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lunes, 20 de octubre de 2014

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE EL ESTUDIO DE LA LITERATURA. LA LITERATURA DEL SIGLO XVIII


LA LITERATURA DEL SIGLO XVIII


   La literatura es un arte verbal surgido en unas determinadas coordenadas espaciales y temporales [1], creado por un individuo que pertenece a un grupo social [2] regido por una ideología imperante, grupo social que reconoce como propio un sistema de referencias culturales nítidamente codificado. El arte es, en consecuencia, un producto social que reflejará, consciente o inconscientemente, el diálogo que establece un autor con la ideología imperante en su tiempo.

   Mientras Europa vive, durante el siglo XVIII, una época de transformaciones que consolida el declive del Antiguo Régimen [3] y abre paso a la Modernidad, España, un arruinado antiguo Imperio que aún no ha terminado de asumir su papel secundario, se mantiene muy lejos de las circunstancias que permiten la aparición del pensamiento Ilustrado, y por lo tanto, también se muestra ajena a sus postulados:
  • El Racionalismo. El fundamento del conocimiento se encuentra en la Razón y no en instancias superiores como Dios, la tradición, las costumbres o la autoridad de antiguos escritores. La fundamentación racional del saber favorece lógicamente el desarrollo científico y técnico.
  • El Progreso. Se tiene la idea de que el dominio de la Naturaleza hace al hombre dueño de su futuro, que puede mejorar indefinidamente. Se trata ésta de una nueva Utopía que permite albergar la esperanza de una mejora constante de las condiciones de vida, tanto materiales como espirituales, y que, por tanto, ha de hacer posible la felicidad en la Tierra misma, sin necesidad de posponerla a paraísos religiosos que llegarían después de la muerte.
  • Lo natural. La razón se aplica también a esferas del conocimiento no estrictamente materiales como la filosofía, el derecho, la moral o la religión. En estos campos se abandona la idea de que existan verdades absolutas o reveladas y se insiste en el concepto de que algo es más humano cuanto más conforme está con su naturaleza. De modo que, frente al derecho de inspiración divina, se defenderán ideas jurídicas basadas en el Derecho Natural; frente a las normas morales predicadas por las diversas religiones, se opondrán criterios éticos derivados de una moral natural, y frente a las disquisiciones teológicas escolásticas que han dominado la especulación filosófica durante siglos, se extiende ahora la Filosofía de la Naturaleza. En el terreno religioso es frecuente el deísmo (creencia en un ser superior que no responde a ninguno de las religiones concretas, a las cuales niega) o el ateísmo.
  • El reformismo. Los ilustrados aspiran a que sus ideales tengan una concreción práctica en la realidad, por lo que proponen reformas sociales, económicas y políticas que los hagan posibles. En este sentido, ideología ilustrada y despotismo ilustrado son inseparables, puesto que éste es la formulación política de aquélla.
  • El utilitarismo. Los avances científicos-técnicos, el anhelo de saber y las reformas sociales deben tener como guía la utilidad para la comunidad. Frente a las concepciones religiosas y metafísicas de tiempos anteriores, se impone ahora una concepción materialista y burguesa del mundo para la cual lo importante es aquello que es útil. Ello implica también un cambio de valores morales: la virtud se relaciona ahora con su utilidad, por lo que un hombre es tanto más virtuoso cuanto más útil resulta a sus conciudadanos.
   Una minoría de la elite cultural española, los intelectuales denominados despectivamente “afrancesados”, agujereará ese muro cerrado sobre sí mismo para que penetre por esa rendija algo de la claridad del considerado “Siglo de las Luces”.   

***
[1] “Palabra en el tiempo” para Antonio Machado. Esta dimensión histórica exige del receptor una contemplación no ingenua: un buen lector de una obra anterior a su tiempo deberá situarse en la posición de los contemporáneos del texto leído. Es cierto que lo que define a los textos clásicos es su capacidad de no caducar, pero esa no caducidad ha de ser perseguida por el lector en un esfuerzo de reactualización: hemos de pensar desde el otro. Cuando se lee un texto medieval es imprescindible considerar cuál es la imagen del mundo en el medievo, cuál es la capacidad científica y técnica, cuáles son los referentes filosóficos...
[2] La literatura es, pues, un producto social que sirve para comunicar y ofrece el conocimiento.    
[3] Es en este momento cuando se comienza a liquidar un sistema de valores cuyas raíces pueden ser halladas en la Edad Media.


jueves, 16 de octubre de 2014

PIERRE DE MONTAIGE 02, Jordi Soler

Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta y hermética educación en latín. Le puso, desde muy pequeño, un profesor que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía  exclusivamente en latín. El experimento pedagógico del padre produjo no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo. El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que, además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a sus ensayos, vivía concentrado en vivir para después dar menta de ello por escrito.
   Sería ridículo seguir el ejemplo del padre de Montaige en este siglo XXI. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño, que solo hablaba latín, que estaba concentrado en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales. Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.
   Tanto estimulo exterior nos aleja del arte más grande de todos que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3; cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo. Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas con una película parece migo si se tienen las series que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos. Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma salen las grandes obras. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobre-estimulados. que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

JORDI SOLER, El País, 7 de septiembre de 2013 [adaptación].
***

   Muchos padres dudan acerca de si la actividad de piscina de sus hijos coincidiría mejor los miércoles después de francés, o los viernes antes de las clases de danza. El problema no es tanto el hecho de que no se tengan periodos libres para "ser uno mismo", o para reflexionar, sino que en este momento el problema es no saber qué hacer con ese tiempo, cómo sobrellevar esa sencilla inactividad.
   En pleno siglo XXI los individuos se encuentran en un mundo en el que se oye sin escuchar; se está tan ocupado con todo lo que se cree tener que hacer que no se hace nada con una entrega plena. Las personas viven sometidas a la idea de que cuantas más cosas hagan, mejor será,  y ese "más" impide en muchas ocasiones disfrutar de las pequeñas cosas. La tranquilidad y sobre todo el silencio están infravalorados; son considerados sinónimos de hastío. Es difícil ser uno mismo cuando no se tienen ni se buscan momentos para conocerse mejor. La esencia del vivir se recoge en ser lo mejor que se pueda ser y no en ser mediocre en todo.
   Es de vital importancia tener la capacidad para descubrir que los silencios no deberían de ser incómodos, sino enriquecedores; los momentos vacíos para la reflexión son necesarios y los intelectuales nacen de la sencillez de aprender a ignorar los estímulos externos que impiden, por ejemplo, disfrutar de un buen libro. Vincular lo trepidante a lo verdaderamente vital propicia que se elija el resumen a la novela, un breve informe al análisis. Todo ello por miedo a perder un tiempo que, en realidad, es desaprovechado debatiendo si piscina sería mejor los miércoles o los viernes.

Xiana Fernández

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   En la actualidad, tal y como dice Jordi Soler, el individuo está irradiado por múltiples estímulos que no permiten que se concentre en una única actividad.
   Antiguamente esto no sucedía, fundamentalmente porque las nuevas tecnologías que ahora lo persiguen (la televisión, la radio y sobre todo, internet), no existían.  Un ejemplo extremo es el de Pierre de Montaigne, un francés del siglo XVI, que le inculcó a su hijo Michel una severa educación. Michel comenzó a escribir todo lo que le sucedía a lo largo del día, permitiendo así convertirse en un gran escritor de ensayos, reflexionar y conocerse a sí mismo. Ahora, discurrir y conocerse a uno mismo es difícil. Ya no existen las largas horas de silencio en las que se pueda escuchar los pensamientos propios, ya que todos los individuos se dispersan y prefieren entretenerse y evadirse (con vídeos, redes sociales y otras actividades que no les suponen ningún esfuerzo intelectual), a reflexionar sobre la vida y las preocupaciones. A su vez, las personas están cada vez más influenciadas por las opiniones de los demás, que no les permiten que se expresen con una personalidad propia: ser como cada uno quiere podría estar mal visto por la sociedad.
   Por estos motivos, todos deberíamos en algunos momentos a lo largo del día, buscar tiempo, para buscar la reflexión y el estímulo intelectual: escuchar música, leer un buen libro o, simplemente, cerrar los ojos y pensar en quienes somos, sin dejarnos influir por opiniones ajenas ni por modas pasajeras.

Lucía Martínez Baamonde
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   La reflexión y la introspección son actividades que deberían considerarse en nuestra sociedad con la misma importancia que se da a los recursos tecnológicos o a las actividades extraescolares en que los niños participan constantemente.
   La moda pedagógica de hoy incurre en la saturación de los menores, por una parte, con grandes dosis de información, que no llegan a asentarse en nuestra mente ni llegan tampoco a ser digeridas por nuestro cerebro; por la otra, los horarios de los niños de hoy están completos y apretados por multitud de actividades, que muchas veces no consiguen surtir los efectos deseados en lo que a realización personal se refiere, ya que no hay un tiempo para la reflexión sobre lo que se ha hecho en cada actividad. Esto tiene que ver directamente con dos circunstancias: por un lado la sociedad tecnológica y de la información, por el otro, el amplio catálogo de productos y servicios que el mercado ofrece al público infantil y juvenil, que se ve abocado al consumismo también por culpa de los padres, que responden solícitos a ese reclamo comercial.
   El ejemplo de Montaigne representa un aislamiento y un grado de introspección quizás imposibles de obtener hoy, aun viendo cómo propicia el pensamiento. No obstante, bastaría con que a alguien se le ocurriese dejar una hora al día libre de actividades para su hijo o hija, que no se completase el horario y que en un momento tan fugaz como en realidad es una hora, ese niño o niña tuviese tiempo para evadirse, para volver sobre lo que verdaderamente le ha llamado la atención; pasar “en Babia”, pensando, ese tiempo.
   Quizás muchos opinen que lo que se plantea es desperdiciar el tiempo, o malgastarlo; sin embargo, será en este tiempo, supuestamente perdido, donde puedan aflorar las reflexiones individuales que sirven para construir la singularidad de la persona.
   A pesar de la advertencia y la alarma de Jordi Soler, cabe ser optimista y esperar que no desparezcan el espíritu crítico y el deseo de conocimiento en cada persona.

Antonio González López

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   Es cierto que las nuevas generaciones son incapaces de sentarse una hora en un sillón, simplemente a reflexionar. Casualmente se da a la vez el fenómeno de tener la incapacidad de entretenerse, es decir, la necesidad de realizar una actividad o tener un juego, juguete, aparato electrónico, etc, en la mano para pasar el rato, lo que podría denominarse como una dependencia excesiva de estímulos exteriores, como bien se apunta en el artículo de El País. Jordi Soler va más allá con sus argumentaciones, con el ejemplo del escritor Montaigne, señalando que los niños actualmente están siempre realizando actividades que les impiden tener tiempo para llegar a conocerse a sí mismos. Seguir siendo uno mismo, algo que el francés proponía como la mayor de las artes, es inconcebible, con la forma de vida que llevan niños, adolescentes e incluso adultos, ya que sin conocerse a sí mismo, es totalmente imposible elegir un proyecto vital de un modo consciente.
   Soler habla de pedagogía y por eso se centra más en las edades tempranas, ya que son en las que se aprende mayor cantidad de conocimientos, pero la situación es extrapolable a los adultos. De este modo se puede considerar que es totalmente acertado decir que la falta de tiempo para meditar y pensar, o directamente no focalizarse en lo principal, puede hacer que un potencial artista deje de serlo o no llegue a explotar su capacidad. Definitivamente explorar el mundo interior del individuo debería ser mucho más importante y no sólo se debería aplicar a nivel pedagógico, sino también como forma de encontrar lo que realmente busca cada uno para sí en la vida.

Lucía Regueiro Mosquera
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   Montaigne fue un gran escritor y la información desborda a la sociedad actual, pero ni la mayor parte de los contemporáneos de Montaigne eran personas ilustradas ni hoy en día se han extinguido los intelectuales.
   Los videojuegos, los televisores y las nuevas formas de socializar a través de una plataforma virtual son la distracción de la mayoría de los jóvenes. Muchos de ellos prefieren la comodidad de ver una película al supuesto placer de leer un libro. Claro que esto se hubiera producido en cualquier época de haber existido tantos medios. Sin embargo, todos esos chicos y chicas que dan uso y sacan provecho a los elementos mencionados quizá estén capacitados para dejar un gran legado a la próxima generación que se autoproclame perdida e ignore (como sucede actualmente) que durante toda la historia se ha optado por valorar el pasado y olvidar que todos los presentes tienen luz y, sobre todo, sus propios intelectuales. Porque el graffiti, los efectos especiales y tantos nuevos lenguajes que invaden las calles y las pantallas probablemente mañana sean estudiados y visitados en los museos de todo el mundo.
   Siempre es necesario tener cierta perspectiva para poder mirar hacia atrás y determinar la verdadera repercusión de las cosas. No es sino el tiempo, el que da importancia a una obra o a una persona, como ocurrió con Van Gogh, que no pudo disfrutar de su éxito en vida. Con los años lo más apreciado puede llegar a ser aquello que menor atención recibió, o incluso que en su momento había sido despreciado.

Lola Mosquera


miércoles, 15 de octubre de 2014

PIERRE DE MONTAIGE 01, Jordi Soler


   Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta y hermética educación en latín. Le puso, desde muy pequeño, un profesor que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía  exclusivamente en latín. El experimento pedagógico del padre produjo no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo. El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que, además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a sus ensayos, vivía concentrado en vivir para después dar menta de ello por escrito.
   Sería ridículo seguir el ejemplo del padre de Montaige en este siglo XXI. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño, que solo hablaba latín, que estaba concentrado en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales. Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.
   Tanto estimulo exterior nos aleja del arte más grande de todos que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3; cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo. Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas con una película parece migo si se tienen las series que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos. Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma salen las grandes obras. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobre-estimulados. que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

JORDI SOLER, El País, 7 de septiembre de 2013 [adaptación].
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   No existen argumentos sólidos que demuestren que actualmente no se puede producir un pensamiento profundo, pese a la distracción de las nuevas tecnologías. Tampoco hay datos que demuestren la falta de artista e intelectuales.
   El ejemplo de Montaigne es simplemente eso, un ejemplo; conviene recordar que en aquella época ni todas ni la mayoría de las personas eran intelectuales, ni más inteligentes que las del siglo actual, a pesar de no tener ninguna distracción electrónica. Existía, de igual modo que actualmente, gente que se distraía con cualquier cosa (por muy insignificante que fuera) y otra, por el contrario, que se concentraba y desarrollaba plenamente su intelecto. De hecho, si se repitiese el proceso llevado a cabo con su hijo por Pierre de Montaigne (eliminando todas las distracciones electrónicas), serían escasas las posibilidades de que saliera un genio como su hijo y estaría determinado, exclusivamente, por la capacidad de la persona. De igual modo que en todas las épocas,en la actual existen personas más inteligentes y otras que no lo son tanto.
   Es evidente que las nuevas tecnologías ocupan una gran parte del tiempo de la mayoría de la sociedad del siglo XXI, pero esto no impedirá la aparición, como siempre, de una minoría de intelectuales y artistas.

Lucía Fernández Martí

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   Mientras Montaigne vivía concentrado en su trabajo, actualmente se vive queriendo estar en distintas partes al mismo tiempo, adelantándose a este mismo, teniendo el pensamiento en qué será lo siguiente que va a ocurrir sin ni siquiera observar el presente. Ello que se traduce en una cadena imparable de resultados mediocres por el deseo de querer estar en todo sin estar realmente en nada.
   Así mismo, el hecho de que las múltiples tecnologías existentes sirvan de excusa para rellenar cualquier indicio de tiempo libre, consumiendo a cada uno como persona, hacen así, dejar de lado ese arte de “seguir siendo uno mismo”. Pues por motivos diferentes, entre ellos la ignorancia humana, uno deja de ser uno mismo en el momento en que sus pensamientos dejan de ser suyos, cuando están condicionados por aquello que ve u oye a través de las pantallas de esos objetos que parecen haberse convertido en el mejor amigo del hombre, y que, sin embargo lo esclavizan, pues muestra una dependencia absoluta hacia ellos, como cualquier adictos que no pudiese vivir sin aquello que le proporciona estar activos en todo momento, conduciéndolo a perder el saber valorar los pequeños detalles que la vida ofrece.
   Ciertamente, todo esto supone una importante transformación para las sociedades venideras, que tendrán que enfrentarse a un elevado número de personas cuya imaginación vendrá dada por factores externos y que, posiblemente, no disfrutarán de la independencia suficiente para pensar por sí mismos.

Carmen López Sanmartín

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   Antaño, cuando la sociedad aún no había sido inundados por los aparatos electrónicos, la vida era diferente: los niños salían todas las tardes a jugar a la calle, los adultos iban al cine o al teatro con frecuencia… De esta manera, el momo de entretenimiento común estaba basado en las relaciones sociales.
   Actualmente, estas situaciones se siguen repitiendo, pero de manera menos frecuente: las nuevas tecnologías han provocado que niños dejen de querer ir al parque o a los centros de ocio de su ciudad, sustituyéndolos por la pantalla de la consola o el ordenador.
   Esta situación no afecta solo a los más pequeños: en la actualidad a nadie le interesa ir al cine a causa de la posibilidad de tener en la propia pantalla todas las películas deseadas, gracias a internet o a la programación televisiva. Como plan principal se elige la manta y el sofá ya que son los más rentables.
   Como bien dice Jordi Soler, poca gente sigue disfrutando de unos instantes en silencio absoluto o disfrutando del rumor de la naturaleza. Cualquier persona se siente falsamente acompañada las veinticuatro horas del día por un dispositivo electrónico. La mayoría escucha música o consulta el móvil constantemente. De esta manera, resulta difícil hallar tiempo para pensar tranquilamente. O para meditar sin preocupaciones.
   Por otra parte, el progreso de la sociedad hasta nuestros días, ha permitido que hoy exista la posibilidad de estar conectados con cualquier persona del mundo en tiempo real. También cualquier ciudadano puede encontrar la información solicitada cuestión de segundos.
   Es posible que parte de la sociedad esté evolucionando hacia una nueva especie de humanos que viven relacionándose con pantallas. A los que ya no les inquieta pensar en sí mismos por la falta de sosiego. Pero, afortunadamente, otra parte de la sociedad habrá a la que le seguirá interesando la reflexión, o le gustará dedicarse por completo a una sola actividad. De es parte de la sociedad surgirá la generación de intelectuales de nuestro tiempo.

Iago Pena Morado
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   Jordi Soler compara un momento del pasado con el tiempo actual para concretar cómo ha podido cambiar el concepto de educación: el ejemplo de la vida de Pierre de Montaigne, y la vida de la sociedad actual.
   Quizás nunca nadie se ha parado a pensar qué sucede para que los niños sean cada vez más inútiles y dependientes de aparatos y tecnologías que hace relativamente poco tiempo que existen. Se debería reflexionar sobre ello. Puede que sea por las vidas programadas de la sociedad actual, las comodidades que provocan que cada vez los seres humanos sean menos autónomos, que sean cada vez menos inteligentes y torpes para la resolución de ciertos problemas de la vida cotidiana.
   Uno de los factores más determinantes en la educación es el proyecto educactivo de los padres. Son muchos los que apuntan a sus hijos a diez actividades extraescolares semanales, con la excusa de que así estarán entretenidos. El día que esos niños no tengan esa actividad, se encontrarán en casa, con la angustia de no saber qué hacer, descubriendo su dependencia de la actividad física y el movimiento.
En la actualidad, tal y como dice Jordi Soler, las personas estamos irradiadas por múltiples estímulos que no permiten que nos centremos en una única actividad.
Antiguamente esto no sucedía, fundamentalmente porque las nuevas tecnologías que nos persiguen, la televisión, la radio... no existían.  Un ejemplo extremo es el de Pierre de Montaigne, un hombre francés del siglo XVI, que le inculcó a su hijo Michel una severa educación. Michel comenzó a escribir todo lo que le sucedía a lo largo del día, permitiendo así convertirse en un gran escritor de ensayos, reflexionar y conocerse a sí mismo. Ahora, discurrir y conocerse a uno mismo es difícil. Ya no existen las largas horas de silencio en las que solo escuchas tus pensamientos, ya que nos dispersamos y preferimos entretenernos y evadirnos con vídeos, redes sociales, actividades que no nos suponen ningún esfuerzo intelectual, a reflexionar sobre la vida y nuestras preocupaciones. A su vez, estamos continuamente influenciados por las opiniones de los demás, que no permiten que nos expresemos, vistamos o ser como nos gustaría porque está mal visto por la sociedad.

Por estos motivos, deberíamos en algunos momentos a lo largo del día, buscar tiempo, evadirnos del mundo y centrarnos en un único aspecto: escuchar música, leer un buen libro o, simplemente, cerrar los ojos y pensar en quienes somos, sin dejarnos influir por opiniones ajenas ni modas pasajeras.   Construir una sociedad exige meditar sobre el modelo que la generó para propiciar la aparición de las circunstancias idóneas que permitan que surja la sociedad en la que realmente se quiere vivir.

Alberto Fraga Seoane

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   Es cierto que se ha producido un gran cambio en la mentalidad de los niños del siglo XXI, niños que abusan de las tecnologías durante largas horas. A pesar de que es mucha la gente que lo celebra como un ejemplo de progreso, todo lo que aporta esta transformación no es completamente positivo.
   Los niños contemporáneos han crecido rodeados de nuevas tecnologías que consideran imprescindibles. Pero éste no es el problema, lo que verdaderamente importa es el abuso que hacen de ellas en cualquier momento del día, ya sea mirar durante todo el día la televisión o incluso estudiar con música, lo que produce, por lo general, grandes dificultades de concentración, que pueden explicar el bajo rendimiento académico.
   No obstante, cuesta creer que este siglo no propiciará la aparición de grandes intelectuales. Antiguamente, todos los niños carecían de nuevas tecnologías; también muchos de ellos no conseguían concentrarse y aprovechar su tiempo de estudio. Actualmente, todos los niños cuentan con todo tipo de tecnologías en sus domicilios. No todos malgastan su tiempo, sin lograr hacer en él algo productivo.
   El cambio que se ha producido en la mentalidad de los niños contemporáneos, como cualquier otro cambio, acarreará un nuevo modelo en el que será fácil señalar virtudes y defectos.

Nerea García Vázquez

martes, 14 de octubre de 2014

MODELO DE PREGUNTAS CONTROL DE LECTURA



   El inspector la miró un instante y apartó enseguida los ojos, fijos de nuevo en la carretera. Habría podido decir que no si ella le hubiera dado tiempo, pero actuó muy rápido y lo tomó por sorpresa, sabiendo perfectamente que hasta un cierto punto lo forzaba a aceptar. Habían bajado callados en el ascensor, y al inspector se le hizo raro pensar que una parte de los hechos sobre los que se venía interrogando tan obsesivamente a sí mismo en los últimos tiempos había tenido su arranque y su escenario justo allí, en esa misma cabina de paredes metálicas a la que Fátima había subido tantas veces. En el mismo lugar donde él apoyaba ahora la mano, junto al panel con los números de los pisos, habían estado las manchas de sangre de los dedos del asesino; allí mismo le habría mostrado a Fátima una navaja, le habría tapado la boca con la mano, sofocándole la respiración. «Las cosas en las que piensa mucho uno le acaban pareciendo inventadas», le dijo luego a Susana, y ella le contestó: «Las cosas y las personas. Cuando yo me enamoraba de alguien me acordaba tanto de él y le daba tantas vueltas a la imaginación que lo veía otra vez y me costaba reconocerlo».
   Pero aún no eran capaces de hablar de sí mismos con un poco de desenvoltura. En el ascensor a los dos los entorpecían la proximidad y el silencio, y casi no tenían nada más en común que el alivio de haber salido de la casa de Fátima, el piso angosto de trabajadores pobres, con demasiados muebles y cosas, enrarecido por el luto, por la falta de aire tras los balcones cerrados, el sufrimiento sin consuelo, la destilación lenta del rencor. Salieron al portal y estaba a oscuras, con una sugestión de abandono y peligro que ya parecía haber estado allí antes de que Fátima lo cruzara empujada o conducida por su asesino, que le pasaba una mano por encima del hombro y le apretaba la nuca.
   Tardaron un poco en dar con la luz del portal, y al encenderla se encontró cada uno con los ojos del otro, con un exceso involuntario de intensidad que a los dos les resultó embarazoso. Nada es más difícil que aprender a mirar a alguien, a ser mirado de cerca por otro.

  1. Localiza el fragmento en el conjunto de la historia.
  2. Señala la significación del episodio para la caracterización de los personajes.
  3. Estilo en Plenilunio: las oraciones en negrita son características de la "voz narrativa". Explica con qué finalidad crees que el autor emplea ese estilo valorativo y aforístico.
  4. Estructura en Plenilunio: la narración está siempre entreverada de historias que remiten al pasado. Explica qué consigue el narrador demorando la narración de los acontecimientos de la investigación policial.

lunes, 13 de octubre de 2014

LA MÚSICA EN PLENILUNIO [02]: JOAN MANUEL SERRAT

[...] había un disco que a ella le gustaba por encima de todos, y que aún se sabe de memoria, aunque hace tiempo que no lo escucha, una selección de canciones de Joan Manuel Serrat que procuraba oír cuando él no estaba, no porque la criticase abiertamente, sino porque sonreía con cierta condescendencia, una sonrisa que era de esos gestos singulares que resumen un carácter y alertan sobre él, de desdén y de paciencia, de incansable vocación pedagógica. De ese disco a ella le gustaba sobre todo una canción, Tiempo de lluvia: le parecía que hablaba justo de aquel otoño de su vida, el de los veintidós años y el comienzo de todo, un otoño lento, de cielos limpios por las mañanas y atardeceres nublados y con viento, cuando lo más dulce de todo era entrar de noche en la cama y notar el roce ya cálido y agradecido de las sábanas sobre la piel, libre ahora del sudor del verano, más sensitiva, renacida, con un exceso de sensibilidad que ella aún no atribuía al embarazo, a la brizna de vida que crecía en su vientre. Tardes de lluvia en las que el sol volvía cuando ya se esperaba el anochecer, después de la oscuridad engañosa del nublado: miraba desde la ventana, aún sin cortinas, la lluvia resplandeciendo al sol oblicuo del atardecer, y al volverse hacia el interior de la habitación casi vacía estaba viendo el mismo lugar que retrataba la canción:

Es tiempo de lluvia,
de vivir de beso en beso
entre paredes de yeso
 y dejar los días correr…

   La canción estaba hecha para ella, para aquel septiembre y aquella tarde exacta en la que aún ignoraba que iba a tener un hijo a finales de la siguiente primavera, que sería así la estación inaugural de su maternidad, igual que el otoño estaba siendo la de su ingreso en el trabajo y en la vida conyugal. Es tiempo de lluvia, seguía escuchando, cantaba ella también, muy quedo, tiempo de amarse a media voz.

[pp. 87-88]
TIEMPO DE LLUVIA

De la noche a la mañana
llega junto a la ventana
con su frío aliento otoñal
y se acuna en el cristal
en un suave baile
entre los brazos del aire.

Sin saber cómo
de gris la casa se vistió,
como el plomo
el día amaneció.

Es tiempo de lluvia,
tiempo de amarse a media voz,
de oír de nuevo el tic-tac del reloj.
Es tiempo de lluvia.

De vivir de beso en beso
entre paredes de yeso
y dejar los días correr
sin mañana y sin ayer
porque no se acaba
ni mi amor, ni mi amada.

Acércate,
ven y siéntate.

viernes, 10 de octubre de 2014

PIERRE DE MONTAIGNE... 00, Jordi Soler


   Pierre de Montaigne estaba empeñado en que su hijo fuera mejor que él y, para conseguirlo, le dio una estricta y hermética educación en latín. Le puso, desde muy pequeño, un profesor que ignoraba el francés y que le hablaba y lo instruía  exclusivamente en latín. El experimento pedagógico del padre produjo no solo a uno de los escritores más importantes de Occidente, sino al inventor del ensayo. El arte más grande de todos, escribió Montaigne, es “seguir siendo uno mismo”, una idea que mantuvo a lo largo de su vida, que, además de su inagotable obra literaria, le dio para viajar, para inmiscuirse en la política y para administrar sus posesiones. Todas las experiencias de Montaigne iban a parar a sus ensayos, vivía concentrado en vivir para después dar menta de ello por escrito.
   Sería ridículo seguir el ejemplo del padre de Montaige en este siglo XXI. Lo que si podemos es hacer el ejercicio de oponer a aquel niño, que solo hablaba latín, que estaba concentrado en el cultivo de sí mismo, a los niños contemporáneos que están distraídos por muchas cosas a la vez, por el mundo exterior que entra a saco por una infinidad de terminales. Mientras Montaigne pasaba en silencio largos tramos del día, que llenaba de reflexiones, nosotros forcejeamos contra el estruendo que sale permanentemente de las pantallas. Concentrado en un solo punto, Montaigne lo abarcaba absolutamente todo, nosotros, concentrados en puntos múltiples, no abarcamos casi nada.
   Tanto estimulo exterior nos aleja del arte más grande de todos que proponía Montaigne: seguir siendo uno mismo, porque para alcanzarlo se necesitan largas horas de reflexión Se han acabado los periodos de silencio, quien va andando no produce pensamientos caminados, va consumiendo algo que sale de su mp3; cualquier momento libre se rellena con la información ilimitada que produce la pantalla del teléfono o de la tableta. Nadie tiene paciencia ya para sentarse a oír un álbum de música completo. Lo mismo pasa con el cine, comprometerse durante dos horas con una película parece migo si se tienen las series que vienen dosificadas en cómodas cápsulas de 45 minutos. Tanta hiperactividad debería ser contrapesada con periodos de inactividad, de silencio, de concentración en una sola idea; porque de esos periodos de calma salen las grandes obras. Lo mínimo que va a quedarnos de esta era proclive a los fragmentos, llena de niños sobre-estimulados. que no tienen espacios para la reflexión y el silencio, es un mundo sin artistas.

JORDI SOLER, El País, 7 de septiembre de 2013 [adaptación].



Resumen  
   La sociedad del Siglo XXI, caracterizada por la saturación de estímulos fragmentarios de infinidad de pantallas, dificulta la concentración de los individuos. Sin reflexión, desaparecerán los intelectuales.


Esquema que jerarquice las ideas principales contenidas en el fragmento.

  • Montaige estaba habituado a concentrarse en la reflexión y el estudio.
  • Los niños contemporáneos carecen de esa capacidad, por la sobrestimulación de nuestra sociedad de pantallas:
         1. El mp3, el teléfono o la tableta ocupan tiempos de reflexión.
         2. Nadie es capaz de sentarse a escuchar un disco completo.
         3. Nadie tiene paciencia para contemplar una película que dure dos horas.

  • En un mundo de seres irreflexivos, desaparecerán los intelectuales.

Tema: La desaparición de los intelectuales por la falta de hábito reflexivo.

miércoles, 8 de octubre de 2014

EL ESPACIO EN PLENILUNIO, José Sánchez Reboredo


EL ESPACIO EN PLENILUNIO

   Antonio Muñoz Molina en el artículo que escribió como presen­tación de la novela confiesa que, antes de escribirla, había pen­sado en situarla en otro lugar distinto al que finalmente adoptó: "Un paso definitivo fue ver los lugares en los que iban a suceder las cosas. Yo había pensado ambientar la novela en Granada. Pero se me ocurrió que su espacio debía ser otro, una ciudad cuyo nombre yo no necesitaría decir para que algunos de los lectores la reconocieran. Tampoco lo diré ahora." [1]
   Aunque no lo diga, los lectores de los libros anteriores de Muñoz Molina reconocen algunos lugares que aparecen en ellas y que aquí se repiten. Así ya en las primeras páginas de Plenilunio apa­rece el parque de la Cava o, poco después, “la plaza donde estaba la estatua del general” (pág. 16). Mucho más adelante se men­cionan la calle Mesones y la calle Nueva (215). Una celebración religiosa sucede en la Iglesia de la Trinidad (215); se pasa delante del hospital de Santiago. Además en toda la novela se distingue una parte antigua, caracterizada por la belleza de sus edificios, y una parte moderna, de arquitectura más discutible: “(...) decide dar una vuelta esa noche por la parte antigua de la ciudad donde según ha leído hay edificios muy notables, iglesias y palacios del renacimiento” (172). Pocas páginas después se vuelve a repetir la misma valoración:” en esta ciudad histórica”, dijo, “en esta joya del renacimiento” (180).
   Andrés Soria Olmedo, buen amigo e inteligente crítico de Mu­ñoz Molina lo afirma con toda claridad: “esa ciudad atravesada por la mirada fisonómica de un inspector y un sacerdote, por el reconocimiento y el desconocimiento, no es París ni el Londres del alucinado de Quincey; es Mágina. En relación con las otras novelas ésta se puede situar idealmente como tercer batiente de una trilogía, tras Beatus ille y El jinete polaco” [2]. Esa ciudad vuelve a aparecer en las novelas: Los misterios de Madrid y El viento de la luna.
   Este nombre de Mágina no aparece, como nombre de ciudad o de pueblo, en los atlas o las enciclopedias. Es la designación literaria que Muñoz Molina adopta para su ciudad natal: Úbe­da. Hay que recordar que autores españoles como Clarín o la Pardo Bazán o Gabriel Miró crearon nombres nuevos (Vetusta, Marineda u Oleza) para las ciudades reales (Oviedo, La Coruña u Orihuela) en la que situaban sus novelas.
   Mágina es una de las sierras cercana a Úbeda. Machado, que fue catedrático en Baeza, una ciudad muy cercana a Úbeda, mencio­na los “Montes de Cazorla, Aznaitín y Mágina”.

   Los espacios exteriores de esta ciudad tienen gran importancia en la novela, ya que dos de los personajes principales pasean a me­nudo, y frecuentemente por la noche, a lo largo de las calles de la ciudad. Uno, el inspector, porque espera ver, entre los viandantes, una mirada que le revele la maldad de un hombre que ha sido ca­paz de asesinar a una niña; otro, el culpable, que sale a menudo a la oscuridad de la noche tardía para gozar de la sensación de estar en la posesión de un secreto que nadie, todavía, ni el inspector, ni los periodistas que han llegado para informar sobre la noticia del crimen, han sido capaces de descubrir.
   Para que el lector pueda comprobar como la Mágina imaginaria de Muñoz Molina se corresponde, en gran parte, a la Úbeda real, es interesante leer unos fragmentos de “Regreso a Úbeda”, artícu­lo incluido en su libro: Escrito en un instante:
   “Desde la plaza del general Saro, donde hay una torre con un reloj, una estatua fusilada de bronce y unos so­portales antiguos, como de ciudad manchega, hay que bajar despacio, costeando los restos de la antigua mura­lla, cuyos torreones oscuros emergen a veces tras los teja­dos de las casas que se apoyan en ella. Primero todo es, como en casi todas partes, una confusión de coches,  y semáforos, pero conforme se avanza hacia el sur la calle se vuelve más generosa y soleada, más propicia a la indolencia, como si ya la ensanchara la proximidad de los paisajes distantes de la Sierra y el Valle” [3].


JOSÉ SÁNCHEZ REBOREDO, Plenilunio de Antonio Muñoz Molina : guía de lectura, Follas Novas, Santiago de Compostela, 2009, pp. 64-66.





NOTAS
[1] Antonio Muñoz Molina, Pura alegría, Madrid, Alfagura, 1986, p. 226.
[2] Andrés Soria Olmedo: Una indagación incesante: la obra de Antonio Muñoz Molina. Madrid, Alfaguara, 1998, pág. 119.
[3] Antonio Muñoz Molina: Escrito en un instante. Palma de Mallorca, Calima ediciones, 1997, pág. 95-6.