Mi lista de blogs

miércoles, 27 de enero de 2016

LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO Y JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


   Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez inician su obra poética  dentro del Modernismo, en los primeros años del siglo XX, pero ambos evolucionarán hacia principios estéticos distintos: Antonio Machado se acercará a la Generación del 98 mientras que Juan Ramón Jiménez se convertirá en el máximo representante del Novecentismo. Sus obras representan dos concepciones literarias tan antagónicas como influyentes, ya que inspirarán las dos grandes corrientes líricas a las que puede reducirse la poesía española del siglo XX: la línea ético-realista (Machado) y la estético-experimental (Juan Ramón Jiménez).

martes, 26 de enero de 2016

GENERACIÓN DEL 98: BAROJA, UNAMUNO Y AZORÍN.

   El término Generación del 98 alude a un grupo de escritores que, en su juventud, se caracterizaron por una actitud muy crítica ante la situación de la España de fin del siglo XIX -simbolizada en el desastre del 98- y proclamaron la necesidad de una regeneración social, cultural y estética. La denominación “Generación del 98”  fue propuesta por Azorín en unos artículos de 1913 y, aunque fue rechazada incluso por alguno de sus miembros, hizo fortuna en la historia literaria. Suele incluirse en el grupo a Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Azorín y Ramiro de Maetzu. Más discutida es la adscripción de Valle Inclán y Antonio Machado pues, si bien parte de su obra entronca con las características del 98, ambos tuvieron etapas anteriores cercanas al Modernismo y su obra, en conjunto, alcanzará una singularidad que excederá los límites de un grupo concreto. Por otra parte, hoy suele aceptarse que, tanto Modernismo como Generación del 98, no son movimientos antitéticos, sino tendencias de un mismo movimiento renovador, nacido de la crisis de fin de siglo.

lunes, 25 de enero de 2016

EL MODERNISMO A TRAVÉS DE LA FIGURA DE RUBÉN DARÍO



DE INVIERNO

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Aleçón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.
                                                                                    (Azul...)
&
Ramón Casas

viernes, 22 de enero de 2016

EL ARTE EN LA CRISIS DEL FIN DE SIGLO

   La mayoría de los nuevos escritores tienen en común su actitud rebelde frente a los valores burgueses, en la que coinciden con gran parte de los movimientos artísticos europeos de la larga época que va desde mediados del siglo XIX hasta más allá de la Primera Guerra Mundial (decadentismo, malditismo impresionismo, nihilismo, fauvismo, etc.). En su repulsa del gigantismo industrial de la sociedad capitalista, estos artistas jóvenes adoptan diferentes posturas, no sólo estéticas, sino también ideológicas: el socialismo de Unamuno y Maeztu, el anarquismo peculiar de Martínez Ruiz y Baroja, el carlismo de Valle-Inclán. Este radicalismo ideológico de los nuevos escritores de fin de siglo procedentes en su casi totalidad de medios sociales pequeñoburgues, no es ajeno a la crisis del pensamiento positivista ni a las contradicciones que en la conciencia burguesa genera una sociedad en proceso de cambio acelerado. Se oponen, así, frontalmente a la mediocridad de la sociedad española de la Restauración, y ello tanto a través de su compromiso político como de actitudes irreverentes de todo tipo. Es la época del anarquista literario, del bohemio, del dandy, del escritor maldito. Se identifica en muchos casos revolución social con subversión moral, y de ahí la propensión a la provocación, a las conductas antisociales y amorales, al deseo de épater le bourgeois. Con el paso de los años, la inutilidad práctica de sus esfuerzos y su progresiva integración social atenuará hasta la desaparición ese radicalismo de juventud. Será entonces el momento en que se hagan más evidentes en muchos de estos escritores rasgos que, en alguna medida, ya estaban presentes desde un principio en sus obras: desconfianza en la razón, cierto aristocratismo, marcada propensión al individualismo, visión literaturizada de la vida, pesimismo, etc. Pasan entonces a primer plano en sus textos el paisaje, las viejas ciudades, el tedio vital, los personajes abúlicos e indolentes... Pero debe insistirse en que todo ello no es un rasgo particular y exclusivo de los escritores españoles de este momento, supuestamente agobiados por la sensación de decadencia y desastre que acompañaría a la pérdida en 1898 de las últimas colonias, sino que estamos ante un fenómeno mucho más general que tiene su correlato evidente en las letras europeas de esta época.

&
Ramón Casas

jueves, 21 de enero de 2016

PENÉLOPE Y EL TEJIDO DEL TIEMPO, Ruth Piquer Sanclemente

   Sobre el mito Homero construyó el personaje de Penélope dentro del género épico, con una clara función modélica: fundamentalmente fidelidad, dedicación, belleza, preocupación por los intereses del esposo. La intención era contraponer la figura de una heroína femenina al héroe masculino, Ulises.  La Odisea traduce un concepto de mujer propio de la estructura patriarcal de la sociedad preclásica en el contexto egeo, un concepto tomado del folclore antiguo. 
   La época griega primitiva fue una etapa llena de poderosas figuras femeninas: Clitemnestra, Hécuba, Andrómaca, etc. Muchas de ellas, como Pentesilea, Helena, Casandra, Antígona, Electra, Medea y Fedra, representaron la ambición de poder mediante trágicos papeles. Sin embargo Penélope representaba la mujer romántica que espera fielmente el regreso de su esposo. Poco a poco ese modelo se ha ido leyendo como independencia, inteligencia, cuestionamiento del yo y del destino, a través de la construcción femenina de la propia historia, materializada en el acto de tejer. Penélope es también una metáfora de la soledad en una Ítaca situada entre dos mares, solitaria en el mundo aqueo.

RUTH PIQUER SANCLEMENTE, Penélope y el tejido del tiempo.
&
Thomas Seddon 

miércoles, 13 de enero de 2016

CRISEIDA, Alessandro Baricco

CRISEIDA

Todo empezó en un día de violencia.
Hacía nueve años que los aqueos asediaban Troya; a menudo necesitaban víveres, o animales, o mujeres, y entonces abandonaban el asedio e iban a procurarse lo que querían saqueando las ciudades vecinas. Ese día le tocó a Tebas, mi ciudad. Nos lo robaron todo y se lo llevaron a sus naves.
Entre las mujeres a las que raptaron estaba yo también. Era hermosa: cuando, en su campamento, los príncipes aqueos se repartieron el botín, Agamenón me vio y quiso que fuera para él. Era el rey de reyes, y el jefe de todos los aqueos: me llevó a su tienda, y a su lecho. Tenía una mujer, en su patria. Se llamaba Clitemnestra. Él la amaba. Ese día me vio y quiso que fuera para él.
Pero algunos días después, llegó al campamento mi padre. Se llamaba Crises, era sacerdote de Apolo. Era un anciano. Llevó espléndidos regalos y les pidió a los aqueos que, a cambio, me liberasen. Ya lo he dicho: era un anciano y era sacerdote de Apolo: todos los príncipes aqueos, después de haberlo visto y escuchado, se pronunciaron a favor de aceptar el rescate y de honrar a la noble figura que había venido a suplicarles. Sólo uno, entre todos, no se dejó encantar: Agamenón. Se levantó y brutalmente se lanzó contra mi padre diciéndole: «Desaparece, viejo, y no vuelvas por aquí nunca más. Yo no liberaré a tu hija: envejecerá en Argos, en mi casa, lejos de su patria, trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Ahora márchate si es que quieres salvar el pellejo».
Mi padre, aterrado, obedeció. Se marchó de allí en silencio y desapareció donde estaba la ribera del mar, se diría que en el ruido del mar. Entonces, de repente, sucedió que muerte y dolor se abatieron sobre los aqueos. Durante nueve días, muchas flechas mataron a hombres y animales, y las piras de los muertos brillaron sin tregua. Al décimo día, Aquiles convocó al ejército a una asamblea. Delante de todos dijo: «Si esto sigue así, para huir de la muerte nos veremos obligados a coger nuestras naves y regresar a casa. Preguntemos a un profeta, o a un adivino, o a un sacerdote, que sepa explicarnos qué está ocurriendo y pueda liberarnos de este azote».
Entonces se levantó Calcante, que era el más famoso de los adivinos, que conocía las cosas que fueron, las que son y las que serán. Era un hombre sabio. Dijo: «Tú quieres saber el porqué de todo esto, Aquiles, y yo te lo diré. Pero jura que me defenderás, pues lo que diré podría ofender a un hombre con poder sobre todos los aqueos y al que todos los aqueos obedecen. Yo arriesgo mi vida: tú jura que la defenderás».
Aquiles le respondió que no tenía nada que temer, sino que debía decir lo que sabía. Dijo: «Mientras yo viva nadie entre los aqueos osará levantar la mano contra ti. Nadie. Ni siquiera Agamenón».
Entonces el adivino se dio ánimos y dijo: «Cuando ofendimos a aquel viejo, el dolor cayó sobre nosotros. Agamenón rechazó el rescate y no liberó a la hija de Crises: y el dolor cayó sobre nosotros. Sólo hay un modo de apartarlo: devolver a esa chiquilla de vivaces ojos antes de que sea demasiado tarde». Así habló, y luego fue a sentarse.
Entonces Agamenón se levantó, con su ánimo lleno de negro furor y los ojos encendidos por relámpagos de fuego. Miró con odio a Calcante y dijo: «Oh, adivino de desventuras, jamás has tenido una buena Profecía para mí: tan sólo te gusta revelar las desgracias, nunca el bien. Y ahora quieres privarme de Criseida, la que para mí es más grata que mi propia esposa, Clitemnestra, y que con ella podría rivalizar en belleza, inteligencia y nobleza de espíritu. ¿Tengo que devolvería? Lo haré, porque quiero que el ejército se salve. Lo haré, si así tiene que ser. Pero preparadme de inmediato otro presente que pueda sustituirla, porque no es justo que sólo yo, de entre los aqueos, me quede sin botín. Quiero otro presente, para mí».
Entonces Aquiles dijo: «¿Cómo podemos encontrar otro presente para ti, Agamenón? Ya está repartido todo el botín, no es lícito volver atrás y empezar otra vez desde el principio. Devuelve a la chiquilla y te pagaremos el triple o el cuádruple en cuanto tomemos Ilio».
Agamenón movió la cabeza. «No me engañas, Aquiles. Tú quieres quedarte con tu botín y dejarme a mí sin nada. No, yo devolveré a esa chiquilla, pero luego vendré a coger lo que me plazca, y a lo mejor se lo cogeré a Ayante, o a Ulises, o a lo mejor te lo cogeré a ti».
Aquiles lo miró con odio: «Hombre desvergonzado y codicioso —dijo—. ¿Y tú pretendes que los aqueos te sigan en la batalla? Yo no vine hasta aquí para luchar contra los troyanos, porque ellos a mí no me hicieron nada. Ni me robaron bueyes o caballos, ni destruyeron mis cosechas: montañas llenas de sombra separan mi tierra de la suya, y un mar fragoroso. Es por seguirte a ti por lo que estoy aquí, hombre sin vergüenza, para defender el honor de Menelao y el tuyo. Y tú, bastardo, cara de perro, ¿te olvidas de ello y me amenazas con quitarme el botín por el que tanto sufrí? No, será mejor que me vuelva a casa antes que permanecer aquí dejando que me deshonren y luchando para proporcionarte a ti tesoros y riquezas».
Entonces Agamenón respondió: «Márchate, si es lo que deseas, no seré yo quien te suplique que te quedes. Otros ganarán honra a mi lado. Tú no me gustas, Aquiles: te atraen las riñas, la disputa y la guerra. Eres fuerte, es cierto, pero eso no es mérito tuyo. Vuelve si quieres a tu casa a reinar, no me importas nada de nada, y no tengo miedo de tu cólera. Es más, escucha lo que te digo: enviaré a Criseida con su padre, en mi nave, con mis hombres. Pero luego yo mismo en persona iré a tu tienda y me llevaré a la bella Briseida, tu botín, para que sepas quién es el más fuerte y para que todos aprendan a temerme».
Así habló. Y fue como si hubiera golpeado a Aquiles en medio del corazón. Tanto fue así que el hijo de Peleo a punto estuvo de desenvainar la espada y sin duda habría matado a Agamenón si no hubiera dominado en el último instante su furor y dejado su mano sobre la empuñadura plateada. Miró a Agamenón y con rabia le dijo:
«¡Cara de perro, corazón de ciervo, bellaco! Te juro por este cetro que llegará el día en que los aqueos, todos, me añorarán. Cuando caigan bajo los golpes de Héctor, entonces me añorarán. Y tú sufrirás por ellos, pero nada podrás hacer. Sólo podrás acordarte de cuando ofendiste al más fuerte de los aqueos, y enloquecer por culpa del remordimiento y de la rabia. Llegará ese día, Agamenón. Te lo juro».
Así habló, y tiró al suelo el cetro tachonado de oro. Cuando la asamblea se disolvió, Agamenón botó una de sus naves, le asignó veinte hombres y puso al mando a Ulises, el astuto. Luego vino a donde yo estaba, me cogió por la mano y me acompañó a la nave. «Hermosa Criseida», dijo. Y dejó que yo volviera con mi padre y a mi tierra. Permaneció allí, en la orilla, mirando zarpar la nave.
Cuando la vio desaparecer en el horizonte, llamó a dos de sus escuderos de entre los más fieles a él y les ordenó que fueran a la tienda de Aquiles, que asieran por la mano a Briseida y que se la llevaran de allí. Les dijo: «Si Aquiles se niega a entregárosla, decidle entonces que iré yo mismo a cogérmela, y que para él será mucho peor». Los dos escuderos se llamaban Taltibio y Euríbates. Ambos se encaminaron muy disgustados, bordeando la orilla del mar y al final alcanzaron el campamento de los mirmídones. Encontraron a Aquiles sentado junto a su tienda y a la negra nave. Se detuvieron delante de él y no dijeron nada, porque sentían respeto y miedo de aquel rey. Entonces fue él quien habló.
«Acercaos —dijo—. No sois vosotros los culpables de todo esto, sino Agamenón. Acercaos, no tengáis miedo de mí». Luego llamó a Patroclo y le pidió que cogiera a Briseida y se la entregara a aquellos dos escuderos, para que se la llevaran. «Vosotros sois mis testigos —dijo mirándolos—. Agamenón está loco. No piensa en lo que sucederá, no piensa en el momento en que se me necesitará para defender a los aqueos y sus naves, no le importa nada ni del pasado ni del futuro. Vosotros sois mis testigos: ese hombre está loco». Los dos escuderos se pusieron en camino, remontando el sendero entre las naves veloces de los aqueos, varadas en la playa. Detrás de ellos caminaba Briseida. Hermosa, caminaba triste, y de mala gana.
Aquiles los vio partir. Y entonces fue a sentarse, solo, en la ribera del mar blanco de espuma, y rompió a llorar, con esa infinita llanura frente a él. Era el señor de la guerra y el terror de todos los troyanos. Pero rompió a llorar y como un niño se puso a invocar el nombre de su madre. Desde lejos, entonces, vino ella, y se le apareció. Se sentó junto a él y se puso a acariciarlo. En voz baja, lo llamó por su nombre, «Hijo mío, ¿por qué te trajo a este mundo esta madre infeliz? Tu vida será breve, por lo menos pudieras pasarla sin lágrimas, y sin dolor…». Aquiles le preguntó: «¿Tú puedes salvarme, madre?, ¿puedes hacerlo?». Pero la madre tan sólo le dijo: «Escúchame: permanece aquí, cerca de las naves, y no vayas al campo de batalla. Guarda tu cólera hacia los aqueos y no cedas a tus deseos de guerra. Te lo digo: un día te ofrecerán espléndidos dones y te los darán por tres veces debido a la ofensa que has sufrido». Luego desapareció y Aquiles permaneció allí, solo: su ánimo estaba lleno de cólera por la injusticia sufrida. Y su corazón se atormentaba a causa de la nostalgia que sentía por el grito del combate y el estrépito de la guerra.
Yo volví a ver mi ciudad cuando la nave, gobernada por Ulises, entró en el puerto. Amainaron las velas, luego a remo se acercaron hasta el fondeadero. Echaron las anclas y ataron las amarras de popa. Primero descargaron los animales para el sacrificio a Apolo. Luego Ulises me cogió de la mano y me condujo a tierra. Me llevó hasta el altar de Apolo, donde me esperaba mi padre. Me dejó ir y mi padre me cogió entre sus brazos, conmovido por la alegría.
Ulises y los suyos pasaron aquella noche cerca de su nave. Al alba, desplegaron las velas al viento y partieron de nuevo. Vi la nave corriendo ligera, con las olas rebullendo de espuma a ambos lados de la quilla. La vi desaparecer en el horizonte. ¿Podéis imaginaros cómo fue mi vida a partir de entonces? De vez en cuando sueño con polvo, armas, riquezas, y jóvenes héroes. Siempre es en el mismo sitio, en la orilla del mar. Huele a sangre y a hombres. Yo vivo allí, y el rey de reyes echa por la borda su vida y la de su gente, por mí: por mi belleza y mi gracia. Cuando me despierto está mi padre, a mi lado. Me acaricia y me dice: todo ha terminado ya, hija mía. Duerme. Todo ha terminado ya.

ALESSANDRO BARICCO, Homero, Ilíada, Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 15-21.
&

SOBRE LA ILÍADA, Carlos Goñi

   Heródoto comienza su Historia narrando el rapto de una doncella argiva, hija del rey Ínaoo, llamada Ío, a manos de los fenicios. Como represalia, algunos griegos. al parecer cretenses, recalaron en Tiro y raptaron a la princesa fenicia Europa. Con ello quedaron vengados. Pero, más tarde, un navío griego llegó a Ea, en la Cólquide y se llevó a Medea, hija del rey de los colcos. Para vengar esta nueva afrenta hecha a los asiáticos, el príncipe Paris de Troya viajó a Grecia y secuestró a la esposa de Menelao, Helena de Esparta. Entonces, todos los soberanos de la Hélade se unieron para rescatar a Helena. Fue así como se inició la mítica guerra de Troya y como se suscitaron las enemistades entre griegos y asiáticos, aunque, según el historiador, Helena nunca llegó a la ciudad de Príamo: se quedó en Egipto.  [...]
   El rapto de una mujer puede tener mucho de romanticismo: el amante rompe las barreras sociales y se lleva a su amada por la fuerza. Es lo que hizo el joven filósofo Pico della Mirandola en pleno Renacimiento: raptó a Margherita, esposa de Giuliano de Medici, y tuvo que enfrentarse al mismísimo rey. Esas aventuras alimentan los corazones románticos y a la vez un cierto machismo disimulado, pues en tales lances el hombre es el protagonista mientras que la mujer sólo desempeña un papel pasivo.
   Pero los raptos propiamente dichos, tales como los que acometieron los fenicios, los griegos,  los troyanos o los romanos, pertenecen a un eslabón anterior en la progresión de la cultura y responde a una necesidad (a un instinto) de perpetuación de la especie. El hombre primitivo, tras haber adquirido las armas evolutivas de seducción básicas, se percata de que dispone de fuerza y poder para someter a la hembra. Así lo muestran algunos episodios de la mitología clásica donde muchas doncellas huyen de sus perseguidores y prefieren morir o metamorfosearse antes que caer en sus brazos, como ocurrió con Aspalis pretendida por Meliteo, Britomaris perseguida por Minos, Apriate acechada por Trambelo, Castalia deseada por Apolo, Aretusa amada por el río Alfeo, Hemítea acosada por Aquiles, y tantas otras como la propia Europa, Leda, Fílira, Psámate, Asteria, Lotis, Dafne...
   Lo que le interesa a Heródoto es poner de manifiesto que una ofensa, como es raptar a una doncella, desequilibró el estado inicial, resquebrajó el orden establecido y despertó al terrible monstruo de la guerra, pues solo mediante la condenda se puede restablecer el equilibrio. Los enfrentamientos entre bárbaros y griegos, o lo que es lo mismo, entre Oriente y Occidente, tienen su origen en una ofensa inicial, según los asiáticos cometida por los europeos y según los europeos perpetrada por los asiáticos. Ese choque de dos mundos (quizá de dos civilizaciones) puso de manifiesto su diferente forma de vivir y de entender la Vida, que Heródoto se encarga de exponer, y abrió una brecha milenaria entre Oriente y Occidente.
   La brecha puede ser descrita de muchas maneras. Heródoto lo hace a la suya, presentándonos dos  mentalidades contrapuestas: el poder despótico de los persas contra la democracia ateniense, la sumisión oriental contra el amor a la libertad de los griegos, la suntuosidad asiática contra la sobriedad europea, las costumbres exóticas de los orientales contra las «buenas costumbres» de los occidentales... Tras las Guerras Médicas, que enfrentaron a persas y griegos  […], esa brecha no quedaré cerrada, sino que se hará prácticamente infranqueable (algo que, estoy convencido, no deseaba Heródoto). Occidente se desplazaré cada vez más deprisa hacia Occidente e irá separándose de Oriente por considerarlo lejano e incomprensible.
   Así lo explica el sabio divulgador Luis Racionero en su excelente obra Oriente y occidente: «El hombre oriental fue hacia dentro, el occidental hacia fuera: Oriente inventé la introspección del yoga, Occidente la nave espacial: unos llegan a estados de consciencia remotos, los otros a la luna. En el centro del Paraíso crecía el árbol de la sabiduría: los hombres al este del Edén bebieron en el río de la unidad, bañándose en sus aguas perpetuamente cambiantes; los hombres al oeste del Edén comieron el fruto del bien y del mal para penetrar los secretos de la materia y construir un mundo artificial de fijeza y seguridad. Unidad y dualidad, cambio y fijeza, dieron a Oriente y Occidente dos actitudes diversas ante la Vida, alejando paulatinamente sus culturas» (Oriente y Occidente, pp. 1445).

CARLOS GOÑI, Cuéntame una historia: un paseo por el mundo antiguo de la mano de Heródoto, Ariel, Barcelona, 2011.
&
Luca Giordano

martes, 12 de enero de 2016

BREVE HISTORIA DE LA LITERATURA UNIVERAL, Luis Landero

BREVE HISTORIA DE LA LITERATURA UNIVERSAL

Canta, oh diosa, no sólo la cólera de Aquiles sino cómo al principio creó Dios los cielos y la tierra y cómo luego, durante más de mil noches, alguien contó la historia abreviada del hombre, y así supimos que a mitad del andar de la vida, uno despertó una mañana convertido en un enorme insecto, otro probó una magdalena y recuperó de golpe el paraíso de la infancia, otro dudó ante la calavera, otro se proclamó melibeo, otro lloró las prendas mal halladas, otro quedó ciego tras las nupcias, otro soñó despierto y otro nació y murió en un lugar de cuyo nombre no me acuerdo. Y canta, oh diosa, con tu canto general, a la ballena blanca, a la noche oscura, al arpa en el rincón, a los cráneos privilegiados, al olmo seco, a la dulce Rita de los Andes, a las ilusiones perdidas, y al verde viento y a las sirenas y a mí mismo.

Quince líneas. Relatos hiperbreves., Tusquets, Barcelona, 1996.
&
Norberto Sayegh

lunes, 11 de enero de 2016

EL RAPTO DE EUROPA, Julio Llamazares

EL RAPTO DE EUROPA

   Oigo en la radio todavía en sueños (me la debí dejar encendida como muchas noches) a una persona que dice que los agresores de mujeres la noche de fin de año en Colonia eran árabes y norteafricanos “con perfil de refugiados”. Cambio inmediatamente de emisora y están hablando de lo mismo, pero ya en tono menos estridente: la policía alemana investiga las denuncias por agresiones sexuales a mujeres en diversas ciudades del país coincidiendo con la Nochevieja; aunque parece —dice la presentadora— que muchos de los agresores eran árabes y norteafricanos, la mayoría ebrios, “no consta por el momento que fueran actos organizados ni que participaran refugiados entre ellos”.
   Mientras me ducho, trato de imaginar cuál es “el perfil de refugiado”. Porque el de árabe y el de norteafricano los conozco, pero el de refugiado es novedoso para mí. Porque ¿todos los refugiados tienen el mismo aspecto? ¿O es que visten igual, independientemente de que sean africanos u orientales, magrebíes o iraquíes, cristianos o musulmanes? Fuera ya de la ducha, mientras me visto, me viene a la memoria la representación de Tiziano de El rapto de Europa, ese mito que dio nombre al continente, y, tras ella, las del rapto de las sabinas por los romanos, también muy representado en la literatura y la pintura europeas, y hasta las del oneroso tributo medieval de las 100 doncellas que los reyes hispánicos hubieron de pagar durante un tiempo a los califas moros de Córdoba para que estos les permitieran vivir en paz y cuyos ecos aún sobreviven en distintas tradiciones y festejos que se celebran por todo el país. El miedo al invasor, en especial al que viene del sur, está grabado en nuestro subconsciente y en él cobra especial dimensión el temor a que rapte o viole a nuestras mujeres, que consideramos nuestros bienes más valiosos e intocables.
   A lo largo del día las noticias que llegan desde Alemania van confirmando que, en efecto, entre los agresores sexuales a mujeres la noche de fin de año en Colonia hay refugiados recién llegados al país y la decepción me invade como a muchas otras personas, supongo. ¿Qué decirles ahora a todos esos que se oponen a acoger en nuestros países a los cientos de miles de personas que huyen del hambre y la guerra en los suyos? ¿Con qué argumentos podemos contrarrestar su demonización global de los refugiados cuando algunos de éstos se empeñan en cargarles de razones y de teas incendiarias?
   Pobre Europa, a punto de ser raptada de nuevo por el toro de la irracionalidad.

JULIO LLAMAZARES, El País, 11 de enero de 2016.