de noviembre de 2014

EJERCICIOS DE ESTILO, Raymond Queneau

RELATO


Una mañana a mediodía, junto al parque Monceau, en la plataforma trasera de un autobús casi completo de la línea S (en la actualidad el 84), observé a un personaje con el cuello bastante largo que llevaba un sombrero de fieltro rodeado de un cordón trenzado en lugar de cinta. Este individuo interpeló, de golpe y porrazo, a su vecino, pretendiendo que le pisoteaba adrede cada vez que subían o bajaban viajeros. Pero abandonó rápidamente la discusión para lanzarse sobre un sitio que había quedado libre.
Dos horas más tarde, volví a verlo delante de la estación de Saint-Lazare, conversando con un amigo que le aconsejaba disminuir el escote del abrigo haciéndose subir el botón superior por algún sastre competente.

AMPULOSO

A la hora en que comienzan a agrietarse los rosados dedos de la aurora, cabalgaba yo, cual veloz saeta, en un autobús, de imponente alzada y bovinos ojos, de la línea S, de sinuoso periplo. Advertí, con la precisión y agudeza del indio presto al combate, la presencia de un joven cuyo cuello era más largo que el de la jirafa de pies ligeros, y cuyo sombrero de fieltro hendido estaba ornado con una trenza, cual héroe de un ejercicio de estilo. La funesta Discordia de senos de hollín vino con su boca hedionda por desdén del dentífrico; la Discordia, digo, vino a inocular su maléfico virus entre este joven de cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero, y un viajero de borroso y farináceo semblante. Aquél dirigióse a éste en los siguientes términos: “¡Oígame, malvado ser, diríase que usted me está pisoteando adrede!”. Así exclamó el joven de cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero y fue, presto, a sentarse.
Más tarde, en la plaza de Roma, de majestuosas proporciones, reparé de nuevo en el joven de cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero, acompañado de un camarada, árbitro de la elegancia, el cual profería esta crítica que me fue dado percibir con mi ágil oído, crítica dirigida a la indumentaria más externa del joven de cuello de jirafa y trenza alrededor del sombrero: “Deberías disminuirte el escote mediante la adición o elevación de un botón en la periferia circular.”

PUNTO DE VISTA SUBJETIVO

No estaba descontento con mi vestimenta, precisamente hoy. Estrenaba un sombrero nuevo, bastante chulo, y un abrigo que me parecía pero que muy bien. Me encuentro a X delante de la estación de Saint-Lazare, el cual intenta aguarme la fiesta tratando de demostrarme que el abrigo es muy escotado y que debería añadirle un botón más. Aunque, menos mal que no se ha atrevido a meterse con mi gorro.
Poco antes, había reñido de lo lindo a una especie de patán que me empujaba adrede como un bruto cada vez que el personal pasaba, al bajar o al subir. Eso ocurría en uno de esos inmundos autobuses que se llenan de populacho precisamente a las horas en que debo dignarme a utilizarlos.

RAYMOND QUENEAU, Ejercicios de estilo, Cátedra, Madrid, 1989, pp. 64, 62 y 92.

lunes, 28 de noviembre de 2011

EL MAGO, Pablo Sorrentino & Otros magos


EL MAGO

   Para mi cumpleaños, mamá me preguntó si quería que viniera un payaso o un mago. Los payasos me parecen estúpidos, de manera que elegí el mago.
   Éste resultó ser un hombre flaco y pálido, pero con unos cuantos detalles negros: el cabello, el bigotito, el esmoquin, el moñito y su valija maravillosa. Saludó con ademán anticuado y gentil, y los chicos empezamos a gritar:
   —¡El mago, el mago, el mago, el mago!
   El mago sonrió, complacido, y realizó diversas pruebas —que yo ya había visto en otros magos—, tales como, por ejemplo, multiplicar un solo pañuelo en siete u ocho, o extraer de una galera negra una paloma blanca. También, con los naipes que se usan en las películas del Lejano Oeste, hizo una cantidad de trucos que no logré entender.
   —Este prestidigitador es muy bueno —dijo papá en voz baja.
   El mago, no sé cómo, lo oyó:
   —Le agradezco su opinión —contestó—. Pero yo no soy un prestidigitador sino un mago.
   —Bueno —replicó papá, con su habitual suficiencia—. Digamos que es un mago, no un prestidigitador.
   —Veo que usted no me toma en serio. Para que se convenza, voy a convertirlo a usted en algún animal. ¿Cuál prefiere?

Sigue aquí:
   Cuentos de magia, Páginas de Espuma, Madrid, pp. 15-17.
o aquí:


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   El mago concentró toda su energía, y de sus manos sobresalía una luz fosforescente, que inundaba toda la habitación. Unos segundos después hubo un gran estallido, y todos los niños se escondieron debajo de las mesas y detrás de las sillas, para protegerse de cualquier cosa que pudiera ocurrir. Ese truco no funcionó. Unos segundos después de lo ocurrido y cuando los niños salieron de su escondite dijeron:
  —No ha pasado nada —afirmó mi amiga Adriana.
   —¿Pero qué es esto?—preguntó Lucia.
   —Una birria, el mago nos mintió, no hace magia de verdad.—dijo mi amigo Juan.
   —Veis niños, solo es un simple prestidigitador.—dijo mi padre.
   —Eso no es verdad, solo que a veces se retrasa un poco.—dijo el supuesto mago.
   —¿Por qué no, si no ha pasado nada?—preguntó mi madre.
   —¿Y por qué a veces se retrasa un poco?—dijo mi padre ya enfadadísimo.
   —Pues…—dijo el mago.
   Mis padres le interrumpieron:
   —¡Fuera de aquí, y no vuelva nunca!
   Mis padres, y mis amigos, e incluso yo le echamos a gritos de aquella habitación, y él salió corriendo con sus utensilios por la puerta principal. La verdad es que yo tenía mucho miedo cuando iba a lanzar el hechizo. Al siguiente día todos nos levantamos con: orejas de burro, cola de caballo, nariz de perro… en fin, convertidos en animales. El mago, ciertamente, tenía poderes, solo que el efecto de su conjuro se había retrasado un poco.

Manuela Ramos [1ºC]

***

   Después de convertir a papá en un hipopótamo, prosiguió convirtiendo uno por uno a todos los invitados en animales diferentes y me ordenó cuidar de todos. Yo no me sentía capaz. Al cabo de unas semanas, cuando estaba paseando a mis primos, que tenían el aspecto de gatos, perros, conejos y hurones, me encontré con una chica que también llevaba unos cuantos animales. En cuanto me vio, se detuvo, y me dijo que podía ayudarme: me dio un número de teléfono y se fue. Al día siguiente la llamé y quedé con ella en mi casa para hablar. Ese día, al volver del colegio, dispuesto a darle de comer a la multitud de especímenes que tenía en casa, me encontré, sorprendentemente, con todos mis amigos y familiares, otra vez humanos, pero mucho más raquíticos y sucios, esperándome para reprocharme lo mal que los había cuidado. Cuando se fueron, llamé a la chica que me había encontrado, pero nadie me contestó. Día tras día llamaba una y otra vez; sien embargo, nunca nadie descolgó el teléfono.

Sandra Pardo [1ºA]
***
   El mago decidió convertir al padre del niño en una serpiente. De pronto desapareció y unos instantes después reapareció, en forma de serpiente. Los niños se estaban divirtiendo mucho. El mago quedó satisfecho de haberle demostrado al padre del niño que era un mago de verdad. Decidió transformarlo otra vez en humano, pero no pudo. Pasaron las horas, consultando libros, imporvisando él hechizos... Al final, el mago cayó en la cuenta de que no puede volver a transformarlo él solo. Entonces pidió ayuda a los niños y entre todos lo conviertieron otra vez en un hombre.
   "El próximo año contrataremos a un payaso, al menos ellos no te convierten en serpiente durante varias horas" —pensó el padre del niño.

Lorena Castro Pombo [1ºB]
***
   El mago dijo unas palabras mágicas y ¡pum!, mi padre desapareció. Pasaron los minutos y papá  no regresaba. El mago comenzó a contra: 5, 4, 3, 2, 1. De repente miré y allí estaba. Mi padre le dio la  razón y le dijo que era un mago, a pesar de que solamente lo había hecho desaparecer y no lo había convertido en un animal. Ante al insistencia de papá, el mago le aseguró que lo iba a  convertir en una animal y así fue. Al chasquido de sus dedos, mi padre se convirtió en un pato. Cundo le devolvió su forma humana, papá estaba boquiabierto, asombrado. Fue el mejor cumpleaños de mi vida: me lo pasé genial. Aunque  lo mejor de todo fue cuando el mago me convirtió  en león, pero ya esa es otra historia.

Alicia Fiaño  [1ºB]
***
   Todos mis amigos empezaron a gritar como locos diciendo todos sus animales preferidos, hasta que todos se convirtieron en ellos. Mi madre dijo que nunca iba volver a llamar ni a un mago, ni a un payaso, ni a nadie más.

Francisco Fernández Rodríguez   [1ºC]