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lunes, 6 de febrero de 2017

SOBRE PLENILUNIO, Carmela Vázquez


Busca sus ojos, recordó, viendo unos ojos claros detrás de unas gafas de montura ligera, y a esa cara se le superpuso la del asesino de Fátima, aunque no se parecían nada entre sí, igual que se superponen dos juegos de facciones posibles en las laminas transparentes cuando se intenta obtener un retrato robot. Vio con toda claridad y detalle, como si estudiara una fotografía o un cuadro, una cara joven, bien afeitada, con el mentón ancho, los labios firmes, la mirada tranquila, los ojos inexpresivos y francos tras los cristales de esas gafas que sin duda eran de marca, tenían una montura dorada y muy fina que brillo un instante al sol. Pensó con estupor, con inesperada tranquilidad, «así que esta era la cara del que iba a ________», y en el interior de ese segundo que no llegaba a terminar comprendió que la verdadera sensación de la inminencia de la _______ solo puede conocerla quien está a punto de _______, que ninguna otra sensación en la vida se le parece o la anuncia: la calma, el asombro, la silenciosa detención del tiempo.
Antonio Muñoz Molina, Plenilunio, Alfaguara, Madrid, 1997.
&
Marc Quinn
 
Tomando como punto de partida el texto elabora un comentario crítico sobre Plenilunio. Para ello puedes destacar la forma del discurso (técnicas narrativas, personajes, espacio, tiempo, estructura…) y la historia (temática). [10 puntos]


  1. Localiza el fragmento en el conjunto de la historia. Completa los huecos de las palabras clave desaparecidas y di por qué son imprescindibles para entender esta secuencia. Señala el gazapo, si lo hubiere, y di por qué es relevante para entender este fragmento.
  2. Señala la significación del episodio para la caracterización de los personajes.
  3. Polifonía (o multiperspectivismo), estilo, estructura, motivos temáticos recurrentes y técnicas narrativas en Plenilunio.
  4. Relación entre las múltiples historias que contiene la novela. Temática de la novela.


***
Este fragmento de Plenilunio, novela de Antonio Muñoz Molina, corresponde al último capítulo de la novela justo cuando el etarra va a disparar al inspector.

Plenilunio cuenta la historia de un inspector que tras trasladarse a la ciudad de su adolescencia ha de resolver el caso de asesinato de una niña violada. Puede parecer que es una novela negra, en cambio, no lo es, ya que las violaciones no son lo más importante de la novela sino su enfoque moral. Trata diferentes temas, como la violencia, que se puede ver en dos situaciones. La primera, son las violaciones de las niñas, que son maltratadas por su agresor. La segunda, es sobre la vida pasada del inspector, sobre su estancia en Bilbao y las amenazas etarras sufridas. En la violencia, también se expresa el sufrimiento de las víctimas, tanto directamente, como pueden ser el caso del inspector, de Fátima y de Paula, como indirectamente, como la mujer del inspector, dado que esos años le han pasado factura (permanece ingresada en un centro psiquiátrico), o a las familias de las víctimas. Un tema bastante relevante es la sociedad en la que viven, en la que a nadie le interesa la vida de los demás, y esto hace que el asesino, por ejemplo, pueda ir andando con las niñas tranquilamente por la calle sin que nadie se alarme, o incluso entrar en un bar con la ropa manchada de sangre y el camarero ni se inmute. Un tema secundario, pero también importante es el amor. La relación amorosa que tiene el inspector con Susana Grey, de la que surge otro tema: el papel femenino de la novela. Susana Grey rompe todos los esquemas de esa época llevando ella las riendas de la relación que tiene con el inspector, y más adelante queriendo rehacer su vida.

Como bien se expuso antes, la novela, no es una novela negra, pero sí que tiene algunas técnicas narrativas de esta, como puede ser el suspense. Éste es utilizado para captar la atención del lector y que siga leyendo por la intriga que produce esta técnica narrativa. El autor utiliza la suspensión de la narración en ciertos capítulos, como en el que el asesino va a secuestrar a Paula, el capítulo concluye cuando este pulsa el botón de stop en el ascensor. El lector tendrá que esperar un capítulo para enterarse de lo que ocurrirá después. Esto mismo ocurre cuando Susana grey y el inspector quedan en el hostal. También es muy utilizado la técnica del contrapunto, que consiste en la yuxtaposición de distintas tramas, como son las violaciones, el pasado del inspector, el atentado que está siendo planeado para matarlo y su historia de amor con Susana. Por eso, los capítulos están narrados desde el punto de vista de un personaje con la técnica del multiperspectivismo; incluso hay capítulos donde se narra desde la perspectiva de dos personajes diferentes.
El narrador de Plenilunio es un narrador omnisciente en tercera persona que cuenta la historia a través de los personajes. Al saber todo de ellos, podemos conocer sus pensamientos y sus inquietudes. Y muchas veces nos contará detalles que ninguno de los personajes sabe, como el atentado que se está planeando en contra del inspector. A veces le da voz a los personajes con monólogos o diálogos. Nunca da su opinión acerca de nada, se mantiene neutral ante los hechos.
La estructura de esta obra es lineal con frecuentes flash-backs al pasado en los que se nos muestra la vida anterior del inspector, de Susana grey o incluso del padre Orduña.
El espacio y el tiempo es algo que el narrador no nos deja muy claro. Intuimos que la historia transcurre en un pueblo del sur de España sin costa, en la época de los 90 por su referencias a El Silencio de los corderos o al terrorismo etarra. La duración del tiempo interno de la novela ocupa aproximadamente unos meses.
Los personajes son caracterizados como grises, deprimidos y sin ganas de vivir, todos con problemas pasados que no han sido capaces de superar; el único personaje que lucha por superar su pasado es Susana Grey.
El inspector no tiene nombre, como el asesino; el narrador quiere que los reconozcamos por sus actos. Tampoco está descrito con mucha exactitud; sólo nos dice que es un hombre de mediana edad, con el pelo blanco y que viste inadecuadamente para el lugar donde vive ahora, ya que antes vivía en el País Vasco. Su vida allí fue muy dura: probablemente participó en acciones antiterroristas ilegales, se sintió constantemente amenazado; por ellos, se refugió en el alcohol y y visitó prostíbulos con frecuencia. Con su mudanza al sur, dejó de beber y pasó a ser un alma solitaria. Es muy minucioso en todo lo que hace, porque ha aprendido a vivir con miedo. Al principio de la novela vemos que está obsesionado con buscar los ojos del asesino, algo en lo que insistió el padre Orduña. Al final de la novela, cuando lo van a matar, vemos su obsesión por encontrar los ojos del asesino.
El asesino tampoco tiene nombre, y gracias a la investigación del asesinato de Fátima, Ferreras nos da detalles de su aspecto: es joven, tiene el pelo rizo y tiene un trabajo manual. Gracias al narrador y los monólogos interiores que tiene el asesino sabemos que tiene inseguridad por el tamaño de su miembro viril y sus problemas de erección. También nos muestra su fracaso familiar y el poco aprecio que siente hacia sus padres, ya que siempre los llama viejos y desea que se mueran. Siente que la Luna lo impulsa a actuar con violencia: las dos violaciones ocurren cuando hay luna llena, por ello, es fácil suponer que del papel tan importante de la luna en la novela procede el título.



Carmela Vázquez González
 

miércoles, 18 de enero de 2017

MÁGINA: ESPACIO MÍTICO



   El escritor y académico Antonio Muñoz Molina es el creador de Mágina, uno de los territorios literarios más destacados de la narrativa española reciente. Partiendo del mundo rural y ancestral que representa Mágina, analiza los hitos de su historia familiar, los hechos más sobresalientes que acontecen en la provincia andaluza, la idiosincrasia de un pueblo cuya historia es descrita de forma violenta, marcada siempre por la desigualdad y la opresión. Pero como microcosmos mítico, Mágina posee un valor arquetípico, universal; es, en cierto modo, una trasposición del mundo andaluz, pero también un trasunto de la vida española desde principios del siglo XX, con sus guerras intestinales, los desajustes sociales, la represión política que atenaza a las clases más desfavorecidas y la lucha constante por salir de la miseria.
   En ese microcosmos el tiempo opera de forma particular; el tiempo de Mágina, como el tiempo narrativo, dista mucho del objetivo y cronológico: se alarga o se condensa y no puede ser medido por los relojes. Las fronteras entre el tiempo pasado y el presente se diluyen, los años se mezclan y lo mismo sucede con el día y la noche. Mediante el examen del espacio, de los aspectos temporales y del tiempo como tema en la novela intentamos dilucidar cómo el escritor ha llegado a ese mundo mítico de Mágina, un auténtico cronotopo, donde tiempo y espacio se condicionan.

El espacio

   Una y otra vez la crítica ha percibido la relación más que evidente entre la Mágina de Antonio Muñoz Molina y otros territorios consagrados en la literatura, como Vetusta, Yoknapatawpha, Comala, Santa María o Macondo; todos ellos son trasuntos literarios de las ciudades reales de sus respectivos creadores, que, aunque mantienen rasgos que los ligan al contexto originario, incorporan otros que les confieren universalidad, más allá de los aspectos locales o regionales. En el caso de Mágina, el vínculo con la Úbeda natal del autor ―visible a todas luces― ha sido, además, reconocido por él mismo; sin embargo, resultaría insoportablemente reductora una lectura apegada sólo a la geografía real, que pretendiese constatar que Mágina es Úbeda, porque es obvio que no es así.
   Creemos que la tesis aquí sostenida no resulta en absoluto incompatible con una posible voluntad retratística, subrayada por críticos y autor, sino que ambas se complementan.
   La influencia de William Faulkner en buena parte de la literatura hispanoamericana ―en lo que se dado en llamar la nueva narrativa hispanoamericana― ha sido suficientemente destacada; ese magisterio se circunscribe no sólo a los variados aspectos formales, sino que atañe de la misma forma al contenido. De momento, nos interesa la creación de un territorio literario propio, el condado de Yoknapatawpha, en el que se sitúa la ciudad de Jefferson, y que, presumiblemente, habría servido de modelo a Rulfo, a García Márquez y a Onetti; también, como veremos, a Muñoz Molina. Así, lo dicho por Palencia-Roth para el caso de Macondo nos puede servir como punto de partida, pues resulta extrapolable al del ubetense: «De máxima importancia es […] la manera en que Faulkner crea su mundo: la universalización y  mitificación de una realidad concreta y particular, aunque inventada. García Márquez aprende mucho de Faulkner sobre cómo mitificar el mundo que conoce mejor: su “pueblo” natal».



CATALINA QUESADA GÓMEZ, Inventando Mágina: la construcción de un territorio mítico en El jinete polaco, Cuadernos de ALEPH, nº 1 (2006), pp. 87-100.

martes, 17 de enero de 2017

CARACTERIZACIÓN DEL PADRE ORDUÑA, Antonio Muñoz Molina



   Ahora las manos del padre Orduña eran lo más desconocido, lo más cambiado en él, manos grandes y endurecidas por años de trabajo físico, todavía con residuos de callos en las palmas, las manos de un obrero y no las de un cura, aunque también de eso se hubiese retirado hacía tiempo. Ahora no era más que un jubilado, dijo, un trasto viejo, amenazado siempre por un nuevo ataque de corazón, que tal vez lo mataría. [pp. 20-21]
[...]

   «Alabado sea Dios», dijo, después de unos segundos de vacilación, provocados sobre todo por la extrañeza de encontrar a alguien esperándolo en el pequeño recibidor. Él apenas recibía ya visitas, no como en otros tiempos, cuando aquella misma vivienda había sido lugar de consuelo, de discusión política, incluso de refugio, para algunos, en los tiempos difíciles. Una vez entró la policía, reventando la puerta, en busca de alguien que no estaba, revolvieron los libros y los papeles del padre Orduña y se marcharon dejándolo todo tirado por el suelo y la puerta medio arrancada de los goznes. De entonces quedaban algunas reliquias en las paredes, carteles de veinte años atrás que ahora eran increíblemente antiguos, un retrato del Che Guevara, un póster de Antonio Machado con algunos versos al pie, otro en el que se veía un mapa verde y blanco y una mujer joven y torpemente dibujada que parecía querer despertarse de un sueño o levantarse con dificultad del suelo: «Levántate y Anda, lucía», todos amarillentos, colgando flojamente de la pared, clavados con chinchetas. Quedaba, sobre todo, como un aire anticuado y familiar de penuria, las sillas y el sofá tapizados de plástico verde, con quemaduras viejas de cigarrillos, como en un piso de pobres, un frigorífico sobre el cual había, desde tiempos inmemoriales, un jarrón de cuello fino y largo, pintado de azul eléctrico, con flores secas, y al lado, en la pared, un calendario de los padres Reparadores, con una estampa rancia de la Sagrada Familia trabajando en el taller de carpintería de san José. [pp. 21-22]
 [...]
   Despojada de todo, su pequeña vivienda, tan angosta como un piso en una barriada obrera, tenía algo de museo involuntario de otro tiempo, no muy lejano, pero sí muy desacreditado, y hasta una gran parte de sus libros parecían reliquias de un pasado que dejó de ser moderno sin existir apenas, volúmenes de teología y de marxismo-leninismo, pasionales debates olvidados sobre la fe y el compromiso, sobre el Hombre, la Sociedad y la Trascendencia, diálogos de comunistas y católicos, incluso alguna novela vulgar de las que ahora se encontraban a precio ínfimo en las librerías de lance, de rancio título escandaloso, Los nuevos curas, Los curas comunistas. [pp. 22-23]
[...]
   Tampoco escribía tantas cartas como en el pasado. A lo que dedicaba una parte considerable del tiempo era a organizar su correspondencia, en la que había piezas de las que se enorgullecía mucho, como las cartas que le había escrito Louis Althusser a principios de los años setenta, o una escrita a máquina por Pier Paolo Pasolini acerca de su película El evangelio según San Mateo. [pp. 24-25]


   ...y una de las primeras cosas que había preguntado era si aún existía el internado de los jesuitas y si seguía viviendo uno de sus fundadores, aquel cura entonces joven que según él recordaba que le habían contado era pariente del general cuya estatua picoteada de disparos antiguos aún permanecía en el centro de la plaza...   [p.58]  
   [...]
   Era sobrino carnal del general Orduña, una de las mejores familias de aquí. Se puede imaginar el escándalo que se formó cuando se fue a vivir a aquel barrio nuevo de gitanos y gente maleante, el Vietnam. Primero se hizo peón de albañil. Luego entró de operario en la fundición, que había sido de su familia. Se lo puede figurar, en aquellos tiempos, un cura rojo. La gente decía que había cambiado la sotana por el mono azul. 
   —¿Alguna vez lo trajeron ustedes aquí? —Más de una. —En la cara del subinspector se formó una sonrisa recelosa y cariada: era un hombre con un aspecto insalubre y desalentado de funcionario viejo, con una nostalgia evidente de tiempos pasados—. La última tuvo que venir a sacarlo el secretario del obispo. Tenían una célula comunista en la residencia…  [p. 59]
[...]
  Nos matábamos a trabajar en los primeros años, en la ciudad nos criticaban que nos remangáramos las sotanas y nos pusiéramos a revolver cemento y a cargar ladrillos al mismo tiempo que los albañiles. Desconfiaban de nosotros, pero todavía no mucho. Entonces a nadie se le ocurría pensar que un cura fuera rojo. Imaginábamos una sociedad perfecta, como la Sagrada Familia, como las primeras comunidades de cristianos: el trabajo, la religión, los buenos alimentos, el aire libre, los dormitorios ventilados. Todo en aquellos años horrendos, los peores, cuando la gente se caía muerta de hambre por las calles y todavía escuchábamos de noche las descargas en el cementerio. Pero íbamos a construir aquí una Ciudadela de Dios, una isla de caridad y trabajo. Por eso el padre rector aceptó la idea de traer como internos a huérfanos del otro bando o a hijos de los que estuvieran en la cárcel.   [p 101]

[...]

   Leyó por encima la fecha y el encabezamiento, Madrid, la prosa cruenta y oficial que resumía en unas cuantas líneas su origen y la mancha con la que había nacido y el porvenir que se le asignaba, hallándose su madre falta de medios e incapacitada por enfermedad y su padre cumpliendo la arriba señalada condena, al leer eso sintió que enrojecía y que el padre Orduña iba a darse cuenta. El niño de la foto no era él y la noche en la que lo hicieron viajar en el vagón de tercera de un tren helado y lentísimo sin decirle adónde había sucedido en otra época del mundo, pero la vergüenza, y el remordimiento de sentirla, sí eran plenamente suyos, los atributos íntimos de su identidad personal.
   —Teníamos que enderezaros, que cristianizaros —dijo el padre Orduña—. Nos decían que os enviaban aquí para que os arrancáramos la mala simiente que vuestros padres os habrían inculcado en el alma. Éramos como misioneros, como evangelizadores.
   —¿Usted creía entonces en eso?
   —Por supuesto que lo creía. —Ahora fue el padre Orduña quien bajó la cabeza: cada cual lleva consigo su propio remordimiento, su variedad personal de vergüenza—. Yo tenía mis ideas sobre la caridad y los pobres, pero era un cura integrista. Había estado en la guerra en el lado de los que ganaron.
   —¿Cómo capellán?
   —No, hombre, ojalá. —El padre Orduña fingía ordenar sobre la mesa las cartulinas de un fichero de alumnos—. Pegando tiros, de alférez provisional. Lo de hacerme cura vino luego. Una vocación tardía. Como la tuya por las fuerzas del orden.  [pp. 115-116]

lunes, 16 de enero de 2017

EL ESPACIO EN PLENILUNIO, José Sánchez Reboredo


EL ESPACIO EN PLENILUNIO

   Antonio Muñoz Molina en el artículo que escribió como presen­tación de la novela confiesa que, antes de escribirla, había pen­sado en situarla en otro lugar distinto al que finalmente adoptó: "Un paso definitivo fue ver los lugares en los que iban a suceder las cosas. Yo había pensado ambientar la novela en Granada. Pero se me ocurrió que su espacio debía ser otro, una ciudad cuyo nombre yo no necesitaría decir para que algunos de los lectores la reconocieran. Tampoco lo diré ahora." [1]
   Aunque no lo diga, los lectores de los libros anteriores de Muñoz Molina reconocen algunos lugares que aparecen en ellas y que aquí se repiten. Así ya en las primeras páginas de Plenilunio apa­rece el parque de la Cava o, poco después, “la plaza donde estaba la estatua del general” (pág. 16). Mucho más adelante se men­cionan la calle Mesones y la calle Nueva (215). Una celebración religiosa sucede en la Iglesia de la Trinidad (215); se pasa delante del hospital de Santiago. Además en toda la novela se distingue una parte antigua, caracterizada por la belleza de sus edificios, y una parte moderna, de arquitectura más discutible: “(...) decide dar una vuelta esa noche por la parte antigua de la ciudad donde según ha leído hay edificios muy notables, iglesias y palacios del renacimiento” (172). Pocas páginas después se vuelve a repetir la misma valoración:” en esta ciudad histórica”, dijo, “en esta joya del renacimiento” (180).
   Andrés Soria Olmedo, buen amigo e inteligente crítico de Mu­ñoz Molina lo afirma con toda claridad: “esa ciudad atravesada por la mirada fisonómica de un inspector y un sacerdote, por el reconocimiento y el desconocimiento, no es París ni el Londres del alucinado de Quincey; es Mágina. En relación con las otras novelas ésta se puede situar idealmente como tercer batiente de una trilogía, tras Beatus ille y El jinete polaco” [2]. Esa ciudad vuelve a aparecer en las novelas: Los misterios de Madrid y El viento de la luna.
   Este nombre de Mágina no aparece, como nombre de ciudad o de pueblo, en los atlas o las enciclopedias. Es la designación literaria que Muñoz Molina adopta para su ciudad natal: Úbe­da. Hay que recordar que autores españoles como Clarín o la Pardo Bazán o Gabriel Miró crearon nombres nuevos (Vetusta, Marineda u Oleza) para las ciudades reales (Oviedo, La Coruña u Orihuela) en la que situaban sus novelas.
   Mágina es una de las sierras cercana a Úbeda. Machado, que fue catedrático en Baeza, una ciudad muy cercana a Úbeda, mencio­na los “Montes de Cazorla, Aznaitín y Mágina”.

   Los espacios exteriores de esta ciudad tienen gran importancia en la novela, ya que dos de los personajes principales pasean a me­nudo, y frecuentemente por la noche, a lo largo de las calles de la ciudad. Uno, el inspector, porque espera ver, entre los viandantes, una mirada que le revele la maldad de un hombre que ha sido ca­paz de asesinar a una niña; otro, el culpable, que sale a menudo a la oscuridad de la noche tardía para gozar de la sensación de estar en la posesión de un secreto que nadie, todavía, ni el inspector, ni los periodistas que han llegado para informar sobre la noticia del crimen, han sido capaces de descubrir.
   Para que el lector pueda comprobar como la Mágina imaginaria de Muñoz Molina se corresponde, en gran parte, a la Úbeda real, es interesante leer unos fragmentos de “Regreso a Úbeda”, artícu­lo incluido en su libro: Escrito en un instante:
   “Desde la plaza del general Saro, donde hay una torre con un reloj, una estatua fusilada de bronce y unos so­portales antiguos, como de ciudad manchega, hay que bajar despacio, costeando los restos de la antigua mura­lla, cuyos torreones oscuros emergen a veces tras los teja­dos de las casas que se apoyan en ella. Primero todo es, como en casi todas partes, una confusión de coches,  y semáforos, pero conforme se avanza hacia el sur la calle se vuelve más generosa y soleada, más propicia a la indolencia, como si ya la ensanchara la proximidad de los paisajes distantes de la Sierra y el Valle” [3].


JOSÉ SÁNCHEZ REBOREDO, Plenilunio de Antonio Muñoz Molina : guía de lectura, Follas Novas, Santiago de Compostela, 2009, pp. 64-66.





NOTAS
[1] Antonio Muñoz Molina, Pura alegría, Madrid, Alfagura, 1986, p. 226.
[2] Andrés Soria Olmedo: Una indagación incesante: la obra de Antonio Muñoz Molina. Madrid, Alfaguara, 1998, pág. 119.
[3] Antonio Muñoz Molina: Escrito en un instante. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 1997, pág. 95-6.

martes, 10 de enero de 2017

PLENILUNIO DECONSTRUIDO, Antonio Muñoz Molina [mix]


   La muerte de la niña parecía que hubiera despertado en la ciudad un miedo antiguo a las amenazas de la noche, y las calles se quedaban enseguida desiertas y la oscuridad parecía más profunda, y las luces más débiles. Los pasos de cualquiera sonaban como los pasos de ese hombre que buscaba el inspector, cualquier figura solitaria con la que se cruzase podía ser la misma que nadie vio subir del pequeño parque de la Cava en la noche del crimen, alguien que intentaría fingir una cierta naturalidad al regresar a la luz, que sin duda se había sacudido la tierra que le manchaba los pantalones y se había ordenado el pelo con los dedos mientras se deslizaba entre los setos abandonados, entre los bancos donde ya no se sentaban las parejas de novios y bajo las farolas que nunca estaban encendidas, porque cada fin de semana las apedreaban las cuadrillas de jóvenes que se iban a beber a los jardines. Pisaría los cristales de las farolas y de las botellas de cerveza mientras salía del parque, dejando atrás, en el terraplén, la mancha pálida bajo la luna de una cara con los ojos fijos y abiertos.
   La encontraron por casualidad unos barrenderos del ayuntamiento después de una noche y un día enteros de búsqueda. La luz del amanecer de aquel día habría ido definiendo la cara de la niña, el bulto de su cuerpo, que desde lejos había parecido como un montón de ropa tirada allí, en el terraplén, donde algunos desaprensivos tiraban basuras, cascos rotos de litronas, cartones de vino malo y de zumo de piña. La científica encontró rastros de sangre masculina, residuos de piel, pelos de la cabeza y del escroto, colillas con saliva. Iluminaba la cara de la niña la luz de las linternas y de los flashes que disparaba Ferreras, el forense, bajo las copas altas de los pinos. «Murió hacia las nueve, lo que no sabemos es cuánto tardó en morir». Tenía la boca taponada por algo, lo que la había asfixiado, un tejido desgarrado y manchado de sangre que el forense extrajo más tarde en el depósito, muy poco a poco, todavía húmedo, denso de babas, de sangre. «No hay restos de semen»,  le dijo al inspector Ferreras, señalando una de las manchas con la punta del bolígrafo, mientras se despegaba de las manos los guantes de goma con un ruido desagradable, y se las lavaba después bajo el agua caliente de un grifo. A su espalda, en la mesa permanecía tendido el cadáver amarillento, amoratado, desnudo y flaco, con las rodillas desolladas, con calcetines blancos.
   Fátima. Se llamaba Fátima. No había vuelto después de ir a comprar una cartulina y una caja de ceras a la papelería de enfrente.
   Cuando el inspector visitó su casa para entrevistar a sus padres, no pudo evitar contemplar las fotos de la primera comunión de la niña, componiendo las imágenes de una capilla sobre una repisa en el mueble del televisor.
   Así recibía Mágina al inspector en su regreso a la ciudad, con un caso igual y, a la vez, distinto a los que se había enfrentado en sus años de servicio en Bilbao: el mal cambia sus excusas y disfraces, pero daña lo mismo.
   De eso hablaba con el Padre Orduña en su primera visita de cortesía tras cuarenta años de ausencia.
   —Busca sus ojos—le había dicho el padre Orduña—. Recuerda que la cara es el espejo del alma.
   —En todos estos años he aprendido que es mucha la gente que no tiene alma.
   —Eso no es cierto. No hay nadie que no tenga alma, hasta el peor asesino fue creado por Dios a su imagen y semejanza.—replicó el padre Orduña.
   —¿Lo reconocería usted? —dijo el inspector—. ¿Sería capaz de identificarlo en una fila de sospechosos, como cuando nos ponía en fila a nosotros porque alguien había hecho una travesura y usted se nos quedaba mirando uno por uno y siempre encontraba al culpable?
   —Cristo supo que Judas era el traidor nada más que mirándolo.
   —Pero él actuaba con ventaja. Ustedes dicen que era Dios.

  1. Compara el primer capítulo de Plenilunio con el texto que ilustra esta entrada.
  2. ¿Qué pierde esta variación con respecto al original? Señala las virtudes de la variación (si las tuviese).
  3. Calcula a qué tipo de lectores se dirigen el original y la variación?
  4. Compara la configuración de los personajes en ambos textos.
  5. ¿Cuánta información se pierde en la variación?
  6. La mayoría de los textos de la variación proceden del original. Sin embargo, son  evidentes ciertas transformaciones en la voz narrativa. ¿Cuáles? 

domingo, 18 de diciembre de 2016

[DE DÍA Y DE NOCHE IBA POR LA CIUDAD BUSCANDO UNA MIRADA...], Antonio Muñoz Molina



1

   De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada. Vivía nada más que para esa tarea, aunque intentara hacer otras cosas o fingiera que las hacía, sólo miraba, espiaba los ojos de la gente, las caras de los desconocidos, de los camareros de los bares y los dependientes de las tiendas, las caras y las miradas de los detenidos en las fichas. El inspector buscaba la mirada de alguien que había visto algo demasiado monstruoso para ser suavizado o desdibujado por el olvido, unos ojos en los que tenía que perdurar algún rasgo o alguna consecuencia del crimen, unas pupilas en las que pudiera descubrirse la culpa sin vacilación, tan sólo escrutándolas, igual que reconocen los médicos los signos de una enfermedad acercándoles una linterna diminuta. Se lo había dicho el padre Orduña, «busca sus ojos», y lo había mirado tan fijo que el inspector se estremeció ligeramente, casi como mucho tiempo atrás, aquellos ojos pequeños, miopes, fatigados, adivinadores, que lo reconocieron en cuanto él apareció en la Residencia, tan instantáneamente como él mismo, el inspector, debería reconocer al individuo a quien buscaba, o como el padre Orduña había reconocido en él hacía muchos años el desamparo, el rencor, la vergüenza y el hambre, incluso el odio, su odio constante y secreto al internado y a todo lo que había en él, y también al mundo exterior.
   Sería probablemente la mirada de un desconocido, pero el inspector estaba seguro de que la identificaría sin vacilación ni error en cuanto sus ojos se cruzaran con ella, aunque fuese una sola vez, de lejos, desde el otro lado de una acera, tras los cristales de un bar. Le ayudaba en su búsqueda la circunstancia ventajosa de que también él era todavía en gran parte un desconocido en la ciudad, porque le habían trasladado a ella sólo unos meses antes, a principios de verano, casi por sorpresa, cuando ya no creía que su petición fuera a ser respondida, al menos hasta que el año siguiente volviera a abrirse el concurso de traslados. Si algo tarda tanto en llegar, más valdría que ya no llegara nunca: el inspector le mostró la notificación a su mujer, que llevaba años esperándola, pero ella no dio señales de alegría, ni siquiera de alivio, se limitó a asentir, despeinada todavía, ausente, como recién levantada, aunque eran las tres de la tarde, volvió a guardar en el sobre la notificación con membrete y prosa oficial, la dejó sobre un aparador y se quedó un instante con la cabeza baja, como si no recordara adónde iba, frotándose las manos.
Lo que tarda tanto en llegar es igual que si no hubiera llegado, peor incluso, porque el cumplimiento a destiempo de lo que tanto se deseó acaba teniendo un reverso de sarcasmo. Pero durante mucho tiempo él se había negado a solicitar el traslado, o le mentía, parcialmente, le contaba que había mandado la solicitud, o que habían cerrado el plazo antes de tiempo, excusas para no decirle que el miedo o el peligro a él no le importaban tanto como la posible vergüenza, la deslealtad hacia los compañeros, hacia los amigos asesinados, a los desfigurados o paralizados para siempre después de una explosión. A él le importaban esas cosas, pero no a ella: ella esperaba, desde la mañana hasta la noche, a veces también a lo largo de la noche entera, esperaba sentada cerca del teléfono y enfrente del televisor encendido, o al otro lado de los visillos de una ventana, mirando hacia la calle, sobresaltada por cualquier cosa, por un timbrazo, por el petardeo de un coche, por una alarma que saltaba en alguna tienda de la vecindad. Había esperado hora tras hora y día tras día durante años, tantos años que ya eran demasiados, que al final ya no preguntaba ni pedía, ya no empezaba casualmente a la hora de comer una conversación en la que habría de irse deslizando hasta encontrar la ocasión de preguntarle por el traslado. Pero justo cuando llegó la notificación (que en realidad era una orden, y tal vez hasta una sugerencia de retiro) ya hacía algún tiempo que ella había dejado de preguntar, no sólo sobre el traslado, sino sobre cualquier cosa, si el inspector volvía muy tarde y no había avisado por teléfono ya no lo esperaba levantada en camisón para reñirle o para romper en llanto. Entraba en la casa y encontraba con infinito alivio que las luces estaban apagadas, se quitaba los zapatos, la cartuchera con la pistola, entraba a tientas en el dormitorio, alumbrado tan sólo por un rastro de luz de las farolas de la calle, y se desnudaba con sigilo, oyéndola respirar, en la oscuridad donde sólo brillaban las cifras rojas de la radio despertador, se deslizaba en el interior de la cama, con un pesado mareo de cigarrillos y de whisky, cerraba los ojos, tanteaba en busca del cuerpo de ella, que no deseaba desde hacía tanto tiempo, y entonces se daba cuenta de que no estaba dormida, y fingía dormirse él, para evitar cobardemente las posibles preguntas, las repetidas tantas veces, como el llanto y las quejas, por qué había tenido que llevarla a una tierra tan hostil y tan lejana de la suya, por qué ya no la tocaba nunca.
    El inspector, desconocido aún en la ciudad, examinado todavía con algo de admiración y algo de recelo por el personal de la comisaría, porque del norte había traído consigo una confusa leyenda de determinación y coraje, pero también de arrebatos de desequilibrio, iba por la calle buscando la cara de alguien a quien reconocería, estaba seguro, instantáneamente, tal vez con un segundo de estupor, como cuando en un escaparate se ve uno a sí mismo y no sabe quién es porque está viendo no la expresión premeditada de la cara que suelen mostrarle los espejos, sino la otra, la que ven los demás, que resulta ser la más desconocida de todas. Busca sus ojos, le había dicho el padre Orduña, y él salió esa noche de la Residencia buscando caras y miradas por la ciudad casi vacía, con una oscuridad de invierno prematuro, de puertas y postigos cerrados contra el invierno y el miedo, porque desde la muerte de la niña parecía que hubiera renacido un miedo antiguo a las amenazas de la noche, y las calles se quedaban enseguida desiertas y la oscuridad parecía más profunda, y las luces más débiles. Los pasos de cualquiera sonaban como los pasos de ese hombre cuya mirada buscaba el inspector, cualquier figura solitaria con la que se cruzase podía ser la misma que nadie vio subir del pequeño parque de la Cava en la noche del crimen, alguien que intentaría fingir una cierta naturalidad al regresar a la luz, que sin duda se había sacudido la tierra que le manchaba los pantalones y se había ordenado el pelo con los dedos mientras se deslizaba entre los setos abandonados, entre los bancos donde ya no se sentaban las parejas de novios y bajo las farolas que nunca estaban encendidas, porque cada fin de semana las apedreaban las cuadrillas de jóvenes que se iban a beber a los jardines. Pisaría los cristales de las farolas y de las botellas de cerveza mientras salía del parque, dejando atrás, en el terraplén, la mancha pálida bajo la luna de una cara con los ojos fijos y abiertos. Alguien anda ahora mismo por la ciudad y guarda dentro de sí el recuerdo de esos ojos en el último instante en que fueron capaces de mirar, un segundo antes de que los vitrificara la muerte, y quien ha provocado y presenciado esa agonía no puede mirar como cualquier otro ser humano, en sus pupilas debe quedar un reflejo, un residuo o un chispazo del pavor que hubo en aquellos ojos infantiles. Cuarenta años atrás, el padre Orduña paseaba su mirada por la fila de niños que mantenían la vista al frente mientras aguardaban un castigo y distinguía sin dificultad la mirada del culpable, y luego, después de desenmascararlo y avergonzarlo ante los otros, sonreía y declaraba: «La cara es el espejo del alma».
   Pero el inspector estaba seguro de que hay gente que no tiene alma, y lo que buscaba, sin precisar mucho ese pensamiento, era una cara que no reflejase nada, la cara neutra y los ojos como deshabitados que había visto algunas veces a lo largo de su vida, no demasiadas, por fortuna, al otro lado de una mesa de interrogatorios, bajo los tubos fluorescentes de las comisarías, y también las fotos, algunas caras de sospechosos y convictos que provocaban en él, más que miedo o desprecio, una sensación muy desagradable de frío. En realidad, pensaba ahora, no había conocido a muchos, no era muy frecuente, ni siquiera para un policía, encontrarse con una cara en la que no había el más leve reflejo de un alma, con unos ojos en los que sólo sucediera el acto de mirar.
   —Pero eso no es cierto —le había dicho el padre Orduña—. No hay nadie que no tenga alma, hasta el peor asesino fue creado por Dios a su imagen y semejanza.
   —¿Lo reconocería usted? —dijo el inspector—. ¿Sería capaz de identificarlo en una fila de sospechosos, como cuando nos ponía en fila a nosotros porque alguien había hecho una travesura y usted se nos quedaba mirando uno por uno y siempre encontraba al culpable?
   —Cristo supo que Judas era el traidor nada más que mirándolo.
   —Pero él actuaba con ventaja. Ustedes dicen que era Dios.
   —A Judas lo reconoció con su parte de hombre. —El padre Orduña había adquirido una expresión muy seria—. Con el miedo humano que tenía a ser torturado y a morir.
   Buscaba unos ojos, una cara que sería el espejo de un alma emboscada, un espejo vacío que no reflejaba nada, ni el remordimiento ni la piedad, tal vez ni siquiera el miedo a la policía. Quedaron rastros de sangre masculina, residuos de piel, pelos de la cabeza y del escroto, colillas con saliva. Por las aceras, al otro lado de los cristales de los bares, en los primeros anocheceres adelantados y fríos del otoño, el inspector veía como manchas sin precisión ni volumen las caras de la gente y entre ellas surgía sin aviso la cara imaginada de su mujer, con la que había hablado por teléfono antes de salir de la oficina.    
   La llamaba todas las tardes, a las seis, cuando empezaba en el sanatorio la hora de visita, y algunas veces le preguntaba cómo estaba y ella no decía nada, se quedaba junto al teléfono, callada, respirando fuerte, como cuando estaba tendida en la oscuridad del dormitorio.
   Pero otras caras se le imponían ahora, en un esfuerzo de su voluntad que era también una manera instintiva de huir de su invencible vergüenza. Ahora no podía distraerse, ahora tenía que buscar, que seguir buscando la cara del desconocido, y el impulso que lo alimentaba en su búsqueda obsesiva y no lo dejaba dormir ni ocuparse de nada más no tenía que ver con su sentido del deber o del orgullo profesional y menos todavía con ninguna idea de justicia: lo que lo empujaba era una urgencia de restitución imposible y un apasionado rencor que sin saberlo nadie era un nítido deseo de venganza. Tenía que encontrar la cara de un desconocido para castigarlo porque había matado y para impedirle que volviera a matar, pero quería encontrarla sobre todo para mirarlo a los ojos y concederse durante unos segundos o minutos un arrebato de amenaza, para atrapar a ese individuo por las solapas o por el cuello de la camisa y mirarlo al fondo de los ojos desde muy cerca y golpearle la cabeza contra la pared, para que se muriera de miedo, para que se meara, como se meaban tantos años atrás en las comisarías los estudiantes, los detenidos políticos.
   Salía de la oficina, les decía adiós con un gesto a los guardias de la puerta, miraba a un lado y a otro de la calle, con el miedo antiguo, todavía intacto, con el recelo de mirar a quienes se acercaban y de fijarse si había algún coche aparcado en una posición sospechosa, y nada más alejarse hacia el centro de la plaza donde estaba la estatua del general se convertía en un desconocido y comenzaba su búsqueda, una cara tras otra, espiando sin ser advertido, volviendo siempre a los mismos lugares, la papelería del Sagrado Corazón, donde habían visto a la niña por última vez, bajando hacia el paseo de la Cava y los jardines, en el extremo sur de la ciudad, al filo de la ladera plantada de pinos que terminaba en las huertas, en las primeras ondulaciones del valle.
Algunas tardes rondaba las verjas de las escuelas a la hora de salida. Escuchaba de lejos el escándalo de los niños o se quedaba inmóvil en la acera, entre las madres que esperaban, y entonces se le aparecía la cara de la niña muerta, la de las fotografías y el vídeo de la comunión, la cara que él mismo había visto a la luz de las linternas y de los flashes que disparaba Ferreras, el forense, bajo las copas altas de los pinos, en el terraplén donde la encontraron por casualidad unos barrenderos del ayuntamiento después de una noche y un día enteros de búsqueda. Hacia las nueve de la noche, no mucho más tarde, dijo luego Ferreras, despegándose de las manos los guantes de goma con un ruido desagradable, lavándoselas después bajo el agua caliente de un grifo. «Murió hacia las nueve —repitió—, lo que no sabemos es cuánto tardó en morir», y se acercó otra vez hacia la mesa en la que estaba tendido el cadáver amarillento, amoratado, desnudo y flaco, con las rodillas desolladas, con calcetines blancos. Si parecía una novia, había dicho la madre mirando el vídeo de la comunión delante del inspector, en medio de la tristeza horrible del piso adonde la niña, Fátima, no había vuelto después de ir a comprar una cartulina y una caja de ceras a la papelería de enfrente, y donde ahora estaban sus fotos como imágenes en una capilla, una de ellas sobre una repisa en el mueble del televisor y la otra colgada en la pared, con un marco dorado, una de esas fotos en color impresas en un material parecido al lienzo.
   Estaba el inspector sentado en el sofá y la mujer le había servido, con hospitalidad incongruente, una cerveza y un platito de aceitunas, animándole a tomárselas mientras se limpiaba la nariz con un pañuelo de papel, y luego había puesto el vídeo y sin mediación ni aviso apareció la cara de la niña, en primer plano, con tirabuzones y una diadema, con un vestido blanco, con muchas gasas, el mismo que le pusieron después de muerta, pero había crecido desde que hizo la comunión, un año antes, y se lo habían tenido que dejar abierto por detrás, igual que habían tenido que maquillarle la cara para disimular lo más posible las señales, las manchas moradas, para que no se notase lo que el inspector había visto en el terraplén, bajo los pinos enfermos, los ojos abiertos y ciegos, vítreos, redondos, tan abiertos como la boca.
   Pero la boca estaba taponada por algo, lo que la había asfixiado, un tejido desgarrado y manchado de sangre que sólo el forense extrajo más tarde, muy poco a poco, todavía húmedo, denso de babas, de sangre, aunque no de semen, dijo Ferreras, señalando una de las manchas con la punta del bolígrafo, y el inspector sintió un acceso de asco y de frío, un principio de náusea que dio paso enseguida a un deseo rabioso de llorar. Pero le era imposible, se le había olvidado, no había sabido o podido llorar ni en el entierro de su padre, y tal vez al padre de la niña le ocurría lo mismo, tenía los ojos secos, secos y rojos, los ojos de quien no ha dormido y no va a dormir en mucho tiempo, y aunque durmiera no encontraría el descanso, porque en los sueños volvería a ocurrirle una y otra vez la desaparición de su hija y el temor y la búsqueda y luego la llamada de teléfono, el timbre de la puerta, el inspector y un par de guardias de uniforme que se quitaron la gorra antes de que nadie dijera nada. El hombre no lloró, abrió la boca tensando mucho la mandíbula inferior y entonces el grito que él no llegaba a emitir lo dio su mujer, que se había quedado en el pasillo, sin el valor preciso para acercarse a la puerta cuando sonó el timbre. Gritó y cayó al suelo, y otra mujer vino a ayudarla, y desde entonces al inspector le parecía que no había dejado de escuchar su llanto, ni siquiera cuando se iba de la casa y regresaba a la comisaría con un incierto propósito de hacer algo, de justificarse, de imaginar que el crimen no quedaría impune, que había actos y búsquedas posibles, órdenes que sólo él podía dar.
   De noche, en la cama, a lo largo de tantas noches de insomnio, tendido en la oscuridad, añorando sin verdadera convicción el alcohol y los cigarrillos, veía sucederse en su imaginación las caras diversas de la niña, la que tenía cuando él la vio por primera vez y la que tuvo en la sala de autopsias cuando el forense apartó la sábana para explicarle las lesiones, y también la última cara que le había visto, la del vídeo de la comunión. Veía esas caras y luego, como si la oscuridad se hiciese más densa, veía la otra cara sin rasgos, la de alguien que tal vez a esa misma hora tampoco podía dormir, de alguien que estaba sin duda en la misma ciudad, que caminaba por sus calles y acudía a su trabajo y saludaba a los vecinos. Entonces, algunas veces, el inspector se incorporaba, como quien a punto de dormirse sufre una brusca taquicardia, tenía la sensación imposible de estar al filo de un recuerdo, pero no ocurría nada, ni siquiera le llegaba el sueño, o sólo venía cuando ya estaba amaneciendo, y pensaba en el amanecer de aquel día, en un principio de claridad que habría ido definiendo la cara de la niña, el bulto de su cuerpo, que desde lejos habría parecido como un montón de ropa tirada allí, en el terraplén, donde algunos desaprensivos tiraban basuras, cascos rotos de litronas, cartones de vino malo y de zumo de piña. Ese amanecer a él también lo sorprendió despierto, él había visto la llegada gradual de la luz y sólo supo que se había dormido cuando lo despertó como un disparo el timbre del teléfono.
Temió, confusamente, que lo llamaran del sanatorio. Temió también, y al mismo tiempo, que fuesen a comunicarle un atentado, la muerte de un compañero de la comisaría, pero al recobrar la conciencia también recordó que ya no estaba destinado en Bilbao, que le habían concedido el traslado unos meses antes, después de una espera tan larga, cuando tal vez ya era tarde, como siempre, o casi. Siempre ocurren las cosas cuando ya no hay remedio, se acordaba del modo en que lo miró su mujer cuando él le mostró la notificación, el sobre oficial con un borde desgarrado del que sobresalía una hoja de papel. Hería de tan cerca la fijeza de sus pupilas, pero no estaban mirándolo, miraban a través de él, no hacia el televisor encendido ni hacia la ventana junto a la que ella había aguardado tantas veces, sino hacia la pared, hacia el papel pintado de la pared del piso en el que habían pasado tanto tiempo sin sentir nunca que vivían allí, años en los que sólo al marcharse comprendieron que habían pasado, sin atención ni provecho, desde la última juventud hacia otra edad que no podía llamarse razonablemente madurez y en la que el inspector sentía ahora que habitaba como en una inhóspita provisionalidad tal vez definitiva, como la del piso vacío al que regresaba cada noche exhausto de tanto caminar mirando caras de desconocidos y la cama en la que ya le parecía que estaba esperándole el insomnio igual que volvería a esperarlo su mujer cuando le dieran el alta en el sanatorio.

  1. Análisis del narrador. Las otras voces presentes en este primer capítulo de Plenilunio.
  2. Caracterización de los personajes.
  3. Tiempo externo. 
  4. Referencias temporales pretéritas.
  5. Motivo temático recurrente: persiguiendo una mirada.  

Fotografía: Chema Madoz

viernes, 16 de diciembre de 2016

MODELO DE EXAMEN SOBRE PLENILUNIO [Y TIPO DE RESPUESTA]


  —La echa mucho de menos.
   No había preguntado: afirmaba. Pero el inspector, si se hubiera atrevido a decir la verdad, no habría contestado que sí. Quería que volviera, y no sólo del sanatorio, sino del túnel de desolación y mutismo en el que llevaba tanto tiempo sumida, pero no podía decir que añorara su presencia junto a él, que sintiera su falta en la casa al volver del trabajo. A nadie le podía decir que muchas veces había pensado dejarla, no porque deseara a otra mujer, a otras, sino simplemente porque no la quería, porque hubiera preferido estar solo, sin el continuo agobio de pensar que ella estaba esperándolo cuando tardaba, que estaba sufriendo cada gesto suyo de despego y frialdad: no era verdad que uno pudiera acostumbrarse a todo, ella no lo había logrado, después de tantos años.
   —Mire la luna —dijo Susana: se habían quedado los dos en silencio. Frente a ellos, por encima del valle ondulado de olivares y de la silueta negra de la sierra, la media luna blanca permanecía inclinada e inmóvil como un globo, cercada por una incandescencia fría que apagaba a su alrededor el brillo de las constelaciones—. Qué alta está la luna. ¿Conoce esa canción? Qué alta está la luna. Creo que va a sonar de un momento a otro. E. L. James creía de pequeña que todos los libros trataban de la luna. A mí me pasa eso con las canciones. Casi todas las que más me gustan tienen que ver con ella.
   —Está en cuarto creciente.
   —Yo eso nunca lo sé. ¿Cómo puede estar seguro?
   —Un cura me lo explicó hace muchos años y no se me ha olvidado. La luna es embustera, me decía. Cuando tiene forma de C, no está en cuarto creciente. Lo está cuando parece una D mayúscula. Cada vez que la miro me acuerdo de eso.
   A Susana le estaba pareciendo que la voz de Leonard Cohen era demasiado triste y buscó otra música que le avivara el ánimo, un cedé de Nirvana, Nevermind, que siempre había tenido sobre ella un efecto infalible.
***

Tomando como punto de partida el texto elabora un comentario en el que puedes tratar los asuntos indicados.

  1. Localiza el fragmento en el conjunto de la historia.
  2. Señala la significación del episodio para la caracterización de los personajes.
  3. Polifonía (o multiperspectivismo), estilo, estructura, motivos temáticos recurrentes y técnicas narrativas en Plenilunio.
  4. Relación entre las múltiples historias que contiene la novela.
  5. Localiza los errores que contiene el texto y di por qué son relevantes en esta secuencia.
***
  El fragmento de la historia corresponde a la primera cita entre Susana Grey (antigua profesora de Fátima)  y el inspector.
   Susana le había propuesto ir a tomar algo a un local alejado de la ciudad al que solía ir sola. El inspector no contaba con ello, ambos salían del ascensor donde Fátima había sido raptada y acababan de escuchar, en la casa de la niña, cómo del otro lado del teléfono una voz repetía su nombre.
   El inspector aceptó, lo había cogido desprevenido. Él ni siquiera sabía si quería ir.
  Estaban en el coche de Susana e iban hablando, no iba a ser la primera vez que sucediera esto.
   La música que suena en el coche describe a Susana Grey. Siempre escucha a Ella Fitzgerald u otros artistas de jazz (en una escena posterior sonará Just friends para caracterizar la relación entre Susana y Ferreras). Pero lo más curioso es cómo la luna está siempre presente en las canciones que escucha, ya que hay que tener presente que el violador sólo actúa las noches de luna llena.
   La música hablará de Susana a lo largo de todo el libro, de la sumisión a su antes marido y de sus sentimientos.
   En el fragmento, los errores están relacionados con los artistas y las canciones y, por lo tanto, la descripción de Susana es otra y las sensaciones que se desprenden también. Nirvana no pertenece a su discoteca, la voz masculina y ronca de Leonard Cohen no suena en el coche y no es E. L. James, la autora de 50 sombras de Grey, quien creía que todos los libros hablaban de la luna.
   El inspector transmite frío. Su mujer está en un sanatorio porque él la llevó a un estado de ausencia y desolación durante los años pasados en Bilbao. No es capaz de tomar la determinación de dejarla, aunque tenga claro que no la quiere y, con todo, está dentro del coche de Susana escapando de la ciudad y el ruido de su vida.
   Todos los personajes que aparecen en la novela se van entrelazando de una forma u otra, como aquí el inspector y la que hasta hace un tiempo era una profesora totalmente desconocida para él. Cada personaje filtra su punto de vista en un capítulo mediante el narrador multiselectivo en estilo indirecto libre. El inspector piensa en este episodio “Quería que volviera, y no sólo del sanatorio...” como el violador piensa sobre sus padres en otros, o el padre de Fátima se siente culpable.
   El hecho de que un viaje en coche pueda ocupar casi un capítulo (en un libro con un argumento de novela negra) demuestra que el autor busca algo más. Se emplea una estructura de rebobinado reiterado en paralelo, esto es, los personajes cuentan la misma situación desde sus correspondientes perspectivas y reviven continuamente escenas del pasado. Tal estructura provoca un ritmo lento, que una vez más no se corresponde con la novela de género, y es que no lo es. El autor conduce al lector a la reflexión y se ayuda de todas las intervenciones, mediante el estilo indirecto libre, de los personajes.
   La luna, la música, el norte y el sur, las miradas... son excusas y elementos que se repiten una y otra vez y que no hablan de otra cosa que no sea la naturaleza perversa del hombre.

Lola Mosquera
&
Apollo 16 Onboard Photograph

PLENILUNIO, Antonio Muñoz Molina

ANTONIO MUÑOZ MOLINA, Plenilunio, Booket, 2013, 448 páginas. [9,95 €]


**********

Publicada en 1997 por Alfaguara, a lo largo de estos años conoce varias ediciones (Círculo de Lectores,  Seix Barral...). Ninguna va precedida de prólogo o estudio, por lo tanto, todas son idóneas.

Fechas probables del examen: 25 y 26 de enero.
[40 días / 11,2 páginas/día]

PREGUNTAS HABITUALES

  1. Temas de Plenilunio.
  2. Técnicas narrativas de la novela.
  3. Tiempo y espacio de la novela.
  4. Multiperspectivismo en Plenilunio. Punto de vista del narrador.

lunes, 26 de octubre de 2015

MODELO DE RESPUESTA AL CONTROL DE LECTURA

  —La echa mucho de menos.
   No había preguntado: afirmaba. Pero el inspector, si se hubiera atrevido a decir la verdad, no habría contestado que sí. Quería que volviera, y no sólo del sanatorio, sino del túnel de desolación y mutismo en el que llevaba tanto tiempo sumida, pero no podía decir que añorara su presencia junto a él, que sintiera su falta en la casa al volver del trabajo. A nadie le podía decir que muchas veces había pensado dejarla, no porque deseara a otra mujer, a otras, sino simplemente porque no la quería, porque hubiera preferido estar solo, sin el continuo agobio de pensar que ella estaba esperándolo cuando tardaba, que estaba sufriendo cada gesto suyo de despego y frialdad: no era verdad que uno pudiera acostumbrarse a todo, ella no lo había logrado, después de tantos años.
   —Mire la luna —dijo Susana: se habían quedado los dos en silencio. Frente a ellos, por encima del valle ondulado de olivares y de la silueta negra de la sierra, la media luna blanca permanecía inclinada e inmóvil como un globo, cercada por una incandescencia fría que apagaba a su alrededor el brillo de las constelaciones—. Qué alta está la luna. ¿Conoce esa canción? Qué alta está la luna. Creo que va a sonar de un momento a otro. Stephenie Meyer creía de pequeña que todos los libros trataban de la luna. A mí me pasa eso con las canciones. Casi todas las que más me gustan tienen que ver con ella.
   —Está en cuarto creciente.
   —Yo eso nunca lo sé. ¿Cómo puede estar seguro?
   —Un cura me lo explicó hace muchos años y no se me ha olvidado. La luna es embustera, me decía. Cuando tiene forma de C, no está en cuarto creciente. Lo está cuando parece una D mayúscula. Cada vez que la miro me acuerdo de eso.
   A Susana le estaba pareciendo que la voz de Leonard Cohen era demasiado triste y buscó otra música que le avivara el ánimo, un cedé de Nirvana, Nevermind, que siempre había tenido sobre ella un efecto infalible.
***

Tomando como punto de partida el texto elabora un comentario en el que puedes tratar los asuntos indicados.

  1. Localiza el fragmento en el conjunto de la historia.
  2. Señala la significación del episodio para la caracterización de los personajes.
  3. Polifonía (o multiperspectivismo), estilo, estructura, motivos temáticos recurrentes y técnicas narrativas en Plenilunio.
  4. Relación entre las múltiples historias que contiene la novela.
  5. Localiza los errores que contiene el texto y di por qué son relevantes en esta secuencia.
***
  El fragmento de la historia corresponde a la primera cita entre Susana Grey (antigua profesora de Fátima)  y el inspector.
   Susana le había propuesto ir a tomar algo a un local alejado de la ciudad al que solía ir sola. El inspector no contaba con ello, ambos salían del ascensor donde Fátima había sido raptada y acababan de escuchar, en la casa de la niña, cómo del otro lado del teléfono una voz repetía su nombre.
   El inspector aceptó, lo había cogido desprevenido. Él ni siquiera sabía si quería ir.
  Estaban en el coche de Susana e iban hablando, no iba a ser la primera vez que sucediera esto.
   La música que suena en el coche describe a Susana Grey. Siempre escucha a Ella Fitzgerald u otros artistas de jazz (en una escena posterior sonará Just friends para caracterizar la relación entre Susana y Ferreras). Pero lo más curioso es cómo la luna está siempre presente en las canciones que escucha, ya que hay que tener presente que el violador sólo actúa las noches de luna llena.
   La música hablará de Susana a lo largo de todo el libro, de la sumisión a su antes marido y de sus sentimientos.
   En el fragmento, los errores están relacionados con los artistas y las canciones y, por lo tanto, la descripción de Susana es otra y las sensaciones que se desprenden también. Nirvana no pertenece a su discoteca, la voz masculina y ronca de Leonard Cohen no suena en el coche y no es Stephenie Meyer quien creía que todos los libros hablaban de la luna.
   El inspector transmite frío. Su mujer está en un sanatorio porque él la llevó a un estado de ausencia y desolación durante los años pasados en Bilbao. No es capaz de tomar la determinación de dejarla, aunque tenga claro que no la quiere y, con todo, está dentro del coche de Susana escapando de la ciudad y el ruido de su vida.
   Todos los personajes que aparecen en la novela se van entrelazando de una forma u otra, como aquí el inspector y la que hasta hace un tiempo era una profesora totalmente desconocida para él. Cada personaje filtra su punto de vista en un capítulo mediante el narrador multiselectivo en estilo indirecto libre. El inspector piensa en este episodio “Quería que volviera, y no sólo del sanatorio...” como el violador piensa sobre sus padres en otros, o el padre de Fátima se siente culpable.
   El hecho de que un viaje en coche pueda ocupar casi un capítulo (en un libro con un argumento de novela negra) demuestra que el autor busca algo más. Se emplea una estructura de rebobinado reiterado en paralelo, esto es, los personajes cuentan la misma situación desde sus correspondientes perspectivas y reviven continuamente escenas del pasado. Tal estructura provoca un ritmo lento, que una vez más no se corresponde con la novela de género, y es que no lo es. El autor conduce al lector a la reflexión y se ayuda de todas las intervenciones, mediante el estilo indirecto libre, de los personajes.
   La luna, la música, el norte y el sur, las miradas... son excusas y elementos que se repiten una y otra vez y que no hablan de otra cosa que no sea la naturaleza perversa del hombre.

Lola Mosquera Sánchez

viernes, 23 de octubre de 2015

MODELO DE PREGUNTAS CONTROL DE LECTURA



   El inspector la miró un instante y apartó enseguida los ojos, fijos de nuevo en la carretera. Habría podido decir que no si ella le hubiera dado tiempo, pero actuó muy rápido y lo tomó por sorpresa, sabiendo perfectamente que hasta un cierto punto lo forzaba a aceptar. Habían bajado callados en el ascensor, y al inspector se le hizo raro pensar que una parte de los hechos sobre los que se venía interrogando tan obsesivamente a sí mismo en los últimos tiempos había tenido su arranque y su escenario justo allí, en esa misma cabina de paredes metálicas a la que Fátima había subido tantas veces. En el mismo lugar donde él apoyaba ahora la mano, junto al panel con los números de los pisos, habían estado las manchas de sangre de los dedos del asesino; allí mismo le habría mostrado a Fátima una navaja, le habría tapado la boca con la mano, sofocándole la respiración. «Las cosas en las que piensa mucho uno le acaban pareciendo inventadas», le dijo luego a Susana, y ella le contestó: «Las cosas y las personas. Cuando yo me enamoraba de alguien me acordaba tanto de él y le daba tantas vueltas a la imaginación que lo veía otra vez y me costaba reconocerlo».
   Pero aún no eran capaces de hablar de sí mismos con un poco de desenvoltura. En el ascensor a los dos los entorpecían la proximidad y el silencio, y casi no tenían nada más en común que el alivio de haber salido de la casa de Fátima, el piso angosto de trabajadores pobres, con demasiados muebles y cosas, enrarecido por el luto, por la falta de aire tras los balcones cerrados, el sufrimiento sin consuelo, la destilación lenta del rencor. Salieron al portal y estaba a oscuras, con una sugestión de abandono y peligro que ya parecía haber estado allí antes de que Fátima lo cruzara empujada o conducida por su asesino, que le pasaba una mano por encima del hombro y le apretaba la nuca.
   Tardaron un poco en dar con la luz del portal, y al encenderla se encontró cada uno con los ojos del otro, con un exceso involuntario de intensidad que a los dos les resultó embarazoso. Nada es más difícil que aprender a mirar a alguien, a ser mirado de cerca por otro.

  1. Localiza el fragmento en el conjunto de la historia.
  2. Señala la significación del episodio para la caracterización de los personajes.
  3. Estilo en Plenilunio: las oraciones en negrita son características de la "voz narrativa". Explica con qué finalidad crees que el autor emplea ese estilo valorativo y aforístico.
  4. Estructura en Plenilunio: la narración está siempre entreverada de historias que remiten al pasado. Explica qué consigue el narrador demorando la narración de los acontecimientos de la investigación policial.

miércoles, 21 de octubre de 2015

LA MÚSICA EN PLENILUNIO [02]: JOAN MANUEL SERRAT

[...] había un disco que a ella le gustaba por encima de todos, y que aún se sabe de memoria, aunque hace tiempo que no lo escucha, una selección de canciones de Joan Manuel Serrat que procuraba oír cuando él no estaba, no porque la criticase abiertamente, sino porque sonreía con cierta condescendencia, una sonrisa que era de esos gestos singulares que resumen un carácter y alertan sobre él, de desdén y de paciencia, de incansable vocación pedagógica. De ese disco a ella le gustaba sobre todo una canción, Tiempo de lluvia: le parecía que hablaba justo de aquel otoño de su vida, el de los veintidós años y el comienzo de todo, un otoño lento, de cielos limpios por las mañanas y atardeceres nublados y con viento, cuando lo más dulce de todo era entrar de noche en la cama y notar el roce ya cálido y agradecido de las sábanas sobre la piel, libre ahora del sudor del verano, más sensitiva, renacida, con un exceso de sensibilidad que ella aún no atribuía al embarazo, a la brizna de vida que crecía en su vientre. Tardes de lluvia en las que el sol volvía cuando ya se esperaba el anochecer, después de la oscuridad engañosa del nublado: miraba desde la ventana, aún sin cortinas, la lluvia resplandeciendo al sol oblicuo del atardecer, y al volverse hacia el interior de la habitación casi vacía estaba viendo el mismo lugar que retrataba la canción:

Es tiempo de lluvia,
de vivir de beso en beso
entre paredes de yeso
 y dejar los días correr…

   La canción estaba hecha para ella, para aquel septiembre y aquella tarde exacta en la que aún ignoraba que iba a tener un hijo a finales de la siguiente primavera, que sería así la estación inaugural de su maternidad, igual que el otoño estaba siendo la de su ingreso en el trabajo y en la vida conyugal. Es tiempo de lluvia, seguía escuchando, cantaba ella también, muy quedo, tiempo de amarse a media voz.

[pp. 87-88]
TIEMPO DE LLUVIA

De la noche a la mañana
llega junto a la ventana
con su frío aliento otoñal
y se acuna en el cristal
en un suave baile
entre los brazos del aire.

Sin saber cómo
de gris la casa se vistió,
como el plomo
el día amaneció.

Es tiempo de lluvia,
tiempo de amarse a media voz,
de oír de nuevo el tic-tac del reloj.
Es tiempo de lluvia.

De vivir de beso en beso
entre paredes de yeso
y dejar los días correr
sin mañana y sin ayer
porque no se acaba
ni mi amor, ni mi amada.

Acércate,
ven y siéntate.

martes, 20 de octubre de 2015

LA MÚSICA EN PLENILUNIO [01]: CARMINA BURANA, THE BEATLES & MÚSICA SUDAMERICANA


   Con su primer sueldo pagó el primer plazo de un gran equipo de música, casi el único mueble sólido o valioso que había en la casa, brillante de botones plateados y de agujas indicadoras que oscilaban como las de los sismógrafos, en aquellos tiempos anteriores a las tecnologías digitales. Tenían unos pocos discos, un Carmina Burana que a él le gustaba mucho, hasta el punto que se entusiasmaba y hacía ademanes como de cantar en el coro o dirigir la orquesta, un doble de los Beatles, algo de música sudamericana, que aún no había caído en el descrédito.

[pp. 86-87]