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lunes, 22 de septiembre de 2014

[CARLOS CONOCE LOS MODALES...], Juan Gómez Bárcena



    Carlos conoce los modales apropiados para tratar con ancianas venerables, con criadas, con madres, con hermanas, con don­cellas de cámara, con las reverendas monjas clarisas; pero nada sabe acerca de cómo tratar con putas que antes que putas son niñas. Tal vez por eso al principio no hace ningún movimiento. Continúa apoyado de espaldas contra la puerta —dejemos que se conozcan más a fondo, ha dicho su padre antes de cerrarla— mientras la polaca se sienta en el borde de la cama y espera. Tampoco ella parece saber qué viene a continuación. Porque conoce el modo de tratar a los campesinos de la Galitzia, a doce hermanos durmiendo en la misma cama, a padres que te venden por veinte kopeks, a los rudos tripulantes del Carpathia, pero nada sabe sobre clientes que antes que clientes son niños. Y tal vez por eso está asustada como nunca hasta ahora lo ha estado. Ni siquiera cuando aquel marinero borracho estuvo a punto de conseguir arrastrarla hasta su camarote, aprovechando la noche del Atlántico.
   Carlos sólo habla español y la polaca, sólo polaco. Aunque para ser sinceros, durante los primeros quince minutos nadie dice una palabra. Se limitan a contemplar la habitación —los cor­tinajes de terciopelo, la reja en la ventana, el baldaquino de la cama al que ella se había abrazado— como si ninguno de los dos estuviera. Luego Carlos intenta improvisar unas palabras de saludo. Dice buenas noches, y la polaca no contesta. Me llamo Carlos, cómo te llamas tú, y nada. Mañana cumplo trece años. Va ensayando frases cada vez más largas, mientras se acerca y se sienta a su lado.
   No quiere mirarla a los ojos, pero al final no puede resistir la curiosidad y alza los suyos. Cree que va a encontrar impreso en ellos un rastro de rabia o de dolor, la huella de vejez prematura que dejan los sufrimientos, pero en su lugar halla otra cosa; una mirada azul y asustada, de niña vagamente entristecida por una porcelanita rota o una muñeca perdida. Casi al mismo tiempo comprende que no hará nada. Que su regalo de cumpleaños será precisamente ése; poder desobedecer a su padre, al menos una vez en la vida. Quiere decirle eso a la niña. Se lo dice. Dice: No tengas miedo, porque no vamos a hacerlo. Dormiremos juntos esta noche, pero ni siquiera llegaremos a tocarnos. Mañana yo seguiré siendo virgen y tú seguirás costando cuatrocientos dólares.
   Ella le mira sin convicción. Desconfía, claro, porque no es capaz de entender el significado de sus palabras. O quizás precisa­mente porque, al no entenderlas, ha podido descubrir algo más profundo que se oculta bajo ellas, entre ellas, a pesar de ellas; un mensaje terrible que tal vez el propio Carlos ignora.
   Viste un traje de verano abotonado, una falda azul y larga, calzas rosas. Le han recogido su cabello en dos trenzas rubias y espesas, que culebrean hasta su escote; un escote donde no hay todavía mucho que mirar, y no lo habrá hasta por lo menos un par de años más tarde. Carlos ve de reojo cómo, bajo los volan­tes y las transparencias de muselina, ese pecho menudo se infla y desinfla muy rápido, en lo que parece la palpitación de una avecilla asustada. Quiere repetirle que no tema, que puede confiar en él, pero en ese momento se detiene. Ve su mano, la pequeña mano de ella, acercarse lentamente y más tarde acariciar con torpeza su cuerpo, en un movimiento lleno de temblores, titubeos. Ese gesto tiene algo de orden recibida, de instrucción que se obedece mecánicamente, como se administra una medicina desagradable o se cumple un trámite. En su memoria, el tacto de esos dedos blancos se confunde con alguna otra cosa. Por ejemplo: la sensación de internarse de nuevo en la selva. Los pájaros exóticos y los monos contra los que no fue capaz de disparar, la decepción de su padre, el regreso. Y a ese recuerdo van asociados otros muchos: los librillos de poemas escondidos bajo el colchón; los suspiros de madre; las viñetas indecentes con los bordes cuarteados por sucesivas manipulaciones; las palabras de su padre justo antes de hacerle subir al coche. Ser hombre conlleva muchas responsabilidades. Su padre, con una mano en su hombro y sonriéndole por primera vez en mucho tiempo. Su padre esperando en el hall, tal vez con un periódico, tal vez coqueteando con una de las chicas; ella sentada en sus rodillas y él explicándole con paciencia y la misma sonrisa que es un hombre casado, que sólo está aquí por su hijo, del que está tan orgulloso, porque al fin va a convertirse en todo un hombre.
   Y entonces la mira a ella. A esa niña que tiembla y que también obedece. Tiene tan pocas ganas como él de estar ahí y sin embargo está, sin un reproche; no es su cumpleaños ni ganará cuatrocientos dólares, pero igualmente participa en esa larga cadena de capataces, mesdemoiselles, marineros y tratantes de mujeres. Un títere que primero mueve la mano y más tarde abrirá las piernas, sólo porque el señor Rodríguez ha pulsado las cuerdas apropiadas.
   Siente un sudor frío. Un respingo eléctrico recorriéndole la espalda, en parte por esos pensamientos, en parte porque casi sin querer también su mano ha comenzado a deslizarse por la cadera de ella. Una mano que no parece ser una parte de su propio cuerpo. La niña se muerde los labios. Su cuerpecito crispado se resiste a hacer un solo movimiento, ahoga un grito. Carlos cierra los ojos. Dormiremos juntos esta noche, pero ni siquiera llegaremos a tocarnos, dice. Mañana yo seguiré siendo virgen y tú seguirás costando cuatrocientos dólares, repite, pero de nuevo ella no cree en sus palabras. Poco a poco incluso él ha dejado de creer en ellas, porque de pronto está viendo detrás de los párpados cerrados a la niña saliendo de la habitación con las trenzas intactas, la madame que ríe en voz alta por el regalo de los cuatrocientos dólares, su padre que mueve la cabeza con heladora lentitud, que comprende, que siempre lo supo, y luego los cintarazos en la espalda con la correa de cuero y los rezos de madre y el médico recetando sorbos de ricino y veranos en la montaña.
   Pero nada de eso ocurrirá —la mano ascendiendo por el torso sin que ella pueda hacer nada más que seguir temblando; esa mano, su mano, tocando por primera vez un pecho—. No ocurrirá, porque su padre siempre consigue lo que quiere y esta vez no será menos; si para ser un hombre tiene que aplastar bajo su peso el cuerpo de la polaca, va a hacerlo, va a apretarse contra esa niña que tiene cara de jugar todavía a las lozas y las cerámi­cas, a las tardecitas de té y los bordados; a ser mamá, dentro de muchos años. Y no debería excitarle, pero le excita; y no debería comenzar a besarla ni desnudarla, pero ya lo está haciendo. La polaca que comienza a respirar más fuerte, que lucha por no ori­narse de puro miedo, que cierra también los ojos porque al fin le cree; porque sin palabras ha comprendido mejor el sentido de sus movimientos, el rumbo de ese niño terrible que se le viene encima todavía con los pantalones puestos.
   No sabe apenas nada sobre el cuerpo de una mujer. Al respecto tiene una idea imprecisa, que de pronto se hace nítida y penosa, como la revelación de un viajero que creía conocer el desierto por leerlo en un mapa. Así se siente abrasar sobre el cuerpo de ella, que de golpe le parece sin embargo frío y remoto como una piedra de sacrificio. Siente olores nuevos que en cierto modo son familiares. Un gusto salobre que tiene la sensación de reco­brar de alguna parte, como venido a través de un largo sueño. Mientras le revienta las costuras del corpiño y le arremanga la falda piensa en la vieja criada Gertrudis; en la paciencia con que viste y desviste a sus hermanas. Al sentir el tacto blanquísimo de su piel, su sabor a hostia consagrada; al escuchar los lamentos incomprensibles de la niña sufriendo, rezando, tal vez muriendo en polaco, piensa en madre. Cuando deja que todo el peso de su cuerpo se hunda sobre ella, no piensa en nada.
   Luego, lo que está haciendo, de pronto, duele. Siente ganas de llorar. Pero la humedad en sus mejillas no es nada compa­rada con otra humedad más terrible, cálida como una herida, subterránea como una enfermedad, que siente empapar su sexo. Escucha gritar a la niña y luego ve sangre, un pequeño rastro de sangre donde su padre ha dicho. Sangre empapando el follaje de la selva. Esquirlas rojas y negras, salpicando la blancura de las sábanas. Siente como si el resto de su cuerpo fuera la empu­ñadura de un cuchillo que sólo hoy, esa misma noche, hubiera sido desenvainado.
   No sabe si el amor se parece a eso. Si está matando a la niña que grita, que se sacude débilmente bajo su cuerpo. Está, quizás, matándola, pero no importa. Su padre ha pagado cuatrocientos dólares para que no importe.
   Se prolonga el tiempo exacto que dura una pesadilla.
   Y cuando todo termina comienza a llorar, esta vez sí, y la niña llora con él, y lo que es más extraño, también lo abraza. No está muerta, piensa Carlos con alegría, con sorpresa. No está muerta, y no le odia. Lo rodea con sus brazos como si él fuera al mismo tiempo sus padres, y sus hermanos, el país que no volverá a ver, la lengua que no escuchará de nuevo, el capitán mercante que cuidó de ella y durante todo un mes cumplió su palabra. Le abraza como dos niños que hubieran jugado y reñido y ahora quisieran jugar de nuevo.
   De pronto comienza a hablar. Murmura frases misteriosas que él escucha y trata de registrar con paciencia. Son, tal vez, preguntas y, en las pausas, él contesta con otras. Le pregunta si tiene trece años. Le pregunta si eso que acaban de hacer es lo que al otro lado de la puerta esperaban de ellos. Si también su padre le había dicho que hacerse una mujer conllevaba muchas responsabilidades, justo antes de despedirla en el puerto. Y ella contesta, a su modo, y después calla.
   Las velas se han consumido ya. En la oscuridad sus cuerpos continúan abrazados. Carlos ha comenzado a acariciarla lenta­mente. Su mano recorre la suavidad del cabello, su piel lechosa, y ella se ablanda y adormece al calor de ese contacto. Todavía lloran, pero ya sin ruido, sin amargura, y la niña ahora repite una sola frase, como una letanía; como si la noche se hubiera quedado encallada en el mismo punto.
   Chcę iść do domu.
   Al hablar, los labios húmedos se abren y se cierran para rozar su oreja.
   Chcę iść do domu.
   Y Carlos piensa en esas palabras mientras se va quedando dormido y aún después, minutos u horas más tarde, cuando al despertar descubre que la polaca ha desaparecido, y en el hall lo espera su padre para decirle que ya es todo un hombre.
   Che is do domo.
   Trata de grabarlas en su memoria ese día, y luego el resto de su vida, mientras concibe proyectos disparatados; planes en los que la polaca y él, contra el mundo.
   cheis to tomo,
   y poco a poco esos planes que se asordinan, se postergan, se abandonan, se mueren, porque al fin y al cabo ella ya no está en el burdel, nadie sabe dónde puede encontrarla, y si lo supiera sería lo mismo, claro, porque una cosa es sublevarse leyendo unos poemas y otra muy distinta dejarlo todo por una niña que ya ni siquiera es niña; por una puta que a estas alturas ni siquiera costará un dólar; por una extranjera cuyas últimas palabras poco a poco se ha resignado a olvidar, los sonidos incomprensibles que se van mezclando y confundiendo en su memoria, y con ellos la esperanza adolescente de que su conjuro cifrara algo her­moso, que cheis torromo signifique te perdono, que cheis mortoro quiera decir te quiero; que cheistor moro, yo tampoco te olvidaré, nunca.


JUAN GÓMEZ BÁRCENA, El cielo de Lima, Salto de Página, Madrid, 2014, pp. 105-110.
&
Clara Lieu
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