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lunes, 11 de mayo de 2015

GREGUERÍAS 2015



Como niños enfadados por una pelea, los planetas se mantienen separados.
 Pablo Buyo Viqueira
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Las espinas de la rosa protegen a su dueña del amante erróneo.
Gala Sofía Sánchez
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El agua de los ríos no hace más que viajar.
Adrián Mauri Moldes
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Un lago es una isla de agua.
Lorena Fernández
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Los copos de los cereales caen sobre la leche como la nieve sobre los árboles.
  Pablo Buyo Viqueira
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La i es el dedo meñique del alfabeto.
Daniel Fernández Pita
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Las calles son ríos de piedras.
Sandra Pardo Docampo
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El aire comprimido es aire que no sabe expresar sus sentimientos.
Diego Varela
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Las lianas de los bosques son las pértigas con las que obtener el récord de supervivencia en los juegos olímpicos de la vida.
María Peteiro Castro
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Los esqueletos se besan como si no hubiera un mañana.
Carmela Vázquez González 
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Palideció la luna porque el sol no se enamoró de ella.
Paula Ois Fraga
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El silencio es el mayor de los ruidos.
Sandra Pardo Docampo
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El sol está enfadado con el universo porque no le deja ver a su amada Luna.
Lorena Fernández
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La vida puede ser un camino de rosas al que todavía no hemos aprendido a quitarle las espinas.
Xiomara Barja Ricra
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La cascada es una baññera de espuma para peces.
María Peteiro Castro
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Los submarinos juegan a hacer burbujas debajo del agua.
Gala Illanes Illobre  
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Las grapadoras obligan a las hojas de papel a ser amigas.
Diego Varela
Las leyendas urbanas temen el éxodo rural.
José Manuel Vázquez Calatayud
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Olvidar a la persona amada es tan difícil como retrasar un reloj de sol.
Carmela Vázquez González 
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Con el boca a boca se devuelve a la vida a la pelota pinchada.
Manuel Veiga Vázquez
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Las brujas no son más que científicas que sueñan con ser cocineras.
Gala Sofía Sánchez
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El anillo de la cigüeña no identificó su situación sentimental.
Paula Ois Fraga
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Las arañas tejen el vestido de sus futuras víctimas.
Gala Illanes Illobre
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El caramelo se disuelve en sus propias lágrimas.
José Manuel Vázquez Calatayud
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Con el arco iris sellan la paz el sol y la lluvia.
Marta Díaz Alonso
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El vino le cuenta a la uva sus batallitas de juventud.
Lorena Castro

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El sol es el director de orquesta de los planetas.
Daniel Fernández Pita
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En otoño algunos árboles sufren alopecia.
Martín Gómez Martínez

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El Sol se deja morir al final del día para que la Luna pueda vivir toda la noche.
Carmela Vázquez González 
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La tinta es el río por el que fluyen las palabras.
Gala Sofía Sánchez
***
We nunca será nosotros.
Daniel Fernández Pita
***




RECUERDOS, Antonio Machado

RECUERDOS

¡Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales        
cargados de perfume, y el campo enverdecido,
abiertos los jazmines, maduros los trigales,
azules las montañas y el olivar florido;
Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;    
y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,
y los enjambres de oro, para libar sus mieles
dispersos en los campos, huir de sus colmenas;
yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,
barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;   
y en sierras agrias sueño —¡Urbión, sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!—
Y pienso: Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.        
¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?
Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,
y la roqueda parda más de un zarzal en flor;
ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,
hacia los altos prados conducirá el pastor.    
¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas
que vais al joven Duero, rebaños de merinos,
con rumbo hacia las altas praderas numantinas, 
por las cañadas hondas y al sol de los caminos
hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,        
montañas, serrijones, lomazos, parameras,
en donde reina el águila, por donde busca el cuervo
su infecto expoliario; menudas sementeras
cual sayos cenicientos, casetas y majadas
entre desnuda roca, arroyos y hontanares    
donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,
dispersos huertecillos, humildes abejares!...
¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares,
alcores y roquedas del yermo castellano,       
fantasmas de robledos y sombras de encinares!
En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.
Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva.


jueves, 7 de mayo de 2015

POR TIERRAS DE ESPAÑA, Antonio Machado

POR TIERRAS DE ESPAÑA

El hombre de estos campos que incendia los pinares  
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra.

Hoy ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes,
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos.

Pequeño, ágil, sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas.

Abunda el hombre malo del campo y de la aldea,
capaz de insanos vicios y crímenes bestiales,
que bajo el pardo sayo esconde un alma fea,
esclava de los siete pecados capitales.

Los ojos siempre turbios de envidia o de tristeza,
guarda su presa y llora la que el vecino alcanza;
ni para su infortunio ni goza su riqueza;
le hieren y acongojan fortuna y malandanza.

El numen de estos campos es sanguinario y fiero;
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor,
veréis agigantarse la forma de un arquero,
la forma de un inmenso centauro flechador.

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
—no fue por estos campos el bíblico jardín—;
son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.

Comentario de Antonio González
 &
Ilustración: Joaquín Sorolla

jueves, 23 de abril de 2015

NO SE CULPE A NADIE, Julio Cortázar



NO SE CULPE A NADIE

         El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

JULIO CORTÁZAR, Final del juego, 1956.

martes, 14 de abril de 2015

POESÍA DE LA GENERACIÓN DE MEDIO SIGLO: Ángel González


PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

Ángel González
autógrafo

POESÍA DE LA GENERACIÓN DE MEDIO SIGLO: Jaime Gil de Biedma


NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.


PEEPING TOM

Ojos de solitario, muchachito atónito
que sorprendí mirándonos
en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras,
hace más de once años,

al ir a separarme,
todavía atontado de saliva y de arena,
después de revolcarnos los dos medio vestidos,
felices como bestias.

Te recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.

A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.

Así me vuelve a mí desde el pasado,
como un grito inconexo .

Jaime Gil de Biedma

martes, 24 de marzo de 2015

RETRATO, Antonio Machado

RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
autógrafo

Alberto Fraga y Lola

viernes, 20 de marzo de 2015

CALIFICACIONES 4ºB


AR, D [4.5]
BR, X [2.75]
BV, P [6.75]
BG, C [4]
CP, L [6.75]
DA, M [5]
DR, R [7.25]
FP, D [6]
FS, L [5.25]
GP, I [9]
GM, M [6.3]
II, G [5.25]
LR, I [3.15]
LC, M [2.3]
MS, P [9]
MM, A [0.5]
NR, N [7]
OF, P [8.55]
OB, A [4.35]
PD, S [6.5]
PC, M [8.1]
RL, C, [0.55]
SE, P [5]
SR, G [7]
SR, A [3.25]
VM, A [3.75]
VR, D [3.30]
VC, JM [6.6]
VG, C [4.25]
VV, M [2.35]
VN, S [5.1]

miércoles, 18 de marzo de 2015

¿LOS GENIOS Y SUS MUSAS?, Estrella de Diego

   Además de obsoleto, el término “genios” es excluyente, dado que no se considera que las mujeres puedan adquirir tal condición. Las mujeres podemos ser musas y ya se va sabiendo que muchas musas fueron en realidad las autoras de las obras de los “genios”, que en el estudio y la intimidad las cosas se complican mucho —piensen en Rodin y Claudel, por poner el ejemplo más manoseado del genio productivo y su supuesta musa triste—.
   La imposibilidad última de ser encumbradas en la genialidad no es nada nuevo. La tan comentada disputa sobre la imposible genialidad de las mujeres se reaviva a finales del siglo XIX, capitaneada por Otto Weininger y sus reflexiones a propósito de la falta de memoria de las mujeres al carecer de autoconciencia —de alma—, y por Nietzsche, cuyas ideas se inscriben dentro del debate finisecular sobre “genio”, degeneración y mujer. Es entonces, y al hilo de las primeras manifestaciones de las “nuevas mujeres” —esas jóvenes que perseguían formas de vida alternativas, más libres—, cuando se reescribe también la noción de musa que pierde parte de su genealogía clásica —la que inspira— y abre un nuevo camino de silencios que, sin duda, se organiza en torno al temor causado por las
posiciones que las mujeres van ganando en ese momento histórico. No es de extrañar que Nietzsche elimine a las mujeres hasta de ese papel de inspiradoras que históricamente se les atribuye.
   Ya a mediados del siglo XX el poeta Wallace Stevens niega explícitamente la naturaleza femenina de la musa: “Ya no tengo que creer que hay una musa mística, hermana del Minotauro. Ese es otro de los monstruos que me alimentaron, que he agotado”, escribe.
   Mejor así. Fuera musas y fuera “genios”, papeles absurdos y obsoletos. Y fuera “genias”,
naturalmente, que nadie quiere reproducir los malos hábitos del discurso de autoridad.

ESTRELLA DE DIEGO, ¿Los genios y sus musas?, Babelia, 28 de enero de 2015. [adaptación]


***
 
   Es un hecho que la genialidad siempre ha terminado atribuyéndose al sector masculino y más cuánto más atrás  se viaja en el tiempo. Por otra parte se considera que el papel de la mujer ha sido inspirar esa genialidad en muchos casos. De nuevo términos como musa y genio recuerdan que la igualdad no ha sido nunca predominante en las sociedades humanas y que a pesar de haber avanzado, hombres y mujeres continúan sin tener el mismo reconocimiento.
   A pesar de hacer esta observación y considerar que ambos términos, genio y musa, son una muestra de desigualdad, cambiando ligeramente el significado que se les ha sido otorgado, son dos palabras hermosas, dos sustantivos adjectivizados que inundan la mente con ideas como arte o ciencia. Puede parecer absurdo, pero, si por un momento, se dejase de contemplar el género de ambas palabras y se eliminase ese matiz que las encasilla en lo femenino o lo masculino, resultan dos términos libres de ningún condicionante sexual.
   Teniendo en cuenta este pequeño cambio de significado , un genio sería un ser humano, independientemente de su aparato reproductor, que consigue plasmar en su obra algo que culmina en genialidad. Una musa sería de nuevo un ser humano de cualquiera de los dos sexos que inspira la genialidad del genio. Es coherente creer en los genios y en las musas,  en la genialidad y en la inspiración, lo que debería eliminarse es la asociación que la sociedad hace de ellos a un determinado papel masculino o femenino.
   Si se olvidase ese significado alegórico que tan asentado está a nivel social y el género no fuese relevante en estas palabras, al igual que silla es femenino y felpudo masculino, sin que ésto condicione su definición, las musas y los genios respetarían la tan ansiada y perseguida igualdad.
   Eliminar estos dos términos de los diccionarios no es la solución, la solución es adaptarlos, como se ha hecho con muchas otras palabras al siglo XXI, siglo en el que se cree una sociedad en la que la persona y sus cualidades sean lo que realmente contabilice, en la que un hombre inspire a otro hombre, una mujer a otra mujer, un hombre a una mujer o una mujer a un hombre, teniendo como única meta la creación de genialidad con su tantas veces indispensable flujo de inspiración.         

Lucía Regueiro