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lunes, 6 de noviembre de 2017

PÍO BAROJA, HEMINWAY Y EL ÁRBOL DE LA CIENCIA




   Lulú quedó en un estado de debilidad grande; su organismo no reaccionaba con la necesaria fuerza.
   Durante dos días estuvo en este estado de depresión. Tenía la seguridad de que se iba a morir.
   —Si siento morirme —le decía a Andrés— es por ti. ¿Qué vas a hacer tú, pobrecito, sin mí? —y le acariciaba la cara.
   Otras veces era el niño lo que la preocupaba y decía:
   —Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. ¿Por qué se habrá muerto, Dios mío? Andrés la miraba con los ojos secos.
   En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés salió de la alcoba extenuado.
   Estaban en la casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno de alhajas. Andrés entró en el cuartucho donde dormía, se puso una inyección de morfina, y quedó sumido en un sueño profundo.
   Se despertó a media noche y saltó de la cama. Se acercó al cadáver de Lulú, estuvo contemplando a la muerta largo rato y la besó en la frente varias veces.
   Había quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de serenidad y de indiferencia, que a Andrés le sorprendió.
   Estaba absorto en su contemplación cuando oyó que en el gabinete hablaban.
   Reconoció la voz de Iturrioz, y la del médico; había otra voz, pero para él era desconocida.
  Hablaban los tres confidencialmente.
  —Para mí —decía la voz desconocida— esos reconocimientos continuos que se hacen en los partos, son perjudiciales. Yo no conozco este caso, pero, ¿quién sabe? quizá esta mujer, en el campo, sin asistencia ninguna, se hubiera salvado. La naturaleza tiene recursos que nosotros no conocemos.
   —Yo no digo que no —contestó el médico que había asistido a Lulú—; es muy posible. 
   —¡Es lástima! —exclamó Iturrioz—. ¡Este muchacho ahora, marchaba tan bien!
  Andrés, al oír lo que decían, sintió que se le traspasaba el alma. Rápidamente, volvió a su cuarto y se encerró en él. 

   Por la mañana, a la hora del entierro, los que estaban en la casa, comenzaron a preguntarse qué hacía Andrés.
   —No me choca nada que no se levante —dijo el médico— porque toma morfina.
   —¿De veras? —preguntó Iturrioz.
  —Sí.
  —Vamos a despertarle entonces —dijo Iturrioz.
  Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.
  —¡Está muerto! —exclamó Iturrioz.
   Sobre la mesilla de noche se veía de noche se veía una copa y un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.
   Andrés se había envenenado.
   Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones ni vómitos.
  La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.
  —Ha muerto sin dolor —murmuró Iturrioz—. Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.
   —Pero había en él algo de precursor —murmuró el otro médico.

PÍO BAROJA, El árbol de la ciencia, 1902.

GENERACIÓN DEL 98: BAROJA, UNAMUNO Y AZORÍN.

   El término Generación del 98 alude a un grupo de escritores que, en su juventud, se caracterizaron por una actitud muy crítica ante la situación de la España de fin del siglo XIX -simbolizada en el desastre del 98- y proclamaron la necesidad de una regeneración social, cultural y estética. La denominación “Generación del 98”  fue propuesta por Azorín en unos artículos de 1913 y, aunque fue rechazada incluso por alguno de sus miembros, hizo fortuna en la historia literaria. Suele incluirse en el grupo a Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Azorín y Ramiro de Maetzu. Más discutida es la adscripción de Valle Inclán y Antonio Machado pues, si bien parte de su obra entronca con las características del 98, ambos tuvieron etapas anteriores cercanas al Modernismo y su obra, en conjunto, alcanzará una singularidad que excederá los límites de un grupo concreto. Por otra parte, hoy suele aceptarse que, tanto Modernismo como Generación del 98, no son movimientos antitéticos, sino tendencias de un mismo movimiento renovador, nacido de la crisis de fin de siglo.

viernes, 4 de noviembre de 2016

EL ÁRBOL DE LA CIENCIA, Pío Baroja

   A Andrés le indignó la indiferencia de la gente al saber la noticia. Al menos él había creído que el español, inepto para la ciencia y la civilización, era un patriota exaltado, y se encontraba que no; después del desastre de las dos pequeñas escuadras españolas en Cuba y en Filipinas, todo el mundo iba al teatro y a los toros tan tranquilo; aquellas manifestaciones y gritos habían sido espuma, humo de paja, nada. Cuando la impresión del desastre se le pasó, Andrés fue a casa de Iturrioz; hubo discusión entre ellos.
   —Dejemos todo eso, ya que afortunadamente hemos perdido las colonias —dijo su tío—, y hablemos de otra cosa. ¿Qué tal te ha ido en el pueblo?
   —Bastante mal. [...]
   —No; tuve suerte. Como médico he quedado bien. Ahora, personalmente, he tenido poco éxito.
   —Cuenta; veamos tu odisea en esa tierra de Don Quijote.
   Andrés contó sus impresiones en Alcolea; Iturrioz le escuchó atentamente.
   —De manera que allí no has perdido tu virulencia ni te has asimilado al medio?
   —Ninguna de las dos cosas.
   —Y esos manchegos, ¿Son buena gente?
   —Sí, muy buena gente; pero con una moral imposible. [...]
   No digo que no. Los pueblos como Alcolea están perdidos, porque el egoísmo y el dinero no está repartido equitativamente; no lo tienen más que unos cuantos ricos; en cambio, entre los pobres no hay sentido individual. El día que cada alcoleano se sienta a sí mismo y diga: “No transijo” ese día el pueblo marchará hacia adelante.
   —Claro; pero para ser egoísta hay que saber; para protestar hay que discurrir. Yo creo que la civilización le debe más al egoísmo que a todas las religiones y utopías filantrópicas. El egoísmo ha hecho el sendero, el camino, la calle, el ferrocarril, el barco, todo.
   —Estamos conformes; Por eso indigna ver a esa gente, que no tiene nada que ganar con la maquinaria social, que, a cambio de cogerle el hijo y llevarlo a la guerra, no les da más que miseria y hambre para la vejez, y que aun así la defienden.

PÍO BAROJA, El árbol de la ciencia, 1911.


Para responder a las preguntas planteadas sobre este fragmento de Pío Baroja será bastante útil leer el tema Generación del 98 : Baroja, Unamuno, Azorín.

***

    1.    ¿Qué crítica propia de la Generación del 98 se puede observar en el texto? 

    2.    ¿Cuáles son las ideas de Baroja que se dejan entrever? 

    3.    ¿Cómo es el personaje de Andrés?