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viernes, 15 de noviembre de 2013

EL CANON DEL PECHO, Karelia Vázquez


   Los pechos son hoy más grandes que nunca antes en la historia. Pero eso no tiene por qué ser bueno”, explica Florence Williams (autora del libro Breasts: a natural and unnatural history. 2012, W. W. Norton & Company). Asegura que, al menos en Estados Unidos, son como “dos esponjas” que absorben cuanto hay en el ambiente. “Las hormonas que se inyectan a los alimentos, la píldora anticonceptiva y el estrógeno son responsables de que las copas de los sujetadores que antes se fabricaban en un rango de la A a la D ahora se hayan ampliado de la H a la KK, para pechos extragrandes”. En Europa, donde la naturaleza fue más discreta con los atributos –compárese la copa 105D de Jayne Mansfield con la más pequeña 95B de su contraparte francesa, Brigitte Bardot–, el aumento de pecho es, junto a la liposucción, la operación estética más popular.
   Según los datos del Instituto Dexeus, el contorno y la copa más demandados son la talla 90B y 95C. De acuerdo al testimonio de algunos cirujanos, que prefieren no identificarse, algunas clientas compran al peso: “Las quiero [las prótesis] de más de 330 gramos”, demandan en consulta.
   “No había nada falso en los pechos que se deseaban en los años cincuenta. Eran naturales, animados, sanos y divertidos”, apunta la periodista Vanessa Butler en lo que pretende ser una historia definitiva de los pechos siguiendo la línea editorial de la revista Playboy. “Se han ido transformando a lo largo de los años en nuestras páginas. No somos Darwin, pero podríamos elaborar una teoría de la evolución del escote”, asegura.
   El primer número de Playboy se publicó en 1953 con un desnudo de Marilyn Monroe. Había terminado la II Guerra Mundial y triunfaba el escote cónico, como el que exhibe Christina Hendricks, la pelirroja de Mad Men. Su forma se conseguía gracias a los sujetadores torpedo. Según explica el escritor Francesc Puertas, autor de El sostén, mitos y leyendas… y manual de uso (Arcopress, 2012), “fue un encargo de Howard Huges a un ingeniero aeronáutico para proyectar el pecho de Jane Russell en El forajido (1943). La moda se consolidó con Los caballeros las prefieren rubias (1953) y fue imbatible durante casi 30 años en los que se vendieron 90 millones de torpedos en 100 países”. Algunas teorías aseguran que la crisis de los misiles (1962) apuntaló la tendencia. Al parecer, el sujetador cónico recordaba las ojivas nucleares. Entonces, la forma estaba por encima del volumen. “El sujetador torpedo fue un lujo popularizado”, argumenta José Luis Nueno, profesor del IESE. “Se exageraban las curvas, todo estaba sobredimensionado, desde los Cadillacs con alerones hasta los electrodomésticos”.
   Los excesos terminaron con la década. Las chicas encendieron grandes hogueras para liberar sus pechos. “Renunciar al sujetador era una señal de libertad”, explica la empresaria Sandra Macaya, experta en ropa interior. Las mujeres tenían menos hijos, llevaban una vida más activa y cambiaron su dieta. Todo esto se tradujo en una pérdida considerable de volumen y en unos pechos más pequeños. No había sucedido nada igual desde la era de las flappers, que bailaban en los felices años veinte.
   “Históricamente, las tallas pequeñas han sido populares en las épocas feministas. Así sucedió en la década de los veinte y a finales de los sesenta y setenta”, recuerda Marilyn Yalom, profesora de la Universidad de Stanford, en su libro A history of the breast (Knopf, 1997). Esta experta señala que, a pesar de los vaivenes de tallas y volúmenes, en todas las épocas ha sobrevivido una tendencia paralela que considera el pecho pequeño, incluso plano, como un signo de clase y estilo. Los nombres antológicos de la tendencia han sido las dos Hepburn: Katharine y Audrey.
   Con los ochenta llegaron Madonna, Michael Jackson y la MTV. No había nada que esconder. “La ropa interior adquirió vida propia y dejó de estar a remolque de las piezas exteriores”, apunta Puertas. Se proclamó oficialmente la vuelta del escote y las operaciones de aumento de pecho dejaron de ser una excentricidad. Una marca canadiense llamada Wonderbra reventó el mercado con un único sujetador que le hizo ingresar 30 millones de dólares solo en 1980.
   Contra todo pronóstico, en la siguiente década, los noventa, volvieron los pechos pequeños y atléticos. Según la versión de los hechos de Playboy, la culpa fue de las jugadoras de la WNBA y de las top models británicas. Eso no impidió que Jean Paul Gaultier volviera a exhibir un sujetador cónico en el cuerpo de Madonna.
   El nuevo milenio llevó Internet a los hogares occidentales. La oferta y disponibilidad de desnudos y pornografía era abrumadora. El péndulo de la moda regresó a los escotes generosos. Y ahí se ha quedado. El look es desafiante: una improbable mezcla de pocos kilos y turgencia que apenas existe en la naturaleza. “Ninguna mujer podrá tener ese escote sin unos implantes o un sujetador push up”, explica en una entrevista al diario The Washington Post Georgia Witkin, profesora de psiquiatría del hospital neoyorquino Mount Sinai. “De hecho, cuando una clienta pide al cirujano un escote verdaderamente dramático, este debe unir los pechos en una posición que no es exactamente anatómica. Pero no se pretende engañar a nadie. ¿Quién querría parecer natural? Eso era muy del siglo XX”.
   El futuro, según el profesor Nueno, no está en el quirófano. “Mientras más se democratice el asunto, más cerca estará su final. Las personas siempre querrán diferenciarse y ser singulares”. Aunque sea por sus pechos o, sobre todo, por ello.

Karelia Vázquez

El País Semanal, 25 de ocubre del 2013.

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