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lunes, 16 de junio de 2014
sábado, 14 de junio de 2014
NOTAS DE 3º ESO C
CC, E [2,25]
DA, T [1,75]
FD, M [5,5]
FB, R [2,5]
MM, A [1,5]
MS, S [4,25]
MC, G [6]
OT, Z [4,25]
OY, D [3,75]
OG, K [0,75]
PC, L [3,5]
PM, A [5,75]
RB, C [6,25]
RE, A [5,25]
RL, C [5,75]
SR, JL [5,5]
SR, E [4,1]
VR, D [5]
VS, L [0,5]
VR, M [4,5]
VB, R [1]
VM, J [5,75]
martes, 10 de junio de 2014
lunes, 9 de junio de 2014
miércoles, 4 de junio de 2014
LA ISLA PERDIDA, Rubén Gonçalves Prieto
LA ISLA PERDIDA
Cuando la madre recibió de madrugada la llamada telefónica, no lo esperaban. El barco de su marido se había hundido. No se sabía nada de él ni de uno de sus hijos, que, por desgracia, habían ido juntos.
El País: “Los siete tripulantes del pesquero hundido, desaparecidos.” Ese era el titular que les había hundido la vida.
—Llevamos tres días en esta isla alejada de toda civilización y lo único que hemos encontrado han sido árboles sin frutos. Papá, estoy harto, han muerto ya dos personas por sus heridas; éramos siete, y ya solo somos cinco. Además, Carlos está muy mal. Voy a ir.
—No, hijo, es demasiado peligroso —exclamó su padre.
—Pero hay alimentos, agua, utensilios médicos y de cocina que nos pueden ayudar, y no está muy lejos.
—Si no llegas en una hora, iré a por ti, ¿entendido? No te retrases.
—Vale.
—Tan solo tiene 15 años —exclamó Santiago, uno de los marineros.
—Da igual, es testarudo y lo iba a hacer de todas formas —dijo su padre.
El hijo se fue y en menos de cuarenta minutos estaba de vuelta con los suministros médicos y algunos utensilios. Salió del agua. Traía comida, vendas y ropa.
—¿Cómo has traído todo eso? —exclamó el padre.
—Da igual, ahora lo que importa es evitar que Carlos se desangre. Ponedle estas vendas.
—Pero están mojadas... —dijo Ismael, el médico del barco.
—Da igual, le taparán la herida —dijo Rubén, el hijo del capitán.
—Ahora, a buscar comida. La que tenemos no durará mucho —dijo Santi, el cocinero.
—Rubén y yo saldremos en busca de comida —dijo Samuel, el padre de Rubén.
Salieron en busca de comida, pues las provisiones que tenían tan solo les bastaban para cuatro o cinco días. Llevaban tres horas caminando sin descanso cuando oyeron un ruido a su derecha. Samuel se dio cuenta enseguida y pronto le dijo a Rubén:
—Hijo, acércate, no vaya a ser un animal salvaje.
—Vale, pero habrá que ir volviendo, ¿no? Se está haciendo de noche y si es un animal no me apetece encontrármelo.
—Sí, va a ser mejor —dijo el padre.
Se encaminaron hacia el pequeño campamento cuando una voz dijo:
—No os vayáis todavía, yo puedo ayudaros.
Samuel se dio la vuelta y Rubén, que era de naturaleza desconfiada, se giró a la vez que se agachaba para coger un palo que había en el suelo.
—Hola, me llamo Nacho. Llevo dos años en esta isla.
—Ah, eres un superviviente de aquel avión que se había estrellado en el año 2012 —dijo Samuel, que tenía muy buena memoria.
—Sí —afirmó Nacho con pesar.
—Entonces el avión debe de estar por aquí cerca, ¿no? —dijo Rubén mostrando una gran alegría.
—Sí, pero está un poco lejos, a unos tres días a pie.
—Pues entonces vayamos —dijo Rubén, con impaciencia, como si tuviese una gran idea.
—Antes debemos ir a avisar a los demás, o ir a buscarlos para que se vengan, ¿no? —dijo Samuel.
—Sí, supongo —dijo Rubén, desilusionado por no poder ir ya ese día.
Se dirigieron al campamento; a las tres horas llegaron y presentaron a Nacho al resto del grupo.
—Pero no podemos ir con Carlos en el estado en el que está, ¿no? —se preocupó Santi.
—Ya está mejor: en dos días podrá caminar —dijo Isma, aportando un poco de esperanza al grupo.
—Vale, mejor. Mientras tanto hay que buscar comida, porque no hemos podido encontrar nada —añadió Samuel, pues casi no les quedaban provisiones.
—Mañana por la mañana volveré al barco. Quedaban unas pocas provisiones cuando me fui. Nos pueden ayudar —dijo Rubén.
—No hace falta —dijo Nacho—. Yo tengo comida para un par de días en mi campamento.
—Pero dejemos esas para cuando vayamos al avión, para pasar por allí y poder descansar —propuso Rubén.
—Mejor será —coincidió Ismael —. Yo dije que podría andar, pero no que pudiera aguantar mucho tiempo haciéndolo.
—Pues hecho entonces. Mañana voy al barco y pasado salimos.
Se acostaron, pero Samuel no podía dormirse. Estaba preocupado; no entendía por qué Rubén tenía tantas ganas de ir a aquel avión. Qué se le pasaría por la cabeza. Pasó la noche y llegó el momento de salir. Rubén se preparó y se marchó.
—Ten cuidado, hijo —le gritó Samuel.
A la media hora, Rubén volvió con la comida. Hicieron de comer y, después de satisfacer su hambre, empezaron a preparar las cosas para salir, incluyendo una camilla para Carlos por si llegaba a necesitarla. Se pusieron en marcha hacia el campamento de Nacho. Llegaron al mediodía y descansaron allí.
—Carlos no se encuentra muy bien. Será mejor que no sigamos hoy —dijo Isma.
—Pero no podemos esperar más. Hay que llegar ya —replicó Rubén.
—Tengo una idea: Rubén, Nacho y yo iremos al avión, mientras el resto esperáis aquí —dijo Samu.
Se pusieron en marcha. Unas horas después, cuando llegaron, Rubén salió corriendo y se separó del grupo.
—Así que este es el famoso Boeing 737 que había desaparecido —dijo Samu asombrado.
Mientras tanto, en el campamento de Nacho, los demás esperaban despreocupadamente.
—Hola.
—¿Quién es? —preguntó Santiago, asustado.
—Me llamo Sofía. Soy la compañera de Nacho. Yo también soy una superviviente del avión.
—Pero, ¿por qué Nacho no nos habló de ti? —dijo Isma, enfadado.
—Se le olvidaría, desde que nos estrellamos se le va un poco la cabeza —aclaró Sofía.
Samuel se fijó curiosamente en que Rubén buscaba algo en la cabina del piloto. Entonces se dirigió a la parte inferior, en la bodega. Revisaba sin descanso; de repente, mientras Samuel y Nacho divagaban y se contaban cómo se había vivido el accidente del avión en los distintos lugares del mundo.
Rubén gritó:
—¡Eh! Dejad de hablar e id a buscar la comida. Creo que va a hacer falta si no encuentro nada por aquí que me sirva.
Por suerte, Rubén era un fanático de la electrónica y tenía un amigo ingeniero que le había enseñado “todo lo que sabía”.
—Perfecto —dijo Rubén, satisfecho.
A Nacho, al que nunca se le habría ocurrido la idea de coger la comida del avión, le pareció muy bien. Cogieron todas las conservas, agua, bebidas... que estaban en buen estado y las llevaron consigo. No era mucho, pero también había unos suministros médicos, ropa en las maletas y otros utensilios que les podrían servir. Estaban esperándolo cuando salió con una simple maleta.
—¿Qué llevas ahí? —dijo Samuel, indignado.
—Un par de cosas que necesitaba —dijo Rubén, que no quería dar explicaciones.
Salieron hacia el campamento, donde encontraron con una sorpresa.
—Hola, me llamo Sofía.
—¡Ah! Me había olvidado comentároslo. Esta es Sofía, mi compañera. También estaba en el avión.
—Vaya cabecita, ¿no? —dijo Samuel.
Rubén, sin siquiera pestañear, siguió su camino hacia otra parte y se puso a trabajar en algo que nadie sabía.
Estuvo tres días desaparecido; cuando comía con ellos ni siquiera les hablaba. Se le notaba cansado y falto de sueño. Samuel empezaba a preocuparse por él; temía que se volviera loco.
A los tres días, Rubén llegó sonriente de oreja a oreja y se acostó para dormir. Todos se afanaron en averiguar lo que había estado haciendo, pero nadie lo descubrió. Solo un encontraron un montón de cachivaches rotos.
Un par de horas después se levantó. Estaban tranquilos aunque expectantes.
—¿Por qué estabas tan contento?
—Seguidme —les dijo Rubén.
Cuando llegaron al lugar donde los llevó, todos se asombraron por lo que había hecho: había construido aquello que les iba a sacar de allí. Ya todos empezaron a pensar en volver a casa y reencontrarse con sus familias.
Cuando la madre recibió de madrugada la llamada telefónica, no lo esperaban. El barco de su marido se había hundido. No se sabía nada de él ni de uno de sus hijos, que, por desgracia, habían ido juntos.
El País: “Los siete tripulantes del pesquero hundido, desaparecidos.” Ese era el titular que les había hundido la vida.
—Llevamos tres días en esta isla alejada de toda civilización y lo único que hemos encontrado han sido árboles sin frutos. Papá, estoy harto, han muerto ya dos personas por sus heridas; éramos siete, y ya solo somos cinco. Además, Carlos está muy mal. Voy a ir.
—No, hijo, es demasiado peligroso —exclamó su padre.
—Pero hay alimentos, agua, utensilios médicos y de cocina que nos pueden ayudar, y no está muy lejos.
—Si no llegas en una hora, iré a por ti, ¿entendido? No te retrases.
—Vale.
—Tan solo tiene 15 años —exclamó Santiago, uno de los marineros.
—Da igual, es testarudo y lo iba a hacer de todas formas —dijo su padre.
El hijo se fue y en menos de cuarenta minutos estaba de vuelta con los suministros médicos y algunos utensilios. Salió del agua. Traía comida, vendas y ropa.
—¿Cómo has traído todo eso? —exclamó el padre.
—Da igual, ahora lo que importa es evitar que Carlos se desangre. Ponedle estas vendas.
—Pero están mojadas... —dijo Ismael, el médico del barco.
—Da igual, le taparán la herida —dijo Rubén, el hijo del capitán.
—Ahora, a buscar comida. La que tenemos no durará mucho —dijo Santi, el cocinero.
—Rubén y yo saldremos en busca de comida —dijo Samuel, el padre de Rubén.
Salieron en busca de comida, pues las provisiones que tenían tan solo les bastaban para cuatro o cinco días. Llevaban tres horas caminando sin descanso cuando oyeron un ruido a su derecha. Samuel se dio cuenta enseguida y pronto le dijo a Rubén:
—Hijo, acércate, no vaya a ser un animal salvaje.
—Vale, pero habrá que ir volviendo, ¿no? Se está haciendo de noche y si es un animal no me apetece encontrármelo.
—Sí, va a ser mejor —dijo el padre.
Se encaminaron hacia el pequeño campamento cuando una voz dijo:
—No os vayáis todavía, yo puedo ayudaros.
Samuel se dio la vuelta y Rubén, que era de naturaleza desconfiada, se giró a la vez que se agachaba para coger un palo que había en el suelo.
—Hola, me llamo Nacho. Llevo dos años en esta isla.
—Ah, eres un superviviente de aquel avión que se había estrellado en el año 2012 —dijo Samuel, que tenía muy buena memoria.
—Sí —afirmó Nacho con pesar.
—Entonces el avión debe de estar por aquí cerca, ¿no? —dijo Rubén mostrando una gran alegría.
—Sí, pero está un poco lejos, a unos tres días a pie.
—Pues entonces vayamos —dijo Rubén, con impaciencia, como si tuviese una gran idea.
—Antes debemos ir a avisar a los demás, o ir a buscarlos para que se vengan, ¿no? —dijo Samuel.
—Sí, supongo —dijo Rubén, desilusionado por no poder ir ya ese día.
Se dirigieron al campamento; a las tres horas llegaron y presentaron a Nacho al resto del grupo.
—Pero no podemos ir con Carlos en el estado en el que está, ¿no? —se preocupó Santi.
—Ya está mejor: en dos días podrá caminar —dijo Isma, aportando un poco de esperanza al grupo.
—Vale, mejor. Mientras tanto hay que buscar comida, porque no hemos podido encontrar nada —añadió Samuel, pues casi no les quedaban provisiones.
—Mañana por la mañana volveré al barco. Quedaban unas pocas provisiones cuando me fui. Nos pueden ayudar —dijo Rubén.
—No hace falta —dijo Nacho—. Yo tengo comida para un par de días en mi campamento.
—Pero dejemos esas para cuando vayamos al avión, para pasar por allí y poder descansar —propuso Rubén.
—Mejor será —coincidió Ismael —. Yo dije que podría andar, pero no que pudiera aguantar mucho tiempo haciéndolo.
—Pues hecho entonces. Mañana voy al barco y pasado salimos.
Se acostaron, pero Samuel no podía dormirse. Estaba preocupado; no entendía por qué Rubén tenía tantas ganas de ir a aquel avión. Qué se le pasaría por la cabeza. Pasó la noche y llegó el momento de salir. Rubén se preparó y se marchó.
—Ten cuidado, hijo —le gritó Samuel.
A la media hora, Rubén volvió con la comida. Hicieron de comer y, después de satisfacer su hambre, empezaron a preparar las cosas para salir, incluyendo una camilla para Carlos por si llegaba a necesitarla. Se pusieron en marcha hacia el campamento de Nacho. Llegaron al mediodía y descansaron allí.
—Carlos no se encuentra muy bien. Será mejor que no sigamos hoy —dijo Isma.
—Pero no podemos esperar más. Hay que llegar ya —replicó Rubén.
—Tengo una idea: Rubén, Nacho y yo iremos al avión, mientras el resto esperáis aquí —dijo Samu.
Se pusieron en marcha. Unas horas después, cuando llegaron, Rubén salió corriendo y se separó del grupo.
—Así que este es el famoso Boeing 737 que había desaparecido —dijo Samu asombrado.
Mientras tanto, en el campamento de Nacho, los demás esperaban despreocupadamente.
—Hola.
—¿Quién es? —preguntó Santiago, asustado.
—Me llamo Sofía. Soy la compañera de Nacho. Yo también soy una superviviente del avión.
—Pero, ¿por qué Nacho no nos habló de ti? —dijo Isma, enfadado.
—Se le olvidaría, desde que nos estrellamos se le va un poco la cabeza —aclaró Sofía.
Samuel se fijó curiosamente en que Rubén buscaba algo en la cabina del piloto. Entonces se dirigió a la parte inferior, en la bodega. Revisaba sin descanso; de repente, mientras Samuel y Nacho divagaban y se contaban cómo se había vivido el accidente del avión en los distintos lugares del mundo.
Rubén gritó:
—¡Eh! Dejad de hablar e id a buscar la comida. Creo que va a hacer falta si no encuentro nada por aquí que me sirva.
Por suerte, Rubén era un fanático de la electrónica y tenía un amigo ingeniero que le había enseñado “todo lo que sabía”.
—Perfecto —dijo Rubén, satisfecho.
A Nacho, al que nunca se le habría ocurrido la idea de coger la comida del avión, le pareció muy bien. Cogieron todas las conservas, agua, bebidas... que estaban en buen estado y las llevaron consigo. No era mucho, pero también había unos suministros médicos, ropa en las maletas y otros utensilios que les podrían servir. Estaban esperándolo cuando salió con una simple maleta.
—¿Qué llevas ahí? —dijo Samuel, indignado.
—Un par de cosas que necesitaba —dijo Rubén, que no quería dar explicaciones.
Salieron hacia el campamento, donde encontraron con una sorpresa.
—Hola, me llamo Sofía.
—¡Ah! Me había olvidado comentároslo. Esta es Sofía, mi compañera. También estaba en el avión.
—Vaya cabecita, ¿no? —dijo Samuel.
Rubén, sin siquiera pestañear, siguió su camino hacia otra parte y se puso a trabajar en algo que nadie sabía.
Estuvo tres días desaparecido; cuando comía con ellos ni siquiera les hablaba. Se le notaba cansado y falto de sueño. Samuel empezaba a preocuparse por él; temía que se volviera loco.
A los tres días, Rubén llegó sonriente de oreja a oreja y se acostó para dormir. Todos se afanaron en averiguar lo que había estado haciendo, pero nadie lo descubrió. Solo un encontraron un montón de cachivaches rotos.
Un par de horas después se levantó. Estaban tranquilos aunque expectantes.
—¿Por qué estabas tan contento?
—Seguidme —les dijo Rubén.
Cuando llegaron al lugar donde los llevó, todos se asombraron por lo que había hecho: había construido aquello que les iba a sacar de allí. Ya todos empezaron a pensar en volver a casa y reencontrarse con sus familias.
Rubén Gonçalves Prieto [2ºC]
lunes, 2 de junio de 2014
PENSAMIENTO Y CULTURA EN EL SIGLO XVI: EL RENACIMIENTO 01
EL ORIGEN DEL CAPITALISMO
La concepción capitalista de la economía se fue conformando a lo largo del Renacimiento. Durante la Edad Media, la riqueza había sido considerada patrimonio exclusivo de la nobleza y de la Iglesia. El sistema estamental otorgaba una obligación a cada grupo social y el peso de la producción económica recaía sobre el pueblo llano; la riqueza de nobles y clérigos debía servir, entre otras cosas, para atender las necesidades del pueblo en caso de malas cosechas. La propiedad privada existía, pero el sentimiento colectivo de cada estamento borraba muchos deseos individuales. La reaparición de las ciudades y las prácticas artesanales y comerciales abrieron un nuevo campo en materia laboral, se podía trabajar en otras actividades que no fueran las agrícolas. Pero hasta que no se impuso la economía monetaria, las cosas no cambiaron realmente.
Durante muchos siglos la idea de riqueza había ido unida a la de posesión de tierras y, de hecho, muchos de los primeros comerciantes invirtieron sus ganancias en la compra de terrenos. Pretendían con ello emular a los señores feudales, que no sólo habían poseído tierras, sino que éstas habían sido, en gran medida, la fuente de su poder político y jurídico, pero la aparición de las monarquías autoritarias rompió el sistema estamental, al arrebatar a los señores feudales el poder político y jurídico, que hasta entonces habían ostentado. A partir de ese momento, la riqueza ya sólo podía ofrecer el poder económico y la mentalidad colectiva fue cambiando poco a poco sus criterios.
El dinero ya no tenía por qué emplearse en la compra de terrenos, pues el poder que ofrecía era el económico y ése lo daba por sí mismo. Surgió así el concepto de capital y las nuevas formas de su utilización. Con dinero se podían financiar empresas mercantiles en las que el que lo arriesgaba, tenía derecho a una ganancia, pero también se podían comprar materias primas y mano de obra que las trabajara (manufacturas a domicilio), lo que también daba derecho a un beneficio, por el simple hecho de la posesión de un capital. Así pues, el uso del dinero pronto tuvo como finalidad su propio incremento.
Esta nueva forma de entender la riqueza estuvo muy en relación con el individualismo renacentista, ya que el poder económico no exigía la vinculación a ningún estamento, ni a otros individuos (lazos personales de vasallaje o de señorío) sino que, por el contrario, el éxito económico era símbolo de éxito personal individual.
La nueva mentalidad capitalista no se desarrolló de igual modo en todos los países. Los condicionantes religiosos fueron determinantes en la nueva mentalidad económica, ya que, mientras el catolicismo condenaba la usura (la producción de dinero a través del préstamo) el protestantismo mantenía la idea de que la riqueza debía considerarse como un don divino, con independencia de su origen. Por ello, el nacimiento de las sociedades capitalistas sería más temprano en los países de influencia protestante.
lunes, 26 de mayo de 2014
miércoles, 14 de mayo de 2014
YA ESTÁ AQUÍ, UNA VEZ MÁS, Manuel Astur
YA ESTÁ AQUÍ, UNA VEZ MÁS
Me produce terror desde niño. Me persigue.
Tendría unos 7 años y había en mi clase un niño con el que nadie hablaba, gordo, raro, con gruesas gafas de pasta y con un parche en el ojo y que solía oler a una mezcla de sudor, ropa húmeda y cocido con mucho tocino rancio. Circulaban rumores de que era de un familia muy pobre y que su padre era un alcohólico que le pegaba palizas, incluso que abusaba de él, pero nunca pude confirmarlo, aunque encajaba en el personaje y contribuía a aumentar su leyenda. Aún así, alguna vez había yo hablado con él y, si bien su aspecto era lamentable, no tardé en comprender que no era mal niño y que la fuente de su supuesta antisociabilidad no era otra que un profundo miedo hacia lo que le rodeaba; hacia mí, en un principio, hacia mis compañeros, hacia todo y todos. Me lo encontraba durante el recreo, paseando solo, por las esquinas, como un cerdo en una jaula de leones tratando de pasar desapercibido, y me acercaba a charlar un momento, intentando que nadie me viera a su lado, que nadie pudiera creer que era yo su amigo, que era como él. En realidad, aparte de su profunda soledad, durante todo el curso no tuvo mayor problema, pues él se alejaba de todos y todos le ignoraban, ya que les producía repulsión y cierto temor ante lo extraño, ante lo desconocido.
Era primavera y los niños estaban excitados ante la perspectiva del infinito verano que se acercaba, ante la vida que explotaba a su alrededor. Yo vi cómo comenzó. Un niño de mi clase se le acercó por detrás y, sin mediar palabra ni provocación, le dio un golpe en la nunca muy fuerte que hizo que le saltaran las gafas. Todos nos quedamos mirando qué pasaba, cuál sería su reacción. Esta no fue otra que quejarse débilmente, coger sus gafas del suelo y alejarse, muerto de miedo, con lo cual el niño agresor confirmó que era más fuerte y que no tenía nada que temer. Se rio y, ya envalentonado, atacó de nuevo y comenzó a darle puñetazos. El resto de niños se fueron uniendo, de uno en uno al principio, en grupo después. Llevaban tiempo deseándolo, aunque no lo supieran de un modo consciente. Se acercaban corriendo y riéndose y le daban una patada o un golpe. Las niñas contemplaban el espectáculo sin participar y también se reían, con una mezcla de desprecio ante esos bárbaros brutos y de coquetería por ver a los minúsculos hombres cazando. Él se había hecho un ovillo en una esquina del patio, contra el muro, y se protegía la cara con los brazos. Sollozaba. Yo lo observaba todo, extrañado. Uno de los niños, no sé si el primero, pero sí que era uno de los matones naturales de la clase, se me acercó y dijo: Astur, pega a ese hijo de puta. Vamos. Yo me acerqué a él y él me reconoció. Se apartó las manos de la cara y me miró con esperanza; yo era lo más parecido a un amigo que tenía en todo el colegio, yo podía ayudarle. Pero no podía, claro que no. En cuanto estuve delante de él, le pegué un puñetazo con todas mis fuerzas y, ahora sí, sus gafas cayeron al suelo tras romperse contra su ceja, la cual partí. Él me miró de nuevo, mientras sangraba. Ya no lloraba. No comprendía. Después, simplemente se sentó y volvió a hacerse un ovillo mientras aguardaba a que se cansaran de pegarle o a que viniera algún profesor a terminar con el linchamiento. Tras esta paliza hubo otras, aunque ya no tan excesivas, se convirtió en algo normal. También aumentaron los rumores sobre su vida. Su padre ya no abusaba de él, sino que él era un marica pervertido y consentía. Se decían mil cosas estúpidas y terribles. Todos le odiaban. Yo no volví a pegarle, pero tampoco volví a hablarle.
Nunca olvidaré su mirada.
Desde entonces me produce terror. Me aterroriza la masa. La masa, formada por individuos que se creen independientes. La masa, que, en realidad, es un único cuerpo exaltado moviéndose por impulsos primarios. La masa, que es una consecución de acciones tras un primer movimiento esperado, tras una chispa que enciende el fuego. La masa, que convierte en el símbolo de todo lo que detesta, de sus miedos, todo lo que no comprende. La masa, que se cree valiente y es lo más cobarde que existe.
Hoy me la he vuelto a encontrar. Está justificando, e incluso celebrando, el asesinato de una política ayer en León. El asesinato de un ser humano que no conoce a manos de otros seres humanos igual de desconocidos. Habla del pueblo cansado de corrupción, dice que quien siembra tormentas, recoge tempestades, de la izquierda radical asesina, de la derecha explotadora. Convierte un acto atroz, tan complejo y humano, en bandera de algo, de uno u otro bando. Y todos se creen que piensan, que tienen ideas propias. Pero no, yo la conozco, hace tiempo que trato de escapar de ella, para no encontrarme nunca más con la mirada de aquel niño, para que me no obligue una vez más a elegir, pues siempre dice que estás con ella o contra ella. Es la masa. Y no quiero saber nada de ella. Prefiero pasear solo por el patio del colegio.
&
Maurino Mangiapanino
martes, 13 de mayo de 2014
FOTOPOESÍA, Israel Ariño
Esta
imagen representa la tranquilidad. Es un reflejo de la luna en el agua y
los árboles le abren paso para que ella se vea como en un espejo, para
que vea lo bella que está. Pararse, respirar hondo, cerrar los ojos y
escuchar a los pájaros cantar.
Laura Dacal 1ºD
**********
Angustia,
miedo y tristeza. La noche debe de ser fría, angustiosa. La luz de la
luna es lo único que te permite ver lo que tienes a tu alrededor.
Andrea Veiga 1º D
**********
¿Será
una luna invadiendo el cielo, o un reflejo de ella estampado en el
agua? Podrían ser las dos cosas, aunque la nitidez del arbusto me
sugiere la segunda opción. Sea cual sea,la luna alumbra con la misma
fuerza de un farolillo en las profundidades de la noche. Los árboles,
ambiente triste, soledad, a lo que contribuye la imagen en blanco y
negro. El claroscuro que rodea la luna da un toque de iluminación y
evita que todo se vea desolado. La luz, tenue en el centro, hasta que
finalmente se convierte en penumbra.
Nuria Torregrosa 1 º D
**********
Otoño,
quizás invierno, El cielo está muy oscuro como si hubiera tormenta, los
árboles y el cielo, cubiertos de niebla, que cada vez se adentra más en
el bosque. Al fondo la diminuta y clara “luna llena”.
Thais Vázquez 1º D
**********
El
reflejo de la luna alumbra una gran parte de la bóveda celeste, creando
una sensación tétrica al combinarse con la oscuridad de la noche. Las
descuidadas ramas de los árboles que parecen ondear al viento, hacen más
tenebrosa la escena.
Alberto Gómez 1º A
**********
Esta
imagen evoca sentimientos de miedo, terror, de estar prisionero en la
oscuridad que rodea la fotografía. Pero en el centro de la imagen está
el sol, o la luna, con una luz muy débil, casi desvanecida, pero está.
Una promesa de que hay salida, de luz en la oscuridad, de libertad.
Carmela Vázquez 1º D
**********
Impresionante
fotografía, no acierto a saber si lo que hay en el centro de la imagen
es el sol o la luna. Es oscura y por eso tiene un toque siniestro. Los
bordes poco definidos , da la impresión de que es un reflejo, representa
tristeza y soledad.
Diego Teijo 1º D
**********
Esta
imagen representa un mal día, se cumplen ya 3 años sin mi abuelo. Un
mal día de invierno lleno de tristeza. El árbol solo, el tiempo oscuro y
tenebrosas las imágenes.
Irene Quintela Rodríguez 1º C
**********
Un cielo gris que presagia lluvia. Árboles desnudos, que miran al
horizonte y buscan un lugar mejor para vivir. Una foto llena de
tristeza.
Violeta Silva Sánchez 1º C
**************
Tristeza,
noche, muerte, como si el árbol tuviese las desnudas ramas de la vida
nublándolo todo a su paso, tal y como demuestra el cielo.
Ruth Gallego Huertas 1º.C
**********
Tristeza
e indeterminación. Me hace pensar en un futuro distante, del cual no
puedo saber cómo será ni cuándo llegará, tan sólo sé que yo lo puedo
cambiar. Admirar esa diminuta luna (o sol) me hace pensar en el tiempo y
en cómo van pasando los años.
Laura Placer Picado 1º C
lunes, 12 de mayo de 2014
TAMBIÉN LA RIMA, Celia Fernández Escobar
Etiquetas:
CELIA FERNÁNDEZ ESCOBAR,
POESÍA,
RETÓRICA,
RIMA
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