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martes, 18 de mayo de 2021

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO, Arthur Rimbaud


UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

    Antes, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían. 

   Una noche, me senté a la Belleza en las rodillas. — Y la hallé amarga. — Y la insulté. 

   Me armé contra la justicia. 

   Me escapé. ¡Oh brujas, oh miseria, oh odio! ¡A vosotros se confió mi tesoro!

   Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Contra toda alegría, para estrangularla, di el salto sin ruido del animal feroz.

   Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me sequé al aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.

   Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.

   Habiendo estado hace muy poco a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del festín antiguo, donde había tal vez de recobrar el apetito.

   La caridad es la clave. — ¡Esta inspiración demuestra que soñé!

   «Seguirás siendo hiena, etc.», exclama el demonio que me  coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»

   ¡Ah! Ya aguanté demasiado — Pero, querido Satán, te lo suplico, ¡menos irritación en la pupila! Y mientras llegan las pequeñas cobardías rezagadas, tú que aprecias en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, te arranco unos cuantos asquerosos pliegos de mi cuaderno de condenado.


Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno, 1873. [Traducción: Ramón Buenaventura]

&

Javier Juvera

viernes, 30 de enero de 2015

DESPUÉS DEL DILUVIO, Arthur Rimbaud

DESPUÉS DEL DILUVIO

En cuanto la idea del Diluvio se sosegó,
Una liebre se detuvo entre los pipirigallos y las campanillas móviles, y dijo su plegaria al arco iris, a través de la tela de araña.
¡Oh! Las piedras preciosas que se ocultaban, -las flores que miraban ya.
En la gran calle sucia se establecieron las carnicerías y fueron lanzadas las barcas hacia el mar en alto, escalonándose, como en los grabados.
La sangre corrió, en casa de Barba Azul -en los mataderos-, en los circos, donde el sello de Dios hizo palidecer las ventanas. La sangre y la leche corrieron.
Los castores edificaron. Los mazagrans humearon en las tabernas.
En la gran casa de vidrios, todavía chorreante, los niños de luto miraron las maravillosas imágenes.
Una puerta crujió; y, en la plaza de la aldea, el niño hizo girar sus brazos, comprendido por todas las veletas y gallos de campanario, bajo el deslumbrante aguacero.
Madame*** instaló un piano en los Alpes. La misa y las primeras comuniones se celebraron en los cien mil altares de la catedral.
Las caravanas partieron. Y el Splendide-Hotel fue construido en el caos de hielos y noche del polo.
Desde entonces, la Luna oyó a los chacales plañendo en los desiertos de tomillo, -y a las églogas en zuecos gruñendo en el vergel. Después, en la arboleda violeta, llena de retoños, Eucaris me dijo que era la primavera.
 - Brota, estanque; - Espuma, rueda sobre el puente y por encima de los bosques; paños negros y órganos, relámpagos y truenos, subid y rodad; - Aguas y tristezas, ascended y reanimad los Diluvios.
Pues desde que se disiparon, -¡oh, las piedras preciosas enterrándose, y las flores abiertas! - es un tedio! Y la Reina, la Maga que alumbra su brasa en la vasija de barro, no querrá jamás contarnos lo que ella sabe y nosotros ignoramos.

Arthur Rimbaud
&
John William Waterhouse