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viernes, 30 de octubre de 2015

LA ILUSTRACIÓN. EL DESPOTISMO ILUSTRADO 02




EL SIGLO XVIII. LA ILUSTRACIÓN. EL DESPOTISMO ILUSTRADO.

   Durante el siglo XVIII se difundió desde Inglaterra y Francia por toda Europa la Ilustración, un vasto movimiento cultural que produjo un vuelco en la cultura y la sociedad de la época.
   La Razón es el principio fundamental de la Ilustración. Los ilustrados cuestionan los antiguos principios en que se basaba el orden social hasta ese momento: jerarquía, autoridad y dogma, conceptos que sustentaban una sociedad dividida en rígidos estamentos, un principio de autoridad delegado de Dios ­­­­­­—de origen divino, por tanto— y unos dogmas que había que aceptar sin discusión.
   Frente a esto, los nuevos intelectuales defienden el espíritu crítico basado en la razón y en la experimentación. Por consiguiente, nada debe ser aceptado por principio de autoridad o tradición, sino que debe ser cuestionado y comprobado. Este nuevo modo de pensar (razón frente a fe) propició el desarrollo de la ciencia moderna.
   La Ilustración defiende la libertad y la dignidad de las personas como base de una sociedad moderna (Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano).
   Se difunde el laicismo, la independencia del Estado y de la Iglesia y se propugna la tolerancia religiosa.
   La educación debe ser instrumento fundamental del progreso, pues para los ilustrados la ignorancia es la raíz de todos los males sociales e individuales (se crean las primeras escuelas públicas). Esta forma de pensar promueve el estilo didáctico que predominará en la literatura del siglo XVIII, una literatura más  preocupada por transmitir ideas o plantear problemas sociales que por la perfección formal o el entretenimiento.
   Las ideas ilustradas chocarán con la hostilidad de influyentes sectores de la sociedad española, que acusan a los reformistas de herejes y poco patriotas. Los principales detractores de las reformas impulsadas por los gobiernos ilustrados fueron la nobleza y, sobre todo, la Iglesia, dueña de inmensas posesiones. Para preservar sus privilegios, la Iglesia obstaculizará las reformas económicas y se opondrá a las reformas educativas y culturales (la mayor parte de las instituciones docentes —escuelas y universidades­­­­­— eran eclesiásticas). Los principales defensores de las ideas ilustradas pertenecían a la burguesía y constituían una minoría culta y progresista que se enfrentó con frecuencia al rechazo, tanto de las clases altas, que defendían sus privilegios, como de las clases bajas, que rechazaban las innovaciones desde la ignorancia y el atraso.
   En este ambiente de incomprensión, los monarcas de la dinastía Borbón favorecen la penetración en España de las ideas ilustradas, a través del sistema político conocido como “Despotismo Ilustrado”. Sus fundamentos se sintetizan en el famoso lema “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo”. En esencia, se trataba de mejorar las condiciones de vida de la población a través de la modernización de la sociedad “desde arriba”, sin cambiar sus estructuras básicas y sin permitir que el pueblo interviniese en los asuntos públicos. Así, se promovieron industrias públicas, academias de las artes, de las ciencias y de las letras, museos, escuelas... A imitación de Francia, los ilustrados fundan en España instituciones como la Biblioteca Nacional, el Museo del Prado, la Real Academia de la Lengua..., además de instituciones como las Sociedades Económicas de Amigos del País o las Juntas de Comercio, organismos que promovieron el desarrollo científico y tecnológico e impulsaron el establecimiento de empresas e industrias modernas en España.
   Las ideas de la Ilustración llegaron a su punto más radical en Europa con el estallido de la Revolución Francesa (1789), que derrocó violentamente la monarquía. Este hecho provocará en el resto de Europa, también en España, reacciones defensivas contra aquellas ideas de libertad, progreso e igualdad, que supondrán un frenazo a las reformas económicas y culturales emprendidas por los ilustrados, en un intento por mantener el orden establecido.

jueves, 29 de octubre de 2015

UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XXXV), Arturo Pérez Reverte


UNA HISTORIA DE ESPAÑA (XXXV)


   Con Felipe V, el primer Borbón, tampoco es que nos tocara una joya. Acabó medio majareta, abdicó en su hijo Luis I, que nos salió golfo y putero pero por suerte murió pronto, a los 18 años, y Felipe V volvió a reinar de modo más bien nominal, pues la que se hizo cargo del cotarro fue su esposa, la reina Isabel de Farnesio, que gobernó a su aire, apoyada en dos favoritos que fueron, sucesivamente, el cardenal Alberoni y el barón de Riperdá. Todo podía haberse ido otra vez con mucha facilidad al carajo, pero esta vez hubo suerte porque los tiempos habían cambiado. Europa se movía despacio hacia la razón y el futuro, y la puerta que la nueva dinastía había abierto con Francia dejó entrar cosas interesantes. Como decía mi libro de texto de segundo de Bachillerato (1950, nihil obstat del censor, canónigo don Vicente Tena), «el extranjerismo y las malsanas doctrinas se infiltraron en nuestra patria». Lo cierto es que no se infiltraron todo lo que debían, que ojalá hubiera sido más; pero algo hubo, y no fue poco. La resistencia de los sectores más cerriles de la Iglesia y la aristocracia española no podía poner diques eternos al curso de la Historia. Había nuevas ideas galopando por Europa, así como hombres ilustrados, perspicaces e inteligentes, más interesados en estudiar los Principia Matematica de Newton que en discutir si el Purgatorio era sólido, líquido o gaseoso: gente que pretendía utilizar las ciencias y el progreso para modernizar, al fin, este oscuro patio de Monipodio situado al sur de los Pirineos. Poco a poco, eso fue creando el ambiente adecuado para un cierto progreso, que a medida que avanzó el siglo se hizo patente. Durante los dos reinados de Felipe V, vinculado a Francia por los pactos de familia, España se vio envuelta en varios conflictos europeos de los que no sacó, como era de esperar, sino los pies fríos y la cabeza caliente; pero en el interior las cosas acabaron mejorando mucho, o empezaron a hacerlo, en aquella primera mitad del siglo XVIII donde por primera vez en España se separaron religión y justicia, y se diferenció entre pecado y delito. O al menos, se intentó. Fue llegando así al poder una interesante sucesión de funcionarios, ministros y hasta militares ilustrados, que leían libros, que estudiaban ciencias, que escuchaban más a los hombres sabios y a los filósofos que a los confesores, y se preocupaban más por la salvación del hombre en este mundo que en el otro. Y aquel país reducido a seis millones de habitantes, con una quinta parte de mendigos y otra de frailes, monjas, hidalgos, rentistas y holgazanes, la hacienda en bancarrota y el prestigio internacional por los suelos, empezó despacio a levantar la cabeza. La cosa se afianzó más a partir de 1746 con el nuevo rey, Fernando VI, hijo de Felipe, que dijo nones a las guerras y siguió con la costumbre de nombrar ministros competentes, gente capaz, ilustrada, con ganas de trabajar y visión de futuro, que pese a las contradicciones y vaivenes del poder y la política hizo de nuestro siglo XVIII, posiblemente, el más esperanzador de la dolorosa historia de España. En aquella primera media centuria se favorecieron las ciencias y las artes, se creó una marina moderna y competente, y bajo protección real y estatal -tome nota, mísero señor Rajoy- se fundaron las academias de la Lengua, de la Historia, de Medicina y la Biblioteca Nacional. Por ahí nos fueron llegando funcionarios eficaces y ministros brillantes como Patiño o el marqués de la Ensenada. Este último, por cierto, resultó un fuera de serie: fulano culto, competente, activo, prototipo del ministro ilustrado, que mantuvo contacto con los más destacados científicos y filósofos europeos, fomentó la agricultura nacional, abrió canales de riego, perfeccionó los transportes y comunicaciones, restauró la Real Armada y protegió cuanto tenía que ver con las artes y las ciencias: uno de esos grandes hombres, resumiendo, con los que España y los españoles tenemos una deuda inmensa y del que, por supuesto, para no faltar a la costumbre, ningún escolar español conoce hoy el nombre. Pero todos esos avances y modernidades, por supuesto, no se llevaron a cabo sin resistencia. Dos elementos, uno interior y otro exterior, se opusieron encarnizadamente a que la España del progreso y el futuro levantara la cabeza. Uno, exterior, fue Inglaterra: el peor y más vil enemigo que tuvimos durante todo el siglo XVIII. El otro, interior y no menos activo en vileza y maneras, fue el sector más extremo y reaccionario de la Iglesia católica, que veía la Ilustración como feudo de Satanás. Pero eso lo contaremos en el próximo capítulo.

ARTURO PÉREZ REVERTE, Una historia de España (XXXV), XLSemanal, 10 de noviembre de 2014.

miércoles, 28 de octubre de 2015

ESQUILACHE, Josefina Molina



LA LITERATURA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XVIII A TRAVÉS DE LA PROSA DIDÁCTICA Y EL TEATRO




    1. La Ilustración.



El siglo XVIII se conoce en Europa como el “Siglo de las Luces”, por el intento de analizar la realidad y el espíritu humano a la luz de la razón. La Ilustración es el movimiento cultural político y filosófico que se desarrolló durante este siglo y que supuso una revisión crítica de las ideas y valores dominantes hasta ese momento:



  • Los ilustrados confiaban en la razón y en la ciencia como fuente de conocimiento y rechazaban el principio de autoridad (el saber basado en la revelación religiosa o en la tradición).
  • Pertenecientes en su mayor parte a una burguesía culta, los ilustrados cuestionaban los privilegios de la nobleza y del clero, y defendían la libertad y la igualdad en dignidad y derechos de todos los seres humanos.
  • Consideraban la educación el principal instrumento para conseguir una sociedad más justa y próspera.



En España, las corrientes racionalistas llegarán con retraso debido al aislamiento y decadencia de la sociedad española desde el siglo XVII. En general, el pensamiento ilustrado fue rechazado por gran parte del clero y la nobleza y por el pueblo, que veían en esas ideas el germen de la herejía religiosa, la descomposición política y la imposición de una moda extranjerizante. Como en el resto de Europa, la Ilustración fue promovida por la burguesía, la baja nobleza y algunos sectores del clero más culto y liberal, a partir de su principal foco de irradiación: la corte del rey Carlos III y sus ministros reformistas (1759-1788).

La Ilustración llegó a España con la dinastía borbónica (y con ella la influencia francesa), que implantó el llamado despotismo ilustrado1. Las ideas ilustradas penetraron lentamente en nuestro país durante los reinados de Felipe V (1700-1746), Fernando VI (1746-1759) y, sobre todo, Carlos III (1759-1788) y Carlos IV (1788-1808).

En esta época se reformó la enseñanza y se sistematizó el estudio de las ciencias, que avanzaba notablemente. Se creó la Real Academia Española, hecho de gran importancia para la fijación y normalización del castellano, así como otras instituciones culturales y científicas como la Biblioteca Nacional, el Jardín Botánico de Madrid (fundado por Fernando VI con el fin de catalogar plantas de América, fomentar expediciones y estimular la enseñanza), el Museo del Prado o numerosas Asociaciones de Amigos del País, que promovían el estudio de la ciencia moderna, las artes y la modernización de España.




1 Forma de gobierno que, bajo el lema “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”, pretendía impulsar el progreso y bienestar de la población, sin que el monarca renunciara, por ello, al poder absoluto.


lunes, 26 de octubre de 2015

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL ESTUDIO DE LA LITERATURA. LA LITERATURA DEL SIGLO XVIII


LA LITERATURA DEL SIGLO XVIII


   La literatura es un arte verbal surgido en unas determinadas coordenadas espaciales y temporales [1], creado por un individuo que pertenece a un grupo social [2] regido por una ideología imperante, grupo social que reconoce como propio un sistema de referencias culturales nítidamente codificado. El arte es, en consecuencia, un producto social que reflejará, consciente o inconscientemente, el diálogo que establece un autor con la ideología imperante en su tiempo.

   Mientras Europa vive, durante el siglo XVIII, una época de transformaciones que consolida el declive del Antiguo Régimen [3] y abre paso a la Modernidad, España, un arruinado antiguo Imperio que aún no ha terminado de asumir su papel secundario, se mantiene muy lejos de las circunstancias que permiten la aparición del pensamiento Ilustrado, y por lo tanto, también se muestra ajena a sus postulados:
  • El Racionalismo. El fundamento del conocimiento se encuentra en la Razón y no en instancias superiores como Dios, la tradición, las costumbres o la autoridad de antiguos escritores. La fundamentación racional del saber favorece lógicamente el desarrollo científico y técnico.
  • El Progreso. Se tiene la idea de que el dominio de la Naturaleza hace al hombre dueño de su futuro, que puede mejorar indefinidamente. Se trata ésta de una nueva Utopía que permite albergar la esperanza de una mejora constante de las condiciones de vida, tanto materiales como espirituales, y que, por tanto, ha de hacer posible la felicidad en la Tierra misma, sin necesidad de posponerla a paraísos religiosos que llegarían después de la muerte.
  • Lo natural. La razón se aplica también a esferas del conocimiento no estrictamente materiales como la filosofía, el derecho, la moral o la religión. En estos campos se abandona la idea de que existan verdades absolutas o reveladas y se insiste en el concepto de que algo es más humano cuanto más conforme está con su naturaleza. De modo que, frente al derecho de inspiración divina, se defenderán ideas jurídicas basadas en el Derecho Natural; frente a las normas morales predicadas por las diversas religiones, se opondrán criterios éticos derivados de una moral natural, y frente a las disquisiciones teológicas escolásticas que han dominado la especulación filosófica durante siglos, se extiende ahora la Filosofía de la Naturaleza. En el terreno religioso es frecuente el deísmo (creencia en un ser superior que no responde a ninguno de las religiones concretas, a las cuales niega) o el ateísmo.
  • El reformismo. Los ilustrados aspiran a que sus ideales tengan una concreción práctica en la realidad, por lo que proponen reformas sociales, económicas y políticas que los hagan posibles. En este sentido, ideología ilustrada y despotismo ilustrado son inseparables, puesto que éste es la formulación política de aquélla.
  • El utilitarismo. Los avances científicos-técnicos, el anhelo de saber y las reformas sociales deben tener como guía la utilidad para la comunidad. Frente a las concepciones religiosas y metafísicas de tiempos anteriores, se impone ahora una concepción materialista y burguesa del mundo para la cual lo importante es aquello que es útil. Ello implica también un cambio de valores morales: la virtud se relaciona ahora con su utilidad, por lo que un hombre es tanto más virtuoso cuanto más útil resulta a sus conciudadanos.
   Una minoría de la elite cultural española, los intelectuales denominados despectivamente “afrancesados”, agujereará ese muro cerrado sobre sí mismo para que penetre por esa rendija algo de la claridad del considerado “Siglo de las Luces”.   

***
[1] “Palabra en el tiempo” para Antonio Machado. Esta dimensión histórica exige del receptor una contemplación no ingenua: un buen lector de una obra anterior a su tiempo deberá situarse en la posición de los contemporáneos del texto leído. Es cierto que lo que define a los textos clásicos es su capacidad de no caducar, pero esa no caducidad ha de ser perseguida por el lector en un esfuerzo de reactualización: hemos de pensar desde el otro. Cuando se lee un texto medieval es imprescindible considerar cuál es la imagen del mundo en el medievo, cuál es la capacidad científica y técnica, cuáles son los referentes filosóficos...
[2] La literatura es, pues, un producto social que sirve para comunicar y ofrece el conocimiento.    
[3] Es en este momento cuando se comienza a liquidar un sistema de valores cuyas raíces pueden ser halladas en la Edad Media.


SOBRE LA MAGDALENA DE PROUST

“En el mismo instante en que ese sorbo de té mezclado con sabor a pastel tocó mi paladar… el recuerdo se hizo presente… Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana  . Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena… apareció la casa gris y su fachada, y con la casa la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…”

MARCEL PROUST, Por el camino de Swan, 1913.

Marcel Proust inaugura un procedimiento que se extenderá sistemáticamente por toda la narrativa del siglo XX (incluida la cinematográfica). Una sensación física (el sabor de la magdalena combinada con el té) desata una emoción que suscita un recuerdo. Esta reminiscencia involuntaria desencadena el comienzo de una analepsis marcada por el tono eminentemente reflexivo.
El tiempo físico se congela en favor del tiempo psicológico

MODELO DE RESPUESTA AL CONTROL DE LECTURA

  —La echa mucho de menos.
   No había preguntado: afirmaba. Pero el inspector, si se hubiera atrevido a decir la verdad, no habría contestado que sí. Quería que volviera, y no sólo del sanatorio, sino del túnel de desolación y mutismo en el que llevaba tanto tiempo sumida, pero no podía decir que añorara su presencia junto a él, que sintiera su falta en la casa al volver del trabajo. A nadie le podía decir que muchas veces había pensado dejarla, no porque deseara a otra mujer, a otras, sino simplemente porque no la quería, porque hubiera preferido estar solo, sin el continuo agobio de pensar que ella estaba esperándolo cuando tardaba, que estaba sufriendo cada gesto suyo de despego y frialdad: no era verdad que uno pudiera acostumbrarse a todo, ella no lo había logrado, después de tantos años.
   —Mire la luna —dijo Susana: se habían quedado los dos en silencio. Frente a ellos, por encima del valle ondulado de olivares y de la silueta negra de la sierra, la media luna blanca permanecía inclinada e inmóvil como un globo, cercada por una incandescencia fría que apagaba a su alrededor el brillo de las constelaciones—. Qué alta está la luna. ¿Conoce esa canción? Qué alta está la luna. Creo que va a sonar de un momento a otro. Stephenie Meyer creía de pequeña que todos los libros trataban de la luna. A mí me pasa eso con las canciones. Casi todas las que más me gustan tienen que ver con ella.
   —Está en cuarto creciente.
   —Yo eso nunca lo sé. ¿Cómo puede estar seguro?
   —Un cura me lo explicó hace muchos años y no se me ha olvidado. La luna es embustera, me decía. Cuando tiene forma de C, no está en cuarto creciente. Lo está cuando parece una D mayúscula. Cada vez que la miro me acuerdo de eso.
   A Susana le estaba pareciendo que la voz de Leonard Cohen era demasiado triste y buscó otra música que le avivara el ánimo, un cedé de Nirvana, Nevermind, que siempre había tenido sobre ella un efecto infalible.
***

Tomando como punto de partida el texto elabora un comentario en el que puedes tratar los asuntos indicados.

  1. Localiza el fragmento en el conjunto de la historia.
  2. Señala la significación del episodio para la caracterización de los personajes.
  3. Polifonía (o multiperspectivismo), estilo, estructura, motivos temáticos recurrentes y técnicas narrativas en Plenilunio.
  4. Relación entre las múltiples historias que contiene la novela.
  5. Localiza los errores que contiene el texto y di por qué son relevantes en esta secuencia.
***
  El fragmento de la historia corresponde a la primera cita entre Susana Grey (antigua profesora de Fátima)  y el inspector.
   Susana le había propuesto ir a tomar algo a un local alejado de la ciudad al que solía ir sola. El inspector no contaba con ello, ambos salían del ascensor donde Fátima había sido raptada y acababan de escuchar, en la casa de la niña, cómo del otro lado del teléfono una voz repetía su nombre.
   El inspector aceptó, lo había cogido desprevenido. Él ni siquiera sabía si quería ir.
  Estaban en el coche de Susana e iban hablando, no iba a ser la primera vez que sucediera esto.
   La música que suena en el coche describe a Susana Grey. Siempre escucha a Ella Fitzgerald u otros artistas de jazz (en una escena posterior sonará Just friends para caracterizar la relación entre Susana y Ferreras). Pero lo más curioso es cómo la luna está siempre presente en las canciones que escucha, ya que hay que tener presente que el violador sólo actúa las noches de luna llena.
   La música hablará de Susana a lo largo de todo el libro, de la sumisión a su antes marido y de sus sentimientos.
   En el fragmento, los errores están relacionados con los artistas y las canciones y, por lo tanto, la descripción de Susana es otra y las sensaciones que se desprenden también. Nirvana no pertenece a su discoteca, la voz masculina y ronca de Leonard Cohen no suena en el coche y no es Stephenie Meyer quien creía que todos los libros hablaban de la luna.
   El inspector transmite frío. Su mujer está en un sanatorio porque él la llevó a un estado de ausencia y desolación durante los años pasados en Bilbao. No es capaz de tomar la determinación de dejarla, aunque tenga claro que no la quiere y, con todo, está dentro del coche de Susana escapando de la ciudad y el ruido de su vida.
   Todos los personajes que aparecen en la novela se van entrelazando de una forma u otra, como aquí el inspector y la que hasta hace un tiempo era una profesora totalmente desconocida para él. Cada personaje filtra su punto de vista en un capítulo mediante el narrador multiselectivo en estilo indirecto libre. El inspector piensa en este episodio “Quería que volviera, y no sólo del sanatorio...” como el violador piensa sobre sus padres en otros, o el padre de Fátima se siente culpable.
   El hecho de que un viaje en coche pueda ocupar casi un capítulo (en un libro con un argumento de novela negra) demuestra que el autor busca algo más. Se emplea una estructura de rebobinado reiterado en paralelo, esto es, los personajes cuentan la misma situación desde sus correspondientes perspectivas y reviven continuamente escenas del pasado. Tal estructura provoca un ritmo lento, que una vez más no se corresponde con la novela de género, y es que no lo es. El autor conduce al lector a la reflexión y se ayuda de todas las intervenciones, mediante el estilo indirecto libre, de los personajes.
   La luna, la música, el norte y el sur, las miradas... son excusas y elementos que se repiten una y otra vez y que no hablan de otra cosa que no sea la naturaleza perversa del hombre.

Lola Mosquera Sánchez

viernes, 23 de octubre de 2015

MODELO DE PREGUNTAS CONTROL DE LECTURA



   El inspector la miró un instante y apartó enseguida los ojos, fijos de nuevo en la carretera. Habría podido decir que no si ella le hubiera dado tiempo, pero actuó muy rápido y lo tomó por sorpresa, sabiendo perfectamente que hasta un cierto punto lo forzaba a aceptar. Habían bajado callados en el ascensor, y al inspector se le hizo raro pensar que una parte de los hechos sobre los que se venía interrogando tan obsesivamente a sí mismo en los últimos tiempos había tenido su arranque y su escenario justo allí, en esa misma cabina de paredes metálicas a la que Fátima había subido tantas veces. En el mismo lugar donde él apoyaba ahora la mano, junto al panel con los números de los pisos, habían estado las manchas de sangre de los dedos del asesino; allí mismo le habría mostrado a Fátima una navaja, le habría tapado la boca con la mano, sofocándole la respiración. «Las cosas en las que piensa mucho uno le acaban pareciendo inventadas», le dijo luego a Susana, y ella le contestó: «Las cosas y las personas. Cuando yo me enamoraba de alguien me acordaba tanto de él y le daba tantas vueltas a la imaginación que lo veía otra vez y me costaba reconocerlo».
   Pero aún no eran capaces de hablar de sí mismos con un poco de desenvoltura. En el ascensor a los dos los entorpecían la proximidad y el silencio, y casi no tenían nada más en común que el alivio de haber salido de la casa de Fátima, el piso angosto de trabajadores pobres, con demasiados muebles y cosas, enrarecido por el luto, por la falta de aire tras los balcones cerrados, el sufrimiento sin consuelo, la destilación lenta del rencor. Salieron al portal y estaba a oscuras, con una sugestión de abandono y peligro que ya parecía haber estado allí antes de que Fátima lo cruzara empujada o conducida por su asesino, que le pasaba una mano por encima del hombro y le apretaba la nuca.
   Tardaron un poco en dar con la luz del portal, y al encenderla se encontró cada uno con los ojos del otro, con un exceso involuntario de intensidad que a los dos les resultó embarazoso. Nada es más difícil que aprender a mirar a alguien, a ser mirado de cerca por otro.

  1. Localiza el fragmento en el conjunto de la historia.
  2. Señala la significación del episodio para la caracterización de los personajes.
  3. Estilo en Plenilunio: las oraciones en negrita son características de la "voz narrativa". Explica con qué finalidad crees que el autor emplea ese estilo valorativo y aforístico.
  4. Estructura en Plenilunio: la narración está siempre entreverada de historias que remiten al pasado. Explica qué consigue el narrador demorando la narración de los acontecimientos de la investigación policial.

miércoles, 21 de octubre de 2015

EL SACRIFICIO DE ISAAC

EL SACRIFICIO DE ISAAC (Gn 22,1-18)

   Después de estos sucesos, Dios puso a prueba a Abrahán. Y le llamó:
   —¡Abrahán!
   Éste respondió:
   —Aquí estoy.
   Entonces le dijo:
   —Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré.
   Muy de mañana Abrahán se levantó, aparejó su asno, se llevó consigo a dos siervos y a su hijo Isaac, cortó la leña del sacrificio, se puso en camino y se dirigió al lugar que le había dicho Dios. Al tercer día, Abrahán alzó la vista y divisó el lugar a lo lejos. Entonces dijo Abrahán a sus siervos:
   —Quedaos aquí con el asno mientras el muchacho y yo vamos hasta allí para adorar a Dios; luego volveremos con vosotros.
   Tomó Abrahán la leña del sacrificio y se la cargó a su hijo Isaac, mientras él llevaba en la mano el fuego y el cuchillo; y se pusieron en marcha los dos juntos. Isaac dijo a su padre Abrahán:
   —¡Padre!
   Él respondió:
   —Sí, hijo mío.
   Y el muchacho preguntó:
   —Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?
   Respondió Abrahán:
   —Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío.
   Caminando juntos llegaron al lugar que Dios le había dicho; construyó allí Abrahán el altar y colocó la leña; luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar encima de la leña. Abrahán alargó la mano y empuñó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero entonces el ángel del Señor le llamó desde el cielo:
   —¡Abrahán, Abrahán!
   Él contestó:
   —Aquí estoy.
   Y Dios le dijo:
   —No extiendas tu mano hacia el muchacho ni le hagas nada, pues ahora he comprobado que temes a Dios y no me has negado a tu hijo, a tu único hijo.
   Abrahán levantó la vista y vio detrás un carnero enredado en la maleza por los cuernos. Fue Abrahán, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en vez de su hijo. Abrahán llamó a aquel lugar «El Señor provee», tal como se dice hoy: «en la montaña del Señor provee».
   El ángel del Señor llamó por segunda vez a Abrahán desde el cielo y le dijo:
   —Juro por mí mismo, oráculo del Señor, que por haber hecho una cosa así, y no haberme negado a tu hijo, a tu único hijo, te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena de las playas; y tu descendencia se adueñará de las ciudades de sus enemigos. En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra porque has obedecido mi voz.

  • Literaturas míticas.
  • Cosmogonías.
Talla: Berruguete

LA MÚSICA EN PLENILUNIO [02]: JOAN MANUEL SERRAT

[...] había un disco que a ella le gustaba por encima de todos, y que aún se sabe de memoria, aunque hace tiempo que no lo escucha, una selección de canciones de Joan Manuel Serrat que procuraba oír cuando él no estaba, no porque la criticase abiertamente, sino porque sonreía con cierta condescendencia, una sonrisa que era de esos gestos singulares que resumen un carácter y alertan sobre él, de desdén y de paciencia, de incansable vocación pedagógica. De ese disco a ella le gustaba sobre todo una canción, Tiempo de lluvia: le parecía que hablaba justo de aquel otoño de su vida, el de los veintidós años y el comienzo de todo, un otoño lento, de cielos limpios por las mañanas y atardeceres nublados y con viento, cuando lo más dulce de todo era entrar de noche en la cama y notar el roce ya cálido y agradecido de las sábanas sobre la piel, libre ahora del sudor del verano, más sensitiva, renacida, con un exceso de sensibilidad que ella aún no atribuía al embarazo, a la brizna de vida que crecía en su vientre. Tardes de lluvia en las que el sol volvía cuando ya se esperaba el anochecer, después de la oscuridad engañosa del nublado: miraba desde la ventana, aún sin cortinas, la lluvia resplandeciendo al sol oblicuo del atardecer, y al volverse hacia el interior de la habitación casi vacía estaba viendo el mismo lugar que retrataba la canción:

Es tiempo de lluvia,
de vivir de beso en beso
entre paredes de yeso
 y dejar los días correr…

   La canción estaba hecha para ella, para aquel septiembre y aquella tarde exacta en la que aún ignoraba que iba a tener un hijo a finales de la siguiente primavera, que sería así la estación inaugural de su maternidad, igual que el otoño estaba siendo la de su ingreso en el trabajo y en la vida conyugal. Es tiempo de lluvia, seguía escuchando, cantaba ella también, muy quedo, tiempo de amarse a media voz.

[pp. 87-88]
TIEMPO DE LLUVIA

De la noche a la mañana
llega junto a la ventana
con su frío aliento otoñal
y se acuna en el cristal
en un suave baile
entre los brazos del aire.

Sin saber cómo
de gris la casa se vistió,
como el plomo
el día amaneció.

Es tiempo de lluvia,
tiempo de amarse a media voz,
de oír de nuevo el tic-tac del reloj.
Es tiempo de lluvia.

De vivir de beso en beso
entre paredes de yeso
y dejar los días correr
sin mañana y sin ayer
porque no se acaba
ni mi amor, ni mi amada.

Acércate,
ven y siéntate.