Mi lista de blogs

jueves, 16 de octubre de 2014

PIERRE DE MONTAIGE 02, Jordi Soler

Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta y hermética educación en latín. Le puso, desde muy pequeño, un profesor que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía  exclusivamente en latín. El experimento pedagógico del padre produjo no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo. El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que, además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a sus ensayos, vivía concentrado en vivir para después dar menta de ello por escrito.
   Sería ridículo seguir el ejemplo del padre de Montaige en este siglo XXI. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño, que solo hablaba latín, que estaba concentrado en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales. Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.
   Tanto estimulo exterior nos aleja del arte más grande de todos que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3; cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo. Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas con una película parece migo si se tienen las series que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos. Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma salen las grandes obras. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobre-estimulados. que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

JORDI SOLER, El País, 7 de septiembre de 2013 [adaptación].
***

   Muchos padres dudan acerca de si la actividad de piscina de sus hijos coincidiría mejor los miércoles después de francés, o los viernes antes de las clases de danza. El problema no es tanto el hecho de que no se tengan periodos libres para "ser uno mismo", o para reflexionar, sino que en este momento el problema es no saber qué hacer con ese tiempo, cómo sobrellevar esa sencilla inactividad.
   En pleno siglo XXI los individuos se encuentran en un mundo en el que se oye sin escuchar; se está tan ocupado con todo lo que se cree tener que hacer que no se hace nada con una entrega plena. Las personas viven sometidas a la idea de que cuantas más cosas hagan, mejor será,  y ese "más" impide en muchas ocasiones disfrutar de las pequeñas cosas. La tranquilidad y sobre todo el silencio están infravalorados; son considerados sinónimos de hastío. Es difícil ser uno mismo cuando no se tienen ni se buscan momentos para conocerse mejor. La esencia del vivir se recoge en ser lo mejor que se pueda ser y no en ser mediocre en todo.
   Es de vital importancia tener la capacidad para descubrir que los silencios no deberían de ser incómodos, sino enriquecedores; los momentos vacíos para la reflexión son necesarios y los intelectuales nacen de la sencillez de aprender a ignorar los estímulos externos que impiden, por ejemplo, disfrutar de un buen libro. Vincular lo trepidante a lo verdaderamente vital propicia que se elija el resumen a la novela, un breve informe al análisis. Todo ello por miedo a perder un tiempo que, en realidad, es desaprovechado debatiendo si piscina sería mejor los miércoles o los viernes.

Xiana Fernández

 ***
   En la actualidad, tal y como dice Jordi Soler, el individuo está irradiado por múltiples estímulos que no permiten que se concentre en una única actividad.
   Antiguamente esto no sucedía, fundamentalmente porque las nuevas tecnologías que ahora lo persiguen (la televisión, la radio y sobre todo, internet), no existían.  Un ejemplo extremo es el de Pierre de Montaigne, un francés del siglo XVI, que le inculcó a su hijo Michel una severa educación. Michel comenzó a escribir todo lo que le sucedía a lo largo del día, permitiendo así convertirse en un gran escritor de ensayos, reflexionar y conocerse a sí mismo. Ahora, discurrir y conocerse a uno mismo es difícil. Ya no existen las largas horas de silencio en las que se pueda escuchar los pensamientos propios, ya que todos los individuos se dispersan y prefieren entretenerse y evadirse (con vídeos, redes sociales y otras actividades que no les suponen ningún esfuerzo intelectual), a reflexionar sobre la vida y las preocupaciones. A su vez, las personas están cada vez más influenciadas por las opiniones de los demás, que no les permiten que se expresen con una personalidad propia: ser como cada uno quiere podría estar mal visto por la sociedad.
   Por estos motivos, todos deberíamos en algunos momentos a lo largo del día, buscar tiempo, para buscar la reflexión y el estímulo intelectual: escuchar música, leer un buen libro o, simplemente, cerrar los ojos y pensar en quienes somos, sin dejarnos influir por opiniones ajenas ni por modas pasajeras.

Lucía Martínez Baamonde
***
   La reflexión y la introspección son actividades que deberían considerarse en nuestra sociedad con la misma importancia que se da a los recursos tecnológicos o a las actividades extraescolares en que los niños participan constantemente.
   La moda pedagógica de hoy incurre en la saturación de los menores, por una parte, con grandes dosis de información, que no llegan a asentarse en nuestra mente ni llegan tampoco a ser digeridas por nuestro cerebro; por la otra, los horarios de los niños de hoy están completos y apretados por multitud de actividades, que muchas veces no consiguen surtir los efectos deseados en lo que a realización personal se refiere, ya que no hay un tiempo para la reflexión sobre lo que se ha hecho en cada actividad. Esto tiene que ver directamente con dos circunstancias: por un lado la sociedad tecnológica y de la información, por el otro, el amplio catálogo de productos y servicios que el mercado ofrece al público infantil y juvenil, que se ve abocado al consumismo también por culpa de los padres, que responden solícitos a ese reclamo comercial.
   El ejemplo de Montaigne representa un aislamiento y un grado de introspección quizás imposibles de obtener hoy, aun viendo cómo propicia el pensamiento. No obstante, bastaría con que a alguien se le ocurriese dejar una hora al día libre de actividades para su hijo o hija, que no se completase el horario y que en un momento tan fugaz como en realidad es una hora, ese niño o niña tuviese tiempo para evadirse, para volver sobre lo que verdaderamente le ha llamado la atención; pasar “en Babia”, pensando, ese tiempo.
   Quizás muchos opinen que lo que se plantea es desperdiciar el tiempo, o malgastarlo; sin embargo, será en este tiempo, supuestamente perdido, donde puedan aflorar las reflexiones individuales que sirven para construir la singularidad de la persona.
   A pesar de la advertencia y la alarma de Jordi Soler, cabe ser optimista y esperar que no desparezcan el espíritu crítico y el deseo de conocimiento en cada persona.

Antonio González López

***
   Es cierto que las nuevas generaciones son incapaces de sentarse una hora en un sillón, simplemente a reflexionar. Casualmente se da a la vez el fenómeno de tener la incapacidad de entretenerse, es decir, la necesidad de realizar una actividad o tener un juego, juguete, aparato electrónico, etc, en la mano para pasar el rato, lo que podría denominarse como una dependencia excesiva de estímulos exteriores, como bien se apunta en el artículo de El País. Jordi Soler va más allá con sus argumentaciones, con el ejemplo del escritor Montaigne, señalando que los niños actualmente están siempre realizando actividades que les impiden tener tiempo para llegar a conocerse a sí mismos. Seguir siendo uno mismo, algo que el francés proponía como la mayor de las artes, es inconcebible, con la forma de vida que llevan niños, adolescentes e incluso adultos, ya que sin conocerse a sí mismo, es totalmente imposible elegir un proyecto vital de un modo consciente.
   Soler habla de pedagogía y por eso se centra más en las edades tempranas, ya que son en las que se aprende mayor cantidad de conocimientos, pero la situación es extrapolable a los adultos. De este modo se puede considerar que es totalmente acertado decir que la falta de tiempo para meditar y pensar, o directamente no focalizarse en lo principal, puede hacer que un potencial artista deje de serlo o no llegue a explotar su capacidad. Definitivamente explorar el mundo interior del individuo debería ser mucho más importante y no sólo se debería aplicar a nivel pedagógico, sino también como forma de encontrar lo que realmente busca cada uno para sí en la vida.

Lucía Regueiro Mosquera
***
   Montaigne fue un gran escritor y la información desborda a la sociedad actual, pero ni la mayor parte de los contemporáneos de Montaigne eran personas ilustradas ni hoy en día se han extinguido los intelectuales.
   Los videojuegos, los televisores y las nuevas formas de socializar a través de una plataforma virtual son la distracción de la mayoría de los jóvenes. Muchos de ellos prefieren la comodidad de ver una película al supuesto placer de leer un libro. Claro que esto se hubiera producido en cualquier época de haber existido tantos medios. Sin embargo, todos esos chicos y chicas que dan uso y sacan provecho a los elementos mencionados quizá estén capacitados para dejar un gran legado a la próxima generación que se autoproclame perdida e ignore (como sucede actualmente) que durante toda la historia se ha optado por valorar el pasado y olvidar que todos los presentes tienen luz y, sobre todo, sus propios intelectuales. Porque el graffiti, los efectos especiales y tantos nuevos lenguajes que invaden las calles y las pantallas probablemente mañana sean estudiados y visitados en los museos de todo el mundo.
   Siempre es necesario tener cierta perspectiva para poder mirar hacia atrás y determinar la verdadera repercusión de las cosas. No es sino el tiempo, el que da importancia a una obra o a una persona, como ocurrió con Van Gogh, que no pudo disfrutar de su éxito en vida. Con los años lo más apreciado puede llegar a ser aquello que menor atención recibió, o incluso que en su momento había sido despreciado.

Lola Mosquera


miércoles, 15 de octubre de 2014

PIERRE DE MONTAIGE 01, Jordi Soler


   Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta y hermética educación en latín. Le puso, desde muy pequeño, un profesor que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía  exclusivamente en latín. El experimento pedagógico del padre produjo no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo. El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que, además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a sus ensayos, vivía concentrado en vivir para después dar menta de ello por escrito.
   Sería ridículo seguir el ejemplo del padre de Montaige en este siglo XXI. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño, que solo hablaba latín, que estaba concentrado en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales. Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.
   Tanto estimulo exterior nos aleja del arte más grande de todos que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3; cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo. Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas con una película parece migo si se tienen las series que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos. Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma salen las grandes obras. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobre-estimulados. que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

JORDI SOLER, El País, 7 de septiembre de 2013 [adaptación].
***

   No existen argumentos sólidos que demuestren que actualmente no se puede producir un pensamiento profundo, pese a la distracción de las nuevas tecnologías. Tampoco hay datos que demuestren la falta de artista e intelectuales.
   El ejemplo de Montaigne es simplemente eso, un ejemplo; conviene recordar que en aquella época ni todas ni la mayoría de las personas eran intelectuales, ni más inteligentes que las del siglo actual, a pesar de no tener ninguna distracción electrónica. Existía, de igual modo que actualmente, gente que se distraía con cualquier cosa (por muy insignificante que fuera) y otra, por el contrario, que se concentraba y desarrollaba plenamente su intelecto. De hecho, si se repitiese el proceso llevado a cabo con su hijo por Pierre de Montaigne (eliminando todas las distracciones electrónicas), serían escasas las posibilidades de que saliera un genio como su hijo y estaría determinado, exclusivamente, por la capacidad de la persona. De igual modo que en todas las épocas,en la actual existen personas más inteligentes y otras que no lo son tanto.
   Es evidente que las nuevas tecnologías ocupan una gran parte del tiempo de la mayoría de la sociedad del siglo XXI, pero esto no impedirá la aparición, como siempre, de una minoría de intelectuales y artistas.

Lucía Fernández Martí

***
   Mientras Montaigne vivía concentrado en su trabajo, actualmente se vive queriendo estar en distintas partes al mismo tiempo, adelantándose a este mismo, teniendo el pensamiento en qué será lo siguiente que va a ocurrir sin ni siquiera observar el presente. Ello que se traduce en una cadena imparable de resultados mediocres por el deseo de querer estar en todo sin estar realmente en nada.
   Así mismo, el hecho de que las múltiples tecnologías existentes sirvan de excusa para rellenar cualquier indicio de tiempo libre, consumiendo a cada uno como persona, hacen así, dejar de lado ese arte de “seguir siendo uno mismo”. Pues por motivos diferentes, entre ellos la ignorancia humana, uno deja de ser uno mismo en el momento en que sus pensamientos dejan de ser suyos, cuando están condicionados por aquello que ve u oye a través de las pantallas de esos objetos que parecen haberse convertido en el mejor amigo del hombre, y que, sin embargo lo esclavizan, pues muestra una dependencia absoluta hacia ellos, como cualquier adictos que no pudiese vivir sin aquello que le proporciona estar activos en todo momento, conduciéndolo a perder el saber valorar los pequeños detalles que la vida ofrece.
   Ciertamente, todo esto supone una importante transformación para las sociedades venideras, que tendrán que enfrentarse a un elevado número de personas cuya imaginación vendrá dada por factores externos y que, posiblemente, no disfrutarán de la independencia suficiente para pensar por sí mismos.

Carmen López Sanmartín

***

   Antaño, cuando la sociedad aún no había sido inundados por los aparatos electrónicos, la vida era diferente: los niños salían todas las tardes a jugar a la calle, los adultos iban al cine o al teatro con frecuencia… De esta manera, el momo de entretenimiento común estaba basado en las relaciones sociales.
   Actualmente, estas situaciones se siguen repitiendo, pero de manera menos frecuente: las nuevas tecnologías han provocado que niños dejen de querer ir al parque o a los centros de ocio de su ciudad, sustituyéndolos por la pantalla de la consola o el ordenador.
   Esta situación no afecta solo a los más pequeños: en la actualidad a nadie le interesa ir al cine a causa de la posibilidad de tener en la propia pantalla todas las películas deseadas, gracias a internet o a la programación televisiva. Como plan principal se elige la manta y el sofá ya que son los más rentables.
   Como bien dice Jordi Soler, poca gente sigue disfrutando de unos instantes en silencio absoluto o disfrutando del rumor de la naturaleza. Cualquier persona se siente falsamente acompañada las veinticuatro horas del día por un dispositivo electrónico. La mayoría escucha música o consulta el móvil constantemente. De esta manera, resulta difícil hallar tiempo para pensar tranquilamente. O para meditar sin preocupaciones.
   Por otra parte, el progreso de la sociedad hasta nuestros días, ha permitido que hoy exista la posibilidad de estar conectados con cualquier persona del mundo en tiempo real. También cualquier ciudadano puede encontrar la información solicitada cuestión de segundos.
   Es posible que parte de la sociedad esté evolucionando hacia una nueva especie de humanos que viven relacionándose con pantallas. A los que ya no les inquieta pensar en sí mismos por la falta de sosiego. Pero, afortunadamente, otra parte de la sociedad habrá a la que le seguirá interesando la reflexión, o le gustará dedicarse por completo a una sola actividad. De es parte de la sociedad surgirá la generación de intelectuales de nuestro tiempo.

Iago Pena Morado
***
   Jordi Soler compara un momento del pasado con el tiempo actual para concretar cómo ha podido cambiar el concepto de educación: el ejemplo de la vida de Pierre de Montaigne, y la vida de la sociedad actual.
   Quizás nunca nadie se ha parado a pensar qué sucede para que los niños sean cada vez más inútiles y dependientes de aparatos y tecnologías que hace relativamente poco tiempo que existen. Se debería reflexionar sobre ello. Puede que sea por las vidas programadas de la sociedad actual, las comodidades que provocan que cada vez los seres humanos sean menos autónomos, que sean cada vez menos inteligentes y torpes para la resolución de ciertos problemas de la vida cotidiana.
   Uno de los factores más determinantes en la educación es el proyecto educactivo de los padres. Son muchos los que apuntan a sus hijos a diez actividades extraescolares semanales, con la excusa de que así estarán entretenidos. El día que esos niños no tengan esa actividad, se encontrarán en casa, con la angustia de no saber qué hacer, descubriendo su dependencia de la actividad física y el movimiento.
En la actualidad, tal y como dice Jordi Soler, las personas estamos irradiadas por múltiples estímulos que no permiten que nos centremos en una única actividad.
Antiguamente esto no sucedía, fundamentalmente porque las nuevas tecnologías que nos persiguen, la televisión, la radio... no existían.  Un ejemplo extremo es el de Pierre de Montaigne, un hombre francés del siglo XVI, que le inculcó a su hijo Michel una severa educación. Michel comenzó a escribir todo lo que le sucedía a lo largo del día, permitiendo así convertirse en un gran escritor de ensayos, reflexionar y conocerse a sí mismo. Ahora, discurrir y conocerse a uno mismo es difícil. Ya no existen las largas horas de silencio en las que solo escuchas tus pensamientos, ya que nos dispersamos y preferimos entretenernos y evadirnos con vídeos, redes sociales, actividades que no nos suponen ningún esfuerzo intelectual, a reflexionar sobre la vida y nuestras preocupaciones. A su vez, estamos continuamente influenciados por las opiniones de los demás, que no permiten que nos expresemos, vistamos o ser como nos gustaría porque está mal visto por la sociedad.

Por estos motivos, deberíamos en algunos momentos a lo largo del día, buscar tiempo, evadirnos del mundo y centrarnos en un único aspecto: escuchar música, leer un buen libro o, simplemente, cerrar los ojos y pensar en quienes somos, sin dejarnos influir por opiniones ajenas ni modas pasajeras.   Construir una sociedad exige meditar sobre el modelo que la generó para propiciar la aparición de las circunstancias idóneas que permitan que surja la sociedad en la que realmente se quiere vivir.

Alberto Fraga Seoane

***
   Es cierto que se ha producido un gran cambio en la mentalidad de los niños del siglo XXI, niños que abusan de las tecnologías durante largas horas. A pesar de que es mucha la gente que lo celebra como un ejemplo de progreso, todo lo que aporta esta transformación no es completamente positivo.
   Los niños contemporáneos han crecido rodeados de nuevas tecnologías que consideran imprescindibles. Pero éste no es el problema, lo que verdaderamente importa es el abuso que hacen de ellas en cualquier momento del día, ya sea mirar durante todo el día la televisión o incluso estudiar con música, lo que produce, por lo general, grandes dificultades de concentración, que pueden explicar el bajo rendimiento académico.
   No obstante, cuesta creer que este siglo no propiciará la aparición de grandes intelectuales. Antiguamente, todos los niños carecían de nuevas tecnologías; también muchos de ellos no conseguían concentrarse y aprovechar su tiempo de estudio. Actualmente, todos los niños cuentan con todo tipo de tecnologías en sus domicilios. No todos malgastan su tiempo, sin lograr hacer en él algo productivo.
   El cambio que se ha producido en la mentalidad de los niños contemporáneos, como cualquier otro cambio, acarreará un nuevo modelo en el que será fácil señalar virtudes y defectos.

Nerea García Vázquez

viernes, 10 de octubre de 2014

PIERRE DE MONTAIGNE... 00, Jordi Soler


   Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta y hermética educación en latín. Le puso, desde muy pequeño, un profesor que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía  exclusivamente en latín. El experimento pedagógico del padre produjo no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo. El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que, además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a sus ensayos, vivía concentrado en vivir para después dar menta de ello por escrito.
   Sería ridículo seguir el ejemplo del padre de Montaige en este siglo XXI. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño, que solo hablaba latín, que estaba concentrado en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales. Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.
   Tanto estimulo exterior nos aleja del arte más grande de todos que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3; cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo. Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas con una película parece migo si se tienen las series que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos. Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma salen las grandes obras. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobre-estimulados. que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

JORDI SOLER, El País, 7 de septiembre de 2013 [adaptación].



Resumen  
   La sociedad del Siglo XXI, caracterizada por la saturación de estímulos fragmentarios de infinidad de pantallas, dificulta la concentración de los individuos. Sin reflexión, desaparecerán los intelectuales.


Esquema que jerarquice las ideas principales contenidas en el fragmento.

  • Montaige estaba habituado a concentrarse en la reflexión y el estudio.
  • Los niños contemporáneos carecen de esa capacidad, por la sobrestimulación de nuestra sociedad de pantallas:
         1. El mp3, el teléfono o la tableta ocupan tiempos de reflexión.
         2. Nadie es capaz de sentarse a escuchar un disco completo.
         3. Nadie tiene paciencia para contemplar una película que dure dos horas.

  • En un mundo de seres irreflexivos, desaparecerán los intelectuales.

Tema: La desaparición de los intelectuales por la falta de hábito reflexivo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

[CARLOS CONOCE LOS MODALES...], Juan Gómez Bárcena



    Carlos conoce los modales apropiados para tratar con ancianas venerables, con criadas, con madres, con hermanas, con don­cellas de cámara, con las reverendas monjas clarisas; pero nada sabe acerca de cómo tratar con putas que antes que putas son niñas. Tal vez por eso al principio no hace ningún movimiento. Continúa apoyado de espaldas contra la puerta —dejemos que se conozcan más a fondo, ha dicho su padre antes de cerrarla— mientras la polaca se sienta en el borde de la cama y espera. Tampoco ella parece saber qué viene a continuación. Porque conoce el modo de tratar a los campesinos de la Galitzia, a doce hermanos durmiendo en la misma cama, a padres que te venden por veinte kopeks, a los rudos tripulantes del Carpathia, pero nada sabe sobre clientes que antes que clientes son niños. Y tal vez por eso está asustada como nunca hasta ahora lo ha estado. Ni siquiera cuando aquel marinero borracho estuvo a punto de conseguir arrastrarla hasta su camarote, aprovechando la noche del Atlántico.
   Carlos sólo habla español y la polaca, sólo polaco. Aunque para ser sinceros, durante los primeros quince minutos nadie dice una palabra. Se limitan a contemplar la habitación —los cor­tinajes de terciopelo, la reja en la ventana, el baldaquino de la cama al que ella se había abrazado— como si ninguno de los dos estuviera. Luego Carlos intenta improvisar unas palabras de saludo. Dice buenas noches, y la polaca no contesta. Me llamo Carlos, cómo te llamas tú, y nada. Mañana cumplo trece años. Va ensayando frases cada vez más largas, mientras se acerca y se sienta a su lado.
   No quiere mirarla a los ojos, pero al final no puede resistir la curiosidad y alza los suyos. Cree que va a encontrar impreso en ellos un rastro de rabia o de dolor, la huella de vejez prematura que dejan los sufrimientos, pero en su lugar halla otra cosa; una mirada azul y asustada, de niña vagamente entristecida por una porcelanita rota o una muñeca perdida. Casi al mismo tiempo comprende que no hará nada. Que su regalo de cumpleaños será precisamente ése; poder desobedecer a su padre, al menos una vez en la vida. Quiere decirle eso a la niña. Se lo dice. Dice: No tengas miedo, porque no vamos a hacerlo. Dormiremos juntos esta noche, pero ni siquiera llegaremos a tocarnos. Mañana yo seguiré siendo virgen y tú seguirás costando cuatrocientos dólares.
   Ella le mira sin convicción. Desconfía, claro, porque no es capaz de entender el significado de sus palabras. O quizás precisa­mente porque, al no entenderlas, ha podido descubrir algo más profundo que se oculta bajo ellas, entre ellas, a pesar de ellas; un mensaje terrible que tal vez el propio Carlos ignora.
   Viste un traje de verano abotonado, una falda azul y larga, calzas rosas. Le han recogido su cabello en dos trenzas rubias y espesas, que culebrean hasta su escote; un escote donde no hay todavía mucho que mirar, y no lo habrá hasta por lo menos un par de años más tarde. Carlos ve de reojo cómo, bajo los volan­tes y las transparencias de muselina, ese pecho menudo se infla y desinfla muy rápido, en lo que parece la palpitación de una avecilla asustada. Quiere repetirle que no tema, que puede confiar en él, pero en ese momento se detiene. Ve su mano, la pequeña mano de ella, acercarse lentamente y más tarde acariciar con torpeza su cuerpo, en un movimiento lleno de temblores, titubeos. Ese gesto tiene algo de orden recibida, de instrucción que se obedece mecánicamente, como se administra una medicina desagradable o se cumple un trámite. En su memoria, el tacto de esos dedos blancos se confunde con alguna otra cosa. Por ejemplo: la sensación de internarse de nuevo en la selva. Los pájaros exóticos y los monos contra los que no fue capaz de disparar, la decepción de su padre, el regreso. Y a ese recuerdo van asociados otros muchos: los librillos de poemas escondidos bajo el colchón; los suspiros de madre; las viñetas indecentes con los bordes cuarteados por sucesivas manipulaciones; las palabras de su padre justo antes de hacerle subir al coche. Ser hombre conlleva muchas responsabilidades. Su padre, con una mano en su hombro y sonriéndole por primera vez en mucho tiempo. Su padre esperando en el hall, tal vez con un periódico, tal vez coqueteando con una de las chicas; ella sentada en sus rodillas y él explicándole con paciencia y la misma sonrisa que es un hombre casado, que sólo está aquí por su hijo, del que está tan orgulloso, porque al fin va a convertirse en todo un hombre.
   Y entonces la mira a ella. A esa niña que tiembla y que también obedece. Tiene tan pocas ganas como él de estar ahí y sin embargo está, sin un reproche; no es su cumpleaños ni ganará cuatrocientos dólares, pero igualmente participa en esa larga cadena de capataces, mesdemoiselles, marineros y tratantes de mujeres. Un títere que primero mueve la mano y más tarde abrirá las piernas, sólo porque el señor Rodríguez ha pulsado las cuerdas apropiadas.
   Siente un sudor frío. Un respingo eléctrico recorriéndole la espalda, en parte por esos pensamientos, en parte porque casi sin querer también su mano ha comenzado a deslizarse por la cadera de ella. Una mano que no parece ser una parte de su propio cuerpo. La niña se muerde los labios. Su cuerpecito crispado se resiste a hacer un solo movimiento, ahoga un grito. Carlos cierra los ojos. Dormiremos juntos esta noche, pero ni siquiera llegaremos a tocarnos, dice. Mañana yo seguiré siendo virgen y tú seguirás costando cuatrocientos dólares, repite, pero de nuevo ella no cree en sus palabras. Poco a poco incluso él ha dejado de creer en ellas, porque de pronto está viendo detrás de los párpados cerrados a la niña saliendo de la habitación con las trenzas intactas, la madame que ríe en voz alta por el regalo de los cuatrocientos dólares, su padre que mueve la cabeza con heladora lentitud, que comprende, que siempre lo supo, y luego los cintarazos en la espalda con la correa de cuero y los rezos de madre y el médico recetando sorbos de ricino y veranos en la montaña.
   Pero nada de eso ocurrirá —la mano ascendiendo por el torso sin que ella pueda hacer nada más que seguir temblando; esa mano, su mano, tocando por primera vez un pecho—. No ocurrirá, porque su padre siempre consigue lo que quiere y esta vez no será menos; si para ser un hombre tiene que aplastar bajo su peso el cuerpo de la polaca, va a hacerlo, va a apretarse contra esa niña que tiene cara de jugar todavía a las lozas y las cerámi­cas, a las tardecitas de té y los bordados; a ser mamá, dentro de muchos años. Y no debería excitarle, pero le excita; y no debería comenzar a besarla ni desnudarla, pero ya lo está haciendo. La polaca que comienza a respirar más fuerte, que lucha por no ori­narse de puro miedo, que cierra también los ojos porque al fin le cree; porque sin palabras ha comprendido mejor el sentido de sus movimientos, el rumbo de ese niño terrible que se le viene encima todavía con los pantalones puestos.
   No sabe apenas nada sobre el cuerpo de una mujer. Al respecto tiene una idea imprecisa, que de pronto se hace nítida y penosa, como la revelación de un viajero que creía conocer el desierto por leerlo en un mapa. Así se siente abrasar sobre el cuerpo de ella, que de golpe le parece sin embargo frío y remoto como una piedra de sacrificio. Siente olores nuevos que en cierto modo son familiares. Un gusto salobre que tiene la sensación de reco­brar de alguna parte, como venido a través de un largo sueño. Mientras le revienta las costuras del corpiño y le arremanga la falda piensa en la vieja criada Gertrudis; en la paciencia con que viste y desviste a sus hermanas. Al sentir el tacto blanquísimo de su piel, su sabor a hostia consagrada; al escuchar los lamentos incomprensibles de la niña sufriendo, rezando, tal vez muriendo en polaco, piensa en madre. Cuando deja que todo el peso de su cuerpo se hunda sobre ella, no piensa en nada.
   Luego, lo que está haciendo, de pronto, duele. Siente ganas de llorar. Pero la humedad en sus mejillas no es nada compa­rada con otra humedad más terrible, cálida como una herida, subterránea como una enfermedad, que siente empapar su sexo. Escucha gritar a la niña y luego ve sangre, un pequeño rastro de sangre donde su padre ha dicho. Sangre empapando el follaje de la selva. Esquirlas rojas y negras, salpicando la blancura de las sábanas. Siente como si el resto de su cuerpo fuera la empu­ñadura de un cuchillo que sólo hoy, esa misma noche, hubiera sido desenvainado.
   No sabe si el amor se parece a eso. Si está matando a la niña que grita, que se sacude débilmente bajo su cuerpo. Está, quizás, matándola, pero no importa. Su padre ha pagado cuatrocientos dólares para que no importe.
   Se prolonga el tiempo exacto que dura una pesadilla.
   Y cuando todo termina comienza a llorar, esta vez sí, y la niña llora con él, y lo que es más extraño, también lo abraza. No está muerta, piensa Carlos con alegría, con sorpresa. No está muerta, y no le odia. Lo rodea con sus brazos como si él fuera al mismo tiempo sus padres, y sus hermanos, el país que no volverá a ver, la lengua que no escuchará de nuevo, el capitán mercante que cuidó de ella y durante todo un mes cumplió su palabra. Le abraza como dos niños que hubieran jugado y reñido y ahora quisieran jugar de nuevo.
   De pronto comienza a hablar. Murmura frases misteriosas que él escucha y trata de registrar con paciencia. Son, tal vez, preguntas y, en las pausas, él contesta con otras. Le pregunta si tiene trece años. Le pregunta si eso que acaban de hacer es lo que al otro lado de la puerta esperaban de ellos. Si también su padre le había dicho que hacerse una mujer conllevaba muchas responsabilidades, justo antes de despedirla en el puerto. Y ella contesta, a su modo, y después calla.
   Las velas se han consumido ya. En la oscuridad sus cuerpos continúan abrazados. Carlos ha comenzado a acariciarla lenta­mente. Su mano recorre la suavidad del cabello, su piel lechosa, y ella se ablanda y adormece al calor de ese contacto. Todavía lloran, pero ya sin ruido, sin amargura, y la niña ahora repite una sola frase, como una letanía; como si la noche se hubiera quedado encallada en el mismo punto.
   Chcę iść do domu.
   Al hablar, los labios húmedos se abren y se cierran para rozar su oreja.
   Chcę iść do domu.
   Y Carlos piensa en esas palabras mientras se va quedando dormido y aún después, minutos u horas más tarde, cuando al despertar descubre que la polaca ha desaparecido, y en el hall lo espera su padre para decirle que ya es todo un hombre.
   Che is do domo.
   Trata de grabarlas en su memoria ese día, y luego el resto de su vida, mientras concibe proyectos disparatados; planes en los que la polaca y él, contra el mundo.
   cheis to tomo,
   y poco a poco esos planes que se asordinan, se postergan, se abandonan, se mueren, porque al fin y al cabo ella ya no está en el burdel, nadie sabe dónde puede encontrarla, y si lo supiera sería lo mismo, claro, porque una cosa es sublevarse leyendo unos poemas y otra muy distinta dejarlo todo por una niña que ya ni siquiera es niña; por una puta que a estas alturas ni siquiera costará un dólar; por una extranjera cuyas últimas palabras poco a poco se ha resignado a olvidar, los sonidos incomprensibles que se van mezclando y confundiendo en su memoria, y con ellos la esperanza adolescente de que su conjuro cifrara algo her­moso, que cheis torromo signifique te perdono, que cheis mortoro quiera decir te quiero; que cheistor moro, yo tampoco te olvidaré, nunca.


JUAN GÓMEZ BÁRCENA, El cielo de Lima, Salto de Página, Madrid, 2014, pp. 105-110.
&
Clara Lieu
 **********
  1. Pon título a esta narración. Explica por qué motivo has elegido ese enunciado y no otro.
  2. Resume la historia (máximo: ocho líneas).
  3. Elabora un comentario crítico con el que valores defectos o virtudes de la historia o del discurso (las técnicas narrativas de las que se sirve Gómez Bárcena: narrador, personajes, trama, lenguaje, estilo...).

sábado, 14 de junio de 2014

NOTAS DE 3º ESO C


CC, E [2,25]
DA, T [1,75]
FD, M [5,5]
FB, R [2,5]
MM, A [1,5]
MS, S [4,25]
MC, G [6]
OT, Z [4,25]
OY, D [3,75]
OG, K [0,75]
PC, L [3,5]
PM, A [5,75]
RB, C [6,25]
RE, A [5,25]
RL, C [5,75]
SR, JL [5,5]
SR, E [4,1]
VR, D [5]
VS, L [0,5]
VR, M [4,5]
VB, R [1]
VM, J [5,75]

martes, 10 de junio de 2014

IMAGINA UN LUGAR...





<div data-configid="1883450/8200957" style="width: 400px; height: 300px;" class="issuuembed"></div><script type="text/javascript" src="//e.issuu.com/embed.js" async="true"></script>