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lunes, 22 de febrero de 2021

EDIPO REY


TRAGEDIA GREIGA. EDIPO REY.


Con la revuelta que derrocó al último tirano en 510 a.C. y el establecimiento de una forma de democracia, la ciudad-estado de Atenas inauguró la era de la Grecia clásica. Durante dos siglos, Atenas no solo fue un centro de poder político en la región, sino también un hervidero de actividad intelectual que auspició un extraordinario florecimiento de la filosofía, la literatura y el arte, que iba a tener una profunda influencia en el desarrollo de la civilización occidental. La cultura clásica griega estuvo marcada por los logros de los pensadores, artistas y autores atenienses, que desarrollaron los valores estéticos de la claridad y el equilibrio, bien ejemplificados en la arquitectura clásica. Asimismo, la visión antropocéntrica influyó en el auge de una forma literaria relativamente nueva, el teatro, que evolucionó a partir de las representaciones corales en honor del dios Dioniso.


El nacimiento del teatro


Para el inicio de la era clásica, las representaciones religiosas habían pasado de ser ceremonias esencialmente musicales a algo mucho más parecido a lo que hoy entendemos por teatro, con la adición de actores que interpretaban a los personajes en vez de limitarse a narrar la historia.

Esta nueva forma de entretenimiento devino enormemente popular, y constituía el principal evento del festival anual de las Dionisias, que se celebraban durante varios días en un teatro al aire libre construido a propósito y que atraían a un público de hasta 15000 personas.

Cada autor presentaba una trilogía de tragedias y una comedia para ser representadas en el festival, y competían por prestigiosos trofeos.

Durante gran parte del siglo v a.C., la lista de premiados estuvo dominada por tres dramaturgos: Esquilo (c. 525/524-c. 456/455 a.C.), Sófocles (c. 496-406 a.C.) y Eurípides c. 484-406 a.C.). Su contribución, que suma varios cientos de obras, estableció la norma para el arte de la tragedia. Esquilo, como el primero de los tres grandes dramaturgos, suele considerarse el pionero, que introdujo muchas de las convenciones asociadas al formato. Se le atribuye la ampliación del número de actores y el planteamiento de su interacción en el diálogo, lo que introdujo la idea de conflicto dramático. Si antes era el coro el que presentaba la acción dramática, ahora eran los actores los que tomaban el centro del escenario, y el coro asumía el papel de presentar la escena y comentar las acciones de los personajes.

Con Eurípides, la tragedia evolucionó hacia un mayor realismo, al reducir aún más el papel del coro y presentar unos personajes más redondos y con interacciones de mayor complejidad.

La tragedia clásica griega tuvo su cumbre en la obra de Sófocles. Por desgracia, solo han sobrevivido siete de las 123 tragedias que escribió. Entre ellas, la más lograda es, tal vez, Edipo rey, una de las tres obras que Sófocles dedicó al mítico rey de Tebas (las otras son Edipo en Colono y Antígona), conocidas en conjunto como obras tebanas. Rompiendo con la tradición establecida por Esquilo de presentar las tragedias en trilogías, Sófocles concibió cada una de estas obras como una pieza independiente; de hecho, las compuso con años de diferencia, y no presentan un orden cronológico.

En Edipo rey, Sófocles creó lo que hoy se considera el epítome de la tragedia clásica griega. La obra presenta la estructura formal establecida: un prólogo seguido por el párodo o presentación de los personajes; el desarrollo de la trama a través de una serie de episodios intercalados con comentarios del coro; y el éxodo o conclusión coral. En esta estructura, Sófocles introdujo la novedad de un tercer actor para ampliar las posibilidades de interacción de los personajes y permitir una trama más compleja, creando así las tensiones psicológicas que son sinónimo de la palabra «drama» en la actualidad.

Típicamente, una tragedia de este tipo presentaba la historia de un héroe que sufría un infortunio que conducía a su destrucción, tradicionalmente a manos de los dioses o el destino. Sin embargo, a medida que se desarrolló la tragedia, los reveses de la fortuna del héroe se mostraron cada vez más como resultado de la fragilidad o los defectos del carácter del protagonista: la hamartia o error fatal. En Edipo rey, tanto el destino como el personaje tienen su parte en los trágicos sucesos. El personaje de Edipo, además, está lejos de presentarse en blanco y negro. Al principio de la obra aparece como el respetado rey de Tebas a quien el pueblo recurre para librarse de una maldición, pero a medida que la trama avanza se revela su implicación involuntaria en esa misma maldición.

Esta revelación contribuye a la atmósfera de premonición que era característica de las mejores tragedias griegas. El sentido de predestinación procedía del hecho de que muchas de estas historias ya eran bien conocidas, como debía de serlo la de Edipo. Tal situación creaba una ironía trágica, ya que la audiencia, conocedora del destino del personaje, presenciaba cómo este, ignorante de su propio sino, avanzaba hacia la inevitable perdición. En Edipo rey, Sófocles incrementa esta atmósfera de inevitabilidad introduciendo varias referencias a profecías hechas muchos años antes, y que tanto Edipo como su esposa, Yocasta, habían ignorado. La historia no trata tanto sobre los sucesos que conducen a la caída de Edipo como sobre los que provocan la revelación de la importancia de sus actos pasados.


Una tragedia anunciada


La cadena de acontecimientos comienza con la peste que asola a Tebas. Al ser consultado, el oráculo de Delfos dice que la peste acabará cuando se halle al asesino de Layo, anterior rey de Tebas y marido de Yocasta. Edipo busca el consejo del profeta ciego Tiresias para encontrar al asesino. Esto pone a Tiresias en una difícil tesitura porque, aunque ciego, puede ver lo que Edipo no ve —que el propio Edipo es el asesino—, y le aconseja que olvide el asunto. Pero Edipo exige la verdad. Y entonces Tiresias le revela aún más: que el asesino resultará ser el hijo de su propia esposa. Edipo, turbado, se niega a creerlo, pero entonces recuerda una visita de juventud a Delfos, adonde acudió para conocer su verdadera ascendencia tras haber oído por casualidad que era adoptado. En lugar de responderle a eso, el oráculo le contó que mataría a su padre y se casaría con su madre. Él huyó rumbo a Tebas, y en el camino se encontró con un anciano que le impedía el paso, al cual mató.

La importancia de este dato no pasaba inadvertida para la audiencia, especialmente cuando Sófocles presenta a Yocasta, la esposa de Edipo y viuda de Layo, consolando a Edipo argumentando que las profecías no son ciertas; una de ellas predijo que Layo sería asesinado por su hijo, dice, y en realidad murió a manos de bandidos. Esta información deja claro al espectador que la profecía que recibió Edipo se ha cumplido; esta le impulsó a dejar su hogar y puso en marcha los sucesos que lo llevaron a asesinar sin saberlo a su propio padre, Layo, y a convertirse en rey de Tebas en su lugar, tomando a su propia madre, Yocasta, como esposa.

El clímax llega cuando Edipo toma conciencia de todo eso, y reacciona cegándose a sí mismo. El coro, que a lo largo de la obra ha expresado los pensamientos y sentimientos que no podían ser expresados por los propios personajes, cierra el drama repitiendo ante un escenario vacío que nadie puede considerarse afortunado «hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso».


La tradición occidental


Edipo rey se ganó el favor del público ateniense de inmediato, y fue alabada por Aristóteles como la mejor de las tragedias clásicas griegas. La habilidad de Sófocles en el manejo de una trama compleja y en el tratamiento de temas como el libre albedrío y el determinismo o el error fatal de un personaje noble, no solo estableció un punto de referencia para el drama clásico, sino que además sentó las bases de la posterior tradición dramática occidental.

La comedia de Aristófanes Pluto o la riqueza, representada aquí por actores actuales, es una amable sátira centrada en la vida —y la distribución de la riqueza— en Atenas.

Tras su muerte, no hubo trágicos griegos de la talla de Esquilo, Eurípides y Sófocles. El teatro siguió siendo un elemento central de la vida cultural ateniense, pero los elogios se vertían más a menudo sobre productores o actores que sobre los autores. Las comedias de Aristófanes (c. 450-c. 388 a.C.) contribuyeron a llenar el vacío dejado por las grandes tragedias, y el gusto del público derivó gradualmente hacia un teatro menos serio.

Con todo, aún en la actualidad la tragedia clásica griega conserva su relevancia, en parte por su exploración psicológica del hombre, que Freud y Jung usaron en sus teorías sobre el inconsciente, los impulsos y las emociones. Las obras conservadas de los trágicos griegos, y en particular Edipo rey, se repusieron durante la Ilustración, y desde entonces han sido representadas regularmente, con sus temas e historias reinterpretados por numerosos autores.

lunes, 19 de octubre de 2020

GENTE ADINERADA, Joyce Carol Oates

 

   Fui un niño asesino. 

   No quiero decir un asesino de niños, aunque la idea no está mal. Quiero decir un niño asesino, es decir, un asesino que resulta ser un niño, o un niño que resulta ser un asesino. Elijan lo que prefieran. Cuando Aristóteles advierte que el hombre es un animal racional uno hace un esfuerzo, aguzando el oído, por escuchar cuál de esas palabras recibe mayor énfasis: ¿animal racional, o animal racional? ¿Qué soy? ¿Niño asesino, o niño asesino? He tardado años en empezar a escribir esta memoria, pero ahora que he empezado, ahora que esas feas palabras ya han quedado escritas, podría seguir escribiendo á máquina eternamente. Se ha producido una especie de histeria pacífica, gimoteante. Siendo como son ustedes normales, les sorprendería saber los años, los meses, los terribles minutos que he tardado en escribir esa primera línea, que ustedes leen en menos de un segundo: fui un niño asesino.

   ¿Creen que es fácil?

   Déjenme explicar la segunda línea. Asesino de niños «no está mal». Escribo está memoria en una habitación alquilada, bastante indecorosa y que apesta a basura, y afuera, en la calle, hay niños jugando. Y como es normal, como sería normal para ustedes y para cualquier otra persona que por casualidad leyese estas sudorosas palabras mías, los niños hacen ruido. Las personas normales siempre hacen ruido. De modo que, por mi mente desesperada, corrupta, llena de telarañas, por mi mente fofa, rastrera, cruza la idea de que esos ruidos podrían ser silenciados del mismo modo como en otra ocasión silencié a otra persona. ¿A que ya están peleando y forcejeando con su repugnancia, eh? Sienten tentaciones de hojear el final del libro para ver si el último capítulo es una escena en una prisión y si el capellán me visita y yo le rechazo estoicamente o me abrazo virilmente a sus rodillas. Sí, eso es lo que están pensando. De modo que quizá sea mejor que les diga que mi memoria no va a tener un final tan cómodo; el destino no la ha redondeado ni rematado con la forma de la arquitectura novelística. Desde luego no está bien planificada. Carece de conclusión y se limita a escurrir el bulto, de modo muy parecido a como empieza. Así es la vida. Mi memoria no es una confesión y tampoco es una ficción para ganar dinero; es sencillamente... No estoy seguro de lo que es. Y hasta que no lo haya escrito todo ni siquiera sabré qué pienso de ella. 

   ¡Miren como me tiemblan las manos! No me encuentro bien. Peso ciento doce kilos y no me encuentro bien y, si les dijese cuántos años tengo, se apartarían con una mirada de asco. ¿Cuántos años tengo? ¿Paré de crecer el día que ocurrió «aquello» (adviertan la astuta pasividad de esta frase, como si yo no hubiera sido quien hizo que «aquello» ocurriera), o quedé congelado quizá tal como era, mientras en el exterior de aquella concha empezaban a formarse capas y más capas de grasa? Escribir esto comporta un esfuerzo tan arduo que tengo que parar y enjugarme con un gran pañuelo. Estoy bañado en sudor. ¡Y esos niños del otro lado de la ventana! De todos modos creo que es imposible matarlos. La vida sigue su curso, haciéndose más y más ruidosa a medida que yo me hago más y más silencioso, y todas esas personas normales, bulliciosas, sanas, que me rodean, van presionándome, con bocas repletas de dientes sonrientes y bíceps encantadoramente protuberantes. En el instante en que el terso revestimiento de mi estómago termine por reventar, algún vecino sintonizará la radio pasando del «Weather Round-Up» de Bill Sharpe al «Top- Ten Jamboree» de Guy Prince. 

   Esta memoria es un machete para hendir mi propia y gruesa carne, y la de cualquier otra persona a quien se le ocurra interponerse. 

   Una cosa que deseo hacer, lectores míos, es minimizar la tensión entre escritor y lector. Sí, existe tensión. Ustedes piensan que yo intento engatusarles algo, pero no es cierto. Eso no es cierto. Soy honesto y terco y, en su momento, aflorará la verdad; sólo que llevará cierto tiempo porque quiero cerciorarme de que entra todo. Comprendo que mis frases son negligentes y fofas y que se hallan compuestas por demasiadas palabras cortas —veré si puedo arreglarlo. Ustedes se ponen impacientes porque, por lo visto, no puedo empezar a contar esta historia de un modo normal (no pretendo ser excesivamente irónico, la ironía es un rasgo caracteriológico desagradable), y les gustaría saber, de un modo bastante caprichoso, si ahora me encuentro en alguna institución mental o si estoy loco en un lugar menos oficial, si estoy arrepentido (tal vez sea un monje con la lengua cortada), si en estas páginas va a llegar la sangre al río, si habrá múltiples y violentos encuentros entre macho y hembra, y si, tras esas extravagancias, he recibido justo castigo. El justo castigo tras ilícitas extravagancias es algo que se le suele servir al lector, que así se siente mejor. Pero, ya ven, esto no es pura invención. Es la vida. Mi problema es que no sé qué estoy haciendo. He vivido toda esa confusión pero no sé qué es. Ni siquiera sé qué quiero dar a entender por «esto». Tengo una historia que contar, efectivamente, y soy la única persona que puede contarla, pero si la cuento ahora, en lugar del año que viene, saldrá de un modo, y si hubiese podido forzar mi cuerpo obeso, palpitante, a empezarla hace un año entonces hubiese sido una historia diferente. Y es posible que mienta sin saberlo, O que, sin saberlo, cuente la verdad de un modo raro, simbólico y que sólo unos pocos críticos literarios psicoanalíticos (no serán más de tres mil) tengan acceso a la verdad, a lo que «esto» es.

   De ahí la tensión, de acuerdo, porque no he podido empezar la historia escribiendo: Una mañana de enero un Cadillac amarillo se detuvo junto a una acera.

   Y no he podido empezar la historia escribiendo: Era hijo único. (Por cierto, estas dos frases son bastante sensatas, aunque jamás podría hablar de mí mismo en tercera persona.) Y no he podido empezar la historia escribiendo: Elwood Everett conoció y contrajo matrimonio con Natashya Romanov cuando él tenía treinta y dos años y ella diecinueve. (¡Estos son mis padres! Ya ven que he tardado un tanto en escribir sus nombres.) Y no podía empezar la historia con esta patética fioritura: La puerta del armario se abrió inesperadamente y apareció allí de pie, desnudo. Él me miró desde. afuera y yo le miré desde adentro. (Y también llegaremos a esto, aunque no tenía intención de mencionarlo tan pronto.)

   Todos estos trucos son estupendos y se los brindo a cualquier escritor, aficionado que los quiera, pero a mí no me sirven porque... No estoy seguro del porqué. Debe ser porque la historia que tengo que contar es mi vida, sinónima de mi vida, y ninguna vida empieza en ninguna parte. Si tienes que empezar tu vida con una frase, más vale hacer un resumen valiente y no una cosilla apocada: Fui un niño asesino.

   Lectores míos, no se impacienten, no se muerdan las uñas: naturalmente fui castigado. Y sigo siéndolo, naturalmente. Mi aflicción es prueba de la existencia de Dios, ¡sí, se lo ofrezco como regalo especial! A sus almas les irá bien leer mis sufrimientos. Querrán saber cuándo ocurrió mi crimen, y dónde. Y qué aspecto tengo, gordo degenerado, sudando a mares sobre el manuscrito, y cuántos años tengo, demonios, y a quién maté, y por qué, y qué significa todo eso. 

 

JOYCE CAROL OATES, Gente Adinerada, Laertes, Barcelona, 1978, pp. 11-14.

lunes, 12 de octubre de 2020

DEFINICIÓN DE LITERATURA


 

DEFINICIÓN DE LITERATURA

Si a una persona se le encomienda la tarea de buscar literatura, lo esperable es que no pierda mucho tiempo en entrar en una librería.

Es frecuente pensar que la literatura sólo está contenida en los libros, cuando, la literatura conoce, en la actualidad (y siempre ha conocido), múltiples soportes: los muros pintados desde 1996 por Acción Poética, los guiones radiofónicos, de películas o series de Televisión, canciones (rap, hip hop, rock...), periódicos, discursos o, incluso, algunas conversaciones en las que los interlocutores privilegien la belleza del lenguaje.

Además, conviene recordar que la literatura es anterior a la aparición de la imprenta e incluso a la escritura, como evidencia el hecho de que los pueblos ágrafos atesoren —también nuestros antepasados analfabetos— repertorios de canciones, relatos, leyendas u oraciones.

En suma, podemos afirmar que la literatura existe desde tiempos inmemoriales, desde el momento en el uso del lenguaje, tal vez litúrgico, pesó más que el contenido del mensaje, la forma, bella y memorable, que adoptaban las palabas.

¿Qué define a la literatura?
La literatura es un arte verbal sometido a un mutante canon de belleza.

Esta medida varía por diversos motivos: el tiempo, el espacio y el factor social (individuo frente a sociedad).

Si reparamos en el paso del tiempo, es fácil advertir que antaño merecían la consideración de literatura formas como las hagiografías (biografías de santos) o libros de oraciones, que no gozarán ahora de esa sanción en un mundo que, aunque judeocristiano, propende al agnosticismo y al ateísmo.
También es evidente que ahora consideramos literatura, manifestaciones estéticas que no existían en el pasado (cine, videoclip, novela gráfica, videojuego...) o que no merecían esa consideración cultural.
Siempre existieron formas narrativas hiperbreves, pero será a principios del siglo XXI cuando el microrrelato adquiera estatuto de cuarto género narrativo. También siempre la literatura ha abierto la puerta al erotismo, pero solo a partir de los años 60 del siglo XX (Henry Miller, Anaïs Nin, D.H. Lawrence...) obtiene el respeto del que goza en la actualidad la novela erótica, que, junto a la novela negra, ya no son consideradas manifestaciones degradadas de cultura popular, pues, desde la posmodernidad —principios de los años 80 del siglo XX— ya no existe semejante frontera entre cultura de élite y cultura popular, como demuestran las producciones cinematográficas de Quentin Tarantino, Umberto Eco, o la elevadísima calidad literaria de las series de televisión como la shakespeariana Breaking Bad, Chernobil o La casa de papel. Las buenas series de televisión son tal vez otra gran aportación del siglo XXI a un canon que ya se había visto ampliado cuando una de las entidades prescriptoras de mayor prestigio internacional, la sueca Fundación Nobel, concedió en 2015 el Nobel de Literatura a la periodista bielorrusa  Svetlana Alexiévich y un año después al cantante Bob Dylan.
Ambos autores no habían publicado libros.

jueves, 18 de junio de 2020

LA LECHERA DE VERMEER, Manuel Rivas & Wisława Szymborska

VERMEER

Mientas esa mujer del Rijksmuseum
con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
leche de la jarra al cuenco
no merecerá el Mundo
el fin del Mundo.

WISLAWA SZYMBORSKA, Aquí, Bartleby Editores, Madrid, 2009, página 65. LA LECHERA DE VERMEER
 
   Claro que nunca podré pagar lo que mi madre hizo por mí, ni nunca seré capaz de escribir algo comparable al Correio que Miguel Torga fechó en Coímbra el 3 de septiembre de 1941.
—«Filho»....
E o que a seguir se lê
É de uma tal pureza e um tal brilho,
Que até da minha escuridão se vê.
   
   Mi madre era lechera. Tiraba de un carrito con dos grandes jarras de zinc. La leche que repartía era la de las vacas de mi abuelo Manuel, de Corpo Santo, a una docena de kilómetros de la ciudad. Este abuelo mío, cuando era joven, tuvo un día en la mano la pluma de escribir del párroco y dijo: « ¡Qué letra más bonita tendría si supiese escribir! ». Y aprendió a hacerlo con una hermosa letra de formas vegetales. Por encargo de las familias, hizo cientos de cartas a emigrantes. En su escritorio vi por vez primera, en postal, la Estatua de la Libertad, las Cataratas del Iguazú y un jinete gaucho por la Pampa. Nosotros vivíamos en el barrio de Monte Alto de Coruña, en un bajo de la calle de Santo Tomás, tan bajo que había cucarachas que se refugiaban en las baldosas movidas. A veces jugaba contra ellas, situándolas en el ejército enemigo. Yo conocía el miedo, pero no el terror. Voy a contarles cómo entré en contacto con el terror. Mi madre La lechera se va con su carrito y sus jarras de zinc. Estoy jugando con mi hermana María. De repente, escuchamos estallidos y un gran alboroto en la calle. Nos asomamos a la ventana del bajo para ver qué pasa. Pegados al cristal, descubrimos el terror. El terror viene hacia nosotros. Mi madre nos encontró abrazados y llorando en el baño. El terror era el Rey Cabezudo. En 1960 yo tengo tres años. Por la tarde, escucho los cánticos de los presos en el patio de la cárcel. Por la noche, los destellos de la Torre de Hércules giran como aspas cósmicas sobre la cabecera de la cama. La luz del faro es un detalle importante para mí: mi padre está al otro lado del mar, en un sitio que llaman La Guaira. Tengo tres años. Lo recuerdo todo muy bien. Mejor que lo que ha ocurrido hoy, antes de comenzar esta historia. Incluso recuerdo lo que los otros aseguran que no sucedió. Por ejemplo. Mi padrino, no sé cómo lo ha conseguido, trae un pavo para la fiesta de Navidad. La víspera, el animal huye hacia el monte de la Torre de Hércules. Todos los vecinos lo persiguen. Cuando están a punto de pillarlo, el pavo echa a volar de una forma imposible y se pierde en el mar como un ganso salvaje. Ésa fue una de las cosas que yo vi y no sucedieron. En 1992 fui a Amsterdam por vez primera. Aquel viaje tan deseado era para mí una especie de peregrinación. Estaba ansioso por ver Los comedores de patatas. Ante aquel cuadro de misterioso fervor, el más hondamente religioso de cuantos he visto, la verdadera representación de la Sagrada Familia, reprimí el impulso de arrodillarme. Tuve miedo de llamar la atención como un turista excéntrico, de esos que pasean por una catedral con gafas de sol y pantalón bermudas. En castellano hay dos palabras: hervor y fervor. En gallego sólo hay una: fervor. La luz del hervor de la fuente de patatas asciende hacia la tenue lámpara e ilumina los rostros de la familia campesina que miran con fervor el sagrado alimento, el humilde fruto de la tierra. También fui al Rijksmuseum y allí encontré La lechera de Vermeer. El embrujo de La lechera, pintado en 1660, radica en la luz. Expertos y críticos han escrito textos muy sugerentes sobre la naturaleza de esa luminosidad, pero la última conclusión es siempre un interrogante. Es lo que llaman el misterio de Vermeer. Antes de ir a parar al Rijksmuseum, tuvo varios propietarios. En 1798 fue vendido por un tal Jan Jacob a un tal J. Spaan por un precio de 1.500 florines. En el inventario se hace la siguiente observación: «La luz, entrando por una ventana en el lateral, da una impresión milagrosamente natural». Ante esa pintura, yo tengo tres años. Conozco a aquella mujer. Sé la respuesta al enigma de la luz.

Hace siglos, madre, en Delft, ¿recuerdas?,
tú vertías la jarra en casa de Johannes
Vermeer, el pintor, el marido de Catharina Bolnes,
hija de la señora María Thins, aquella estirada,
que tenía otro hijo medio loco,
Willem, si mal no recuerdo,
el que deshonró a la pobre Mary Gerrits,
la criada que ahora abre la puerta
para que entres tú, madre,
y te acerques a la mesa del rincón
y con la jarra derrames mariposas de luz
que el ganado de los tuyos apacentó
en los verdes y sombríos tapices de Delft.
La misma que yo soñé en el Rijksmuseum,
Johannes Vermeer encalará con leche
esas paredes, el latón, el cesto, el pan,
tus brazos,
aunque en la ficción del cuadro
la fuente luminosa es la ventana.
La luz de Vermeer, ese enigma de siglos,
esa claridad inefable sacudida de las manos de Dios,
leche por ti ordeñada en el establo oscuro,
a la hora de los murciélagos.
 
   Cuando le di a leer el poema a mi madre, ni siquiera pestañeó. Me sentí inseguro. Aunque hablaba de la luz, quizá era demasiado oscuro. Fui a un estante y cogí un libro sobre Vermeer, el de John Michael Montias, en el que venía una reproducción de La lechera. Esta vez, mi madre pareció impresionada. Miró la estampa durante mucho tiempo sin hablar. Después guardó el poema y se fue. Días más tarde, mi madre volvió de visita a nuestra casa. Traía, como acostumbra, huevos de sus gallinas, y patatas, cebollas y lechugas de su huerta. Ella siempre dice: «Vayas donde vayas, lleva algo». Antes de despedirse, dijo: «He traído también una cosa para ti». Abrió el bolso y sacó un papel blanco doblado como un pañuelo de encaje. El papel envolvía una foto. Mi madre explicó que había ido de casa en casa de sus hermanas para poder recuperarla. La foto era de soltera. Anterior a 1960 pero muy posterior, desde luego, a 1660. Mi madre no recuerda quién fue el fotógrafo. Sí recuerda la casa, la dueña de mal carácter, el hijo medio loco y la criada que abría la puerta. Era una chica muy guapa, de cerca de Culleredo. «Un día fui y me abrió otra. A ella la habían despedido, pero yo nunca supe el porqué.» En su mirada había una pregunta: «¿Y tú cómo supiste lo de la pobre Mary?». Luego sentenció: «Tras los pobres anda siempre la guadaña». Por el contrario, mi madre no le daba ninguna importancia a que la mujer del cuadro y la de la foto se pareciesen tanto como dos gotas de leche.
 
 
MANUEL RIVAS, “La lechera de Vermeer”, ¿Qué me quieres, amor?, Alfagura, Madrid, 1995, páginas 69-74.
En portugués en el original. « "Hijo". . . / Y lo que a continuación se lee / es de una tal pureza y un tal brillo / que hasta desde mi oscuridad se ve. »



1. Edita toda referencia de tipo intertextual e interdisciplinar (entre las que, al menos, han de estar estas):

Rijksmuseum
Miguel Torga
Los comedores de patatas
La lechera de Vermeer.
Johannes Vermeer
John Michael Montias

2. Analiza el diálogo entre los textos de Wislawa Szymborska y Manuel Rivas; también la relación existente entre los textos literarios y los distintos cuadros mencionados.

OLVIDO, Billy Collins


OLVIDO

El nombre del autor es lo primero que se va
dócilmente seguido por el título, la trama,
el desenlace desgarrador y, en suma, la novela entera
que, de golpe, se convierte en una que no has leído, de la que ni siquiera has oído hablar,

como si, uno por uno, los recuerdos que albergabas
hubieran decidido retirarse al hemisferio sur del cerebro,
a un pequeño pueblo de pescadores donde no hay teléfono aún.

Hace tiempo que despediste de los nombres de las Nueve Musas
y observaste cómo hacía su maleta la ecuación de segundo grado
e incluso ahora, al querer recordar el orden de los planetas,

más cosas se esfuman, la flor de un estado, tal vez,
las señas de un tío, la capital de Paraguay.

Lo que sea que estés intentando recordar,
no lo tienes en la punta de la lengua;
ni siquiera se te esconde en cualquier oscuro rincón del bazo.

Se ha ido flotando por un tenebroso río mitológico
cuyo nombre comienza por L, si mal no recuerdas,
camino de tu propio olvido, donde te reunirás con aquellos
que incluso se han olvidado de nadar y montar en bicicleta.

No es entonces de extrañar que te levantes a medio noche
para buscar la fecha de una batalla famosa en un libro de Historia.
No es entonces de extrañar que la luna que ves por la ventana parezca haberse escapado
desde un poema de amor que antes te sabías de memoria.

BILLY COLLINS, Poemas, Valparaíso, Granada, 2018, pp. 19-21.
Traducción: Juan José Vélez Otero
Imágenes: William Utermohlen
Más información sobre William Utermohlen en estos enlaces:
A la tareas ya conocidas vinculadas a la lectura del poema de Billy Collins, añadiremos el análisis de la historia personal y artística de William Utermohlen. Para este segundo paso quedan cuatro enlaces a tres escritos periodísticos y un vídeo. También es recomenable para potenciales futuros alumnos de Historia da Arte consultar la web del pintor: William Utermohlen.
La pretensión es que escribáis un ensayo en el que reflexionéis sobre la importancia de la memoria para configurar el pensamiento y la personalidad del ser humano y el daño que produce en el yo la «desprogramación mental» causada por traumas psicológicos o enfermedades mentales, entre ellas, la demencia o el alzheimer.

domingo, 19 de abril de 2020

CENTRO, Billy Collins


CENTRO

Al primer resquicio del alba,
las ventanas de un lado de la casa
se escarchan con una fría luz naranja,

y en cada ventana de pálido azul
del otro lado
cuelga una luna llena, un resplandor blanco, redondo.

Miro a un lado, luego al otro,
pasando de habitación en habitación
como si entre países o partes de mi vida.

Entonces me detengo y me paro en el medio,
extiendo ambos brazos
como el hombre de Leonardo, desnudo en un círculo perfecto.

Y cuando comienzo a girar lentamente
siento a toda la casa dar vueltas conmigo,
rotando libre de la tierra.

El sol y la luna en todas las ventanas
se mueven, también, con las puntas de mis dedos,
el sistema solar girando por grados

conmigo, el ególatra de las mañanas,
girando en pantuflas sobre la alfombra del pasillo,
llevando al frío naranja, azul y blanco

a dar una vuelta callada y sin prisa,
todo rueda y brújula, eje y carrete,
tan despierto como jamás lo estaré.


Billy Collins

sábado, 4 de abril de 2020

DÍAS, BIlly Collins





DÍAS

Todos son un regalo, no hay duda,
misteriosamente depositado en la mano que se despierta,
o en la frente,
momentos antes de que abras los ojos.

El día ha amanecido despejado y frío,
el suelo lleno de nieve
y de compacto hielo,
el sol reluce tras las torres de las nubes.

Tras el ojo apacible de la ventana
todo parece en su sitio,
pero de forma tan precaria
que parece que el día de hoy descansara

en el de ayer,
que todos los días anteriores se apilaran
como una torre utópica de platos,
como la que los malabaristas formaban en los escenarios.

No es de extrañar que te sientas
encaramado en la punta de una alta escalera
tratando de poner un plato más.
Otro miércoles más

susurras

conteniendo la respiración
para colocar esa taza en el platillo
evitando el más mínimo ruido.

Billy Collins, Poemas, Valapaíso, Granada, 2018, pp. 49-51.
&
Ilustración: Antoni Tàpies, Pila de plats (1970)


Algunas pautas para escribir un comentario sobre este poema de Billy Collins.
  1. Lee detenidamente el poema y, después, escribe una breve paráfrasis.
  2. Analiza el acto discursivo: destinatario del hablante lírico, tipo de subtexto, tono de la enunciación, etc.
  3. Estudia el lenguaje literario del que se sirve el autor. Fíjate, en particular, en la aparente sencillez del lenguaje y la cotidianidad del origen de las metáforas del equilibrio o el desequilibrio. Repasa el concepto de estructura para validar tu opinión sobre el poema.
  4. El tono del discurso: ¿por qué crees que el hablante lírico transmite tanta serenidad en su enunciación? ¿Podría ser igual de eficaz su discurso si fuese más patético, más persuasivo y emocionante?
  5. Motivos temáticos y tema. Actualidad del tema propuesto por Billy Collins. Compara el optimismo vital del autor con la situación de emergencia que estamos padeciendo actualmente en nuestra vida cotidiana; también pregúntate si el optimismo que se desprende del texto es ingenuo o sensato.

Último día para la entrega:  viernes 17 de abril
Único formato admisible: documento de textos [doc, docx, odt..] en un anexo al cuerpo del correo
Dirección de correo: véase página web

4 de abril de 2020

jueves, 19 de marzo de 2020

miércoles, 18 de marzo de 2020

LA GLOBALIZACIÓN ANTES DE LA GLOBALIZACIÓN EL MERCADO

INVESTIGACIÓN Y TRATAMIENTO DE LA INFORMACIÓN [1º ESO A]


TAREA 01 - 02

Investigar (como comenzamos a hacerlo en la clase del martes 10) cualquiera de los temas propuestos. Podéis seguir ampliando conocimientos sobre el tema elegido en clase o comenzar a investigar sobre uno nuevo.

  1. Edvard Munch. El grito: la momia y el volcán.
  2. La gripe española de 1918. ¿Fue española? Origen, expansión...
  3. La extención de los dinosaurios.
  4. El llamado Terremoto de Lisboa de 1755.
  5. El crac económico de 1929.
  6. El verano en el que Mary Shelley escribió Frankenstein.
  7. AIDS - SIDA. Origen, expansión, estigmatización de los enfermos, neutralización.

martes, 17 de marzo de 2020

MARY SHELLEY

LITERATURA UNIVERSAL

Tarea 07: Estudia la figura de la autora de Frankenstein leyendo y respondiendo al cuestionario que ha elaborado Ana Belén García Flores.

Tarea 08: Usando los recursos de la web, escribe un pequeño ensayo biográfico sobre Mary Shelley fijándote en particular en su figura como un ejemplo de autora silenciada por el canon machista que opera en la cultura occidental.