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lunes, 4 de junio de 2018

EL ABUELO QUE SALTÓ POR LA VENTANA Y SE LARGÓ, Jonas Jonasson



JONAS JONASSON, El abuelo que saltó por la ventana, Salamandra, Barcelona, 2012,  414 páginas.

Estructura

La novela relata en paralelo dos historias con el mismo protagonista intercalando capítulos llevando la acción al pasado y devolviéndola al presente. La novela comienza el día 2 de mayo de 2005 cuando Allan se escapa de su residencia de ancianos y relata lo sucedido ese día durante los tres primeros capítulos. En el 4º retrocede cien años atrás hasta 1905 para contar la vida del anciano que comienza en una cabaña en Yxhult, Suecia. Hace un recorrido por su infancia y agitada adolescencia, sufriendo la muerte de sus padres, una sufragista y defensora de varias causas y un perturbado que viajó a Rusia abandonando a su familia para apoyar diversas causas políticas, (1905-1929), más adelante en el capítulo 7 (1929-1939) narra cómo reconstruye su vida encontrando trabajo en una fábrica de explosivos en otra ciudad, Halleforsnas, donde conoce al que será su nuevo amigo y compañero de viaje. Esteban, un español con el que abandona Suecia para irse a una España donde estallará la Guerra Civil. Tras trabajar volando puentes para el bando republicano a pesar de detestar la política acaba conociendo a Franco y haciendo muy buenas migas con él. Con su ayuda abandona el país en barco y viaja a Estados Unidos. En el capítulo 9 (1939-1945) Allan llega a Nueva York y de allí acaba yendo a México donde trabajará como camarero en Los Alamos, donde ayuda a dar con la fórmula para la creación de una bomba nuclear. Allí se hace muy buen amigo del futuro presidente Truman. De 1945 a 1947, capítulo 11, viaja a China con el propósito de ayudar a Song Meiling, esposa del líder del Kuomintang chino, en la lucha contra el comunismo. Tras una larga travesía en barco acaba escapándose y atravesando el Himalaya a pie con un grupo de iraníes. Junto a ellos es detenido y él es el único que no es ajusticiado. En el capítulo 13 (1947-1948) Allan comparte celda con un sacerdote anglicano y tarado hasta que logran escapar engañando al jefe de la policía secreta y más tarde consigue regresar a Suecia con la ayuda del presidente de Estados Unidos. Una vez de vuelta en su país, capítulo 16 (1948-1953), viaja a Rusia con un científico soviético, Yuli Borísovich, al servicio de Stalin, con el fin de que Allan les ayude con la bomba atómica. Más tarde él y el hermanastro de Albert Einstein, Herbert, son enviados a un campo de trabajo, un gulag ,cerca de Siberia. Cinco años más tarde, capítulo 18, logran escapar y llegar a Corea del Norte. De ahí y con la ayuda del dirigente Coreano, capítulo 20, (1953-1968), se mudan a Bali donde residen varios años. En el año 1968 (capitulo 23) se trasladan a Paris junto con la reciente mujer de Einstein y nueva embajadora indonesia en la ciudad Francesa. Él capítulo 26 (1968-1982) narra cómo Allan regresa a Rusia para trabajar como espía norteamericano y por último en el 28 (1982-2005) regresa a Suecia hasta que termina ingresando en la residencia de la cual se escapará meses después. Intercalados con los anteriores capítulos que hacen un recorrido por la agitada vida del protagonista se encuentran los que narran lo sucedido desde la huida la residencia hasta que el peculiar grupo de amigos acaba en Bali. 

Berta Manteiga

domingo, 13 de mayo de 2018

FRANKENSTEIN, Julio Llamazares

FRANKENSTEIN


   El 11 de marzo de 1818, es decir, este año hace dos siglos, se publicó por primera vez Frankenstein o el moderno Prometeo, la novela que Mary Shelley escribió en el llamado año sin verano, cuando el hemisferio Norte sufrió un extraño y larguísimo invierno a causa de los efectos de la erupción del volcán indonesio Tambora. Refugiada junto a su marido, el también escritor Percy Bysshe Shelley, en la villa de Lord Byron en Suiza, la romántica Mary Shelley respondió al reto que su anfitrión les lanzó a sus invitados, incluido su médico personal, de escribir cada uno un relato de terror para entretener su obligada reclusión a causa del mal tiempo veraniego, dando para la posteridad una de las novelas más terroríficas del género, a la par que creaba en ella el considerado primer personaje de la ciencia ficción narrativa: ese monstruo hecho a partir de trozos de cadáveres diseccionados en la sala de autopsias por un doctor empeñado en crear vida clínicamente y en realizar el sueño de la inmortalidad.
   El subtítulo de la novela de Mary Shelley, que se suele obviar: O el moderno Prometeo, enlaza al personaje de la ciencia ficción moderna con el mito de la dramaturgia clásica, ese Prometeo de Esquilo inspirado en el titán que se atrevió a desafiar el poder de los dioses creando vida a partir de la arcilla. Como él, el doctor Frankenstein lleva su sueño a la perversión y, como el titán castigado por su osadía por los dioses, sufre las consecuencias de su ambición, si bien el personaje de Mary Shelley lo será por su propia creación, ese monstruo patético e incontrolable que se revuelve contra su creador negándose a obedecerlo y atentando finalmente contra él. Toda una alegoría de la ambición de poder y el castigo que lleva implícito cuando en su consecución se traspasan todos los límites éticos a respetar.
   El segundo centenario de Frankenstein está pasando bastante desapercibido, en España al menos, pero la vigencia del mito creado por Mary Shelley sigue intacta entre nosotros no solo en su perpetuación literaria y artística, sino en lo que tiene de metaforización de la realidad, constantemente interpelada por los grandes mitos literarios en tanto que simbolizan los sueños y las pasiones de esa humanidad errante que repite una y otra vez los mismos aciertos y errores desde sus orígenes por más que cambien de apariencia. Decir que el monstruo de Frankenstein es ciencia ficción equivale a ignorar a todos esos personajes que desde Puigdemont a Trump han escapado al control de sus creadores y amenazan con destruirlos en su ceguera o en su egolatría sin límites, que les impide reconocerse en su condición mortal.

Julio Llamazares, El País, 12 de mayo de 2018.

Ángeles Caso

jueves, 26 de abril de 2018

ESTUDIO SOBRE LA VERDAD SOBRE EL CASO SAVOLTA



 EDUARDO MENDOZA, La verdad sobre el caso Savolta.



JUEZ DAVIDSON. - ¿Cuándo conoció usted a Lepprince?
MIRANDA. - He olvidado la fecha exacta de nuestro encuentro. Sé que fue a principios del otoño del 17. Habían finalizado las turbulentas jornadas de agosto.
J. D. - Explique brevemente el encuentro.
M. - Lepprince fue al despacho de Cortabanyes y éste, tras hablar con él, me ordenó que me pusiese a su servicio. Lepprince me condujo a su auto, fuimos a cenar y luego a un cabaret.
J. D. - ¿A dónde dice que fueron?
M. A un cabaret. Un local nocturno en el que...
J. D. Sé perfectamente lo que es un cabaret. Mi expresión fue de asombro, no de ignorancia. Prosiga.

A partir de este fragmento....

Consistía en una sala no muy grande donde se alineaban una docena de mesas en torno a un espacio vacío, rectangular, en uno de cuyos extremos había un piano y dos sillas. En las sillas reposaban un saxófono y un violoncelo. Al piano se sentaba una mujer muy repintada y vestida con un traje ceñido, largo hasta los pies y abierto por el costado. Interpretaba la mujer una polca a ritmo de nocturno que interrumpió al entrar nosotros.
Estaba segura de que no me fallarían —dijo enigmáticamente, y se levantó y vino hacia nosotros sonriendo, avanzando la pierna como si probase la temperatura del agua desde la orilla, con lo cual la pierna adelantada emergía de la abertura del vestido enfundada en una malla de reflejos vítreos. Lepprince la besó en ambas mejillas y yo le tendí la mano, que la mujer retuvo mientras decía—: Os daré la mejor mesa, ¿cerca de la orquesta?
Lejos, a ser posible, madame.
La conversación era un poco absurda, pues sólo una de las mesas estaba ocupada por un marino barbudo y fornido que habla enterrado la cara en una jarra de ginebra y apenas si cesaba de bucear para respirar el aire polvoriento del local. Luego llegó un vejete muy fino, con la cara embadurnada de cremas y el pelo teñido de rubio cobrizo. Pidió una copita de licor que paladeó mientras se desarrollaba el espectáculo, y un tipo huraño, con gruesas gafas e inconfundibles rasgos de oficinista, que preguntó el precio de todo antes de beber, hizo proposiciones tacañas a todas las mujeres, sin éxito. Por entre la clientela vagaban cuatro mujeres semidesnudas, entradas en carnes, depiladas fragmentariamente, que circulaban de mesa en mesa entorpeciéndose las unas a, las otras, adoptando posturas estáticas por breves segundos, como fulminadas por un rayo paralizador. La que más asiduamente visitó nuestra mesa se llamaba Remedios, “la Loba de Murcia”. Pedimos a Remedios una jarra de ginebra, como habíamos visto hacer al marino, y aguardamos.


Los alemanes bombardearon el barco en que viajaba. Y eso que sólo era un barco de pasajeros, fíjese usted. Hasta ese momento yo había simpatizado con los alemanes, ¿sabe, hijo?, porque me parecían un pueblo noble y guerrero, pero a partir de entonces, les deseo que pierdan la guerra de todo corazón.
Es natural —dijo Lepprince, hizo una reverencia y se retiró. Un criado le ofreció una bandeja de la que tomó una copa de champán. Bebió para poder caminar sin verter el líquido y en aquel acto sorprendió las miradas de la señora de Savolta y de su amiga, la señora de Claudedeu, fijas en él. Sonrió a las damas y se inclinó de nuevo. Entonces advirtió junto a ellas la presencia de una joven que dedujo sería María Rosa Savolta. Era poco más que una niña de larga cabellera rubia. Vestía un traje de soirée de faya gris recubierta de una túnica de gasa blanca, fruncida, con corpiño y adornos de piel de seda negra, con las puntas rematadas de guirnaldas. Lepprince se fijó en los ojos grandes y luminosos de la joven Savolta que destacaban en la palidez de su cutis. Le dirigió una sonrisa más amplia que las anteriores y la joven desvió la mirada. Un hombre bajo y grueso, de calva brillante, se le aproximó. […]
Estrechó la mano del desconocido y siguió recorriendo la sala por entre grupos de señoras enjoyadas, sedosas, aromáticas, que mareaban un poco a los caballeros. En la biblioteca contigua al salón se respiraba un humo agrio de cigarros puros y se mezclaban carcajadas ruidosas y risitas con el susurro del último chisme o la última anécdota de un personaje conocido. […]


Llevábamos mucho rato en el cabaret cuando empezó el espectáculo. Primero llegó un hombre que fue recibido por los eructos del marino y que resultó ser el instrumentista, es decir, el que se hacía cargo del saxófono y el violoncelo. Tomó este último instrumento y le arrancó unas notas lúgubres acompañado por el piano. Luego la mujer del piano se levantó y pronunció unas palabras de bienvenida. El marino había sacado de su bolsa de hule un bocadillo apestoso y lo mordisqueaba vertiendo de la boca migas y rumias sobre la mesa. El oficinista lóbrego, de las gruesas gafas, se quitó los zapatos. El vejete nos dirigía guiños. La mujer anunció al chino Li Wong, del cual dijo:
Les llevará de su mano al reino de la fantasía.
Yo me agitaba molesto por el pistolón que sentía clavado en el muslo.
Espero que su magia no le permita descubrir que vamos armados —murmuré.
Causaría una pésima impresión —corroboró el francés.
El chino barajaba unos gallardetes de los que apareció una paloma. Ésta sobrevoló la pista y se posó en la mesa del marino a picotear las migas. El marino la desnucó con una macana y se puso a desplumarla.
Oh, hol-lol —dijo el chino—, la clueldad del homble.
El oficinista vicioso se aproximó al marino con los zapatos en la mano y le insultó.
Haga usted el favor de devolver este animalillo a su dueño, desvergonzado.
El marino asió la paloma por la cabeza y la blandió ante los ojos del oficinista.
Suerte tiene usted de ser cegato, que si no, le daba...
El oficinista se quitó las gafas y el marino le dio con la paloma en ambos carrillos. Rodaron los zapatos y el oficinista se agarró al borde de la mesa para no caer. […]



...¿Fue la incorporación del fatuo y engomado Lepprince o fueron las aciagas circunstancias las que hicieron posible la realización del antiguo dicho de que «a río revuelto ganancia de pescadores» (y yo añadirla: «de poco escrupulosos pescadores»)? No es mi propósito despejar esta incógnita. La verdad es una: que poco después de la «adquisición» del flamante francesito, la empresa duplicó, triplicó y volvió a doblar sus beneficios. Se dirá: qué bien, cuánto debieron beneficiarse los humildes y abnegados trabajadores, máxime cuanto que para que tal ganancia se hiciera posible tuvieron que incrementar en forma extraordinaria la producción, multiplicando la jornada laboral hasta dos y tres horas diarias, renunciando a las medidas más elementales de seguridad y reposo en pro de la rapidez en la manufactura de los productos. Qué bien, pensarán los lectores que no saben, como se dice, de la misa la mitad; y que me perdonen las autoridades eclesiásticas por comparar la misa con ese infierno que es el mundo del trabajo…



No es la nuestra una tarea fácil —dijo el comisario Vázquez.
Lepprince le ofreció una caja de puros abierta de la que el comisario tomó uno.
Vaya, buen veguero —comentó; sudaba—. Parece que hace calor aquí, ¿verdad?
Quítese la chaqueta, está usted en su casa.
El comisario se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo de su asiento. Encendió el puro con sonoro chupeteo y exhaló una bocanada de humo seguida de un chasquido aprobatorio.
Lo que dije: un buen veguero. Sí, señor.
Lepprince le indicó un cenicero donde arrojar el papel de celofán que antaño envolvía el puro y que, concienzudamente atornillado, había servido para prenderlo.
Si le parece a usted bien —dijo Lepprince—, podríamos pasar a tocar el tema que nos ocupa.
Oh, por supuesto, monsieur Lepprince, por supuesto.
Recuerdo que, al principio, me cayó mal el comisario Vázquez, con su mirada displicente y su media sonrisa irónica y aquella lentitud profesional que ponía en sus palabras y sus movimientos, tendente sin duda a exasperar e inquietar y a provocar una súbita e irrefrenable confesión de culpabilidad en el oyente. Su premeditada prosopopeya me sugería una serpiente hipnotizando a un pequeño roedor. La primera vez que le vi lo juzgué de una pedantería infantil, casi patética. Luego me atacaba los nervios. Al final comprendí que bajo aquella pose oficial había un método tenaz y una decisión vocacional de averiguar la verdad a costa de todo. Era infatigable, paciente y perspicaz en grado sumo. Sé que abandonó el cuerpo de Policía en 1920, es decir, según mis cálculos, cuando sus investigaciones debían estar llegando al final. Algo misterioso hay en ello. Pero nunca se sabrá, porque hace pocos meses fue muerto por alguien relacionado con el caso. No me sorprende: muchos cayeron en aquellos años belicosos y Vázquez tenía que ser uno más, aunque tal vez no el último.

lunes, 16 de abril de 2018

[AL VOLANTE DEL CHEVROLET...], Fernando Pessoa


Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al luar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino no parar, proseguir? 


Voy a pasar la noche en Sintra por no poder pasarla en Lisboa,
mas cuando llegue a Sintra me apenará no haberme quedado en Lisboa.
Siempre esta inquietud sin propósito, sin nexo, sin consecuencia,
siempre, siempre, siempre
esta desmedida angustia del espíritu por nada
en la carretera de Sintra o en la carretera del sueño o en la carretera de la vida… 


Maleable a mis movimientos subconscientes del volante 
galopa por debajo de mí conmigo el automóvil prestado. 
Sonrío del símbolo al pensarlo, y al girar a la derecha. 
¡Con cuántas cosas prestadas voy yendo por el mundo! 
¡Cuántas cosas que me prestaron conduzco como mías! 
 

A la izquierda la casucha -sí, casucha- al borde del camino. 
A la derecha el campo abierto, con la luna a lo lejos. 
El automóvil, que hasta hace poco parecía darme libertad, 
es ahora una cosa en donde estoy encerrado, 
que sólo puedo conducir si en ella estoy encerrado, 
que sólo domino si me incluyo en ella y ella me incluye a mí. 
 

A la izquierda, ya atrás, la casucha modesta, menos que modesta. 
Allí la vida debe ser feliz, sólo porque no es la mía. 
Si alguien me vio por la ventana soñará: ese sí que es feliz. 
Para el niño que atisbaba detrás de los cristales de la ventana de arriba 
tal vez yo haya quedado (con el automóvil prestado) como un sueño, como un hada real. 
Para la muchacha que al oír el motor miró por la ventana de la cocina, 
desde el piso de abajo, 
tal vez yo fuese algo así como el príncipe que hay en todo corazón de muchacha, 
y de reojo pegada al cristal me siguiese hasta la curva en que me perdí. 
 

¿Dejo los sueños a mi espalda, o será el automóvil el que los deja? 
¿Yo, conductor del automóvil, o el automóvil prestado que conduzco? 
 

En la carretera de Sintra al luar, en la tristeza ante los campos y la noche, 
mientras conduzco el Chevrolet prestado desconsoladamente 
me pierdo en la carretera futura, me sumo en la distancia que alcanzo, 
y en un deseo terrible, súbito, violento, inconcebible, 
acelero… 
Pero mi corazón quedó en el montón de piedras del que me desvié al verlo sin verlo, 
junto a la puerta de la casucha, 
mi corazón vacío, 
mi corazón insatisfecho, 
mi corazón más humano que yo, más exacto que la vida. 
 

En la carretera de Sintra al filo de la medianoche, al luar, al volante, 
en la carretera de Sintra, qué cansancio de la propia imaginación, 
en la carretera de Sintra, cada vez más cerca de Sintra, 
en la carretera de Sintra, cada vez menos cerca de mí…



Álvaro de Campos
[Fernando Pessoa]

Traducción: César Antonio Molina


Ilustración: Lelia Parreira

domingo, 15 de abril de 2018

TIME CODE, Juanjo Giménez Peña


¡HOLA, BUENAS NOCHES!, Pau Rodilla


LA COSA, Juan José Millás

LA COSA

   De pequeño tuve una caja de zapatos que llegó a ser mi juguete preferido, entre otras cosas porque no tenía otro. Pero envejeció más deprisa que los zapatos que había llevado dentro, de manera que a mi caja se le cayó un día la primera a y se quedó en una cja, que así, a primera vista, parece un juguete yugoslavo. Busqué entre las herramientas de mi padre una a de repuesto, pero no había ninguna y tuve que sustituirla por una o. De este modo, sin transición, tuve que olvidar la caja para hacerme cargo de una coja, lo que es tan duro como pasar directamente de la niñez a los asuntos. Jugué mucho con aquella coja, todavía la recuerdo, pero se fue haciendo mayor también y un día se le cayó la jota. Hay quien piensa que las vocales se estropean antes que las consonantes, pero yo creo que vienen a durar más o menos lo mismo. El caso es que tampoco encontré entre los tornillos de mi padre una jota en buen uso, así que la sustituí por una pe que estaba prácticamente sin estrenar. La coloqué en el lugar de la jota y me salió una copa estupenda, con la que he bebido de todo hasta ayer mismo, que se me cayó al suelo y se rompió. A decir verdad, se rompió justamente por la pe, y como es muy antigua no he encontrado en ninguna ferretería una igual. Ayer fui a casa de mis padres, y después de mucho rebuscar en el trastero di con una ese que no desentona con el conjunto. O sea, que ahora tengo una cosa, pero no sé qué hacer con ella. La caja, la coja y la copa eran muy útiles para guardar secretos, jugar o emborracharse. Pero la cosa me da miedo; además, la escondí en el bolsillo interior de la chaqueta, de manera que desde ayer tengo una cosa aquí, en el pecho, que me llena de angustia. Lo peor de todo es que, como no sé qué es, tampoco sé cómo se rompe. Qué vida, ¿no? 


&
Masai Yamamoto